II

Quién era la Vannozza.—Sus maridos.—Domenico d’Arignano.—Jorge

de Croce.—Carlos Canale.—A la muerte de Alejandro VI estalla

de nuevo en Roma, y con más fuerza, el odio contra los Borjas

y los españoles.—Elección de Francisco Piccolomini, Pío III,

y de Julián de la Rovère, Julio II.—Negociaciones y disputas

del Papa con César Borja.—Capitulación de las fortalezas de

la Romaña.—César pasa a Nápoles con un salvoconducto del Gran

Capitán, que lo prende y envía a España.—Se evade del castillo

de la Mota, de Medina del Campo, y muere frente a Viana peleando

al servicio de su cuñado, el Rey Juan de Navarra.—Los últimos y

devotos años de la Vannozza.—Sus hijos.—Juan II, Duque de Gandía,

casa con D.ª María Enríquez, viuda de su hermano Pedro Luis.—El

retrato del Pinturicchio en el apartamento de los Borjas.—Se

desacredita como Gonfaloniero de la Iglesia, derrotado por los

Orsini en la batalla de Soriano.—César, el Duque Valentino.—Su

ambición.—Su carrera eclesiástica.—A la muerte de su hermano Juan

cuelga los hábitos, aunque no le estorbaban en sus aventuras

amorosas.—Casa en Francia con Carlota de Albret.—Jofre, Príncipe

de Squillace.—Destinado primeramente a la Iglesia, contrae

después matrimonio con Sancha de Aragón, hija natural de Alfonso

II de Nápoles y se resigna a la constante infidelidad de su

mujer.—Muere ésta y pasa a segundas nupcias con María Milá de

Aragón.

¿Quién era esta Vannozza, durante largos años fiel amiga del Cardenal

Rodrigo de Borja y _la feliz e infeliz madre_ de sus ilustres hijos,

según la antefirma de las cartas que les escribía? Sábese que se

llamaba Vannozza, diminutivo de Juana, y que su apellido era de

Cataneis, aunque usaba en sus cartas familiares el de Borja[28];

que era romana y vivía en la Plaza Pizzo di Merlo, llamada hoy

Sforza Cesarini, en una casa de su propiedad cercana al palacio

del Cardenal; que fué madre de cuatro de sus hijos, según rezaba

su epitafio; que tuvo dos o tres maridos, de los cuales había ya

enviudado antes de que muriera Alejandro VI; que alcanzó después tres

Pontificados y murió en el de León X en avanzada edad y gozando fama

de respetable, piadosa y benéfica señora, habiendo repartido, en vida

y en muerte, su fortuna entre iglesias, hospitales y cofradías.

[28] En 1841 reimprimió Luis de Usoz, en Londres, el _Cancionero

de burlas provocantes a risa_, publicado en Valencia en 1519,

y hablando en sus _Advertencias previas_ de Alejandro VI, dice

que «pocos años antes de ser Arzobispo cayó en amor con cierta

dama, viuda con dos hijas, que había venido con su familia de

Roma a Valencia. Rodrigo, hecho ya dueño del honor de la madre,

y crecidas en tanto las hijas, las puso también asechanzas; pero

la muerte de la madre puso un dique a su carrera de lascivias.

Dejó bajo el cuidado de la madre a las muchachas; e puso la una

monja en un monasterio y a la otra, llamada Catalina y que otros

llamaban en Valencia _Rosa Vannozza_ tomó por concubina y de ella

tuvo muchos hijos antes y después de ser Papa».

No sabemos de dónde tomó Usoz estas noticias que tenemos por

apócrifas y no las citaríamos si no fuera por lo del nombre de

_Rosa_, porque las tres veces que Burchard la menciona en su

_Diario_, la primera, cuando saquearon su casa los soldados de

Carlos VIII; la segunda, cuando al repasar por Roma los suizos,

camino de Francia, les quitaron algunos bagajes los hombres de

César en venganza del hecho anterior, y la tercera, cuando dió a

sus hijos una cena en su viña la noche del asesinato del Duque de

Gandía, la llama solamente _domina Rosa_, omitiendo su apellido.

Don Juan de Borja segundo probó, ante la Corte de justicia de

Valencia, por medio de una justificación de testigos, que su

padre del mismo nombre y Doña Lucrecia de Borja eran hermanos,

hijos ambos de la propia madre y ésta la noble _D.ª Bennosa_.

Y en el instrumento de 29 de Enero de 1483 en que se daba tutor

a D. Juan de Borja, cuya madre (la Vannozza) había contraído

segundas nupcias, se decía que su abuela materna D.ª Mónica era

viuda de un Jacobo Pinctor y estaba excusada por su edad senil

y que los parientes que había en Roma, por parte de la madre,

hábiles para el cargo eran Juan Bautista y Paulo, hijos del

maestro Antonio de Brixio o Brixia, familia no conocida.

No fué una de tantas famosas cortesanas de las que entonces

pululaban en Roma y entre las que descollaron, por cantidad y

calidad, las españolas, según el testimonio de _la Lozana Andaluza_,

de Francisco Delicado, digna compañera de _la Nanna_, protagonista

de los _Ragionamenti_, de Pedro Aretino. Debió ser, en su mocedad,

doncella honesta, y figúrasela Gregorovius como una de esas hermosas

romanas, recias y voluptuosas, que tienen algo de la grandeza de

Roma y en las que se juntan y acoplan Venus y Juno. Pero no pudo

sustraerse a los ultrajes del tiempo, para las mujeres hermosas tan

sensibles, y cuando pasaron los cuarenta no fué la costumbre, a pesar

de su fuerza de atar, bastante poderosa para retener al ya maduro

amante que por ley fatal de la edad se refocilaba y creía remozarse

con el íntimo trato de las apenas núbiles doncellas. Una de éstas,

_la Bella_, Julia Farnesio, vino a ocupar el puesto que durante

veinte años había fecundamente usufructuado la Vannozza, la cual se

jubiló con honores de madre, por serlo de los hijos predilectos de

Alejandro VI, y continuó el Papa dispensándole a título, por decirlo

así, familiar y en forma menos íntima, su bondadosa protección.

Tuvo, según Pastor, tres maridos: el primero de ellos un tal Domenico

d’Arignano, con quien la casó el Papa en 1474. Cuando Alejandro

VI quiso, en 1493, dar el capelo a su hijo César, Arzobispo ya de

Valencia, al que para poder ordenarlo había dispensado Sixto IV,

el 1.º de Octubre de 1480, del impedimento canónico, por defecto

de nacimiento honesto, como _nacido de Cardenal Obispo y de mujer

casada_[29], «salió nombrado Cardenal con probanza de muchos

testigos, que juraron no ser hijo del Papa, sino de Dominico Ariñano,

marido que era de la Zanozia; probanza que pasó por Rota y por el

Consistorio, sin que casi persona se atreviese a hacer contradicción;

tal era el poco miramiento de aquel tiempo». Esto dice Mariana,

siguiendo en este punto al cronista Infessura; pero Gregorovius

pone en duda que existiera este marido o que el matrimonio fuera

legalmente reconocido, y se funda en que el contrato de boda con

Carlos Canale expresa que pasa con éste a segundas nupcias, y en una

donación a la iglesia de Santa María del Popolo, en que se declara

viuda del dicho Canale y llama a Jorge de Croce su primer marido,

obligándose los Agustinos a decir una misa en el aniversario del

fallecimiento de cada uno de ellos, sin hacer mención del Arignano,

de quien dice no hay más noticia que la del Infessura. Pero no

conoció, sin duda, Gregorovius la Bula de 19 de Septiembre de 1493

en que se dice a César que había nacido del legítimo y constante

matrimonio de Domenico d’Arignano, militar y doctor en leyes, y de

Vanotia de Cathaneis, mujer romana, y habiendo fallecido el Domenico

y quedado viuda, en ella procreamos a nuestro querido hijo el noble

varón Juan de Borja, Duque de Gandía.

[29] _De Episcopo Cardinali genitus et conjugata._

Después de haber sido Vannozza por largo tiempo la amiga del Cardenal

Borja, dióla éste por marido, en 1480, al milanés Jorge de Croce,

para encubrir así unas relaciones que continuaron, sin embargo, a

ciencia y paciencia del elegido esposo. De éste tuvo un hijo, o al

menos pasó por tal, el llamado Octaviano, que murió en 1486, el mismo

año que su padre, y en 1481 dió a luz Vannozza otro, a quien pusieron

por nombre el de su abuelo paterno, Jofre, y el Papa lo reconoció,

el 6 de Agosto de 1493, por hijo suyo y de mujer viuda[30]. Para

Croce obtuvo el Cardenal, del Papa Sixto IV, un empleo de Secretario

apostólico, y era natural que con el aumento de familia y la paternal

munificencia del Vicecanciller fuera Vannozza adquiriendo casas y

viñas y las tres conocidas hosterías _el León_, _la Vaca_ y _el

Gallo_, y se enriqueciera a la par el predestinado y bonísimo marido,

que fundó para él y los suyos una capilla en la iglesia de Santa

María del Popolo.

[30] _Nobis genitus et muliere vidua._

No le parecía al Cardenal que la viudez fuese estado que conviniese

a la Vannozza, por lo que la instó para que tomara nuevo marido que

pudiera defenderla, administrar su fortuna y mantener el decoro de

la casa. Y por complacerle, a los pocos meses de enterrado Croce,

casó, el 8 de Junio de 1486, con el mantuano Carlos Canale, conocido

como humanista en su ciudad natal, donde estuvo al servicio del

Cardenal Francisco Gonzaga, y a la muerte de éste pasó a Roma con

el Cardenal Sclafetano, de Parma. Habíalo conocido Borja en casa

de ambos Cardenales y parecióle que, como hombre de ingenio y bien

relacionado, sería para la Vannozza un buen marido. No le había

servido, sin embargo, su ingenio para hacer fortuna, por lo que si

aceptó la mano que le ofrecían, fué con ánimo y esperanza de que

tuvieran la merecida recompensa los servicios que pudiera prestar a

un Cardenal de la pujanza y largueza de Rodrigo Borja. No se sabe

si Vannozza llegó a tener sucesión del Canale como del Croce; pero

síntomas hubo de ella, puesto que Ludovico Gonzaga, Obispo de Mantua,

dió poder a su agente en Roma para que le representara como padrino.

Lo que sí se sabe es que Canale se mostraba muy satisfecho de haber

emparentado, por conducto de la Vannozza, con el Papa, y de tener

por hijastros[31] a los que con un elegante eufemismo llamaban los

romanos «sobrinos de un hermano de Su Santidad». Canale, cuyas armas

cuartelaba Vannozza con la de los Borjas, según puede verse en una

pila de agua bendita donada a la iglesia de Santa María del Popolo,

que se conserva en la sacristía, murió antes que el Papa[32], de

suerte que al fallecimiento de éste buscó la viuda la protección de

la gente de armas de su hijo César, a cuyo frente, por la enfermedad

del Valentino, estaba el Príncipe de Squillace, Jofre, con el

valenciano Miguel Corella, el Don Michelotto, de siniestra memoria,

ejecutor de las justicias del Duque. Envió César a su madre, a su

cuñada D.ª Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo,

a Cività Castellana, y de allí pasó con ellas a Nepi, hasta que

por enfermo, y a instancias de los Cardenales españoles, obtuvo,

del bondadoso y compasivo Pío III, permiso para regresar a Roma y

vino entonces a habitar con su madre el Palacio del Cardenal de

San Clemente, en el Borgo, que había el Papa Alejandro dado al de

Squillace; pero no considerándose en él seguro, trasladóse luego con

los suyos al castillo de Sant’Angelo.

[31] En carta que escribió el 25 de Noviembre de 1492 a un Fray

Jorge de Mantua, solicitaba le enviase el Marqués un buen caballo

_para el Duque de Gandía mi hijastro, que lo demás corre de mi

cuenta_.

[32] El 1.º de Abril de 1500 escribía Cristóbal Poggio, Embajador

mantuano en Venecia, que Carlos Canale había muerto de fiebre.

Contra los Borjas y los españoles desatóse por segunda vez, con

más fuerza, la cólera de los romanos, exacerbada por la mayor

duración del Pontificado. Era natural que Alejandro VI, como

Calixto III, ateniéndose al consejo de «a los tuyos con razón o sin

ella», favoreciese en primer término a sus parientes y luego a sus

conterráneos. De los cuarenta y tres Cardenales que creó Alejandro,

diecinueve eran españoles, no menos merecedores de la púrpura que los

italianos. Españoles fueron sus médicos, Pedro Pintor, autor de un

tratado _De morbo gallico_ dedicado al Papa, y el valenciano Gaspar

Torella; su bibliotecario, el catalán Pacell, que obtuvo el puesto

que pretendía Poliziano; su camarero, Pedro Calderón, _el Perotto_,

asesinado, según la leyenda, por el propio César en presencia del

Papa; su bufón, Gabrielleto, y los soldados que formaban su guardia,

capitaneada por su sobrino Rodrigo Borja, mercenarios reclutados en

España, de donde vino también una legión de pecadoras, igualmente

mercenarias, dispuestas siempre a entrar en la amorosa lid y a

señorear, como el soldado español, la tierra extranjera que pisaban.

Y fué tan grande el número de ellas[33], que se dijo había más en

Roma que frailes en Venecia. Pero cuando llegó el fin del Pontificado

de Alejandro VI, que las tales tuvieron _por su mejor tiempo_, a

duras penas se salvaron los españoles de la sañuda persecución de

los romanos; distinguiéndose en aquella ocasión, por la acogida que

dispensó en su casa a sus perseguidos compatriotas, el Cardenal

Carvajal, según lo atestiguó Alonso Hernández, de Sevilla, paniaguado

de su Eminencia y autor del poema _Historia parthenopea_, escrito en

honor del Gran Capitán[34].

[33] Según Infessura, había en Roma, en 1490, antes de que se

conociera el mal francés, 6.800 mujeres públicas, sin contar las

concubinas, y según Sanudo, 11.654 en Venecia, en 1500.

[34] Tu casa fué el arca donde han escapado

toda nobleza de gente d’España,

según el gran odio, rancor y gran saña,

que tanto Alexandre nos ovo dexado...

César puso todas sus esperanzas en el Cardenal d’Amboise,

Ministro y privado de Luis XII, que aspiraba a la tiara, y a

quien prometió los votos de los once Cardenales españoles; pero

éstos, manteniéndose unidos, se atuvieron a las instrucciones

del Rey Católico, y se negaron a votar al francés. No era, sin

embargo, posible sacar triunfante a ningún español, siquiera

tuviese las dotes del Cardenal Carvajal, por lo que aceptaron al

anciano y achacoso Francisco Piccolomini, propuesto por Julián de

la Rovère como Papa depósito, según se llamó después al elegido

sólo para poco tiempo. En efecto, no duró un mes el Pontificado

de Pío III.

Aspiraba Julián de la Rovère hacía ya mucho, y con hartos

méritos, a la tiara, que no había obtenido en el último Cónclave

por la oposición de Ascanio Sforza, y para que no se malograran

de nuevo sus deseos, que dependían de la voluntad de los

Cardenales españoles, hechuras de los Borjas, abocóse con ellos

y con César, y se los ganó, prometiendo al Duque el nombramiento

de Gonfaloniero de la Iglesia y otras mercedes. Para obtener

los votos restantes hasta el número necesario para asegurar la

elección, no tuvo Julián más escrúpulos que Rodrigo, y adonde

no llegaron las promesas alcanzaron las dádivas. Así es que del

Cónclave, que fué el más breve en la larga historia del Papado,

puesto que no duró más que un día, salió Papa, con el nombre de

Julio II, Julián de la Rovère.

No eran hombres que pudieran entenderse César y el Papa, siendo

igualmente grandes e irreconciliables las ambiciones del uno y

del otro; pero como la fortuna, cansada de proteger al primero,

se hubiera puesto de parte del segundo, era fácil de prever el

fin de la dominación de los Borjas en Italia. Concertó César

con el Papa que le entregaría las fortalezas que en la Romaña

presidiaban sus gentes, y con este intento enviaron, de común

acuerdo, a Pedro de Oviedo, cubiculario del Papa y Ministro que

fué del Duque; pero arrepentido éste de lo concertado, escribió

al alcaide que tenía en Cesena y se llamaba Diego de Quiñones,

que prendiese y ahorcase a Oviedo, e hízolo así; lo cual tuvo el

Papa por gran desacato, y mandó detener al Duque en Palacio hasta

que se entregaran Cesena, Forli y Bertinoro. Entre tanto que

esto se cumplía, acordaron estuviera el Duque detenido en Ostia,

en poder del Cardenal Carvajal, el cual, cuando se entregaran

las fuerzas, le pondría en libertad y le daría dos galeras para

pasar a Francia. Luego que supo estos conciertos el Gran Capitán,

envió a Ostia a Lezcano para que tratara con el Cardenal y le

advirtiese que sería de grande importancia si pudiese persuadir

al Duque se fuese a Nápoles, por excusar que aquel tizón no

pasase a otra parte donde hiciese más daño, y le dejó para el

efecto un salvoconducto del Gran Capitán. Entregáronse sin

dificultad Cesena y Bertinoro; pero el alcaide de Forli, Gonzalo

de Mirafuentes, navarro, no quiso entregar aquel castillo si no

se le contaban quince mil ducados, que el Duque libró en Venecia.

Púsole en libertad el Cardenal, y a su persuasión tomó César el

camino de Nápoles, yendo a alojarse en casa del Cardenal Borja.

Recibióle muy bien y agasajóle el Virrey; pero enterado éste de

que el Duque, arrepentido ya de su resolución de ir a Nápoles,

intentaba salirse del Reino por la posta, lo detuvo algún

tiempo en Castelnovo, donde entregó su espada a Núñez Docampo,

Gobernador del castillo, y después de haber alcanzado de él,

con buenas palabras y la promesa de ponerlo en libertad, que se

entregara Forli al Papa, acordó que don Antonio de Cardona y

Lezcano lo llevaran a España, como se verificó el 20 de Agosto

de 1504. Echóse en cara al Gran Capitán que hubiese faltado a

su palabra, por lo que, al saberlo, dijo el Rey de Francia que

«de aquí en adelante la palabra de españoles y la fe cartaginesa

corrían parejas»; pero, a juicio de Mariana, el Gran Capitán,

como tan prudente que era, tuvo en cuenta que los grandes

Príncipes deben obrar lo que conviene y es justo sin mirar mucho

a su fama y qué dirán.

Estuvo el Duque Valentino preso en España, primero en Chinchilla

y luego en Medina del Campo, hasta el 20 de Octubre de 1506 en

que logró evadirse, no sin peligro de su vida y harto maltrecho.

Presentóse a su cuñado el Rey de Navarra, Juan de Albret, y

peleando a sus órdenes, contra el Conde de Lerín, halló frente a

Viana la muerte honrosa del soldado.

Muerto César, refugiado en Nápoles Jofre y reinante Lucrecia en

Ferrara, donde nunca se atrevió Vannozza a presentarse, la feliz

e infeliz madre de los Borjas quedó en Roma y volvió a su casa de

la plaza Branca, hoy Cairoli, contando con la protección de los

Farnesios, emparentados con el Papa por la boda de Laura Orsini,

la hija de Alejandro VI y de _la Bella_. Para salvar su fortuna

donó, el 4 de Diciembre de 1503, a su capilla gentilicia de

Santa María del Popolo, las casas que poseía en la plaza Pizzo

di Merlo, reservándose el usufructo vitalicio y comprometiéndose

los Padres Agustinos a decir una misa el 24 de Marzo por el alma

de Carlos Canale, otra el 13 de Octubre por la de Jorge de Croce,

y otra el día en que ella muriera. Los últimos quince años de su

vida fueron para Vannozza de apacible y digno reposo. Gozó de la

grandeza de los hijos, que alcanza refleja a los que tuvieron la

fortuna de engendrarlos, y en ella no vieron ya los romanos a la

concubina de Alejandro VI, sino _a la magnifica e nobile Madonna

Vannozza_, que Paulo Jovio llamó _donna dabene_; es decir: señora

honrada, madre de la Duquesa de Ferrara, que cantó Ariosto en

su _Orlando furioso_, y del famoso César que fué _el Príncipe_

ideal de Maquiavelo. Contaba con medios bastantes de fortuna

para que no le faltasen amigos en el Sacro Colegio, aunque de él

hubiesen ya desaparecido los Cardenales hechuras de los Borjas. A

la vida devota la inclinaban, naturalmente, sus muchos años; los

recuerdos de la lejana mocedad, alborotada y pecadora; la muerte

del potente protector y de los hijos y maridos, y el ambiente

romano con sus iglesias, que pasaban entonces de trescientas,

sus poblados conventos de frailes y de monjas y sus innumerables

hermandades y obras pías, que servían para que el alma adormida

despertase a tiempo, y la descarriada oveja, que abundaba en

Roma, cansada de triscar por montes y por valles, se restituyera

al redil con las primeras sombras de la noche. La vida devota

y la frecuentación del confesor en busca de absolución y de

consejo, no la obligó a apartarse del trato de las gentes que

gustó de cultivar, no sólo en edad propicia a tentaciones, sino

cuando después de haber a ellas sucumbido estaba ya harta y

satisfecha.

Murió a los setenta y seis años, el 26 de Noviembre de 1518,

y fué su fallecimiento anunciado, según la costumbre romana,

por un pregonero que gritó: «El Señor Pablo participa que ha

muerto Madonna Vannozza, madre del Duque de Gandía. La difunta

pertenecía a la Hermandad del Gonfalone.» Fué enterrada con

gran pompa, como si fuera un Cardenal, en su capilla gentilicia

de Santa María del Popolo, junto a su hijo D. Juan, el Duque

de Gandía, y a sus honras acudió la aristocracia y burguesía

romana, que formaba parte del Gonfalone, y el Papa León X se hizo

representar, cosa nunca vista, por dos de sus camareros.

Siete años después, Marcantonio Altieri, guardián del Gonfalone,

haciendo el inventario de los bienes de la Hermandad, enumeraba

los valiosos donativos de joyas y otros socorros de la Vannozza

que habían permitido cancelar obligaciones y alimentar crecido

número de pobres y niños, por lo que la Hermandad acordó por

unanimidad, no sólo solemnizar sus exequias con toda esplendidez

de honores y pompa, sino también recordar su memoria con un

magnífico y grandioso monumento, que no se llevó a efecto. Por

pública aclamación se resolvió igualmente festejar en adelante

el día de las exequias en Santa María del Popolo, donde estaba

enterrada, con misas, concurso de hermanos, profusión de cirios

y hachas y toda clase de devociones, y esto, no sólo para

recomendar su alma a Dios, sino para demostrar al mundo que

odiaban la ingratitud.

Dijéronse, por los Padres Agustinos de Santa María del Popolo,

las convenidas misas durante doscientos años, al cabo de

los cuales, según Gregorovius, las suprimió la autoridad

eclesiástica, bien fuera porque las estimara bastantes para

sacar de penas el alma de Vannozza, si estaba aún purgando en

el otro mundo sus pecados, bien porque empezaba a levantar

cabeza una conciencia crítica e histórica. Más tarde, añade, un

sentimiento de odio, y quizá de vergüenza, hizo desaparecer la

lápida sepulcral con su epitafio. Creemos, sin embargo, que esta

desaparición no se debió a un sentimiento de odio, harto tardío,

sino simplemente a la acción destructora del tiempo que acabó

por borrar el epitafio y por gastar la piedra, como sucedió con

otras tumbas que sin motivo alguno corrieron igual suerte que la

de Vannozza en Santa María del Popolo.

Según el tal epitafio, era Vannozza madre de los Duques César

de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y de la Duquesa

Lucrecia de Ferrara. ¿Quiere esto decir que el mayor de los

cuatro fuese César? No andan los autores de acuerdo respecto de

la fecha de su nacimiento, que varía de 1474 a 1476. Gregorovius

sostiene que nació en 1476, fundándose en los despachos de los

Embajadores del Duque Hércules de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio y

Saracini; el primero de los cuales, en Febrero y Marzo de 1493,

daba a César dieciséis o diecisiete años, y el segundo, en 26 de

Octubre de 1501, refería una conversación que había tenido con

el Papa, quien le dijo que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en

Abril veintidós años y el Duque de Romaña veintiséis. De mayor

peso son las razones, basadas en Bulas pontificias, en favor de

la fecha de 1474, que es la asignada por Burchard. En la primera

Bula de legitimación, de 1.º de Octubre de 1480, se dice que

tenía _seis años cumplidos_ y no había llegado al séptimo, y en

otra Bula de Inocencio VIII, de 12 de Septiembre de 1484, se dice

que estaba _en el nono_; de suerte que, según Oliver, la época

de su nacimiento queda reducida al espacio que hay entre el 13

de Septiembre y el 1.º de Octubre de 1475. Esta es la fecha que

fija Pastor, teniendo a la vista un documento por él hallado

en el Archivo Vaticano, y es el nombramiento de César para el

Arzobispado de Valencia en 31 de Agosto de 1492, en el que le

dice el Papa que, nombrado por Inocencio VIII Obispo de Pamplona

a los diecisiete años, había desempeñado laudablemente el cargo

y tenía ya unos _dieciocho años_[35]. Tanto de esta Bula como de

las otras dos citadas por Oliver se deduce que César nació en

1474 y no 1475, puesto que el 1.º de Octubre de 1480 tenía seis

años cumplidos y dieciocho el 31 de Agosto de 1492.

[35] _Ad presens in decimo octavo vel circa tue etatis anno

constitus._ En la Bula de la misma fecha dirigida al Clero de

Valencia, que publica el Sr. Sanchís, empléase igual expresión:

_hodie in decimo octavo vel circa suæ etatis anno_.

En cuanto a la cuestión de la primogenitura, a pesar de

la respetable opinión del Barón Pastor[36], que es la de

Gregorovius, Oliver, Höfler, el Marqués de Laurencín y la

generalidad de los historiadores, que tienen por mayor a

Juan, creemos, con el Sr. Sanchís, que lo fué César. Además

del epitafio de Vannozza y del orden en que el Rey Católico

los nombra al hacer a ellos extensivo el título de _Egregio_

concedido a Pedro Luis de Borja, hay en abono de esta opinión,

no sólo la de Burchard[37], que es terminante, sino varias

pruebas documentales, como el instrumento de tutela a favor de

Pedro Luis, hecho en 29 de Enero de 1483, en que se llama a

Juan _infante_, el testamento otorgado por Pedro Luis el 14 de

Agosto de 1488, en que al nombrar a Juan su heredero le sujeta a

curadoría hasta que llegue a los veinte, y, en fin, la dispensa

_ex defectu ætatis_, dada el 28 del propio mes y año por el Papa

Inocencio VIII al segundo Duque de Gandía para las capitulaciones

matrimoniales con D.ª María Enríquez, por no haber cumplido los

catorce años, contando entonces sólo _doce_, según el Breve de

dispensa, por lo que debió nacer en 1476. Por último, la antes

citada Bula del 19 de Septiembre de 1493, que declara a César

hijo legítimo, dice que Juan fué procreado después, cuando

Vannozza era ya viuda.

[36] Me dice el Barón Pastor que en la nueva edición que va a

publicar del tomo III, escrito hace muchos años, rectifica esta

opinión y reconoce que César fué el mayor de los dos hermanos.

[37] _R. d. Cardinalis Valentinus dicti ducis frater germanus et

natu major_, dice en su Diario el 10 de Agosto de 1496.

Heredó D. Juan de su hermano Pedro Luis el Ducado de Gandía, y por

su enlace con D.ª María Enríquez emparentó con el Rey Católico. Del

de Nápoles obtuvo, al casarse Jofre, el Principado de Tricarico,

y luego el de Teano y el Ducado de Sessa, que su viuda vendió en

1506 al Rey Católico y éste hizo de él merced al Gran Capitán.

Era Gandía el predilecto de su padre, _el ojo de Su Santidad_,

según decía Canale. Dedicáronlo a la carrera de las armas para que

fuera estirpe de un linaje que había de ser, tal como Alejandro lo

soñaba, uno de los más ilustres en Italia y España. César y Jofre

se vieron, sin vocación, destinados a la Iglesia. Al de Gandía lo

retrató Pinturicchio en el fresco de la _Disputa de Santa Catalina_,

siendo el gallardo mozo, jinete en un caballo blanco y tocado con un

turbante, porque gustaba mucho de vestir a la turca en competencia

con el Príncipe Djem, que también figura en el fresco[38]. En punto a

costumbres, pecaba de enamorado y mujeriego, como el padre, y tenía

además la pasión del juego y la afición al vino, sin que estos vicios

se vieran compensados por virtudes o calidades que los hicieran

disculpables; siendo justificada la opinión de los españoles que,

según Bernáldez[39], le tenían por un _muy mal hombre, soberbio, muy

enlodado de grandeza e de mal pensamiento, muy cruel y muy fuera de

razón_. Ansiaba el Papa tener a su lado a aquel hijo predilecto, a

quien suponía grandes dotes militares, y para apresurar su regreso

de España nombróle Capitán general de la Iglesia, aun reconociendo

su poca edad e inexperiencia, pero dando como razón del nombramiento

el haberlo pedido el Rey D. Alfonso y los principales condotieros,

el Señor de Pesaro (su yerno), el de Piombino, D. Próspero Colonna

y otros Señores y Barones que no querían estar a las órdenes de un

Capitán que no fuera de la sangre del Papa. Puesto al frente de las

tropas pontificias destinadas a castigar a los Orsini, quedó en la

batalla de Soriano derrotado su ejército y demostrada su incapacidad,

viéndose obligado Alejandro a hacer las paces con aquellos poderosos

Barones romanos, émulos de los Colonnas. Y para rescatar a Ostia, que

había quedado en poder de los franceses, apeló el Papa a la amistad

de Gonzalo de Córdoba, que con mil infantes y seiscientos caballos

se apoderó en ocho días de la plaza. Hizo su entrada en Roma el Gran

Capitán acompañado del Duque de Gandía, y allí se vió la diferencia

entre un verdadero General, hombre de Estado, y un Príncipe de

teatro, cubierto de oro y alhajas.

[38] El Sr. Sanchís reproduce, como retrato de D. Juan, el de

la tabla de principios del siglo XVI, que existe en el Colegio

de Corpus Christi, de Valencia, y representa a la Virgen con el

Niño, teniendo a sus lados a Santo Domingo y Santa Catalina y a

sus pies dos grupos de hombres con trajes de la época. Sospecha

Bertaux que dicho cuadro fué pintado por algún discípulo de Pablo

de S. Leocadio con destino al oratorio de la Duquesa de Gandía,

que se lo encargó en 1507, y que el Duque es el hombre que en el

grupo de la derecha está arrodillado, coronado de flores, con las

manos juntas en actitud suplicante, y a quien sujeta por detrás

y amenaza herirle con un largo puñal un asesino. Este retrato es

muy semejante al del fresco del Pinturicchio.

[39] _Historia de los Reyes Católicos._ Sevilla, 1870.

Cuentan los historiadores aragoneses Abarca y Zurita que le

recibió el Papa sentado en su solio y rodeado de su familia, de

los Cardenales y de la Corte, y que cuando se inclinó Gonzalo

para besarle el pie se levantó Alejandro y le besó en la frente,

manifestándole su gratitud por el servicio que le había hecho y

dándole por su mano la rosa de oro con que solían los Papas premiar

cada año a los beneméritos de la Santa Sede. Mas como al despedirse

le diese el Papa algunas quejas de los Reyes Católicos, que él

mejor que nadie conocía, respondióle el Gran Capitán con libertad y

rudeza de soldado, llegando a decirle «que le valía más no poner la

Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas,

teniendo con tanta publicidad cerca de sí y en tanto favor sus hijos,

y que le requería reformase su persona, su casa y su Corte, que bien

lo necesitaba la cristiandad». Enmudeció el Papa, asombrado de que

supiese apretar tanto con palabras un soldado, y que así hablara al

Pontífice, en punto de reformas, un hombre no aparecido del cielo.

Muy otro era César; no porque tuviera menos vicios que su hermano,

sino porque estaba dotado de mucho mayor entendimiento y sagacidad.

Animoso condotiero y astuto político, desleal y falso, según era

entonces uso, león y raposo a la par, como debía ser, a juicio de

Maquiavelo, el perfecto Príncipe, había heredado del padre la

jocunda serenidad propia de la familia; pero era terrible en sus

odios y venganzas, y su crueldad pareció, aun en aquellos tiempos,

excesiva. Su desmedida ambición no conocía obstáculos ni escrúpulos,

y fiel a su lema _aut Cesar aut nihil_, después de haber sido señor

potísimo en Italia, murió en España oscuramente, no como Capitán,

sino como soldado al servicio de una causa mezquina e ingloriosa.

Claro es que no le llamaba Dios por el camino de la Iglesia, aunque

lo recorrió en breve tiempo, sin pararse en barras. A los siete años

era Protonotario Apostólico; diez años después, Obispo de Pamplona;

al siguiente, Arzobispo de Valencia, y al otro, Cardenal. Para que

pudiera ordenarse le dispensó Sixto IV el impedimento de honestidad

por ser hijo de Cardenal y de mujer casada, y para hacerlo Cardenal

lo declaró Alejandro VI hijo legítimo de la Vannozza y de su marido

Domenico d’Arignano. Harto sabía César que en la carrera eclesiástica

no podría llegar a la meta, o sea al papado, y como no bastara a su

ambición la púrpura cardenalicia, aspirando a más altas grandezas

mundanas y aun a coronas reales, colgó en cuanto pudo los rojos

hábitos talares. No le estorbaron, sin embargo, para sus aventuras

amorosas, que tempranamente empezaron con la Fiammetta y siguieron

después con honestas meretrices y deshonestas damas, demostrando en

ellas que al heredado apetito acompañaban las dotes necesarias para

dejar satisfechas a cuantas invitaba a compartirlo. Entre las damas

figuró durante algún tiempo su cuñada D.ª Sancha de Aragón, mujer de

su hermano Jofre, y la leyenda, que ha hecho de estos Borjas unos

monstruos de crueldad y de concupiscencia, no se ha detenido ante el

incesto, acusando a Lucrecia de haberlo cometido con su padre y con

su hermano.

César, que tenía puestos los ojos en la corona de Nápoles, aspiró a

enlazarse con Carlota de Aragón; pero ni ésta ni el Rey Fadrique,

su padre, prestáronse a la boda, y Luis XII, deseoso de ganárselo,

hízolo Duque de Valencia, en Francia, y cuando fué a Chinon como

portador del capelo para Amboise y de la dispensa para que pudiera

el Rey casarse con Ana de Bretaña, ofrecióle la mano de la bellísima

Carlota de Albret, hermana del Rey Juan de Navarra. El 12 de Mayo de

1499 celebróse en Chinon, con gran pompa, el matrimonio; que aquel

mismo día y noche quedó ocho veces consumado, según lo participó

César a su padre por medio de un correo despachado al efecto[40].

Escribió también Carlota a Su Santidad, muy contenta con el marido,

que la había dejado satisfecha. Mas duró poco la luna de miel, pues a

los cuatro meses partió el Duque Valentino para Italia, y su azarosa

vida y temprana muerte le impidieron volver a reunirse con su esposa

y conocer a su hija, fruto de su efímera temporada conyugal[41].

[40] Esto dice Burchard, _Matrimonium... consumasse et fecisse

octo vices susccesive_. Luis XII escribió al Papa que Valencia

había roto cuatro lanzas más que él, dos antes de la cena y seis

por la noche, siendo costumbre en Francia que se consumase el

matrimonio de día.

[41] Luisa de Borja, la hija de César, casó a los dieciséis años,

con Luis II de la Trémoille, muerto en la batalla de Pavía,

y cinco años después contrajo segundas nupcias con Felipe de

Borbón-Busset.

Estaba aún en la infancia cuando su padre entró en tratos para

casarla con Federico Gonzaga, el primogénito de Isabel de Este,

Marquesa de Mantua, del que había sido padrino de bautismo;

tratos que, muerto César, se renovaron en 1516 y no tuvieron

éxito porque los mentores del Príncipe mantuano, enviado a la

Corte de Francisco I para completar su educación, calificaron

la novia de «pequeñuela, fea de cara y nariguda y con una señal

en la frente que la hacía parecer aún más fea», no bastando a

compensar estos defectos físicos la pingüe dote y «el ingenio

vivo y pronto, natural en quien era hija de español y de gascona».

Tuvo César dos hijos naturales: Jerónimo y Camila, que estuvieron

en Ferrara al cuidado de Lucrecia. Jerónimo casó en 1537 con

una Pizzabeccari y en 1545 con Isabel Pío, de los señores de

Carpi. Camila entró a los cinco años en el Convento de Clarisas

del _Corpus Domini_, y habiendo mostrado su inclinación a la

vida monástica, edificó Lucrecia la iglesia y convento de San

Bernardino, en el que profesó Camila, tomando el nombre de

Lucrecia, y allí está enterrada. Del Jerónimo se sabe, por el

Diario de un tal Jacoppo Ranieri, de Bolonia, que «el 4 de Marzo

de 1542 fueron decapitados tres ferrareses que vinieron a Poggio,

por encargo de un hijo del Duque Valentino, para matar a un tal

Castrone», el cual, por cierto, fué asesinado el 15 de Noviembre

de 1546, junto a la puerta de San Jorge, en Ferrara, no habiendo

podido escapar a la venganza del Borja, que debía tener sobre su

conciencia la desaparición de tres Lambertini, Señores de Poggio,

a cuyo servicio estaba el Castrone.[A]

[A] Conrado Ricci. _Anime dannate. Il figlio di Cesare Borgia._

Milano, 1918.

Jofre, Príncipe de Squillace en el Reino de Nápoles, el menor de

los hijos que tuvo Rodrigo de Borja en la Vannozza, y a quien,

por Bula de 6 de Agosto de 1493, reconoció como hijo suyo y de

mujer viuda[42], estaba destinado a seguir, como César, la carrera

eclesiástica que empezó tempranamente, puesto que era ya canónigo de

Valencia a los diez años; pero razones políticas movieron al Papa a

cambiar de parecer y a casarlo con D.ª Sancha de Aragón, hija natural

del Rey D. Alfonso II de Nápoles; habiéndose celebrado el matrimonio

por poder, en Roma, el 16 de Agosto de 1493, y representando a la

novia su tío Fadrique, Príncipe de Altamura, que recibió el anillo

nupcial con risa de los asistentes y del Papa, que lo abrazó. El 11

de Mayo del año siguiente se casaron de presente en Nápoles, cuando

Jofre sólo contaba trece años. Dos más tenía Sancha, que a los ocho

se había desposado con Honorato de Gaetani, desposorios anulados

por una Bula de 17 de Septiembre de 1493, casando Gaetani el 8 de

Diciembre con Lucrecia, hija natural del Rey Fernando.

[42] _De Nobis genitus et muliere vidua._

Era Sancha mujer de gran belleza, como su madre Trusia, hija de

Ursula Caraffa, de Gaeta, y de Antonio Gazella, Señor de Campello,

Secretario de Fernando y su Embajador en Milán y en Roma. La

sangre real aragonesa que corría por sus venas, al mezclarse con

la napolitana, resultó ferventísima e hízola por demás enamorada

y pecadora, sin que para su salacidad hallase freno ni remedio

el cuitado marido, que apenas varón la noche de la boda tuvo que

habérselas con aquella hembra harto viripotente[43]. Jofre, que

según decía su hermano César era hombre para poco, resignóse a

la constante infidelidad de su mujer, y mientras ésta llamaba la

atención de los romanos por su hermosura y sus amores, y pasaba

de los brazos del Cardenal de Valencia a los del Duque de Gandía,

causa, según se dijo, del fratricidio atribuido a César, buscaba

el pacientísimo marido el venal consuelo que en su infortunio le

ofrecían las menos honestas meretrices y andaba con otros españoles a

caza de nocturnas aventuras, en una de las cuales tuvo un encuentro

con los esbirros y quedó malherido, con gran disgusto de Su Santidad.

A la muerte de Alejandro VI púsose al lado de César y le acompañó a

Nepi, mientras D.ª Sancha, a quien, para mayor seguridad, dejó en el

Castillo con los dos pequeñuelos Rodrigo y Juan, tomó el camino de

Nápoles con Próspero Colonna para tratar de recuperar sus bienes en

aquel reino. Reuniósele el marido cuando fué con César a Nápoles;

pero no duró la unión más que una semana y tuvo que volverse el

Príncipe con su hermano a casa del Cardenal Borja, cuyos esfuerzos,

así como los del Gran Capitán y los de la Reina de Hungría y la

Duquesa de Milán, resultaron vanos para reconciliar a los mal

avenidos cónyuges. No es cierto que Jofre corriera la misma suerte

que César y estuviera con él preso. Veíasele todos los días con el

Gran Capitán, con quien cabalgaba y triunfaba, faltándole solamente

para colmar su felicidad, según escribía Pandolfini, recobrar a su

mujer, que no quería saber nada con él. Un año después[44], y en

edad tempranísima, falleció sin sucesión D.ª Sancha, y pasó el viudo

a segundas nupcias con doña María Milán de Aragón, de los Condes de

Albaida por su padre, y Villahermosa por su madre, en quien tuvo

descendientes, siendo la última D.ª Ana de Borja, que a principios

del siglo XVII trajo a la Casa de Gandía el principado de Squillace

por su matrimonio con D. Francisco de Borja. Dice Gregorovius que

no se sabe el fin que tuvo Jofre; pero en una carta de 2 de Enero

de 1517 daba Lucrecia al Marqués Francisco Gonzaga la noticia del

fallecimiento de su querido hermano el Príncipe de Squillace, que

le había sido comunicada por un correo enviado por don Francisco de

Borja, hijo del difunto.

[43] El Embajador mantuano en Venecia, Tosabezzi, escribía el 28

de Septiembre de 1497, que corrían voces de que D. Jofre no había

podido nunca consumar el matrimonio con D.ª Sancha, por lo que

pensaban casarla con el Valentino.

Contradice estas voces la carta del Cardenal de Monreal, que

original se conserva en el Archivo de la Catedral de Valencia,

fecha en Nápoles, el 12 de Mayo, y dirigida a D. Juan de Marrades

dándole cuenta de la boda, para conocimiento del Papa, en los

siguientes términos: «Después de levantarnos de la mesa el Rey

y yo con todos los Grandes del Reino, acompañamos a D.ª Sancha

y a D. Jofre hasta la puerta de la posada en que se alojaba el

Príncipe fuera del Castillo nuevo y los acompañamos hasta su

cuarto, y S. M. y yo la entregamos a las damas que la aguardaban

en casa del Príncipe y a quienes tocaba meterla en la cama a

ella y al Príncipe, y al Rey y a mí nos tocaba aguardar a que

estuvieran en la cama y entramos luego en el cuarto y allí

estuvimos hasta una hora antes de amanecer, mirando cómo estaban

en la cama, y S. M. y yo bromeando con ellos, y el Príncipe

estaba tan gracioso y animoso en la batalla que hubiera dado

cualquier cosa porque lo hubiesen podido ver otros como yo le vi.

Después de darle la bendición en la cama, nos fuimos... Mandé hoy

por la mañana un camarero mío para saber cómo estaba el Príncipe,

que estaba todavía en la cama, y le dijo en secreto que se había

portado muy bien, y estaba tan alegre, que delante de él besó dos

o tres veces a D.ª Sancha y daba gusto verlo». Y tanto satisfizo

al Papa esta relación del Cardenal, que se apresuró a participar

al Duque de Gandía, en carta del 18 de Mayo, que su hermano Jofre

«había consumado el matrimonio con D.ª Sancha, su esposa, y _se

había portado muy bien, aunque no tenía más que trece años_».

[44] Decíale Emilia Pía a la Marquesa de Mantua, en carta fecha

en Urbino el 21 de Diciembre de 1504: «D. Gonzalo (el Gran

Capitán) ha mandado celebrar exequias bellísimas a la Princesa

de Squillace, en las que quiso se hallase reunida toda la

familia, la cual quedó malcontenta, porque D. Juan de Cardona

les había quitado toda la fortuna, dejándolos sin nada, salvo a

una favorita suya a quien quedaron unos cuantos centenares de

florines, y esto quizá porque era muy hermosa, según se dice, y

natural de Fossombrone.»

A. Luzio y R. Reiner. _Mantova e Urbino._ Turín, 1893.

Lucrecia Borja: Estudio Histórico · 第 4 / 32 题