[Ilustración]
FRANCISCO BELTRÁN
LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA
PRÍNCIPE, 16—MADRID
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
El porqué de este libro.
No es sólo en España donde los historiadores modernos, impulsados
acaso por el espíritu caballeresco de la raza, han salido a la
palestra, enristrando algún potísimo documento, en defensa de la
honra de egregias damas asendereadas y maltrechas, y así como a Don
Quijote se le antojaron en la venta hermosas doncellas las mozas del
partido que ayudaron a armarle caballero, así también las que gozaron
en vida fama de impenitentes pecadoras, se nos presentan ahora con
ropa de pudibundas matronas y esposas ejemplares, que murieron
casi casi en olor de santidad y sin el menor tufillo de carnal y
pecaminoso ayuntamiento.
Un historiador alemán, como sus compatriotas concienzudo y minucioso,
dedicó, a orillas del Tíber, largas horas de paciente busca en los
archivos, y no pocas vigilias al estudio de la Roma medioeval, y
en sus andanzas topó, en la Corte de Alejandro VI, con la hija de
aquel Papa, la sin par Lucrecia Borja, puesta en solfa por Víctor
Hugo y Donizetti. Prendóse de ella, como tantos otros, y se propuso,
siquiera fuese tardíamente, rehabilitarla ante la mal informada
posteridad, acabando con la leyenda romántica y con los adjetivos
denigrantes que afeaban los amores de una dama que no había nacido
ciertamente para figurar un día con aureola en los altares ni en la
Historia como heroína, ejecutora o inspiradora de gloriosas hazañas.
Era una mujer por cuyas venas corría la sangre española y ardentísima
de los Borjas, no entibiada en su mezcla con la romana y plebeya, no
menos alborotada de la Vannozza, y ni heredó de sus padres virtudes
que ellos no poseyeron ni pudo tampoco sustraerse al ambiente de
abominación y de lujuria que se respiraba en la Corte pontificia.
Pecó como otras muchas hijas de Eva que probaron y saborearon la
fruta prohibida y de ella luego se nutrieron y hartaron; mas pudo
alegar como disculpa la de un temperamento excesivo, al que servía
de aguijón el mal ejemplo de cuantos la rodeaban: padres y hermanos,
tías, cuñadas y primas, sin que bastaran a apaciguarlo y refrenarlo
ni su voluntad flaquísima ni su conciencia por completo embotada.
Predominó en Lucrecia la hembra enamorada, y más que a su belleza,
cuidada con esmero y realzada por el exquisito y dispendioso gusto
con que se vestía y adornaba, rendíanse a su encanto cuantos se le
acercaban y disfrutaban de su trato. Sumisa en Roma para sus enlaces
matrimoniales a los antojos de la familia, vióse obligada en Ferrara,
para satisfacer los propios, a contenerlos dentro de los límites de
la honestidad y la prudencia, impuestos por un marido celoso y una
Corte hipócritamente pudibunda. Falleció en edad temprana, antes de
que el tiempo le hiciera sentir demasiado sus ultrajes; pero sus
últimos años, muertos ya sus padres, sus tres hermanos, sus hijos
Rodrigo y Alejandro, fueron de preparación para la muerte, que por
obra de la divina misericordia presintió ya próxima. Apartóse de
los placeres mundanos, que tanto le gustaron; entregóse a lecturas
ascéticas poco amenas, atenazó con cilicios la carne hermosa y
pecadora, fundó conventos y enriqueció los existentes, y cuando llegó
la Descarnada, hallóla tan bien dispuesta al duro trance, que no
quedó en el ánimo de los ferrareses duda alguna de que aquella alma
bendita había ido derechamente al cielo.
Con estos datos, un historiador español se hubiera apresurado a
instruir el expediente de beatificación de la Duquesa de Ferrara,
para aumentar el ya crecido número de santos famosísimos con que ha
poblado España la Corte celestial, pues española era, y muy mucho
en sus sentimientos, gustos y aficiones, la gentilísima Lucrecia.
No se ha atrevido, sin embargo, a tanto el historiador alemán.
Propúsose Gregorovius solamente limpiar a su heroína de todo el
fango que sobre ella había vertido la calumnia, tanto la de sus
contemporáneos italianos, como la del dramaturgo francés que la sacó
a las tablas sin el más mínimo respeto a la verdad, y rehabilitarla,
dejándola reducida a las modestas proporciones de una pecadora
común y corriente, sin los descomedidos apetitos meretricios de una
Mesalina, y sin otra participación que la de mera comparsa en el
terrible drama de que fueron protagonistas los Borjas, y Roma teatro
durante el papado de Alejandro VI[1]. Lograra o no el sabio tudesco
su propósito, ello es que su libro sobre Lucrecia Borgia fué muy
leído y acreció el interés que la hija de Alejandro inspiró siempre,
no sólo durante su vida, intensa y breve, sino después a cuantos se
aficionaron a la historia del Renacimiento italiano y se sintieron
poderosamente atraídos por la magia de la grande enamorada, que cada
cual veía y pintaba a su manera, según su fantasía, y sin poner
mano en el velo que cubría la esfinge. Rasgólo Gregorovius, y su
libro pareció una revelación que satisfizo, sin embargo, a pocos. La
diosa bajó del pedestal y las gentes quedaron muy mohinas al ver que
el supuesto monstruo apocalíptico era una mujer de carne y hueso,
de la talla y condición de los demás mortales y con las flaquezas
propias de su sexo. Era el fin de una leyenda que, como tantas otras,
desaparecía por obra de uno de esos roedores de bibliotecas y de
archivos que se nutren de libros y papeles viejos y se complacen en
rehacer la Historia, arrancando a la Humanidad sus ilusiones respecto
del pasado.
[1] Quien primero trató de rehabilitar a Lucrecia Borja en
Italia, fué el Marqués Campori, de Módena, en un breve artículo
que publicó en 1866 en la _Nueva Antología_, con el título de
_Una vittima della Storia—Lucrezia Borgia_.
Pero si acabó la leyenda para los que creyeron, y fueron los más,
que era el Evangelio cuanto les decía Gregorovius, hubo también no
pocos, entre los que profesan o por afición cultivan la Historia,
que se permitieron tratar de apócrifo el tal Evangelio, y siguieron
revolviendo archivos a caza de papeles que pusieran en claro la vida
y milagros de Lucrecia Borja, la cual, a través de los siglos, nos
atrae con la misma irresistible fuerza del encanto con que sedujo a
sus contemporáneos. El autor de la _Historia de los Papas desde el
fin de la Edad Media_, el Barón Luis de Pastor, que representa hoy a
la República austriaca cerca de la Santa Sede, sin dejar de la mano
la obra magna, de la que lleva publicadas ya seis tomos que alcanzan
hasta el Pontificado de Pablo IV, al tratar del de Alejandro VI,
con su escrupuloso y desapasionado amor a la verdad, no deja bien
parados al Papa y a su hija predilecta. Y la pelea sigue encarnizada
entre los caballeros andantes, dispuestos a romper lanzas en favor
de Lucrecia, y los que ponen todavía en duda su honestidad, muy
discutida en Roma, y la sinceridad de su arrepentimiento y conversión
en Ferrara.
Esto ha dado lugar a una literatura copiosísima, obra de
historiadores y novelistas, dramaturgos y pornógrafos que en Italia
como en Francia, en Alemania como en Inglaterra, inspirados por las
gestas de los Borjas, dedicáronse a escribirlas, los unos con ánimo
de arrancar a los archivos su secreto, los otros con fines puramente
literarios, deformando o transformando los hechos según los gustos y
el propósito del autor. En España no ha despertado el debido interés
entre los historiadores la vida de esta ilustre española, hija de un
Papa.
El marqués de Laurencín ha publicado una _Relación de los festejos
que se celebraron en el Vaticano con motivo de las bodas de Lucrezia
Borgia con Don Alonso de Aragón_, que escribió la hermana del novio
Doña Sancha, acrecentándola con muy curiosas noticias y aclaraciones,
en su mayor parte inéditas, que nos dan a conocer los principales
personajes que a las bodas asistieron y en la Relación se nombran,
uniendo su elogio a los del autor de _Las Quincuagenas y batallas_,
el buen capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, que vió a Lucrecia
muchas veces y la tuvo por «persona muy hermosa, sabia e valerosa
señora, e por dicho de muchos de aquel tiempo, era clarísima e pocas
a ella semejantes, cuyas excelencias no se podrían decir sin muchos
renglones y en poco tiempo». Pero el vulgo se contenta con conocer a
_Lucrezia Borgia_ por la ópera de Donizetti aún más que por el drama
de Víctor Hugo, y la gente culta se ha dado por enterada y satisfecha
con el libro de Gregorovius.
En este caso me encontraba cuando vine a Roma. Mis aficiones
diplomáticas habían pasado por una crisis dolorosa y padecido un
amargo desengaño. La fortuna, como mujer, al fin y al cabo antojadiza
y más apegada a jóvenes que a viejos, después de haberme otorgado
durante muchos años, y acaso con inmerecido exceso, sus favores,
volvióme las espaldas y se acopló con quien, en acecho, aguardaba
mi caída. En las postrimerías de una vida consagrada a _la luciente
ociosidad_ con que los profanos, que aspiran a gozarla, estigmatizan
a los profesionales de la carrera diplomática, no cabía ya el cambiar
de oficio, viniendo éste a ser una segunda naturaleza por fuerza
de la costumbre, que tenía ya más de cincuenta años en su abono.
Gracias a un ilustre y bondadoso amigo que me tendió la mano para que
pudiera, no sin trabajo, levantarme, vime restituído a mi carrera
y volví a servir al Rey en la Embajada de Roma con no menor celo
que en las de Londres y París. Y teniendo en cuenta, aquí como en
todas partes, que la ociosidad, siquiera sea luciente, es madre de
todos los vicios, procuré evitarla y dediqué los ratos de vagar a la
lectura de libros y papeles viejos, siendo los libros amigos que no
cambian, y el más seguro trato el de los muertos, nunca engañoso.
Entre los libros que cayeron en mis manos, interesáronme sobre manera
los referentes a Lucrecia Borja, que no son pocos, extrañando, como
queda dicho, que no hubiera tentado la pluma de los historiadores
españoles tan ilustre dama, en cuyo favor ha salido únicamente a la
palestra, dispuesto a romper lanzas con su caballeresco espíritu,
mi buen amigo el Marqués de Laurencín, director de nuestra Real
Academia de la Historia. No pretendo recoger el guante, ni aporto
al pleito ningún nuevo documento que pueda servir para su fallo. Mi
propósito, mucho más modesto y proporcionado a mis fuerzas, se reduce
a dar a conocer a Lucrecia Borja a los españoles que ignoran quién
fué o que sólo la conocen por el libro de Gregorovius o la ópera de
Donizetti. Es un mero trabajo de vulgarización, basado sobre los
datos publicados por los historiadores que hicieron objeto de sus
pesquisas a los Borjas. En Inglaterra, como en Francia, abundan esta
clase de libros en que la Historia no se nos presenta como maestra de
la vida, palmeta en mano y con las severas tocas de dueña quintañona,
sino como garrida institutriz, risueña y parlera, que nos divierte
al par que nos instruye con su amena charla. Se guardan muy bien
los autores de entrar en liza de erudición con esos varones sesudos
en cuyas obras se masca el polvo del archivo; pero no se recatan
de aprovechar los papeles que éstos encontraron y publicaron, para
levantar con los acopiados materiales, no un palacio de sólidos
cimientos y vastas proporciones, sino un modesto pabellón de recreo
para que en él se cobijen los aficionados a las cosas de antaño, que
prefieren la Historia ilustrada con anécdotas y estampas a la que
abunda en documentos inéditos y se cae por pesada de las manos.
Muy digna de encomio es la intención de los que quieren despojar
a la Historia del manto y del coturno para ponerla al alcance de
los simples mortales; mas no siempre corresponden las obras a la
sana intención, y pudiera suceder lo propio en el presente caso. Si
así fuere, perdónenmelo Lucrecia Borja y el lector amigo, a cuya
benevolencia me encomiendo.
I
Don Alonso de Borja, Obispo de Valencia, viene a Italia
acompañando al Rey D. Alfonso V de Aragón.—Cúmplese la profecía
de San Vicente Ferrer y es elegido Papa, como Calixto III,
a la muerte de Nicolás V.—Su Pontificado.—El disculpable
nepotismo.—Los hijos de su hermana Isabel: Pedro Luis, Prefecto
de Roma, y Rodrigo, Cardenal Vicecanciller de la Iglesia.—Los
Borjas.—Antigüedad de su linaje.—La política de Calixto III.—La
cruzada contra los turcos.—La batalla de Belgrado.—Su disputa
con el Rey D. Alfonso.—Su fallecimiento.—Estalla el odio de los
romanos contra los catalanes.—Huye y muere en Civitavecchia
Pedro Luis.—Regresa a Roma Rodrigo.—Su influencia en la
elección de Pablo II, de Sixto IV y de Inocencio VIII.—Su
carrera eclesiástica.—Cursa el Derecho en la Universidad de
Bolonia.—Es nombrado Cardenal a los veinticinco años y al
siguiente Vicecanciller de la Iglesia.—Pasa a España, en 1472,
como Legado _a latere_ de Sixto IV.—Su riqueza.—Elección
simoníaca de Alejandro VI.—Elogios que del nuevo Papa hacen los
Prelados españoles.—La inmoralidad de Rodrigo de Borja y la del
Renacimiento en Italia.—El _uomo carnalesco_ que era el Papa.—Sus
amores con Julia Farnesio.—Su hija Laura Orsini casa con el
sobrino de Julio II.—D. Juan, el infante romano.—Los hijos de la
Vannozza y de Rodrigo de Borja.
El primer Borja que vino a Italia en 1420, acompañando a D. Alfonso
V de Aragón, _el Magnánimo_, Rey de Nápoles, fué D. Alonso, hijo de
Domingo de Borja, Señor del lugar y de la Torre de Canals, cerca de
Játiba, calificado de _Mosén_ y de _Doncel_, que casó con Francina o
Francisca Martí. Nació D. Alonso en dicha Torre de Canals el 31 de
Diciembre de 1378, y fué estudiante y luego profesor de Derecho en la
Universidad de Lérida y uno de los más reputados jurisperitos de su
tiempo. Siendo todavía un modesto clérigo se encontró con San Vicente
Ferrer, el cual le dijo que «sería un día ornamento de su patria y de
su familia y se vería revestido de la más alta autoridad que puede
alcanzar un mortal»; profecía que, andando el tiempo, se cumplió y no
la olvidó el Papa Calixto III, que canonizó al elocuente predicador
dominicano. Era don Alonso, no sólo peritísimo en jurisprudencia,
sino también especialmente apto para la diplomacia, y habiéndose de
ello percatado el Rey D. Alfonso de Aragón, lo tomó a su servicio
como secretario y consejero, y pudo apreciar su gran capacidad y
su destreza en cuantos asuntos puso mano, tanto eclesiásticos como
políticos y civiles. A él se debió la renuncia del antipapa Clemente
VIII[2], que premió Martino V con el Obispado de Valencia[3], y obra
suya fué también la reconciliación del Rey D. Alfonso con Eugenio
IV, que le valió la púrpura, asignándosele como iglesia titular
la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados. Vino entonces
a establecerse en Roma desde Nápoles, donde había estado ayudando
muy eficazmente a su soberano a reorganizar aquel reino, y a la
muerte del Papa Nicolás V, no habiéndose podido poner de acuerdo
los Cardenales italianos, por la rivalidad entre los Orsini y los
Colonna, recayó la elección del Cónclave, el 8 de Abril de 1455, en
D. Alonso de Borja, a cuya amistad con el Rey de Nápoles, muy digna
de tenerse en cuenta, uníanse los muchos años y los muchos achaques,
que prometían un brevísimo Pontificado.
[2] Gil Sánchez Muñoz, nombrado Papa por los dos Cardenales de
Pedro Luna (Benito XIII) en Peñíscola.
[3] El 20 de Agosto de 1429 recibió en Peñíscola el orden
sacerdotal y al día siguiente fué consagrado por el Cardenal
Pedro de Foix como Obispo de Valencia.
El nuevo Papa, que tomó el nombre de Calixto III, era un respetable
anciano probo y recto, ducho en negocios, erudito en leyes y cánones,
afable en su trato, de vida honesta y buena fama, sin que la
pública maledicencia pudiera echarle en cara, en punto a castidad,
ningún pecado de los que eran a la sazón harto frecuentes en la
Corte de Roma y de los que no se vieron exentos muchos Cardenales
y aun algunos Papas[4]. Pero con todas estas excelentes cualidades
faltábale a Calixto III, para su popularidad, una condición
esencialísima: la de ser italiano. Y no sólo era extranjero, sino
español o _catalán_, que así llamaban a cuantos, atraídos por el
esplendor de la tiara y el nepotismo del Pontífice español, su
ilustre compatriota cuando no pariente, acudieron a Roma para
engrandecerse, según Escolano, _a costa de la bolsa de San Pedro_
y con apetitos tales que para satisfacerlos hubiéranse necesitado
diez pontificados. Malquistos y temidos eran estos catalanes,
gente soberbia, batalladora y prepotente, con sentada reputación
de avara[5], cuya dominación en Sicilia y Nápoles llegó a hacerse
insoportable y odiosa. El nepotismo del Papa tenía fácil explicación,
y de haberse mantenido dentro de prudentes límites no hubiesen sido
justificadas las censuras e indignación de los romanos. La avanzada
edad y precaria salud de Calixto III moviéronle a buscar en los suyos
los instrumentos necesarios para el gobierno de la Iglesia, que
confió a sus sobrinos, y principalmente a los hijos de su hermana
Isabel, casada con Jofre de Borja, hijo de Rodrigo Gil de Borja
y de la catalana Sibila D’Oms o Doms. Fué Isabel madre de Pedro
Luis, Príncipe Nepote, Capitán general, Prefecto de Roma y Duque de
Spoleto; y del Cardenal Rodrigo, Obispo de Valencia y Vicecanciller
de la Iglesia, sobre el que derramó el Pontífice las más altas
dignidades y los más pingües beneficios eclesiásticos y seculares[6].
Otras tres hermanas tuvo el Papa: Juana, que casó con Mateo Martí y
no tuvo sucesión; Catalina, mujer de Juan del Milán o Milá, cuarto
Barón y Señor de Masalavés, y madre de Pedro del Milá, Camarero mayor
del Rey D. Alfonso V, de cuya hija Adriana, casada con Ludovico
Orsini, Señor de Bassanello, hemos de hablar más adelante, y de
Luis Juan del Milá, que llegó tempranamente a Cardenal y a Obispo de
Segorbe y luego de Lérida, y al fallecimiento de su tío regresó a
España, donde vivió oscurecido y murió casi octogenario; y Francisca,
que hizo en su casa vida religiosa y gozó fama de beata.
[4] Tuvo, probablemente antes de recibir las órdenes sagradas,
un hijo natural, Francisco de Borja, nacido en Játiba, del que
no se oyó hablar hasta la accesión de Alejandro VI, que le
hizo Arzobispo de Cosenza y Cardenal de Santa Cecilia, siendo
generalmente conocido como el Cardenal Cosentino. Los editores
de los _Monumenta Historica Soc. Jesu_ lo tienen por hijo de un
Juan Borja, hermano legítimo o ilegítimo de Jofre de Borja y
Doms, el cuñado de Calixto III, padre de Alejandro VI; murió en
Octubre de 1511, excomulgado por Julio II como cismático por su
participación en el Concilio de Pisa.
[5] Decía un proverbio: _los catalanes, de las piedras sacan
panes_, y Dante en _El Paraíso_ hace que Carlos Martel aconseje a
su hermano Roberto que huya de _l’avara poverta di Catalogna_.
[6] Además de estos dos hijos tuvo Isabel tres hijas que casaron
y quedaron en España. No tuvieron sucesión ni Tecla, mujer de
Mosén Vidal, de Vilanova, ni Beatriz, que lo fué de D. Ximén
Pérez de Arenós, Señor de Castelnovo, la cual sobrevivió pocos
días a su hermano el Papa. La mayor, Juana, contrajo matrimonio
con Pedro-Guillén Lanzol, de Romani, Señor de Villalonga, y sus
hijos, por autorización del Papa Alejandro VI, tomaron el nombre
materno de Borja anteponiéndolo al de Lanzol, lo cual dió lugar
al error en que incurrió el P. Mariana y los historiadores que
le siguieron, incluso Gregorovius, de reputar padre de Alejandro
VI a Jofre de Borja Lanzol, que era su sobrino carnal. Este
Jofre casó con Juana de Moncada y tuvo en ella numerosa prole.
De sus tres hijos varones, Rodrigo, el primogénito, fué Capitán
de la Guardia del Papa, y los otros dos, Cardenales. Juan,
llamado _el Menor_ para distinguirlo de su tío el Arzobispo de
Monreale, sucedió a César en el Arzobispado de Valencia, y Pedro
Luis sucedió a su hermano y fué el último Borja Arzobispo de
Valencia. De las hijas, cuatro, D.ª Leonor, D.ª Marquesa, D.ª Ana
y D.ª Isabel casaron en Valencia, y en Italia las otras dos, D.ª
Jerónima y D.ª Angela, que acompañaron a Ferrara a Lucrecia Borja.
Fué la Naturaleza con los Borjas pródiga en extremo, dotándoles
de todas aquellas cualidades en que estriba el secreto de la
irresistible influencia que ejercen algunos seres privilegiados,
hembras y varones, en el ánimo de los demás mortales. Eran de cuerpos
bien trazados, de sangre alborotada y ardentísima, de despierta
inteligencia, de valor temerario y de una voluntad férrea que les
hacía aptos para las grandes empresas a que la desmedida ambición les
empujaba. Presumían de ilustre y antiquísima prosapia, que hacían
remontar hasta el siglo XI, pretendiendo entroncar con la Casa Real
de Aragón en Don Ramiro I, quien tuvo, fuera de matrimonio, a D.
Sancho, primer Señor de Aybar y abuelo de Pedro de Atarés, el insigne
caudillo que acompañó a su pariente D. Alfonso _el Batallador_ en
la conquista de la tierra baja, y al ganarse la villa de Borja fué
su primer Señor, y en su palacio residió y descansó de las fatigas
bélicas, habiendo contraído matrimonio con D.ª Garcenda de Bearne
y rehusado la Corona de Aragón, que los navarros y aragoneses le
ofrecieron a la muerte de _el Batallador_. Pero descendieran o no de
Pedro de Atarés, lo cual no aparece suficientemente probado, ello
es que hallamos a los Borjas heredados en Játiba, después de la
conquista de Valencia, en cuyo repartimiento figuraron en 1240, y los
vemos dos veces elevados a la Silla de San Pedro, primero con Calixto
III, Alonso de Borja, en 1455, y luego, en 1492, con su sobrino
Rodrigo de Borja, que fué Alejandro VI.
Pero no debió ciertamente Alonso de Borja a la antigüedad de su
linaje y a los méritos de sus antepasados: primero, el Obispado de
Valencia; luego, la púrpura, y por último, la tiara. Cuando con él se
enemistó su antiguo soberano y protector el Rey D. Alfonso, por no
haber hallado en el Papa la ductilidad y sumisión que esperaba del
Secretario a quien tanto había favorecido, recordóle, por boca del
enviado napolitano en Roma, su humilde origen y el haber enseñado a
leer en el pueblecillo de Canals y cantado la epístola en la iglesia
de San Antonio; como si no fuera razón de más para sentirse ufano y
satisfecho el llegar, por el propio valer y los servicios prestados
a su Rey y a la Iglesia, a la alta autoridad que San Vicente Ferrer
habíale predicho.
Tres años duró el Pontificado de Calixto III, y su principal
preocupación fué la política oriental y la cruzada que promovió
contra los turcos, los cuales, apoderados de Constantinopla,
constituían una seria amenaza para la Europa. El ánimo esforzado y
varonil del Papa no decayó un instante, a pesar de las trabas que
a su actividad ponían los quebrantos de su gastada naturaleza y la
poca ayuda que encontró en los Príncipes de quienes más la esperaba.
Oriundo de una nación en que el _puñar con infieles_ había sido
durante siete siglos la cotidiana labor de todo buen cristiano[7],
creía que la voz del Papa sería por todos escuchada y que bastarían
las bendiciones e indulgencias, juntamente con el producto de los
diezmos, para alistar un ejército poderoso al que Dios daría la
victoria; habiendo hecho voto solemne de reconquistar Constantinopla
y siendo esta reconquista, según frecuentemente repetía, la cosa
que, después de su salvación eterna, más ardientemente deseaba. No
logró Calixto ver a los turcos expulsados de Constantinopla, ni
parece probable que hayamos de verlo en nuestros días por las mismas
razones que entonces lo frustraron, o sea por el desacuerdo entre las
Potencias europeas; pero sí tuvo el Papa la satisfacción, que fué la
mayor de su vida, de ver contenida en Belgrado la avanzada turca y
deshechas las huestes de Mohamed por un puñado de húngaros y cruzados
y por obra de tres Juanes, de quienes se dijo, como del vencedor de
Lepanto, que habían sido enviados por Dios: el héroe húngaro Hunyadi,
que levantó a su costa un ejército de siete mil hombres y dirigió la
batalla; el septuagenario fraile Capistrano, que capitaneó y alentó a
los cruzados, y el Cardenal Carvajal, Legado y compatriota del Papa,
uno de los más grandes purpurados de su tiempo, que fué el alma de
la empresa y el organizador de la victoria, y si de ella no se sacó
mayor partido no fué por culpa del Papa y su Legado.
[7] Para fomentar la guerra contra los moros dió a Enrique IV
de Castilla una Bula de Cruzada en la cual por vez primera se
concedieron indulgencias para los difuntos. También envió a aquel
Rey una espada bendita que se conserva en la Armería Real.
Faltóle desde luego el eficaz apoyo de los Príncipes a quienes
acudió, y sobre todo el del poderoso Rey de Aragón, que lo era
entonces de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y cuyas disputas con el Papa
amargaron el Pontificado de Calixto III. A tal punto se agriaron las
relaciones entre el Rey y el Papa, que éste le dirigió un Breve en
que le decía: «Sepa Vuestra Majestad que el Papa puede deponer al
Rey»; a lo que contestó el aragonés: «Sepa Su Santidad que si el Rey
quiere, encontrará los medios para deponer al Papa». Así las cosas,
llegó a Roma, con un numeroso y lucido séquito, la hermosa Lucrecia
de Alagno, que la voz pública tenía por manceba del Rey, aunque
D. Alfonso pretendiera que no pasaban de platónicas sus amorosas
relaciones con la dama. Recibióla el Papa con gran agasajo; pero se
negó a la anulación del matrimonio que el Rey solicitaba, fundado
en la esterilidad de la Reina María, para poder contraer segundas
nupcias; con lo cual, lejos de haber servido el viaje para suavizar
asperezas, contribuyó a hacerlas mayores. Causa principal de la
enemistad era la negativa del Papa a reconocer como heredero de
Nápoles al Infante D. Fernando, hijo natural de D. Alfonso[8], que
en 1436 vino a Italia con el futuro Calixto III, que fué también
su maestro. Al fin vióse libre el Papa de su acérrimo enemigo, que
murió el 27 de Junio de 1458; mas no le sobrevivió mucho Calixto,
que después de haber luchado tenazmente con la muerte durante quince
días, entregó su alma a Dios el 6 de Agosto.
[8] No se supo con certeza quién fuera su madre. Pontano refiere
variedad de opiniones y se inclina a que lo había sido la Infanta
D.ª Catalina, cuñada del Rey. Zurita y Bofarull piensan que lo
tuvo en D.ª Margarita de Hijar, dama de la Reina. El Papa Calixto
III decía que no era hijo de D. Alfonso sino de un hombre bajo
y de vil condición, por lo que algunos tenían por su padre a un
moro bastardo, de Valencia.
La exagerada afición a los suyos, llamáranse Borjas o fueran
simplemente catalanes, única debilidad de Calixto III, suscitóle
la animadversión de los romanos, y como quiera que se hablase del
matrimonio del Prefecto de Roma, D. Pedro Luis de Borja, con una
Colonna, bastó esto para que se echaran al campo en guerra abierta
contra el Papa los Orsini. Un historiador moderno compara a los
nepotes Borjas con los Claudios de la Roma Imperial, y pudiera
decirse de Calixto III lo que de Napoleón dijo Stendhal: que hubiese
sido una suerte para él no tener familia. Corría por las venas de
los Borjas sangre de conquistadores. Calixto III españolizó la Curia
y Alejandro VI y su hijo César intentaron crear para el Papado el
poder temporal a que después dió vida Julio II; mas su dominación
fué efímera en Italia, y a la muerte de Calixto estalló fragoroso y
potente el odio amasado contra aquellos catalanes que habían sido,
durante tres años, señores de Roma. En la madrugada del día en que
expiró el Papa huyó el nepote Prefecto, temeroso de caer en manos
de los Orsini, y se refugió en Civitavecchia, en cuyo castillo
falleció de la malaria el 26 de Septiembre siguiente. Y no le faltó
razón a D. Pedro Luis para temer el odio popular que se sació en los
españoles, muriendo asesinados no pocos de los que ejercían mando.
Saqueó la plebe el palacio del Cardenal D. Rodrigo de Borja, a la
sazón ausente, y las casas de muchos españoles que se habían puesto
en salvo, y aun las de algunos romanos afectos a los Borjas. Dió
entonces el Cardenal D. Rodrigo prueba de valor, pues después de
haber favorecido la fuga de su hermano el Prefecto, regresó a Roma
y aquí permaneció sin que le intimidara la cólera de sus enemigos,
ni le afligiera el desamparo en que le dejaron sus antes numerosos
amigos. Debióle su elección Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, de
Siena, e intervino también muy principalmente en la de sus sucesores,
el veneciano Pedro Barbo, Pablo II; Francisco de la Rovère, Sixto IV,
y el genovés Cibo, Inocencio VIII, hasta que, al fin, llegó su hora,
y como era el Cardenal que tenía más que dar, sea con buenos medios,
sea con malos, salió del Cónclave con la tiara adjudicada al mejor
postor, como se dijo en Roma.
Apenas puso el pie en Italia tuvo Rodrigo de Borja por amiga a la
fortuna, que le otorgó con largueza y sin tasa sus favores. Dedicado
casi desde la infancia a la carrera eclesiástica, entonces una de las
más conspicuas y lucrativas, sobre todo para los parientes del Papa,
que gracias al imperante nepotismo se ennoblecían y enriquecían a su
sombra, cuidó Calixto III de prepararlo para los más altos destinos
dándole por preceptor de Humanidades a Gaspar de Verona y enviándole
luego a Bolonia con su primo Luis Juan del Milá, que iba a encargarse
del gobierno de aquella ciudad, donde residió Rodrigo quince meses en
el Colegio de San Clemente, fundado por el Cardenal Gil de Albornoz
para estudiantes españoles, y cursó el Derecho canónico en aquella
Universidad, no menos reputada que la de Salamanca. Durante su
ausencia, y en un Consistorio secreto, confirió el Papa el capelo
a sus dos sobrinos, el 20 de Febrero de 1456, y el joven Cardenal,
que apenas contaba veinticinco años[9], fué enviado como Legado a
Ancona, y al año siguiente, con escándalo de toda la Curia, obtuvo
el codiciado cargo de Vicecanciller, que era la primera dignidad
eclesiástica después del Papa. En él proveyó también Calixto III,
en cuanto falleció el Rey D. Alfonso, el Arzobispado de Valencia,
que desde su elevación al Pontificado había quedado vacante por no
haberse rendido el Papa a los apremios del Rey, que lo pretendía para
su hijo bastardo D. Fernando.
[9] Según el documento publicado por Villanueva en su _Viaje
literario a las iglesias de España_, nació en Játiba, en Julio
de 1431. Burchard declara que en su presencia dijo el Papa a los
Cardenales, el 1.º de Enero de 1498, que el día anterior había
cumplido 67 años y que había nacido en Año nuevo que era domingo.
Y como no era domingo el 1.º de Enero de 1431 debió nacer, según
Pastor el 1.º de Enero de 1430.
Con la muerte del Papa Calixto padeció un eclipse la estrella de los
Borjas, mas no así la del Cardenal Vicecanciller, que continuó en
su puesto y sin menoscabo de su influencia en los Cónclaves y en la
Curia. Como Legado _a latere_, para preparar la cruzada contra los
turcos que proyectaba Sixto IV, pasó a España en 1472, desembarcando
el 20 de Junio en el Grao de Valencia.
Salió a recibirle, por encargo del Rey de Castilla don Enrique IV,
el Obispo de Sigüenza D. Pedro González de Mendoza, que andaba harto
desabrido por la tardanza del Papa en darle el capelo que pretendía y
que esperaba ahora lograr por medio del Cardenal Legado. Fué éste muy
festejado en Valencia, si bien no plugo a sus paisanos, que le habían
conocido apenas sacristán de Játiba, la excesiva ostentación de su
riqueza, de la que daba muestra su lujosamente ataviada comitiva.
De Valencia pasó por tierra a Tarragona para hablar con el Rey de
Sicilia, D. Fernando, y luego a Barcelona para avistarse con el Rey
D. Juan II, partiendo de aquellos Estados para Castilla el 29 de
Octubre. Recibiéronle en Madrid con gran acompañamiento, debajo de
palio: los Grandes y Prelados iban delante y el Rey le llevaba a
su mano derecha, costumbre de España de mucha honra. No sabemos si
con los agasajos y festejos pudo el Legado darse cuenta de que la
ignorancia estaba apoderada de los eclesiásticos en España en tanto
grado, según dice Mariana, que muy pocos se hallaban que supiesen
latín, dados de ordinario a la gula y a la deshonestidad, y lo menos
mal a las armas. En cuanto a la simonía, muy común y reputada mera
granjería en España, no podía sorprender a quien venía de Roma y de
ella había luego de valerse para llegar a la Silla de San Pedro. Fué
portador de la dispensa del Papa para el matrimonio que D. Fernando
había contraído tres años antes con la Princesa D.ª Isabel, hermana
del Rey de Castilla, y aunque usó de gran diligencia para apaciguar
y sosegar aquel Reino, no pudo conseguirlo por estar las voluntades
enconadas y ser él mismo más aficionado, como era natural, al partido
de D. Fernando, que con todas sus fuerzas pretendía adelantar. Con
este intento pasó a Alcalá de Henares, donde estaban D. Fernando
y D.ª Isabel, y de allí a Guadalajara, sin otro objeto que el de
granjearse la Casa de Mendoza y apartarlos del Rey y del Maestre de
Santiago. No olvidó D. Fernando los servicios que el Legado prestara
a su causa, y comprendió, desde luego, la importancia y conveniencia
de contar en la Curia con un Cardenal tan hábil, tan influyente y tan
español como el de Borja, amistándose con él estrechamente. Apadrinó
el Cardenal al Príncipe D. Juan, primogénito de D. Fernando y D.ª
Isabel, nacido en 1478, y cuando tuvo noticia de la toma de Granada,
hecho glorioso y fausto para la Cristiandad y para España, lo celebró
con una fiesta genuínamente española y nunca vista en Roma, a saber:
con una corrida de toros. Y siendo ya Papa otorgó a los Reyes de
España el título de Católicos, y en las tres famosas Bulas de 3 y
4 de Mayo de 1493 reconoció nuestra soberanía en América y fijó la
línea de demarcación entre las posesiones españolas y portuguesas.
Era la Italia entonces teatro de intrigas y de guerras en que cupo
parte principal y muy lucida al astuto D. Fernando. La sangre
aragonesa de Alejandro VI movíale a seguir la política de aquel gran
Rey, cuyas altas dotes había tenido ocasión de apreciar como Legado
del Papa en España. Durante veinticinco años mantúvose fiel a la
política española, y cuando en los últimos de su vida se apartó de
ella, no por propia convicción, sino rendida su voluntad a la de su
hijo, el prepotente César, los hechos probaron que el afrancesamiento
había sido para los Borjas una lamentable y desastrosa equivocación.
Ya hemos dicho, con Mariana, que como el Cardenal Borja era el que
tenía más que dar, sea con buenos medios o con malos, salió del
Cónclave con el Pontificado. Superaba en riqueza, según Giacomo de
Volterra, a todos los Cardenales, excepto a Estouteville. Las rentas
que percibía de numerosos beneficios eclesiásticos, de muchas Abadías
en Italia y España y de sus tres Obispados de Valencia, Porto y
Cartagena, además de su oficio de Vicecanciller, que producía 8.000
ducados de oro al año, eran enormes. Grande era también la cantidad
de su vajilla de oro y plata, de sus perlas y joyas, de sus trajes,
de sus ornamentos de seda y oro, de sus libros de varia disciplina, y
todo de tan fastuosa magnificencia, que sería digna de un Rey o de un
Papa.
El palacio que edificó entre el puente de Sant’Angelo y el Campo dei
Fiori, y que regaló, al ser elegido Papa, al Cardenal Ascanio Sforza,
hoy propiedad del Duque Sforza Cesarini, con cuyo nombre se conoce,
estaba alhajado con extraordinario lujo, del que podemos darnos
cuenta por una carta que el Cardenal Ascanio Sforza escribió a su
hermano Ludovico _el Moro_, el 22 de Octubre de 1484, y en la que al
hablarle de una cena con que le obsequió aquel día el Vicecanciller,
en unión de otros tres Cardenales, describía la magnificencia de
la decoración interior del palacio. Las paredes de la primera sala
estaban todas cubiertas con tapices de asuntos históricos. De allí
se pasaba a otra sala más pequeña, cubierta también con preciosos
tapices las paredes y con alfombras el pavimento, en armonía con
los demás adornos de la sala, en la que había una cama con dosel de
raso carmesí y un aparador en que lucía la vajilla de oro y plata
con piezas primorosamente labradas que eran una maravilla. Seguían
dos salas: la una con tapices y alfombras y una cama de parada con
dosel de terciopelo alejandrino, y la otra, aún más rica, con cama de
aparato con dosel de brocado de oro y en el centro una mesa con un
tapete de terciopelo alejandrino, rodeada de unas sillas de madera de
finísima talla.
No es, pues, extraño que cuando a la muerte de Inocencio VIII se
reunió el Cónclave, entre los aspirantes a la tiara se contara el
Cardenal Borja, que si bien como español era malquisto, poseía tan
cuantiosa riqueza, que podía ser ésta la que decidiera la elección
en su favor, según acertadamente preveía el enviado de Ferrara Juan
Andrés Bocaccio, Obispo de Módena. Con siete votos seguros y cuatro
probables contaba Sforza, y no pasaban de nueve los de Julián de la
Rovère, que era el candidato de Francia y de Génova[10]. El 6 de
Agosto empezó el Cónclave, y cuando el día 10, después de varias
votaciones, se convenció Sforza de que no tenía ninguna probabilidad
de sentarse en la Silla de San Pedro, prestó oídos a las tentadoras
promesas de Borja, que le ofreció, no sólo el Vicecancillerato y
su palacio de Roma, sino también el castillo de Nepi, el Obispado
de Erlau y otros beneficios. Al Cardenal Orsini le aseguraron las
importantes ciudades de Monticelli y Soriano, la Legación de la Marca
y el Obispado de Cartagena; al Cardenal Colonna, la Abadía de Subiaco
con todos los castillos adyacentes; al Savielli Cività Castellana y
el Obispado de Mallorca; al Pallavicino, el de Pamplona; al Michiel,
el de Porto; a los demás, ricas Abadías y pingües beneficios,
llegando así a reunir catorce votos. Faltábale uno, y con el soborno
de sus familiares se obtuvo el del Cardenal Gherardo, anciano de
noventa y cinco años cumplidos y notoriamente desmemoriado que
decidió la elección. Esta fué anunciada al rayar el día 11 de Agosto
de 1492.
Cuantos conocieron al Papa Alejandro VI están conformes en pintarlo
como hombre de gallarda presencia, alto, fornido y bien trazado,
reconociéndole todos grandes dotes de inteligencia, siquiera fuese
mediocre su cultura, una astucia natural y una vasta pericia en el
manejo de los negocios, sobre todo cuando había en ellos dinero de
por medio. El Obispo español Bernardino López de Carvajal, creado
Cardenal de Santa Cruz en Jerusalén, encomiaba, en 1493, la soberana
belleza y la fuerza física del nuevo Pontífice, belleza que, por
los retratos que de él se conocen, y especialmente por el del
Pinturicchio, en el famoso fresco del apartamento de los Borjas, en
el Vaticano, no sería hoy igualmente apreciada. Otro prelado español,
Juan López, el futuro Cardenal de Capua, Secretario del Papa,
escribía, el 28 de Marzo de aquel mismo año, a don Enrique Enríquez,
padre de la Duquesa de Gandía: «Estos otros Pontífices antepasados
ninguno ovo de tan sublime natura, ni tan temido cuanto Papa
Alejandro por su luenga experiencia, acertísimo ingenio y vehemencia
en las acciones... Se viésedes, Señor, y contemplásedes como nosotros
acá vemos en su regimiento y gobierno Su Beatitud, con qué gracia
y suavidia fabla, con qué justicia y clemencia donde conviene se
tempra, con qué devoción religiosa y liberalidad en las cosas pías
se porta, vos maravillaríades por cierto. Da sus audiencias públicas
_speso_ (a menudo) fasta a las pobres vegezuelas, y con qué paciencia
y sufrimiento. Espende y gasta lo que tiene en justos y buenos usos
la mayor parte; e dá y dará tal razón delante Dios y el mundo de su
gloriosa vida que todos devemos de estar contentos y asombrados.»
[10] El Agente del Marqués Gonzaga, Antonello de Salerno, en
despacho fecho en Rimini, el 21 de Julio de 1492, cuenta que a la
cabecera del moribundo Inocencio VIII estuvieron a punto de venir
a las manos los dos Cardenales Borja y Julián de la Rovère.
Era natural que esto pensasen y escribiesen del Papa los prelados
españoles que habían de ser por él agraciados con la púrpura, y
que el advenimiento de Alejandro VI fuese saludado con júbilo por
los catalanes, parientes y conterráneos de Su Santidad, que a Roma
acudieron de nuevo, atraídos por el dinero de San Pedro y con ánimo
de recobrar el menoscabado señorío. De la inmoralidad de Rodrigo de
Borja nada nos dicen los escritores, sus contemporáneos, italianos y
españoles, porque era cosa común y corriente, no sólo en Italia, sino
en España, donde abundaban, en los más ilustres linajes, los hijos
fornecinos, y no era óbice la bastardía para llegar a los más altos
puestos, incluso el trono. No podía, por tanto, causar sorpresa la
vida licenciosa del Cardenal Borja y de sus hijos bastardos, porque
así vivían los Príncipes italianos de su tiempo, los eclesiásticos
como los seglares. Siete Príncipes, ninguno de ellos fruto de
legítimo matrimonio, recibieron, en Ferrara, a Pío II, y en el mismo
caso se encontraban, según escribió aquel Papa, la mayor parte de
los que, a la sazón, gobernaban la Italia: Fernando de Aragón, en
Nápoles; Francisco Sforza, en Milán; Borso de Este, en Ferrara;
Segismundo Malatesta, en Rimini.
El Renacimiento con el culto de la antigüedad pagana, que resurgió
en las letras y las artes, hizo que también resurgieran vicios y
costumbres que al amparo de la filosofía florecieron en Grecia,
patria de pensadores y de estetas. La prostitución vulgar del siglo
XV, aceptada como mal menor y tenida por oficio vil, y aunque
necesario, despreciable, pasó a ser a principios del siglo XVI
artículo, no sólo de necesidad, sino de lujo, y adquirió formas más
afinadas y atractivas. Las que se llamaban simplemente _pecadoras_ se
convirtieron, a imitación de las heteras griegas, en _cortesanas_,
nombre que, según Burchard, se daba a las _meretrices honestas_, las
cuales vivían suntuosamente en Roma y no se contentaban con poseer
todos los secretos del arte para conservar, realzar y adornar la
corporal belleza, haciéndola más seductora y lucrativa, sino que
también nutrían con provechosa enseñanza su entendimiento para que
la plática, culta y amena, fuera un encanto más que les captara
el ánimo de los Príncipes de la Iglesia y de los grandes señores
que las frecuentaban. Una de las más famosas entre las romanas,
la Imperia, tuvo por amigo al banquero Agustín Chigi[11], y por
maestro al _Strascino_ de Siena[12], y esmaltaba sus cartas con
citas griegas y latinas, y sólo otorgaba a escogidos primates sus
codiciados favores. Tulia de Aragón[13] se distinguió como cortesana
y poetisa, y también Verónica Franco[14]. Bandello conoció en
Milán a la majestuosa Catalina de San Celso, que tañía y cantaba
maravillosamente y recitaba poesías, y acaso fuera ella la cortesana
de quien dice Aretino que se sabía de memoria a Petrarca y Bocaccio
e innumerables versos latinos de Virgilio, Horacio y Ovidio, y por
su amena conversación, tenía fama la española Isabel de Luna, mezcla
bizarra de bondad de corazón y de procaz e impudente malignidad.
[11] Riquísimo banquero, hijo de un Embajador de Siena. Vino a
Roma, ayudó a César Borja y obtuvo la confianza de Julio II y la
superintendencia de la hacienda pontificia. Se hizo construir,
por Baltasar Peruzzi, el palacio llamado de la Farnesina, que
decoraron al fresco los más ilustres artistas del siglo XVI, y
en el que obsequió con suntuosos banquetes a León X y su Corte.
Arruinados los Chigi vendieron el palacio a los Farnesios,
de donde le vino su actual nombre, y extinguida esta familia
en 1731 pasó a la Corona de Nápoles, y el último Rey la dió
en _enfiteusis_ al Duque de Ripalda. Hoy es propiedad de su
hija la Duquesa de Santa Lucía y lo habita el Príncipe Chigi,
descendiente del primer propietario.
[12] Nicolás Campani, llamado el _Strascino_ de Siena, autor de
un célebre _Lamento_ sobre el mal francés.
[13] Era hija del Cardenal Pedro Taglaria de Aragón y de la bella
Julia Campana, famosa cortesana de Ferrara, en quien la hubo,
dice un cronista, _furtivamente_. Tuvo una corte de poetas y la
protegió D.ª Leonor de Toledo, Duquesa de Florencia. Después de
haber ganado con su belleza y con su arte una fortuna, murió en
la miseria en una taberna del Transtevere. (G. Biagi.—_Un etèra
romana Tullia d’Aragona._ Firenze, 1897.)
[14] G. Passini.—_Veronica Franco, celebre poetessa e
cortigiana_, 2.ª edición, Venezia, 1888.
Mas no bastó a los humanistas para su solaz el renacimiento de
aquellas ilustres cortesanas. No les bastaron los placeres a que
naturalmente nos inclina la flaqueza humana. Parecióles digno de
imitación y de encomio el ejemplo de los filósofos helenos, y
ensalzaron y practicaron el pecado nefando a que los griegos dieron
nombre. Ya desde principios del siglo XIV se conocía en Venecia, en
Nápoles, en Siena. Dante tropezó en el Infierno con estos pecadores,
entre los cuales estaba su propio maestro, Brunetto Latini, y el
Obispo de Florencia, Andrés de Mozzi, y otros que fueron todos
clérigos o letrados insignes de gran fama, y San Bernardino de Siena
los amenazó en sus sermones con todas las iras y castigos del
cielo. No se puede decir, como Ariosto, que de este vicio estaban
infestados todos los humanistas; pero es indudable que en el número
de los que por ahí pecaron figuró Angel Poliziano, cabeza de los
humanistas en la Corte de Lorenzo de Médicis, y el cronista veneciano
Sanuto, y el Embajador de Venecia cerca de Inocencio VIII, Antonio
Loredano, que por el escándalo perdió su puesto, caso que pudiera en
nuestros días repetirse, si el nefando pecado, público y notorio ya
en varias residencias, llegase alguna vez a cometerse en forma que,
traspasando los límites de la maledicencia diplomática, adquiriese
las proporciones del manifiesto escándalo.
Consideróse entonces como uno de los castigos del cielo, anunciados
por San Bernardino, un mal que causó aún mayores estragos que la
peste, y que los italianos llamaron francés por suponerlo importado
de Francia por el ejército de Carlos VIII, que ocupó a Nápoles y
allí vivió entregado a Baco y a Venus; mientras que los franceses lo
bautizaron de napolitano, teniéndolo por enfermedad propia de aquel
reino.
No respetó el terrible mal ni aun a los que habían de sentarse en la
Silla de San Pedro. No era, a la verdad, ejemplar la vida de aquellos
Cardenales mundanos como Ascanio Sforza, Riario, Orsini, Balue,
Savelli, Sanseverino, Julián de la Rovère, que nada tenían que echar
en cara a Rodrigo de Borja. Vivían todos como príncipes seculares,
en regios palacios, con centenares de servidores, los más de ellos
armados, y paseaban por la ciudad a caballo, ataviados militarmente
y con la espada al cinto, y acompañados de lucida escolta. Cazaban,
jugaban, banqueteaban, cortejaban a casadas y doncellas, tomaban
parte en las fiestas del Carnaval y se permitían toda clase de
desenfrenos, sin desdeñar el meretricio. Profundamente mundana era
la personalidad más importante del Sacro Colegio, el Cardenal Julián
de la Rovère, que fué luego el Papa Julio II, verdadero hombre del
siglo XV por la fuerza de la voluntad, la impetuosidad de la acción
y la grandeza de sus proyectos e ideas, el cual tampoco guardó el
celibato, pero sí cierta decorosa seriedad.
Hubo ésta de echarse de menos en Rodrigo de Borja, a quien nadie
pudo disputar la palma de mujeriego y lujuriante. El Papa Pío II,
que profesaba al Cardenal Vicecanciller un verdadero afecto, hubo de
amonestarle por cierta fiesta que dió en Siena, de la que excluyó
a padres, hermanos y maridos, para que no presenciaran cosas que
el pudor obligaba a callar y no permitía llamar por su nombre[15].
Pero las amonestaciones y consejos, siquiera fuesen tan autorizados
y prudentes, de poco sirvieron para morigerar a aquel _uomo
carnalesco_, que de mozo como de viejo, de Cardenal como de Papa, amó
con pasión y hasta el fin a las mujeres, a quienes atraía como el
imán al hierro[16].
[15] He aquí la traducción castellana de la carta de Pío II:
«Amado hijo: Cuando hace cuatro días se juntaron en los jardines
de Juan de Bichis algunas damas de Siena entregadas a la mundana
vanidad, olvidaste, según hemos sabido, la dignidad del cargo
que desempeñas y te entretuviste con ellas desde las 17 hasta
las 22. Tuviste por compañero a quien la edad, si no el honor de
la Santa Sede, hubiera debido recordarle su deber[A]. Hemos oído
que se bailó disolutamente, sin omitir ninguno de los atractivos
del amor, y que tu conducta fué la de cualquier joven mundano.
Lo que allí ocurrió el pudor obliga a callarlo, porque no sólo
el hecho, sino hasta el nombre es indigno de tu posición. Los
maridos, padres, hermanos y parientes de aquellas damas, casadas
y solteras, no fueron admitidos, para que vuestro placer pudiese
ser más desenfrenado. Os encargasteis, con pocos criados, de
dirigir y de animar los bailes. No se habla hoy en Siena sino
de tu ligereza, que anda hoy en boca de todos. Es verdad que en
estos baños donde es grande el concurso de clérigos y seglares
eres la fábula de todos. Es indecible nuestro disgusto porque
esto redunda en desdoro del oficio y dignidad sacerdotal. Se dirá
que nos enriquecemos y encumbramos, no para vivir honestamente,
sino para procurarnos los medios de satisfacer nuestros antojos.
De ahí el desprecio de los Príncipes y de las Potencias y el
cotidiano sarcasmo de los legos. De ahí que se nos eche en cara
nuestra manera de vivir cuando reprendemos la de los demás, y que
las censuras alcancen al Vicario de Cristo porque tolera tales
cosas.
[A] Mons. de Robau.
»Tú, hijo amado, estás a la cabeza de la diócesis de Valencia,
la primera de España; eres, además, Canciller de la Iglesia,
y, lo que hace más reprensible tu conducta, figuras entre los
Cardenales que con el Papa forman el Consejo de la Santa Sede.
Dejamos a tu juicio si conviene a tu dignidad el cortejar
doncellas, el enviar fruta y vino a tu predilecta y el pasar el
día sin pensar más que en solazarte deleitosamente. Por culpa
tuya se nos censura y padece la memoria de tu tío Calixto que,
a juicio de muchos, hizo mal en cubrirte de tantos honores. Si
buscas excusas con la edad, no eres tan joven que no puedas
comprender los deberes que tu dignidad te impone. El Cardenal
debe ser irreprensible y modelo de conducta moral a los ojos
de todos. ¿Podremos, acaso, enojarnos si los Príncipes de la
tierra nos dan calificativos poco honrosos, si nos disputan la
posesión de nuestros bienes y nos obligan a someternos a sus
mandatos, cuando somos nosotros mismos los que nos inferimos
estas heridas y los que nos aparejamos estos males, menoscabando,
cada vez más, con nuestras acciones, la autoridad de la Iglesia?
Nuestro castigo en este mundo es la vergüenza, y en el otro el
consiguiente padecer. Ponga tu prudencia coto a estas vanidades
y tenga presente tu dignidad, para evitar que ganes fama de
pisaverde entre las damas. Si tales hechos se repitieran
Nos veríamos obligados a hacer ver que ocurren sin nuestra
aprobación, antes bien, muy a pesar nuestro, y nuestra censura no
te favorecería. Siempre te hemos querido y te hemos creído digno
de nuestra protección porque parecías hombre serio y morigerado.
Haz de modo que podamos seguir teniendo de ti la misma opinión
y nada contribuirá más a ello que el llevar una vida más seria.
Tu edad, que promete todavía mejora, nos permite amonestarte
paternalmente.
»Petriolo, 11 de Junio de 1460.»
[16] Cuando en 1464 acompañó a Pío II en su viaje a Ancona
enfermó allí y el médico dió pocas esperanzas _Maxima quia paulo
ante non solus in lecto dormiverat_.
Frisaba en los sesenta cuando empezaron sus amores con Julia
Farnesio, que apenas contaba quince abriles, y de cuya peregrina
hermosura se hicieron lengua los romanos, que por antonomasia
llamábanla _la Bella_ y también, impíamente, _la esposa de Cristo_.
Lorenzo Pucci, el Embajador florentino, que la vió un día en casa de
Adriana Milá, calentándose al fuego con Madonna Lucrecia, _la hija
de Nuestro Señor_, después de haberse lavado la cabeza, operación
frecuente y necesaria para las que, como Lucrecia, se enrubiaban a
la veneciana, dice que parecía Julia un sol con la dorada cabellera
que le llegaba hasta los pies. No tuvo la fortuna de pasar a la
posteridad retratada por un gran artista, como le sucedió a Laura
di Dianti, la amiga del Duque de Ferrara, Alfonso del Este, cuya
belleza fijó en el lienzo el famoso Tiziano. Pretende el Vasari
que Pinturicchio la pintó en una sobrepuerta del apartamento de
los Borgias, en el Vaticano, como una Virgen a quien adora el Papa
Alejandro VI; pero ni la Virgen que está en la sobrepuerta de la Sala
de la Vida de los Santos se parece en nada a Julia, por los retratos
que de ella trazaron con la pluma sus contemporáneos, ni está ante
ella en adoración el Papa, maravillosamente retratado en el fresco
de la Resurrección, en la Sala de los Misterios. Hay quien supone
que es Julia, y no Lucrecia Borja, como hasta ahora se ha creído, la
protagonista de la Disputa de Santa Catalina, la joven que, ricamente
vestida de azul y rojo y suelta la dorada y copiosa cabellera,
aparece ante el trono del Emperador; porque Julia Farnesio, que tenía
entonces diecinueve años, gozaba en la Corte Pontificia de lugar
preeminente como favorita oficial de Alejandro VI[17].
[17] Es pura leyenda la de que sirvió de modelo a la Justicia en
el mausoleo de su hermano Pablo III, que en el estilo de Miguel
Angel hizo Guillermo della Porta en San Pedro; estatua cuya
desnudez veló Teodoro della Porta, en el Pontificado de Clemente
VIII, con una lámina de hierro que se confunde con el mármol.
En ella tuvo el Papa una hija que se llamó Laura, y cuyo _indecente
parecido_ proclamaba a voces su paternidad, la cual tampoco ocultaban
los Farnesios, que en el lenocinio fundaron su grandeza, ni podía
ignorarla el apartado y pacientísimo marido, Orsino Orsini, _el
Tuerto_, que para el caso resultaba ciego, emparentado asimismo
con el Papa por su madre Adriana Milá, sobrina de Alejandro VI, y
zurcidora del matrimonio de su hija y del adulterio de su nuera.
Esta Laura Orsini, apenas cumplidos los trece años y declarada
núbil a ojo y fe de notario[18], casó el 16 de Noviembre de 1505
con Nicolás de la Rovère, sobrino del reinante Julio II, enemigo
declarado de Alejandro VI, a quien públicamente llamaba _Marrano_,
nombre con que se designaba a los judíos conversos. Celebróse la
boda con gran pompa en el Vaticano, y a la ceremonia y al banquete
de familia, presididos por el Papa, asistió la madre de la novia,
doblemente viuda[19], llamando la atención por su gran dignidad y
espléndida belleza, no afectada por los años ni por los escrúpulos
de una conciencia estrecha. La sobrina de Su Santidad pasó a Urbino
en compañía de la Duquesa Leonor de Gonzaga, mujer de intachable
reputación; mas no pudo decirse lo mismo de la de Donna Laura, que
sin duda heredó de sus padres descomedidos apetitos que no bastaba
a satisfacer el cuitado marido. Ello es que pocos años después
escribía el poeta Tebaldeo al Conde Baltasar Castiglione, que era
D.ª Laura mujer de quien se debía huir, pues por haberla él servido
quince días, temía que le durara quince años el recuerdo de aquella
intimidad, por lo que aconsejaba al árbitro de las elegancias del
Renacimiento que añadiera a sus letanías: _A consuetudine Lauræ,
libera nos Domine_.
[18] Declaró un notario que, _por su aspecto_, parecía núbil.
[19] _El Tuerto_ murió en Agosto de 1500, trágicamente, sepultado
bajo los escombros del techo de su habitación.
Casada su hija, desapareció Julia Farnesio de Roma, y a principios de
1509 contrajo segundas nupcias con un napolitano oscuro, que si bien
tenía escasos medios de fortuna, poseía, al decir de las mujeres,
inestimables prendas naturales que despertaron la curiosidad y la
afición de Madonna Julia, la cual se hallaba a los treinta y cinco
años solicitada por el recuerdo de las pasadas concupiscencias,
seniles y sacrílegas, y por el ansia de arder, sin asomo alguno de
pecado, al fuego de una sangre moza, que se le antojaba dispuesta a
cumplir espontáneamente y con largueza todos sus deberes. Apartóse de
las gentes para que no le robasen, las siempre envidiosas amigas, el
tesoro de que quería gozar a solas, y cuando llegó su hora, antes de
los cincuenta[20], pudo estimarse dichosísima por no haber conocido
los desmedros y achaques de la vejez, que son en este mundo el mayor
padecer y castigo de la mujer hermosa.
[20] Murió el 24 de Marzo de 1524.
Yriarte cree[21] que no fué Laura Orsini el único fruto de los amores
de Alejandro VI con la bella Julia, y pretende que en ellos tuvo
a un D. Juan, infante romano, nacido en 1498 y reconocido por dos
Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, primero como hijo de César y
de mujer soltera, y luego por hijo suyo y de la dicha mujer, que se
ignora quién fuese. Otorgóle el Papa el Ducado de Nepi y después el
de Camerino, y túvolo a su lado en el Vaticano, donde se crió con
Rodrigo, el hijo de Lucrecia y de Alfonso de Aragón, demostrando
Alejandro VI una especial predilección por ambos pequeñuelos. Esto
dió lugar a que la maledicencia pública propalara la voz, que
acogieron los poetas Sannazzaro y Pontano, y los historiadores y
políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Guicciardini y otros,
de que el Papa tuvo a D. Juan en su propia hija Lucrecia, separada
a la sazón de su marido Juan Sforza, cuyo matrimonio se anuló por
impotencia; pero el Tribunal de la Historia, por falta de pruebas, ha
absuelto a Alejandro VI del nefando incesto, reputándolo calumniosa
especie a que no fué extraño el despedido y despechado Sforza. Del
infante romano habremos de tratar más adelante.
[21] El profesor de Oxford, Mr. W. H. Woodward, en su biografía
de _Cesare Borgia_, tiene también por hijo de Julia a un
Rodrigo Borja que nació en 1503; es decir, en el último año del
Pontificado de Alejandro VI, y cuando éste había cumplido ya más
de setenta.
Otros bastardos tuvo el Cardenal Borja en diferentes y desconocidas
mujeres. De Jerónima de Borja tenemos noticia, por su contrato de
boda con Juan Andrés Cesarini, de 24 de Enero de 1482, en el que
la reconoce el Cardenal por hija y la llama _hermana del noble
adolescente Pedro Luis y del infante Juan_. Otra hija, Isabel, casó
el 1.º de Abril de 1483 con el noble romano Pedro Juan Mattuzi, y
cuando a la muerte de Alejandro VI se derramaron por Roma los Orsini
clamando venganza, entraron en casa de Mattuzi y se llevaron a su
mujer y a una bellísima hija casada para vengar en ellas los ultrajes
de que habían sido víctimas, por parte de los Borjas, las mujeres de
la familia Orsini.
Pero los bastardos más famosos fueron los que engendró Rodrigo en la
romana Vannozza de Cattaneis, con quien mantuvo amorosas relaciones
durante veinte años, siendo de ellas fruto, según rezaba la lápida,
ya desaparecida, que cubría su sepultura en la Iglesia de Santa
María del Popolo, en Roma, César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre
de Squillace y Lucrecia, Duquesa de Ferrara.
No se cita en la lápida, obra del fideicomisario y albacea Jerónimo
Pico, a Pedro Luis, a quien tuvo Mariana por primogénito de la
Vannozza, y cree Gregorovius muy probable que lo fuera, y lo mismo
opinan Oliver[22] y Höfler[23]. Debió nacer en 1463, porque en la
Bula de su legitimación, de 5 de Noviembre de 1481, le llama Sixto IV
_adolescente romano_, hijo _tunc Diacono Cardenali et soluta_, y al
ser nombrado tutor de su hermano menor, Juan, en 29 de Enero de 1483,
debía tener al menos veinte años. El Rey Fernando el Católico le
concedió privilegio de legitimación y naturalización el 9 de Octubre
de 1481, y en 20 de Mayo de 1485, el título de _Egregius_, extensivo
a sus hermanos, a quienes nombra por este orden: a César, a Juan y a
otro, cuyo nombre está en blanco, que debe ser Jofre; fundándose este
título en los méritos que contrajo en la conquista de Ronda, en cuyo
arrabal entró el primero por la fuerza de las armas, según afirma el
Rey haberlo visto por sus propios ojos. En igual año y con fecha 3 de
Diciembre, en Alcalá de Henares, le vendió el Rey en 63.121 timbres,
tres sueldos y nueve dineros, la villa de Gandía, y como había sido
ya vendida el 4 de Junio de 1470 a la ciudad de Valencia por su padre
don Juan II de Aragón, que fué Duque de Gandía, le impuso D. Fernando
la obligación de satisfacer a la ciudad las cantidades entregadas por
ella y de depositar las sobrantes en la Tesorería Real, como se hizo
el 14 de Diciembre, y el día 20 le hizo el Rey merced del título de
Duque perpetuo y hereditario, que continuó en la Casa de Borja hasta
su extinción, por línea directa y varonil, de esta famosa raza en
1748[24].
[22] «D. Rodrigo de Borja (Alejandro VI), sus hijos y
descendientes» Informe de D. Manuel Oliver y Hurtado. _Boletín de
la Academia de la Historia._ Tomo IX. Madrid, 1886.
[23] Höfler. _D. Rodrigo de Borja (Papst Alexander VI) und seine
Söhne, D. Pedro Luis, erster, und D. Juan, zweiter Herzog von
Gandia aus dem Hause Borja._ Wien, 1889.
[24] Hubo doce Duques de Gandía por descendencia directa y
masculina de los Borjas, hasta que extinguida en 1748 pasó el
Ducado a D. Francisco Pimentel y Borja, Duque de Benavente. Este
no tuvo hijos varones y su hija y sucesora, la famosa Duquesa
de Benavente, D.ª María Josefa, casó con D. Pedro de Alcántara
Téllez Girón, Duque de Osuna.
Tanto por el afecto que profesaba a su antiguo Camarlengo, como por
el interés de atraerse la benevolencia del Cardenal Vicecanciller,
arregló el Rey Fernando el matrimonio del Duque de Gandía con D.ª
María Enríquez y Luna, hija de D. Enrique Enríquez de Quiñones,
hermano de la Reina de Aragón D.ª Juana, y Mayordomo mayor de su
sobrino el Rey D. Fernando; pero D. Pedro Luis murió en Roma, en
Agosto de 1488[25], sin haber consumado el matrimonio y dejando por
heredero del Ducado de Gandía y demás bienes a su hermano Juan, aún
menor de edad, según testamento otorgado el 14 del mismo mes y año,
en el cual legó 11.000 timbres como dote a su hermana Lucrecia.
El Ducado de Gandía dejado a Juan, la dote legada a Lucrecia y la
fecha del nacimiento de Pedro Luis, cuando ya habían empezado las
relaciones de la Vannozza con el Cardenal Rodrigo, son datos que
confirman la opinión de Mariana y la de los autores que la siguen.
[25] Gregorovius dice que Pedro Luis murió muy joven, en España,
antes de 1491, y Béthencourt da como fecha de su fallecimiento
el 3 de Septiembre de 1488. Murió en Roma, si no el mismo día en
que otorgó su testamento, pocos después, porque el 28 el Deán
de Valencia, D. Juan López, que ejercía el cargo de notario
apostólico, extendió un instrumento público de poder a favor de
Francisco Prats, para que en nombre de D. Juan de Borja y con el
cargo de procurador suyo, se trasladase a España y firmase las
capitulaciones matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez
que, siendo todavía innúbil, había quedado intacta. Y como el
nuevo Duque no había cumplido aún los catorce años, pues sólo
contaba doce, necesitaba la dispensa de edad y la del impedimento
de parentesco, que el Papa Inocencio VIII, a instancia de D.
Rodrigo de Borja, otorgó al instante en la misma fecha. Los
restos del primer Duque de Gandía fueron trasladados de Roma a
Gandía, en cuya Colegiata, reedificada por D.ª María Enríquez,
están enterrados muchos de sus sucesores. D.ª María nació en
1479, casó el 24 de Agosto de 1493, con D. Juan, segundo Duque
de Gandía; enviudó el 14 de Junio de 1497, y puestos en orden su
Casa y Estados pudo entregarlos a su hijo D. Juan y entró en el
Convento de Santa Clara, en 1511, y en él murió en 1537, con el
nombre de Sor María Gabriela. En este Convento había ya profesado
su hija Isabel y profesaron también cinco hijas del tercer Duque
de Gandía, hermanas de San Francisco de Borja.
Entre los recientes apologistas de Alejandro VI, que para
rehabilitarle han apelado, según Pastor, a la indigna alteración
de la verdad histórica, figuran el dominicano Ollivier[26] y el
escolapio Leonetti[27]. Niega el primero la autenticidad del
epitafio, mientras el segundo, haciendo caso omiso de Bulas de
legitimación, despachos de diplomáticos y testimonios contemporáneos,
pretende que los hijos de Vannozza no lo fueron del Papa, sino de un
su hermano que quedó rezagado en España o de un hijo del Prefecto
de Roma, Pedro Luis, hermano de Rodrigo, que murió soltero y sin
conocida sucesión en 1458 o del padre del Cardenal Juan de Borja el
joven, porque César le llamó hermano al participar su fallecimiento,
o de cualquiera de los treinta Borjas que se encontraban en Roma.
Compadecido el Papa de aquellos hijos de la Vannozza, engendrados
por un Borja que se contentó con darles su apellido, sin que esto
conste en documento alguno, viéndolos condenados a padecer varios
padrastros, los recogió, los educó, los casó, los encumbró y los
quiso como si fueran sus propios hijos, dando así lugar a que muchos
los tuvieran por tales. ¡Hipótesis peregrina la de que estos hijos
de la Vannozza, que Alejandro VI reconoció por suyos y carnales en
documentos fehacientes, tuvieran por padre a un hermano de Rodrigo,
hasta ahora desconocido, que quedó en España y desde allí los procreó
en una romana que no salió de Roma!
[26] _Le Pape Alexandre VI et les Borgia._ París, 1870.
[27] _Papa Alessandro VI, secondo documenti e carteggi del
tempo._ 3 vol. Bologna, 1880.