XXXVI

El sentido moral indignado sería muy respetable si se indignara á

tiempo y con absoluta justicia. Por ejemplo: con tantos malos maridos

y peores padres como andan por todas las esferas sociales; con el

que vive á costa de su mujer ó de la ajena; con el que no repara en

transmitir á sus hijos dolorosa herencia de enfermedades, por lograr

su bienestar con un matrimonio conveniente; con el funcionario torpe

ó prevaricador; con el adulterador de substancias alimenticias; con

el usurero sin entrañas; con el explotador sin conciencia... En todos

éstos podía emplearse mejor esa indignación derrochada por ligeros

indicios contra mujeres indefensas, siempre respetables. La descortesía

masculina sería disculpa en este caso, y en otros parecidos, de lo

mismo que con ella pensaban castigar. Si así son los hombres, se

comprende que toda mujer de sentimientos delicados procure evitarlos.

De estas cosas, como de la influencia clerical en el espíritu de las

mujeres, como de todos sus extravíos, tiene siempre la culpa el hombre,

por su grosería ó por su indiferencia. La mujer necesita una fe, un

apoyo, una creencia en algo, humano ó divino. Si el hombre renuncia á

ser el sacerdote de su casa, en doctrina y en ejemplo, ¿cómo impedir

que la mujer acuda á otros altares, paganos ó cristianos? La mujer

que acude al hombre de su cariño en demanda de ayuda y consejo y le

oye contestar desalmado: «¡Déjame en paz! ¿Qué entiendo yo de eso?

¡Cosas de mujeres!» ¿No se sentirá desligada de él para siempre, por el

corazón y por la inteligencia? «¡Gran cosa es entender un alma!»--dijo

Santa Teresa.--Mientras los hombres ignoren el alma de la mujer,

¿pueden quejarse de que ella busque ser entendida? Por algo la Iglesia

católica, gran conocedora de la psicología femenina, viste con traje

talar á sus ministros. Sabe que sus mejores conquistas espirituales

son las de las mujeres que llegan desengañadas de los pantalones.

El confesor no dice nunca como el marido: «¿Qué entiendo yo de eso?

¡Cosas de mujeres!» El entiende de todo. Por eso domina sobre nuestras

mujeres. No le culpen los hombres, ni las culpen á ellas; cúlpense á

sí mismos, y no se quejen de que el sacerdote llegue á ser padre de

familia, cuando ellos no supieron ser los sacerdotes de su casa.

* * * * *

De todos los problemas que deben solicitar la atención de nuestros

gobiernos, ninguno tan urgente, tan necesario como el aumento de

sueldos. Existe una desproporción monstruosa entre el aumento de

necesidades en la vida moderna y la mezquindad de los sueldos; aun

los que parecen más excesivos por comparación con los inferiores. No

hay derecho á exigir solicitud, diligencia, ni siquiera honradez, á

servidores que carecen de lo necesario y han de aparentar lo superfluo.

Y mientras tan urgente resolución alcance á todos, me dirijo á la

noble inteligencia y al gran corazón del nuevo director de Correos,

señor Francos Rodríguez: ¿No cree de justicia--no he de invocar la

compasión con tan recto espíritu--el aumento de retribución á los

peatones de Correos, verdaderos parias entre los servidores del Estado?

Todo el que haya residido algún tiempo en lugares donde estos humildes

depositarios de tantos intereses prestan sus penosos servicios,

sentirán que nada más justo ni más urgente. Y después... ¿olvidarán á

los maestros y á toda esa clase media burocrática, tan desdeñada, que

nunca se declaró en huelga, ni alarmó con manifestaciones, ni tiene su

Primero de Mayo, ni sus sociedades de resistencia, ni una lujosa casa

donde congregarse?

Los gobiernos, demasiado preocupados con los que pueden hacer alarde

de fuerza, se preocupan muy poco de los que sólo pueden hacer alarde

de debilidad. Es preciso fortalecerlos, siquiera para contar con

aliados el día de la gran batalla; porque al chocar de dos fuerzas

contrarias y poderosas, nadie sabe lo que puede influir de un lado ó de

otro la indiferencia de los neutrales que, cruzados de brazos, con la

impasibilidad de la desesperación, exclamen: «¿Y á mí, qué?» Hay que

procurar que todos tengan un por qué para luchar por algo.

* * * * *

El pueblo madrileño no ha podido demostrar sus simpatías al pueblo

hermano en la representación visible de su monarca. Comprendo la

difícil situación de un gobierno que, si peca de confiado, puede

incurrir en grandes responsabilidades, y si peca de previsor desagrada

á todos, quizás á los mismos con tan excesiva solicitud guardados.

Los tiempos no están para excesivas confianzas; acaso tampoco para

excesivos recelos. Lo mejor en estos casos es dejar algo en manos de

Dios, ya que los ojos de la policía no pueden estar en todo, y algo

también al corazón del pueblo, que siempre responde á toda confianza, y

á quien siempre ofende todo recelo.

¡Triste cosa es que el temor á un loco ó á un malvado haya impedido al

rey de Portugal conocer al pueblo madrileño! En cambio habrá conocido

mejor nuestra política. Cuando tantas precauciones hay que tomar--se

habrá dicho,--no hay duda, por aquí ha pasado un Juan Franco. En

efecto, señor. Esperemos que vuestra majestad vuelva á visitarnos

cuando ni en España ni en Portugal quede sombra de estas pesadillas.

Sólo en los pueblos verdaderamente libres pueden pasear los reyes

libremente. Ahora os lo podrá decir el rey Eduardo.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 44 / 51 题