El sentido moral indignado sería muy respetable si se indignara á
tiempo y con absoluta justicia. Por ejemplo: con tantos malos maridos
y peores padres como andan por todas las esferas sociales; con el
que vive á costa de su mujer ó de la ajena; con el que no repara en
transmitir á sus hijos dolorosa herencia de enfermedades, por lograr
su bienestar con un matrimonio conveniente; con el funcionario torpe
ó prevaricador; con el adulterador de substancias alimenticias; con
el usurero sin entrañas; con el explotador sin conciencia... En todos
éstos podía emplearse mejor esa indignación derrochada por ligeros
indicios contra mujeres indefensas, siempre respetables. La descortesía
masculina sería disculpa en este caso, y en otros parecidos, de lo
mismo que con ella pensaban castigar. Si así son los hombres, se
comprende que toda mujer de sentimientos delicados procure evitarlos.
De estas cosas, como de la influencia clerical en el espíritu de las
mujeres, como de todos sus extravíos, tiene siempre la culpa el hombre,
por su grosería ó por su indiferencia. La mujer necesita una fe, un
apoyo, una creencia en algo, humano ó divino. Si el hombre renuncia á
ser el sacerdote de su casa, en doctrina y en ejemplo, ¿cómo impedir
que la mujer acuda á otros altares, paganos ó cristianos? La mujer
que acude al hombre de su cariño en demanda de ayuda y consejo y le
oye contestar desalmado: «¡Déjame en paz! ¿Qué entiendo yo de eso?
¡Cosas de mujeres!» ¿No se sentirá desligada de él para siempre, por el
corazón y por la inteligencia? «¡Gran cosa es entender un alma!»--dijo
Santa Teresa.--Mientras los hombres ignoren el alma de la mujer,
¿pueden quejarse de que ella busque ser entendida? Por algo la Iglesia
católica, gran conocedora de la psicología femenina, viste con traje
talar á sus ministros. Sabe que sus mejores conquistas espirituales
son las de las mujeres que llegan desengañadas de los pantalones.
El confesor no dice nunca como el marido: «¿Qué entiendo yo de eso?
¡Cosas de mujeres!» El entiende de todo. Por eso domina sobre nuestras
mujeres. No le culpen los hombres, ni las culpen á ellas; cúlpense á
sí mismos, y no se quejen de que el sacerdote llegue á ser padre de
familia, cuando ellos no supieron ser los sacerdotes de su casa.
* * * * *
De todos los problemas que deben solicitar la atención de nuestros
gobiernos, ninguno tan urgente, tan necesario como el aumento de
sueldos. Existe una desproporción monstruosa entre el aumento de
necesidades en la vida moderna y la mezquindad de los sueldos; aun
los que parecen más excesivos por comparación con los inferiores. No
hay derecho á exigir solicitud, diligencia, ni siquiera honradez, á
servidores que carecen de lo necesario y han de aparentar lo superfluo.
Y mientras tan urgente resolución alcance á todos, me dirijo á la
noble inteligencia y al gran corazón del nuevo director de Correos,
señor Francos Rodríguez: ¿No cree de justicia--no he de invocar la
compasión con tan recto espíritu--el aumento de retribución á los
peatones de Correos, verdaderos parias entre los servidores del Estado?
Todo el que haya residido algún tiempo en lugares donde estos humildes
depositarios de tantos intereses prestan sus penosos servicios,
sentirán que nada más justo ni más urgente. Y después... ¿olvidarán á
los maestros y á toda esa clase media burocrática, tan desdeñada, que
nunca se declaró en huelga, ni alarmó con manifestaciones, ni tiene su
Primero de Mayo, ni sus sociedades de resistencia, ni una lujosa casa
donde congregarse?
Los gobiernos, demasiado preocupados con los que pueden hacer alarde
de fuerza, se preocupan muy poco de los que sólo pueden hacer alarde
de debilidad. Es preciso fortalecerlos, siquiera para contar con
aliados el día de la gran batalla; porque al chocar de dos fuerzas
contrarias y poderosas, nadie sabe lo que puede influir de un lado ó de
otro la indiferencia de los neutrales que, cruzados de brazos, con la
impasibilidad de la desesperación, exclamen: «¿Y á mí, qué?» Hay que
procurar que todos tengan un por qué para luchar por algo.
* * * * *
El pueblo madrileño no ha podido demostrar sus simpatías al pueblo
hermano en la representación visible de su monarca. Comprendo la
difícil situación de un gobierno que, si peca de confiado, puede
incurrir en grandes responsabilidades, y si peca de previsor desagrada
á todos, quizás á los mismos con tan excesiva solicitud guardados.
Los tiempos no están para excesivas confianzas; acaso tampoco para
excesivos recelos. Lo mejor en estos casos es dejar algo en manos de
Dios, ya que los ojos de la policía no pueden estar en todo, y algo
también al corazón del pueblo, que siempre responde á toda confianza, y
á quien siempre ofende todo recelo.
¡Triste cosa es que el temor á un loco ó á un malvado haya impedido al
rey de Portugal conocer al pueblo madrileño! En cambio habrá conocido
mejor nuestra política. Cuando tantas precauciones hay que tomar--se
habrá dicho,--no hay duda, por aquí ha pasado un Juan Franco. En
efecto, señor. Esperemos que vuestra majestad vuelva á visitarnos
cuando ni en España ni en Portugal quede sombra de estas pesadillas.
Sólo en los pueblos verdaderamente libres pueden pasear los reyes
libremente. Ahora os lo podrá decir el rey Eduardo.
[Ilustración]