Quien llamó á París _Cabotin ville_ ¡vaya si supo ponerle nombre! Todo
en ella reviste aspecto teatral, y no es extraño que los comediantes de
París sean, si no los más artistas, los más actores del mundo; porque
en todo parisién hay un comediante nato, y en toda parisiense ¡no se
diga!
El proceso Steinheil es en estos comienzos de temporada, la
pieza de mejor éxito, y lo será, por lo menos, hasta el estreno
de _Chanteclair_. Sólo Rostand puede competir con esa admirable
artista hembra, que es á la vez autora y actriz en la interesante
obra representada. Hay que convenir en que cuenta con inteligentes
_partenaires_ para darle la réplica, y el público, por su parte,
interviniendo en la acción, como el coro en la tragedia griega,
contribuye á sostener el interés de la enredada trama, que para sí
quisieran todos los escritores _rocambolistas_ y _sherlockholmistas_
que en el mundo han sido.
Difícil será para los magistrados desenlazar la obra á gusto de todos,
y de condenar á la protagonista, todos podrán exclamar con ella misma,
y con mayor razón que Nerón: ¡Qué artista pierde el mundo! He ahí
una mujer que no pudo ó no supo acertar con su camino. En el teatro
hubiera llegado á _socia_ de la Comedia Francesa. No le hubiera servido
de poco, aparte las condiciones artísticas, su mano izquierda... ó
su derecha ¡vaya usted á saber! con personajes políticos de talla.
Obligada á emplear sus condiciones dramáticas en la vida, quizás el fin
de su carrera sea lo más desastroso.
Eso sí; lo de _socia_ no se lo quita nadie, y de la mejor sociedad.
De lo que han sido privadas las elegantes, con el rigorismo del
presidente no permitiendo la entrada á las señoras, es de saber á
qué atenerse respecto al último figurín para vistas de procesos
sensacionales ¡Cuánta exquisita _toilette_, dispuesta para la ocasión,
habrá quedado en esos roperos! ¡Infeliz señora; tan odiada por unos,
tan compadecida por otros... y tan envidiada por todos!... Porque
¡vaya si se ha divertido en este mundo! Y eso será lo que acaso no la
perdonen, aunque su inocencia quedara demostrada.
* * * * *
Supongamos que en cualquier parte del mundo se hubiera estrenado una
obra póstuma de tan gran artista como el maestro Chapí, y así hubiera
sido esa obra--y no lo es ésta--lo mas endeble é insignificante, ¡con
qué respeto no hubiera asistido el público á la representación! El
nuestro no lo entiende de esa manera y dió un lamentable espectáculo
en el estreno de _El diablo con faldas_. Y eso con una obra que era
de su agrado. Y es que esos _cines_ del garrotín y de la machicha
son grandes centros de cultura, y hay espectador que si no berrea y
patea y relincha y suelta cuatro palabrotas, se figura que no se ha
divertido, y cuando asiste á otros espectáculos cambia de lugar, pero
no de costumbres. Si el glorioso músico español, que tanto padeció
en vida de esas irrespetuosidades de nuestro público, pudo, desde la
región _donde asiste eternamente_, contemplar el estreno de su última
obra, ¡qué satisfacción la suya haber abandonado este pequeño mundo!
Cuando espera todavía la iniciativa para erigir un monumento que
dé testimonio á la posteridad, no de su gloria, pero sí de nuestra
gratitud, ¡pateo, protestas, groserías!... ¿Es que ya no se perdona la
gloria ni á los muertos?
* * * * *
Yo, que este año me sentía un poco muerto, con tantos honores. ¡Hay
años felices! Un teatro con mi nombre. Ustedes no saben el efecto que
produce ir por la calle y oir de pronto á unos señores que dicen:
¿Vamos á Benavente esta noche? ó ¿Qué _echan_ hoy en Benavente? Yo
procuro, por no hincharme de vanidad, suponer que se refieren á
Benavente, provincia de Zamora; pero... vamos, me siento cadáver.
Además, mi retrato en el saloncillo del teatro Español. Gracias mil á
sus amables directores; gracias también á Juan Antonio Benlliure, y
más agradecido á todos, si ya que, por aquello de «los últimos serán
los primeros», se acordaron de mí para anticiparme en vida este honor,
no tardan en aumentar la galería con otros retratos que allí faltan,
y que yo soy el primero en echar de menos, y mucho más cuando el mío
sobra--Sellés, Galdós, Dicenta,--y sólo nombro á los que son anteriores
por orden cronológico en la historia del Teatro Español. Sólo en la
seguridad de que más se atendió á facilidades de ejecución, por mis
muchas desocupaciones, puedo aceptar una primacía que de ningún modo
me corresponde. Y si alguien lo juzga falsa modestia, no sabe que yo
tengo una vanidad tan grande que está por encima de esas vanidades. Yo
quisiera ser cien veces mejor autor dramático de lo que soy, y ser, sin
embargo, el peor de todos entre cien autores más que honran el Teatro
Español. ¡España sobre todo y sobre todos!
[Ilustración]