¿Se acaba la guerra? ¿No se acaba? ¿Se acabó ya? Todo hace esperar y
creer que sí; sólo algunos espectadores del antiguo régimen echan de
menos un final de efecto; alguna gran batalla decisiva; una apoteosis
con bengalas y desfile general, como en zarzuela de espectáculo. No
tienen en cuenta que la guerra moderna no admite esos finales de efecto
preparado. Ya no son posibles caballos de Troya, buen cuadro final de
una empeñada guerra; ni el asolamiento de ciudades y reinos, ni la
cautividad de pueblos enteros. Hay que contentarse con un desenlace
modesto, y es de notar que ahora les parece poca guerra á muchos de
los que antes les pareció demasiada, y hubieran renunciado á todo
por no vernos metidos en aventuras. No á ganar más, sino á conservar
lo ganado debemos aspirar todos, y á que la gloriosa sangre vertida
no sea infecunda, y esa será la mayor gloria de los que sucumbieron.
Señores capitalistas españoles: ya que no sea todavía ley el servicio
obligatorio para vuestros hijos, se impone el servicio obligatorio para
vuestro dinero.
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De ser cierto lo que se murmura, el solar de la Zarzuela viene á
ser como símbolo del solar de España. De una parte, los autores y
músicos españoles pretenden reivindicar su dominio, como de propia
casa solariega; de otra parte, una poderosa Compañía de electricidad,
símbolo de la ciencia y de la vida modernas, pretende hacerlo suyo, y,
por último, otra poderosa compañía, símbolo de obscurantismo, según
muchos--aunque no es tan negro el cuervo como sus alas, y si de cerca
se advierte, más que de cuervo tiene de cuco el pájaro,--aspira también
á levantar una de sus mansiones, que algunos verían complacidos, como
monumento expiatorio. ¿Quién vencerá? ¿El Arte? ¿La Ciencia? ¿La ola
negra? ¡Admirable asunto para un poema simbólico! Me recuerda la
explicación que daba un pintor, de más colores que luces, á la alegoría
de un gran techo pintado por él, en un edificio consagrado á la
enseñanza: «De una parte los murciélagos del obscurantismo, huyendo de
la luz; de la otra, los papagayos de la libertad, _personificando_ el
descubrimiento de América».
Debemos desear que, en esta lucha de Compañías, triunfe la que
representa el Arte lírico español, más necesitado que nadie de templos,
y, á no poder ser otra cosa, de capillas en que ofrecerle culto. Las
Compañías de electricidad no necesitan un sitio céntrico; las otras,
menos; tienen un público fiel que va á buscarlas, aunque sea al
extrarradio. Todos sus parroquianos tienen coche propio y automóvil.
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En la _Carmen_, de Merimée, como en la ópera de Bizet, inspirada en la
novela, se sobreponen la pasión y la vida; verdad humana, á la verdad
local; que, en este caso, debiera ser española y lo mismo pudiera ser
japonesa, como en la _Butterfly_, de Puccini.
Esta funesta Carmen, con el contoneo de sus caderas, sus toreros,
sus contrabandistas, sus trabucos y sus navajas, ha sido la mayor
contribuyente á la representación de esa España de pandereta, tan
impresa en el extranjero, que nos señala como un pueblo aparte de
Europa.
Una gran artista española se atiene, en la interpretación de Carmen,
á la verdad del novelista y del músico. Es el deber de todo artista
intérprete. La Carmen de Merimée y de Bizet es ésa. La mujer española,
la andaluza en particular... ¿Son así? De ningún modo. Justamente
en España, la mujer meridional es mucho más reservada, más casta en
sus manifestaciones amorosas, que la mujer del Norte. Ninguna menos
provocativa, como no sea por su propia belleza, que la mujer andaluza;
ninguna que, aun muy bajo caída, guarde siempre más esquivos pudores.
Yo he visto bailadoras sevillanas que, en sus momentos de reposo,
evocaban más el recuerdo de las vírgenes de Murillo que el de la Carmen
de Merimée.
El baile andaluz, el verdadero baile andaluz, no el adulterado por
escenarios franceses y españoles, es de un ritmo sacerdotal, religioso;
como Romero Torres, pintor artista, lo representó en uno de sus cuadros.
_Carmen_ es una calumnia más del extranjero. Un tipo de mujer que los
franceses no debieron buscar en España para darle más realidad. Mucho
más parecido á Mad. Steinheil, sin ir más lejos, que á cualquier mujer
española. Pero, en fin, digamos como el duque de Glocester en el _Rey
Lear_: «No he de sentir desliz que dió tan buen fruto». Por admirar á
una gran artista española, tan admirable intérprete de esa calumnia,
démosla por bien empleada.
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Á propósito del _Rey Lear_. ¿No le parece á Enrique Borrás, único
primer actor que _llena la escena de actor_, como en sus tiempos
Valero, Rafael Calvo y Antonio Vico, que nos debe una interpretación
de la tragedia de Shakespeare? Hay que agrandar y que engrandecer
ese repertorio. Tan extraordinarias condiciones de actor no pueden
limitarse al repertorio catalán; ni siquiera al castellano:
Shakespeare, Ibsen, esperan su intérprete en la escena española.
Ninguno como Enrique Borrás puede acometer esa empresa, que es de
Arte... y de dinero.
[Ilustración]