XXXII

Hay algo más triste para el escritor que no ser leído: ser

mal interpretado. Un anónimo comunicante, persona de gran

inteligencia--esto no lo encubre el anónimo,--me censura por no mostrar

grandes entusiasmos bélicos. Con la lectura de anteriores artículos

podrá convencerse de lo contrario. Fuí de los primeros en censurar

el _sanchopancismo_ que huye de las aventuras como del agua fría

gato escaldado. ¡Sí, que soy yo autoridad para burlarme del espíritu

aventurero, cuando casi no me queda por correr más aventura que la de

meterme fraile! Todos los peligros y contingencias que mi comunicante,

con gran acierto, preveía para España de no haber aceptado la guerra

del Rif, son para mí evidentes, y siento no poder publicar su carta,

pues, sobre todo en lo que se refiere á la cuestión de Cataluña, es de

una clarividencia profética.

Lo que yo lamentaba no es la guerra, sino la ineficacia de sus

resultados. Nos falta idealismo del mejor, que es el idealismo

práctico. Triunfaremos en el Rif con las armas y no triunfaremos con

el espíritu, y sin él todas las ametralladoras, escuadras y soldados

del mundo son inútiles. Después que las armas y la sangre vertida nos

hayan abierto el camino, ¿irá allí el dinero que duerme en nuestros

Bancos, esperando la buena hipoteca ó el buen empréstito que venga á

despertarlo? ¿Irá nuestra industria? ¿Irá nuestro comercio? Lo difícil

no es emprender, sino persistir. Delante Don Quijote

con su adarga al brazo todo fantasía;

con su lanza en ristre, todo corazón,

como canta Rubén Darío; pero detrás Sancho, con sus buenas alforjas y

su manso rucio, á gobernar las ínsulas ganadas por su amo, con buen

juicio y mejor sentido. Y ¡quiera Dios que algún Tirteafuera de por

esos mundos diplomáticos no deje caer su varita privativa al primer

bocado! Por lo demás, muy agradecido á mi comunicante por su cortés

misiva.

* * * * *

Hay quien reniega de toda blandura con el enemigo y pide guerra de

exterminio. ¿Exterminio de qué? Porque no es tan fácil exterminar una

raza, y exterminarla á medias es dar vida perdurable al odio, y medio

pueblo con odio vale por un pueblo entero.

Los ejemplos históricos de la guerra sin cuartel no son de lo más

convincente. Todavía sirve para espantar muchachos el recuerdo del

duque de Alba en los Países Bajos; pero, ¿son independientes? Los

rigores de algún general en provincias españolas, ¿han servido de algo?

Recientes sucesos son la mejor respuesta. En Argelia y en Casablanca

los franceses, y los ingleses en sus posesiones y en la última guerra

del Transvaal, después de los primeros furores, ¿no tuvieron que

pastelear dulcemente, como cualquier hijo de vecino?

Dejemos el espíritu inquisitorial, único que hemos paseado por el

mundo y así nos ha lucido el pelo. Dejemos de ser el país de las

intransigencias feroces, donde no es raro oir, como oí yo á un buen

señor, poseído de la mayor indignación.

--¡Quite usted! Al que hace eso, yo le mataba. Y ¿saben ustedes lo que

hacía quien así se indignaba? Añadir un poco de agua á media jícara de

chocolate. Figúrense ustedes; si á tan inocente porquería señalaba

tan terrible pena en su código particular, ¿qué no sería en más graves

asuntos? Yo salí aterrado del establecimiento lugar de la escena.

* * * * *

_Chantecler_, el más cacareante gallo de todos los gallos tapados,

se apresta á la pelea. Las butacas para la _première_ se cotizan á

cien francos.--Hay _premières_ de más importancia que no se cotizan

tan alto; verdad que luego se encarece el precio en sucesivas

representaciones.--Esta reflexión es de una _cocotte_, celosa de

Rostand. Los palcos están _hors de prix_.

De los Estados Unidos encargan localidades por lo que sea. Los que

de mejor ó peor fe hacen el reclamo, y los que con absoluta buena fe

protestan contra el reclamo, hablan de lo mismo y todo es reclamo. No

parece sino que ese gallo es el mismísimo gallo de la Galia, que no

cantó nunca más sonoro ni desde Vercingitorix á Napoleón el Grande, ni

desde Ronsard á Víctor Hugo.

Todo esto sería ridículo si no fuera simpático. No es de Rostand ni de

su obra de lo que se trata, para los franceses, es de la supremacía

del Arte francés, que ellos, con noble aspiración, quieren sobreponer

al del mundo entero. Algo parecido á lo que hacemos aquí con el nuestro.

Apenas alguno de nuestros escritores viaja por el mundo ó le piden

noticias de otros escritores españoles (hay algunas excepciones), se

arrea un formidable bombo á sí mismo, y á los demás los deja como para

que nadie quiera saber de ellos. Así lee uno tan peregrinas cosas en

esos libros de hispanófilos, al través de los cuales no es difícil

descubrir al Pájaro Pinto ó Ninfa Egeria que apuntó nombres y adjetivos.

Hay quien se cartea con medio mundo por el gusto de desacreditar al

otro medio. De las obras de nuestros autores no se sabrá mucho por

tierras extranjeras, pero de si Fulano maltrata á su señora y atormenta

á sus niños, y si Mengano estuvo complicado en un escalo, eso, como en

casa.

Así es, que al primer escritor español que visita á un escritor

extranjero, se le recibe con agrado; pero cuando llega el segundo...

encierra la plata. El primero dejó preparado el terreno á los demás, y,

para que no cupiera duda de sus afirmaciones, se llevó unas cucharas.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 40 / 51 题