Impacientes por recibir una ovación, los autores de la obra
representada, con mejor éxito para la interpretación que para la obra,
han querido aprovechar un aplauso arrancado por los intérpretes, para
dar la obra por terminada; cuando en realidad, sólo estábamos en un
final de acto. Ya nos disponíamos todos á regocijarnos con el fin de
fiesta, cuando por orden superior ha vuelto á levantarse el telón con
gran descontento de algunos impacientes. Todo por no haber rehusado
modestamente los autores, aplausos prematuros, como es uso y costumbre,
con la consabida fórmula: Los autores suplican al público reserve su
juicio hasta la terminación de la obra. ¡Poco seguros deben de estar
de su éxito personal, cuando tales impaciencias revelan! Gracias á que
el público es bonachón de suyo y está ya resignado á todo, pero no
es bueno jugar con él á este tira y afloja, porque cuando menos se
espere, pudiera tirar las butacas al escenario.
Todos confiamos en que el éxito será brillante, aunque la obra no dé
grandes rendimientos. Pero aquí se trabaja por el arte. Cuando todo
esté apaciguado, nosotros sostendremos un ejército de ocupación,
los ingleses y los franceses explotarán las minas, y los alemanes
explotarán á todos, vendiéndoles sus géneros. Nuestros capitalistas
continuarán prestando al Estado y á los particulares en buenas
condiciones, los trabajadores continuarán emigrando y no hacia el Rif,
precisamente, porque serán tan torpes que no se habrán dado cuenta
todavía de que nuestro porvenir está en África, como dijo la buena
reina Isabel la Católica, que no sabemos por qué empeñaría sus joyas
para descubrir América.
Está visto que nuestra historia es una lamentable serie de
equivocaciones, y mientras apuntamos al pájaro que está en el aire,
dejamos escapar al que teníamos en la jaula.
* * * * *
Las _sufragitas_ de Londres son unas fieras y no reparan en gasto
ni sacrificio para salirse con la suya. Encarceladas las más
recalcitrantes, decidieron dejarse morir de hambre, para que su muerte
pesara siempre sobre la conciencia de los hombres, sus perseguidores,
políticos, se entiende, que de perseguirlas en otro orden de ideas, no
serían ellas las que se dejaran morir de hambre.
Ello es que los médicos y empleados de la cárcel, se vieron precisados
á violentarlas--en el mejor sentido de la palabra,--echándolas de comer
como quien ceba pollos. Y ahora ellas protestan como un solo hombre
contra ese atropello en tan mala forma. ¡Si el atropello hubiera sido
integral! Lo que dirán ellas: No sólo de pan vive el hombre, y la mujer
mucho menos. Pero el hombre es bárbaro y tiránico hasta cuando quiere
ser compasivo. Las atraca para no dejarlas morir de hambre material
y grosera, y no repara en otros ayunos más espirituales, que acaso,
remediados á tiempo, hubieran evitado la excitación política de esas
denodadas mujeres. Pero el hombre, bárbaro y tiránico para esos ayunos
espirituales, sólo tiene una despectiva frase: Á falta de pan buenas
son tortas. Y esto lo saben bien las _sufragitas_.
Y ¿por qué no conceder á las mujeres todos los derechos, civiles y
políticos? Aunque ellas con uno solo se contentarían y mejor si era de
los civiles.
* * * * *
Como los teatros serios aun no han inaugurado su temporada, y los
semiserios ofrecen tan pocas novedades, el público llena los salones
de _varietés_. Por poco dinero se siente uno sultán de un sin fin
de odaliscas dispuestas á divertirle con danzas y canciones. Cierto
que las hay del tiempo de Muley el Abbas, pero con las luces y el
colorete, y considerando la eternidad del tiempo, aún dan su golpe.
¡Ojalá!--pensarán algunos de los contemporáneos al contemplarlas--que
uno pudiera darlo lo mismo.
Los estudiantes, recién llegados para emprender sus tareas del curso,
acuden presurosos á iniciarse en los placeres de estos paraísos
artificiales, y desde luego empiezan á tomar apuntes.
Los tangos y los garrotines se suceden, y lo que es peor, se parecen.
La juventud relincha y patea, la formalidad se congestiona, los
acomodadores están pálidos y ojerosos. Las odaliscas se deshacen por
complacer al público, y lo mismo sonríen á un aplauso que á una
grosería; allí todo es lo mismo. Lo que ellas dirán, parodiando al
torero: Mas grosera es el hambre.
Alguna vez pasa una ráfaga de belleza ó de arte, y el público guarda
respetuosa compostura. Para que el público respete hay que empezar
por respetarle... pero en seguida vuelve el garrotín, vuelve el
tango, vuelve la canción grosera y las patadas y los dicharachos, y
un matrimonio de burgués aspecto que, sin duda, entró allí por ver de
todo, se levanta antes de que termine el espectáculo y sale presuroso.
--Ese señor se lleva á su señora. ¡Si no la trajera á estos sitios!
--Pero, ¿usted cree?--dice otro mejor informado.--Si es ella la que le
trae á él, y es ella la que se le lleva... Y es un matrimonio que se
lleva muy bien.
--Ya lo creo. Aplicado así el _cine_ es un espectáculo moralizador y
reconstituyente.
[Ilustración]