Perdonen los jóvenes autores, que por varios periódicos y
particularmente me han enviado una carta abierta, mi tardanza en
contestarles. Falta de salud, no de buena voluntad, ha sido culpable de
mi descortesía.
Cuenten ustedes con que no han de hallar en mi respuesta ni desdenes ni
adulaciones. Tienen ustedes mucha razón de su parte, pero no toda la
razón; por lo menos, en los medios que quisieran ustedes emplear para
imponerla.
Aun las dificultades para darse á conocer un autor son muchas, no lo
niego, y no pretenderé consolarles con la consideración de que son
ahora mucho menores que en mis tiempos, con el recuerdo de luchas y
amarguras propias, con el sinnúmero de obras que yo hube de escribir
antes de lograr que se representara una, no la mejor, de las que tenía
escritas, que alguna fué después también representada con mejor éxito
que la primera. Todo esto que digo pudiera ser consuelo, pero no
remedio, y como dice Brabancio en «Otelo»: Nunca se curaron heridas
del corazón con emplastos para los oídos. Ustedes hablan por su
herida y es justo acudir á ella con algún remedio práctico. Este sólo
puede consistir en buena voluntad por parte de todos; de ustedes en
primer término, trabajando con fe, con entusiasmo, sin desmayar por
la primera, ni la segunda, ni muchas obras rechazadas. Todo llega á
su hora, cuando debe llegar. ¡Si ustedes supieran cuántas veces me he
alegrado después de no haber empezado demasiado pronto!
Las empresas, dicen ustedes, no admiten obras de los desconocidos;
desconfían de ellas. No obstante, en estos cuatro ó cinco años últimos
ha aumentado la lista de autores seguramente en doble número que en
cualquier período anterior de veinte años. Esto prueba mayor fecundidad
ó mayor consumo; de cualquier modo, mas facilidades. Las empresas no
temen tanto los fracasos posibles como los falsos éxitos. He aquí
la plaga que todos debemos combatir. Los estrenos con el teatro
lleno de amigos y abarrotado de _claque_; la crítica abrumada de
recomendaciones. Nuestra crítica es con exceso benévola; de ahí que
alguna, vez, cuando deja de serlo, parezca injusta. El público, cansado
ya de ver obras muy aplaudidas y muy celebradas que no corresponden á
sus esperanzas, acaba por no acudir ni á los estrenos como la firma del
autor no le dé alguna garantía. Teatro ha habido que bien pudo poner en
sus puertas: «Cerrado por éxitos». Todas las obras eran ovacionadas y
ninguna daba dos reales. Esto hace á las empresas huir de los estrenos
y preferir el repertorio, de no contar con obras de alguna garantía,
siquiera para que el público acuda al estreno. Hay autores que se
contentan con esta _gloriola_ del parecer y no ser, y salen á escena
tan satisfechos, sabiendo que todo el teatro ha sido regalado por ellos
y que las críticas ó sencillas gacetillas del día siguiente les ha
costado mas pasos y mas recomendaciones que trabajo les costó componer
la obra.
Y ¡pobre empresario si ante el vacío de los días siguientes se decide
á retirar la obra!--¡Cómo! ¡Un éxito de público y de prensa! ¡Y la
obra tal que fué pateada sigue en el cartel todavía!--¿Qué quiere
usted?--protesta el empresario.--La gente viene á verla.--Ellos no
comprenden que de un pateo del público verdadero pueda salir una obra
con más vida que de los aplausos de un público amañado.
Verdad en los estrenos; equidad en la crítica. He aquí la mejor
garantía para las empresas. Limítese el número de billetes de autor,
suprímase la _claque_, si es posible, y déjense de recomendaciones para
la crítica. ¡Una friolera! Dirán ustedes. No es tan difícil el remedio.
Bastaría con que la Sociedad de Autores publicara el ingreso verdad de
cada estreno y las empresas el número de localidades regaladas. Á mí no
me duelen prendas.
Ya es más difícil y atentatorio á la libertad de los empresarios,
dueños de un negocio, imponerles la obligación de estrenar ó de no
estrenar obras de determinados autores. En primer lugar, ¿dónde
empieza, y sobre todo, dónde y cuándo acaba lo que ustedes llaman
_firmas_? Y suponiendo que los autores se dividieran en categorías y
solo pudieran estrenar en los teatros de categoría correspondiente,
¿cómo impedir las representaciones de obras del repertorio, que serían
obstáculo á los noveles, lo mismo que los estrenos de _firmas_?
No puede decirse tampoco que éstas han abusado de un perfecto derecho
á estrenar en los _cines_. Ni podrá suponerse que ha sido por idea
de lucro. Cualquiera de las obras estrenadas en ellos, en teatros de
mayor categoría les hubiera producido cuatro veces más en menor número
de representaciones. Estoy seguro de que algunos de estos escritores
de firma no han llevado más idea que la de complacer á un empresario
ó á un actor amigo; la de favorecer con la mejor voluntad á un género
de teatros populares que merece toda simpatía. Es injusto acusar de
egoísmo ni de pretensiones de monopolios á estos autores. Cada uno de
ellos recomienda por lo menos cinco ó seis obras de autores noveles por
temporada.
Mucho más diría á mis amables y simpáticos comunicantes si no temiera
entrar en particularidades poco interesantes para el público.
Tengo mucho gusto en ponerme á su disposición para hablar más
largamente de este asunto y perdonen si la contestación no fué del todo
á gusto suyo. Ya empecé diciendo que no hallarían en ella ni desdenes
ni adulaciones.
[Ilustración]