Si alguna vez--no lo permita Clio,--me viera precisado á escribir ó
á explicar un curso de Historia de España en los tiempos modernos,
por cuanto á su historia política se refiere, les aseguro á ustedes
que saldría pronto del paso. ¿Gobiernos? ¿Cambios de política?
¿Conservadores, liberales? Es lo mismo. En España, en los modernos
tiempos, no hemos tenido mas que un solo gobernante: el miedo.
Véase la clase: período de la Restauración; miedo á los republicanos.
Todos los esfuerzos, toda la energía y todas las habilidades del
que por entonces fué el amo de España, no tuvieron más alto fin que
desbaratar y quebrantar á los republicanos. Acaso hubiera sido mejor
política educar al país y fortalecer su voluntad por si llegaba el
caso en que tuviera que gobernarse por sí mismo... Pero no, aquel
gran pedagogo á la antigua española era de los que consideraban á
los pueblos como eternos niños ó incapacitados... Adelante. Período
de la Regencia: miedo á los carlistas, concesiones y mimos á Roma y
contemplación de toda clase de gaitas eclesiásticas... Después, hasta
nuestros días, un poco de miedo á los obreros; coqueteos socialistas,
leyes y disposiciones mal meditadas, como procedentes del miedo más que
de un espíritu de justicia... Después, miedo al catalanismo. Ídem, ídem
de lienzo, con el feliz éxito que todos hemos podido apreciar... Ahora,
miedo á... Miedo al valor, que es un colmo; miedo siempre y á todo. Y
¿es posible que una nación gobernada por el miedo pueda prosperar ni
engrandecerse?
Muchas vueltas da en estos días el espíritu nacional en torno al
Gurugú; esos riscos que han llegado á ser como símbolo de la barbarie
atrincherada entre piedras y sombras... Más debiera de preocuparnos los
muchos _gurugús_ que tenemos en nuestra casa.
Hay en España una juventud que, ó se ha educado por sí misma, ó ha
sabido elegir mejor conductores que los designados por la sabiduría
oficial; hay en esa juventud políticos no malogrados todavía por el
contacto con _los viejos_, aunque por mal entendidos respetos parezcan
dejarse dirigir por ellos... ¡Déjense de respetos que nadie ha de
agradecerles! ¡Juventud española, adelante, arriba á la conquista del
Gurugú nacional! El Miedo ha gobernado bastante.
* * * * *
En estos días, principio de la temporada teatral, es cuando mas
compadezco á los ministros y grandes personajes. ¿Qué será de ellos
todo el año, si uno, pobre autorcillo de comedias, con esfera de
influencia tan reducida, se ve abrumado de solicitudes y demandas de
recomendaciones?
De todas ellas, ningunas tan embarazosas como las acompañadas de
manuscrito; con aquello de: Deseo conocer su sincera opinión... Y aquí
del problema. ¿Puede darse la sincera opinión? _Doit-on la dire?_ Como
preguntaba el autor cómico francés, en asunto no menos peliagudo que
este de opinar sinceramente sobre una comedia.
Aparte la desconfianza en el propio criterio y mucho más en el del
público. ¡Ve uno aplaudido tanto desatino! ¿Quien cae en el lazo de
opinar sinceramente, cuando la opinión es desfavorable, y por serlo,
inmediatamente ha de parecer equivocada, ó lo que es peor, tal vez
envidiosa?
Pedirle á uno opinión en materia tan delicada, que atañe al buen juicio
y entendimiento del demandante, es examinarle á uno de educación más
que de otra cosa.
Del: Usted, que es una autoridad; al: ¿Quién es él para juzgar mi
obra?, no hay más que un tramo de escalera. Y, sin embargo, hay
ocasiones en que quisiéramos bien ser sinceros y que nuestra sinceridad
no dejara lugar á dudas. El desengaño es triste, pero el engaño es
cruel. Si aun las verdaderas y legítimas musas suelen causar muchos
destrozos á su paso, ¿qué estragos no causará la _musa loca_?; esa musa
que tan bien nos presentaron los Quintero en los lances sainetescos y
trágicos de una bella comedia.
No saben los portadores del manuscrito de sus ilusiones, el verdadero
conflicto dramático que nos plantean al solicitar humildes una opinión
franca.
¡Cuántas veces á trueque de antipatías, con la dudosa esperanza de
que algún día fuera mejor apreciada mi lealtad, he preferido como
Segismundo: _Por ser piadoso contigo, ser cruel contigo ahora_!...
¡Pero advierto una tal expresión de tristeza ante el desengaño! ¡Hay
tan pocas verdades que compensen la pérdida de una sola ilusión! Y,
después de todo, ¿para qué anticiparnos unos años, unas horas, á la
verdad que ha de decidir, por fin, la vida, con su autoridad inapelable?
Y aun la vida no suele convencernos. También puede equivocarse. Y
nosotros, ya que podamos como ella equivocarnos, no seamos crueles como
ella. ¡Permitid, señora conciencia, que nunca falte una amable mentira
en nuestros labios, cuando alguien se llega á pedirnos una opinión
sincera!
[Ilustración]