XXVIII

Peligroso sistema es el de algunos predicadores y moralistas, que

para llevarnos después con mayor fuerza al aborrecimiento de vicios

y pecados, van puntualizándolos y describiéndolos primeramente, con

tal viveza de colorido, que tal vez cuando llega la ducha fría de la

moraleja, anda ya el mismo demonio desatado por nuestra imaginación,

impresionada por la primera parte del discurso, más pintoresca y amena

que la segunda. Sabido es que de cien lectores de la _Divina Comedia_,

noventa y nueve no pasan más adelante del Infierno, y si algunos pasan

del Purgatorio, pocos son los que llegan al Paraíso.

Los episodios dramáticos y pasionales del Infierno, con la sabrosa

comidilla de saber allí á muchos ilustres personajes, interesan

nuestra atención con mayor fuerza que las disquisiciones teológicas y

descripción de celestiales bienaventuranzas de la segunda y la tercera

parte.

Cuando se quiere moralizar con fruto, bueno es ir á lo moral por lo más

derecho, sin entretenerse en pinturas de inmoralidades, porque, aparte

de que las comparaciones son odiosas, es el espíritu humano de tan

depravada condición, desde la caída del primer hombre, que ¿quién nos

asegura de que metidos en comparaciones no salga perdiendo la moralidad

y todo el sermón venga á ser perdido? Sin contar con que nunca faltan

descreidotes y socarrones, muy al tanto de los efectos oratorios, que

acudan á divertirse con la primera parte, la de las vivas pinturas, y

cuando toquen á moralizar salgan más que á paso y más empecatados que

vinieron.

Por todo esto, y algo más, tengo por peligrosa la publicación de

proclamas disolventes en que se abomina de todo el orden social. Este

admirable orden social en que tan á gusto vive una pequeña parte de

la sociedad que, por fortuna, es la que tiene el dinero. Claro es

que á ésta le pondrá carne de gallina la lectura de esas abominables

proclamas, y comprenderá la buena intención al publicarlas en poner

de manifiesto lo que tanto energúmeno piensa y maquina para acabar

con el mundo, si les dejaran. Pero ¿y á la otra mayor parte, no tan

bien hallada en este rico mundo? Á tanto cerebro debilitado por la

escasa alimentación, ¿qué efecto puede producirles? Son lecturas esas

demasiado fuertes para estómagos desfallecidos.

Y ¡si después de las terribles proclamas, el moralista nos brindara con

palabras de paz y de dulzura!, pero no; á la proclama del desorden,

responde la del orden; no sabemos cuál más temible; energúmenos por

abajo y energúmenos por arriba... ¡Sí que es para pacificar los

espíritus!... Á los de casa no nos llega la camisa al cuerpo. ¡Qué

extraño es que los de fuera quieran meterse en camisa de once varas!

Y á todo esto sin saber si Anatole France vale ó no vale. En la duda,

bueno es volver á leer _La Isla de los Pingüinos_, mas que traducida al

español, adaptada á la vida española. ¡Porque vaya si estamos pingüinos

unos y otros! Y el que quiera salirse del corro, que levante el vuelo.

* * * * *

Tan metidos estamos en pelea, que hasta de asunto en apariencia tan

pacífico como la adjudicación de un teatro--verdad es que se trata del

teatro Español, y el nombre obliga,--damos batallas y nos dividimos en

bandos.

Se habla de intereses materiales y de intereses artísticos. ¡Otro afán

español, este de separar lo material y lo espiritual, como si fuera

posible plena vida sin el sano consorcio de espíritu y materia!

La palabra negociante está muy desacreditada, y conviene rehabilitarla.

De lo que hay que huir es de un mal negociante, pero del que sepa

serlo, nunca. El buen negociante sabe lo que son cantidades morales y

sabe sumarlas. El mal negociante cree que el arte no da dinero; el buen

negociante sabe que el arte puede dar dinero, si es verdadero arte. No

es bueno todo lo que da dinero por esos teatros; pero obsérvese que

siempre es lo menos malo.

Yo aconsejaría á Federico Oliver, ya que por garantías artísticas

ha conseguido la concesión del teatro, que se sintiera ahora lo más

negociante posible, y en este caso, atento al negocio sobre todo,

contratara una buena compañía; admitiera muy buenas obras y las

presentara con la mayor propiedad. En esto consiste el buen éxito de

los negocios teatrales, y del conjunto de todo esto--¡qué rareza!,

¿verdad?--cuando se ha hecho un buen negocio, suele resultar que

también se ha hecho arte.

¡Ah! Evítense las falsificaciones. Las más corrientes en las obras

teatrales suelen ser: de lo literario con lo soso, de lo profundo

con lo aburrido, de lo nuevo con lo extravagante, de lo poético con

lo cursi, de lo atrevido con lo grosero. Todas estas falsificaciones

se encierran en una: Tener el teatro vacío y decir que fué porque

se hizo arte y el público no supo apreciarlo. El verdadero arte del

teatro es... hacer negocio, y el verdadero negocio es... hacer arte.

Shakespeare y Molière ganaron mucho dinero como empresarios. No sé si

podrá decir lo mismo el señor Reinot.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 36 / 51 题