Peligroso sistema es el de algunos predicadores y moralistas, que
para llevarnos después con mayor fuerza al aborrecimiento de vicios
y pecados, van puntualizándolos y describiéndolos primeramente, con
tal viveza de colorido, que tal vez cuando llega la ducha fría de la
moraleja, anda ya el mismo demonio desatado por nuestra imaginación,
impresionada por la primera parte del discurso, más pintoresca y amena
que la segunda. Sabido es que de cien lectores de la _Divina Comedia_,
noventa y nueve no pasan más adelante del Infierno, y si algunos pasan
del Purgatorio, pocos son los que llegan al Paraíso.
Los episodios dramáticos y pasionales del Infierno, con la sabrosa
comidilla de saber allí á muchos ilustres personajes, interesan
nuestra atención con mayor fuerza que las disquisiciones teológicas y
descripción de celestiales bienaventuranzas de la segunda y la tercera
parte.
Cuando se quiere moralizar con fruto, bueno es ir á lo moral por lo más
derecho, sin entretenerse en pinturas de inmoralidades, porque, aparte
de que las comparaciones son odiosas, es el espíritu humano de tan
depravada condición, desde la caída del primer hombre, que ¿quién nos
asegura de que metidos en comparaciones no salga perdiendo la moralidad
y todo el sermón venga á ser perdido? Sin contar con que nunca faltan
descreidotes y socarrones, muy al tanto de los efectos oratorios, que
acudan á divertirse con la primera parte, la de las vivas pinturas, y
cuando toquen á moralizar salgan más que á paso y más empecatados que
vinieron.
Por todo esto, y algo más, tengo por peligrosa la publicación de
proclamas disolventes en que se abomina de todo el orden social. Este
admirable orden social en que tan á gusto vive una pequeña parte de
la sociedad que, por fortuna, es la que tiene el dinero. Claro es
que á ésta le pondrá carne de gallina la lectura de esas abominables
proclamas, y comprenderá la buena intención al publicarlas en poner
de manifiesto lo que tanto energúmeno piensa y maquina para acabar
con el mundo, si les dejaran. Pero ¿y á la otra mayor parte, no tan
bien hallada en este rico mundo? Á tanto cerebro debilitado por la
escasa alimentación, ¿qué efecto puede producirles? Son lecturas esas
demasiado fuertes para estómagos desfallecidos.
Y ¡si después de las terribles proclamas, el moralista nos brindara con
palabras de paz y de dulzura!, pero no; á la proclama del desorden,
responde la del orden; no sabemos cuál más temible; energúmenos por
abajo y energúmenos por arriba... ¡Sí que es para pacificar los
espíritus!... Á los de casa no nos llega la camisa al cuerpo. ¡Qué
extraño es que los de fuera quieran meterse en camisa de once varas!
Y á todo esto sin saber si Anatole France vale ó no vale. En la duda,
bueno es volver á leer _La Isla de los Pingüinos_, mas que traducida al
español, adaptada á la vida española. ¡Porque vaya si estamos pingüinos
unos y otros! Y el que quiera salirse del corro, que levante el vuelo.
* * * * *
Tan metidos estamos en pelea, que hasta de asunto en apariencia tan
pacífico como la adjudicación de un teatro--verdad es que se trata del
teatro Español, y el nombre obliga,--damos batallas y nos dividimos en
bandos.
Se habla de intereses materiales y de intereses artísticos. ¡Otro afán
español, este de separar lo material y lo espiritual, como si fuera
posible plena vida sin el sano consorcio de espíritu y materia!
La palabra negociante está muy desacreditada, y conviene rehabilitarla.
De lo que hay que huir es de un mal negociante, pero del que sepa
serlo, nunca. El buen negociante sabe lo que son cantidades morales y
sabe sumarlas. El mal negociante cree que el arte no da dinero; el buen
negociante sabe que el arte puede dar dinero, si es verdadero arte. No
es bueno todo lo que da dinero por esos teatros; pero obsérvese que
siempre es lo menos malo.
Yo aconsejaría á Federico Oliver, ya que por garantías artísticas
ha conseguido la concesión del teatro, que se sintiera ahora lo más
negociante posible, y en este caso, atento al negocio sobre todo,
contratara una buena compañía; admitiera muy buenas obras y las
presentara con la mayor propiedad. En esto consiste el buen éxito de
los negocios teatrales, y del conjunto de todo esto--¡qué rareza!,
¿verdad?--cuando se ha hecho un buen negocio, suele resultar que
también se ha hecho arte.
¡Ah! Evítense las falsificaciones. Las más corrientes en las obras
teatrales suelen ser: de lo literario con lo soso, de lo profundo
con lo aburrido, de lo nuevo con lo extravagante, de lo poético con
lo cursi, de lo atrevido con lo grosero. Todas estas falsificaciones
se encierran en una: Tener el teatro vacío y decir que fué porque
se hizo arte y el público no supo apreciarlo. El verdadero arte del
teatro es... hacer negocio, y el verdadero negocio es... hacer arte.
Shakespeare y Molière ganaron mucho dinero como empresarios. No sé si
podrá decir lo mismo el señor Reinot.
[Ilustración]