XXVII

El Señor nos libre de jueces negligentes ó corruptibles; pero no deje

de librarnos también de los íntegros y celosos, que apenas tropiezan

con persona de algún viso social en el enredijo de sus actuaciones, por

dejar bien sentada la inflexibilidad de su justicia, al menor indicio

no dudarán en presumir la culpa; como si quisieran decirnos: Aquí, que

no me dirán que peco.

Bien está que la recta espada y la fiel balanza no distingan de clases

ni de personas; pero no por igualar desigualemos tanto que la camisa

limpia venga á ser un indicio de culpabilidad, y el ser grande de

España y caballero de alguna orden, antecedentes penales. Peligrosas

prendas son en estos tiempos la levita de los caballeros y el sombrero

de las señoras; pero aun no deben considerarse como agravantes. Se

puede vestir bien y ser persona decente.

* * * * *

Aunque otras ventajas no tuvieran las guerras--deben de tener otras

muchas,--la más indudable es la de contribuir á la difusión de la

cultura. Así, en España, gracias á las algaradas rifeñas, es seguro que

cada diez ó doce años venimos á enterarnos de una porción de cosas que,

apenas pasada la excitación guerrera, nos apresuramos á olvidar, para

tener el gusto de volver á recordarlas á la primera ocasión.

Difícil es, sin embargo, poner de acuerdo las diferentes versiones.

Á estas horas hay quien nos ha mostrado el Rif como una tierra de

promisión; y sólo le ha faltado enviarnos de muestra un buen racimo

de uvas, como aquel de que nos habla la Biblia. Otros, en cambio, nos

dicen que aquello es de una aridez que espanta; arenales ó riscos. Ello

dependerá de la parte que cada uno mire, y lo más probable es que allí

haya un poco de todo. Más cerca está nuestra Castilla y hay quien la

supone una llanura sin fin, seca y desolada; mientras otros nos hablan

de sus sierras pintorescas, de sus arboledas frondosas...

Sin ir más lejos; se habló de la utilidad que en la campaña podrían

prestar los camellos--produciendo la natural alarma en algunos

organismos oficiales docentes.--En seguida hubo quien puso el grito

en el desierto. ¿Camellos? Los camellos no sirven allí para nada. Y

nos dieron un curso de zoología y otro de topografía, y á todo esto

sin saber á qué joroba quedarnos. ¿Sirve el camello? ¿No sirve el

camello? ¿El camello es lo mismo que el dromedario? ¿El camello tiene

una sola joroba ó puede tener dos jorobas, como se puede ser miembro de

dos Academias ó presidente de varias corporaciones, como D. Alejandro

Pidal: pongo por compatibilidades?

No hay duda; las guerras ilustran. La letra con sangre entra. No

hay idea de lo que vamos aprendiendo ahora, y que nunca hubiéramos

llegado á saber en tiempo de paz. La paz enmohece los espíritus. Sin

las guerras napoleónicas, el espíritu de la Revolución francesa no

se hubiera difundido tan rápidamente por Europa. Hay quien dice que

nada se hubiera perdido y hasta que podía perdonarse el bollo por el

coscorrón, como si todo progreso de la humanidad no hubiera costado

muchos coscorrones.

Hay quien contradice: ¿Y las conquistas de la Ciencia y del Arte y de

la Industria, no son pacíficas? Tampoco. Pacíficas para los pueblos;

pero los hombres de ciencia, los artistas, los industriales, los

trabajadores, ¿no han regado con su sangre--del cuerpo y del alma,--el

campo fecundo de sus descubrimientos, de sus creaciones, de sus

inventos? No hay trabajo sin pena, y hasta la contemplación es dolor.

¡Guerra, guerra siempre y en todo! El reino de los cielos ha de ganarse

con violencia, nos dice el Evangelio. Sin duda, con violencia sobre

nuestras pasiones, sobre nuestros instintos. ¿Qué mayor combate? El que

quiera lograr algo en la vida, hay día que pueda encontrarse sin alguna

baja en su corazón y en su entendimiento: El amor de ayer, la verdad de

ayer, la ilusión, que parecía de toda la vida...

¡Cuántos muertos enterraremos al cabo del tiempo en nosotros! Así,

cuando alguien nos dice: Usted, que ya ha triunfado; nos da ganas de

decirle: Triunfar, ¿dice usted?... Y yo creí que venía derrotado. Y es

que si nos paramos á contar nuestros muertos, cualquier triunfo parece

una derrota.

* * * * *

Ecos del veraneo. En la terraza de un casino.

Se habla de una señora casada, que se permite los más variados y

escandalosos coqueteos con unos y con otros.

--Está dando mucho que hablar--dice una amiga.

--Pues hace muy mal--dice otra.--Porque ella no tiene posición.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 35 / 51 题