XXV

No tendrá queja el señor presidente de la Sociedad de Conciertos, en el

mundo ministro de la Gobernación. Su soberana batuta se impone á todos.

Que «allegro vivace», pues «allegro»; que andante «maestoso» y con

sordina, pues ya se percibe el aleteo de una mosca. Verdad es que su

tiempo preferido es «forte che forte», y el del país sería un «largo»

que no tuviera fin.

Que hoy podremos decirles á ustedes algo, pues todo el mundo á esperar

noticias, con la más justificada ansiedad; que tengan ustedes un poco

de paciencia; pues á esperar en calma: quizá, recordando aquellos

alambicados versos, que tanto sublevaban el buen gusto de Alcestes

el Misántropo de Molière: «Phyllis, on desespere alors q'on espere

toujours!»

¡Ah, si en tiempos de paz y de continuo todos nos preocupáramos tanto

del avance como ahora! ¡Aquí, donde por el contrario, son tantos los

que en todo quieren á cada paso hallar motivo, ocasión ó pretexto para

un retroceso, y hay gente que no se hallaría á gusto con menos de

«recular» hasta la Edad Media!

¿Sucesos de Barcelona? ¡Ah! Todo es por haber fracasado la ley del

terrorismo, y si se restableciera la Inquisición... nada habría que

temer en lo futuro.

¡El avance! ¡Santa palabra! ¡Que ella sea siempre nuestro santo y seña!

Hoy por hoy no se oye otra cosa. Yo sé de algunos maridos que

sintiéndose gubernamentales, han prohibido á su mujer hablar de

esto. No hay idea de los horizontes que abren á la imaginación estas

palabras, pronunciadas por labios femeninos: ¿Cuándo es el avance?

* * * * *

Los autores dramáticos franceses están que trinan con sus colegas de

Italia, porque éstos pretenden defenderse no de la invasión de obras

francesas, sino de la exclusión de las propias, por las facilidades

que los empresarios y directores de compañía hallan en los autores

franceses y en sus traductores para pagar derechos convencionales.

Recuérdese el atracón de obras francesas con que suelen obsequiarnos

las compañías italianas. ¿Preferencias artísticas? Nada de eso.

Baratura y rico saldo. Es como el amor al teatro antiguo de algunos de

nuestros directores artísticos... Que no hubiera facilidad de cobrar

las refundiciones, muchas veces refundición de refundición, como una

obra original y nuevecita, y veríamos quién se acordaba de Lope ni de

Calderón.

Por cierto que en una gacetilla del periódico «Comedia», que trasciende

á conferencia con alguien de casa, se asegura que también algunos

empresarios españoles piensan prescindir de las traducciones, á pesar

de que cuentan con pocas obras originales, para evitar el disgusto de

los autores, aunque algunos, refractarios á las traducciones, no lo

sean tanto á los plagios. Es posible. Eso de los plagios puede probarse

siempre. Y de los plagios de los actores, ¿no se dice nada? Porque hay

eminencias que no viven de otra cosa. ¡Si Sarah y la Duse y la Réjane,

Le Bargy ó Guitry cobraran derechos de traducción y reproducción!

* * * * *

El teatro de los Niños es una de tantas ilusiones mías; pero nada de

monopolizar ideas; no es mía solo: son muchos los autores dispuestos

á realizarla. Uno de ellos, el simpático López Marín, se propuso nada

menos que edificar un teatro de nueva planta, para este especial

objeto. Echóse á buscar capitalistas con el mayor optimismo. No le

acompaño en él, no tratándose de consagrar como primera tiple á una

corista distinguida por algún ricacho de aluvión ó de abrir una nueva

tablajería escénica de carnes averiadas, bases de los más sólidos

negocios teatrales. Ignoro el resultado de sus gestiones. Pero, en fin,

con dinero ó sin él, con nuevo teatro ó en cualquiera de los muchos

existentes, el Teatro de los Niños empezará en la próxima temporada,

modestamente, como un ensayo. Como los empresarios grandes tienen

bastante en qué pensar con su gran público, preferiremos un pequeño

empresario y un pequeño teatro. Fernando Porredón y el Príncipe Alfonso.

No es tan fácil como parece divertir á los niños, sin aburrir demasiado

á los grandes. Los niños modernos nacen enseñados. ¡Oyen unas cosas

en casa! El numeroso repertorio de obras infantiles con que cuenta

el teatro inglés, no es aprovechable. Demasiado inocente. No por lo

fantástico de sus asuntos, casi siempre basados en los cuentos de

hadas más populares; no soy de los que abominan de la fantasía en la

educación, como el maestro de «Los tiempos difíciles» de Dickens, con

su muletilla: ¡Hechos, hechos! Al contrario, es preciso huir de toda

pretensión docente, y mucho más, utilitaria. Lamartine abominaba de las

fábulas de Lafontaine, como obra educadora. Tenía razón; su moralidad,

mejor dicho, inmoralidad practicona, desengañada, toda malicias y

desconfianzas de rústico, es deplorable para el espíritu de los niños,

abierto siempre á la generosidad y á la esperanza.

Contra la opinión de Lombroso, que ve en el niño á un pequeño salvaje

y casi á un criminal en germen, y asegura que todo niño es egoísta,

embustero y ladronzuelo, menos uno que era un encanto; uno que se le

murió al doctor... ¡Oh, bancarrota de la ciencia en esta página de

uno de sus libros, que contradice con lágrimas la afirmación rotunda!

Yo creo que todos los niños son buenos... hasta que los padres y los

educadores los hacen malos.

Cuando se oye á algunos padres decir: ¡Qué niño este! ¡Es muy malo,

muy malo!, pensad siempre: Y ustedes, ¿son ustedes buenos? Lo que hay

es que el niño manifiesta sin fingimiento las malas cualidades que los

padres encubren con la hipocresía que da la experiencia. Cuando ellos

se lamentan de que el niño les pone en ridículo, sacando á relucir los

defectos de alguna visita, ¿no será que el niño les oyó murmurar en su

presencia de todos los conocidos y amigos?

Sucede muchas veces que el niño es quien no puede explicarse por qué

sus padres y los mayores de la casa, hablan siempre mal de alguna

visita que él no encuentra antipática por ningún estilo. Claro es,

que en fuerza de oir cómo los mayores la ridiculizan y menosprecian,

él acabará también por retirarle su simpatía, aun sin explicarse las

razones.

Cuando reprendéis á un niño porque trata con altanería á un criado,

¿estáis seguros de que no imita vuestro tono, al reprenderle cuando

cayó en vuestro desagrado? Por lo regular, muchos padres sólo reprenden

á sus hijos cuando les molestan á ellos, aun con juegos ó travesuras

propias de niños; en cambio, son de una lenidad punible, cuando

molestan á los demás, con cosas que suelen ser aprendidas de los

padres.

Entonces, dirán ustedes: más que un teatro para divertir á los niños,

hacía falta uno para educar á los grandes... Sería inútil. Habría que

cerrarlo. Parecería inmoral.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 33 / 51 题