La opinión general, tan reacia á toda empresa guerrera en un principio,
se halla al fin poseída de tan belicoso entusiasmo, que sería
defraudarla no terminar, por lo menos, con la conquista del imperio
de Marruecos. Con menos entusiasmo, pero más constancia, años ha que
esa conquista debiera haberse llevado á cabo lo más pacíficamente del
mundo. Pero ¡ay! el dinero de nuestros capitalistas no es tan valiente
como nuestros soldados, y cuesta más encontrar hombres de voluntad que
de corazón.
Hemos convenido en que á ciertos pueblos sólo es posible civilizarlos
á cañonazos. Sin duda es el medio más cómodo, aunque no sea el más
eficaz. Yo creo que no hay pueblo tan salvaje en el mundo que se
resista á las ventajas de la civilización, cuando los civilizadores le
permiten disfrutar de esas ventajas. Á lo que se resiste todo el mundo
no es á que la civilización se le entre por las puertas, sino á que
le pase por encima. Civilización automóvil; atropella con todos los
adelantos modernos, pero, ¡mal consuelo para el atropellado!
Nada de esto es pretender quitar hierro. Aunque otra cosa afirme
Metternich, en su admirable libro «La prudencia y el destino», no hay
prudencia, suficiencia ó sabiduría, como quiera traducirse, «sagesse»,
capaz de oponerse al destino de los pueblos ó de las personas. Y mucho
menos cuando el destino tiene ya la palabra. En aquellos días de la
Conferencia de Algeciras, gloria de nuestra diplomacia... Entonces,
sí; entonces acaso hubiera podido escucharse la voz del prudente.
Una nación poderosa, rival de otra no menos fuerte, sólo procuraba
aislar á su enemiga y halagando á otras dos naciones, rivales á su
vez en intereses, procuró conciliarlas por eso mismo. ¡Como si dos
intereses iguales pudieran conciliarse nunca! No era preciso ser un
Maquiavelo ni un Metternich para pensar que entre una nación interesada
en dominar por completo á Marruecos y otra interesada en oponerse á
esa dominación, nuestro interés, aparte simpatías de raza tan mal
correspondidas en ocasión, estaba en inclinarnos al lado del contrapeso.
Ahora sólo podemos desear que se enmiende con gloria un nuevo error
de nuestros estadistas, hombres de pocos libros y de menos mundo. ¡Á
Dios sean dadas! Que la gloria se logre á costa de la menor cantidad de
sangre posible, y que la opinión, sin desmayar en sus entusiasmos, no
llegue á exaltarse tanto que sea bien recordar aquello de «El gaitero
de Bujalance»: un maravedí porque empiece y dos porque acabe.
* * * * *
Sabido es que á todos los padres les parece siempre que están muy mal
educados los hijos... de los demás, y á los que no tienen hijos, ¡no
se diga! Por lo que no sería mal acuerdo que cada padre se encargara
de los hijos del vecino, y á su vez le confiara los propios, y los
solterones ó matrimonios sin prole se hicieran cargo de los más
rebeldes y empecatados. Y aplicando á todos los órdenes de la vida el
sistema, acaso todo andaría mejor con este procedimiento. En España,
por lo menos, es admirable cómo los que nunca dieron pie con bola en
asunto propio, se echan á discurrir y disponer por los más ajenos á su
profesión y conocimientos.
Á estas horas tenemos un Napoleón ó un Moltke en cualquier ciudadano,
antes de paz y hoy tan de guerra que no deja vivir á nadie. ¿Quién no
tiene su plan estratégico? ¿Quién no ha tomado algo á estas horas? ¡Oh,
país admirable en que todos entendemos de todo sin haber estudiado de
nada!
Cuentan de un zapatero remendón, de cierto pueblo, que era el más
severo crítico de sermones. Predicador que se presentara en la fiesta
del Santo patrono ó cualquier otra solemnidad, podía darse por perdido
si al zapatero no le caía en gracia. El pueblo no tenía más opinión
que la emitida con inapelable autoridad por el crítico. Sucedió que
un predicador, advertido de antemano, al observar durante un bien
estudiado sermón, el gesto desdeñoso del zapatero y en consecuencia
el de todos los oyentes, se apresuró, apenas bajó del púlpito á
preguntarle los motivos de su disgusto. ¿Qué le ha parecido á usted el
sermón?--¡Phs! No está mal... pero poca teología.--¿Pero, usted sabe
de teología?, preguntó el predicador asombrado.--¡Anda!, replicó el
zapatero. ¡Pues si yo supiera de leer y escribir lo que sé de teología!
¿No es este un poco el caso de todos los españoles?
¡El Señor nos libre de los «teólogos» militares que andan desatados en
estos días y no son la menor calamidad, con ser tantas las calamidades
de la guerra!
* * * * *
Dice Bernardo Shaw que los ejércitos se pasan la vida preparándose
para una guerra que, ó no sucede nunca ó cuando sucede, sucede del
modo contrario á como se había previsto. Bueno fuera, no obstante, á
pesar de que lo imprevisto está sobre todo, alguna mayor discreción
en apuntar planes y posibles acciones. Hay siempre entre los rifeños
quien se entera de todo. No hay que fiarse en esa aparente indiferencia
salvaje, que no es tan salvaje como parece. Yo conocí en Tánger á un
moro de la última condición; acarreaba equipajes y fregaba los suelos
en el hotel; pues cualquiera de nuestros ministros de Estado no está
tan enterado como él de asuntos internacionales. Hablaba, aparte del
árabe vulgar y el hebreo, inglés, francés, español; conocía los nombres
de todos los ministros del gobierno español entonces, sabía historias
muy sabrosas de muchos personajes españoles, y hasta de los amantes
de algunas damas empingorotadas, como cualquier cronista de salones.
Era extraordinario, sin ser excepcional. Claro es, que el Rif no es la
Cosmópolis de Tánger; pero la natural sagacidad del moro es la misma.
¡Raza inferior, raza de salvajes! Se dice muy pronto, cuando hablan el
odio ó la conveniencia. Acercándose con simpatía, con verdadero amor de
civilización, en todas partes hay hombres buenos y malos, pero no hay
razas inferiores, no hay razas de salvajes. La bondad del corazón, la
perspicacia del entendimiento florecen en todas las tierras; aun en las
que solo se ha sembrado odio, con pretexto de civilizarlas.
[Ilustración]