XXIII

En la más que intrincada, pintoresca selva de nuestra política, hay

más murmullos que en la de Sigfredo, cuando nada sucede ó cuando ha

sucedido ya todo, en cambio, cuando sucede algo, reina el silencio más

absoluto; que, á pesar de lo absoluto, es el rey más constitucional,

por lo irresponsable.

Apenas suenan cuatro tiros, material ó moralmente, ya se sabe, silencio

sepulcral en la selva; sus más canoras aves enmudecen y antes que en

los valores públicos, con ser de suyo apocaditos, hay una baja sensible

de elocuencia en nuestros mas notorios y fluidos oradores. ¡Valientes

pájaros! ¡Y estos son los que miran de sobrehombro á la gente de pluma,

de otra pluma!

El escritor, aun sin estar amparado, en muchos casos, por la inmunidad

parlamentaria, arrostra el peligro de la suspensión de garantías y se

atreve á opinar, en las circunstancias más difíciles, comprometiendo

tal vez su popularidad. ¡Pero los otros, á casita, que llueve! Y

tenemos aquello de: Callaremos hasta que llegue el día de exigir

responsabilidades... ¿Exigir responsabilidades? No lo dirán ustedes de

veras. Si ese día llegara, ¿quién escaparía de ser ahorcado?, como le

decía Hamlet á Polonio, aconsejándole tratara á los comediantes mejor

de lo que se merecían.

También justifica muy bien el mutismo aquello de: Es preciso prescindir

de toda idea política mientras se hallan comprometidos más altos

intereses... ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde estarán los más altos

intereses? Y ¿qué ideas políticas serán esas que estorban precisamente

cuando de altos intereses se trata?

En los sucesos de Barcelona, por ejemplo, todos, como en Cristo,

pusieron sus manos. ¿Quién no ha dejado caer su gota de agua ó su

salivita para contribuir en algo á la disolución y desmoronamiento de

lo que debiera ser más firme que roca viva, la idea de la patria? Y

ahora... todos son á lavarse sus manos...

No, no ha sido el anarquismo; ha sido el sanchopancismo burgués,

el bien sesudo, que de un caso particular quiere deducir una regla

de conducta para toda la vida. El mismo que dice cuando sucede un

descarrilamiento: No se puede viajar en ferrocarril; el mismo que al

ser una vez engañado, proclama: No puede uno fiarse de nadie. Ese buen

sentido de gato escaldado, era el que había decidido para siempre no

volver á meterse en aventuras. ¡Qué rica paz!--¡No queremos guerra, no

queremos guerra! Pero al ver cómo cuatro locos--los locos, como los

héroes, el éxito los diferencia, son los que van siempre en línea recta

del pensamiento á la acción,--les armaban la guerra en su misma casa,

volvieron los ojos acongojados á todo lo que ellos habían tratado de

desprestigiar: poder del Estado, fuerza... Y los cuatro locos pagaron

por todos, y los muchos cuerdos dicen ahora:--¡Caramba! ¡Si fuera á

hacerse todo lo que se piensa, no se podría vivir en el mundo!

* * * * *

El dolor es el gran desinfectante moral. Tanto como el heroísmo

de nuestros soldados, conforta el espíritu ver cómo de todas

partes--¡olvidemos á los cuatro locos!--se acude y se atiende á los que

pelean y á los que sucumben. El ambiente nacional tal vez necesitaba

esta sacudida para purificarse.

Ahora, yo desearía que esta vez, se acudiera á todo con severa

dignidad. Nada de fiestas, nada de espectáculos benéficos. El que

buenamente quiera divertirse, ¿por qué no?--todavía no es el fin del

mundo,--que no invoque el pretexto del socorro, y el que no hubiese de

dar nada, sino á cambio de una localidad de teatro ó de plaza de toros,

más vale que no dé nada. ¡Mezquina dádiva la que necesita mejor ocasión

que la verdadera para ofrecerse!

Agradézcase á los toreros su generosidad; ofrecen su vida, pero nada

de corridas patrióticas. Aparte el que suele traer «mala pata», no hay

espectáculo más lastimoso. Allá, hombres que arriesgan, que pierden

su vida; en la plaza, hombres también que la exponen y también pueden

perderla... Y una multitud que se divierte con todo esto y cree estar

haciendo por la patria con aplaudir á una hembra que se adorna con los

colores nacionales ó rugir de entusiasmo por un brindis torero: ¡porque

el toro fuera uno de esos rifeños!... Es cuestión de seriedad, de buen

gusto. Guardemos las fiestas para el día--¡quiéralo Dios cercano!--de

verdadera fiesta. Pongamos dignidad en nuestra dádiva. Dé cada uno

lo que pueda, sin más estímulo. Crispa los nervios, después de leer

hazañas y trabajos de nuestros soldados, tropezar más abajo con la

relación de una «kermesse» en Pantanillo ó en Lagunilla, organizada por

la colonia veraniega y las señoritas más distinguidas de la localidad.

Tiempo habrá para todo, hasta para ser cursis.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 31 / 51 题