XXII

Es para que reflexionen los partidarios de la paz á todo trance; hasta

para pedir paz hay que armar guerra, y en verdad, sería muy triste que

para convencernos unos á otros de que no debemos pelear con el moro,

diéramos en pelearnos dentro de casa, sin que por eso el moro dejara de

pelear con nosotros.

Lo de cuando uno no quiere dos no riñen, no siempre es cierto entre

particulares; pero, en fin, siempre le queda al más prudente el recurso

de acudir á la policía ó á los jueces, si se ve atropellado y no quiere

responder al atropello en la misma forma brutal. Por desgracia, para

las agresiones colectivas no hay otra apelación que la fuerza, y eso

es lo que no han comprendido muchos en esta ocasión. ¡No queremos

guerra, no queremos guerra! Nadie la quiere; pero... ¿Vamos á llamar

á la pareja de la esquina ó vamos á querellarnos al juez de guardia?

¡Y que son de confianza los mirones que nos rodean para irles con el

cuento de que no queremos belenes! ¡Ah! ¿No quieren ustedes guerra?,

nos dirán. Pues ya están ustedes demás aquí... Y ¿qué dirán entonces

los pacíficos? Habría aquello de: ¡Gran vergüenza! ¡Estamos vendidos!

¡Lo último que nos quedaba!...

Lo que hay es que no se saca á los niños de casa, haciéndoles creer

que se les lleva de paseo, para meterlos en el colegio. Y no se lleva

á un pueblo á la guerra, haciéndole creer que no se trata de semejante

cosa. El funesto sistema de tratar al pueblo como á eterno niño, suele

traer malas consecuencias. «Honesty is the best policy», dicen los

ingleses. La verdad es la mayor habilidad en política. ¿Cuándo acabarán

de comprenderlo así nuestros gobernantes? ¡Gran lástima, cuando les

ha tocado gobernar un pueblo con tesoros inagotables de heroísmo y de

resignación!

* * * * *

No es por amor propio el insistir. Pero, contra todas las razones,

textos y ejemplos aportados por Azorín, sigo creyendo: que la

popularidad no está nunca en razón inversa del mérito; que han sido

pocos los talentos mal apreciados en su tiempo, y si alguno lo fué,

tal vez tuvieron más parte en ello motivos de presencia, carácter

antipático del artista, vida desordenada, etc.

Shakespeare fué apreciado en su tiempo y no sólo logró glorioso nombre

sino muy buen dinero, que le permitió retirarse á su lugar, «aprés

fortune faite», como un buen comerciante. La obra de Cervantes, ni

en cantidad ni en género, era para enriquecer á su autor, pero de su

relativa popularidad--la popularidad es siempre relativa,--en vida

misma del autor, ¿no existen numerosos testimonios? Azorín cita el

ejemplo del Greco. No sería tan menospreciado en su tiempo, cuando

nunca le faltaron encargos, que no le pagarían tan mal, cuando dejó

fama de hombre caprichoso y dado á lujosas fantasías.

¿Qué más? Yo creí halagar á mi contradictor en sus convicciones,

diciéndole que nadie me había preguntado por él en Buenos Aires, y él

me contesta que es allí muy conocido. Ya ve Azorín cómo se puede tener

talento y ser apreciado.

Y de mi, ¿qué voy á decirle? Soy el mismo que en el año 97; hasta mis

concesiones al sentimentalismo burgués, pudiera demostrar con textos

que no son de ahora... Y ¿por qué no? Tiene uno toda la obra para

decir lo que siente y lo que piensa; después, en el desenlace, puesto

que la vida no desenlaza nada, ¿por qué no complacer al público? Pero

si éste, con concesiones ó sin ellas, no hubiera estado de mi parte

desde mis comienzos como autor dramático, ¿hubiera yo podido continuar

estrenando? El público fué mi verdadero apoyo contra la crítica, casi

unánime en afirmar que aquello no era teatro. ¡Cuántas obras, con

asombro de empresarios y actores, cuando parecían enterradas por la

crítica revivían por el público! Créalo Azorín, no es el público, que

pudiéramos llamar vulgar, es el literario el que más resistencia opone

á toda novedad y á todo mérito. Son los intereses creados los que

protestan siempre. El mismo Azorín declara que no hay novedad absoluta

en ninguna forma, ni expresión de arte, que todo existía antes en el

ambiente. Si es así, si el ambiente es anterior á la obra, ¿cómo no ha

de caer bien la obra, que el público no puede por menos de conocer por

suya? Azorín sabe bien que los grandes artistas son quizás los menos

originales; su obra es de todos; alma de muchas almas.

Yo me explico perfectamente la convicción de Azorín. Alguna vez,

comparando en justicia méritos con glorias, habrá pensado que el ruido

de su nombre es menor que el de algún autor dramático, por ejemplo.

Esto ya es cuestión del género cultivado, no del mérito de los

escritores. Créalo Azorín; en vida y en muerte, al cabo del año todos

estamos en el sitio en que debemos estar; el vulgo no es tan vulgo como

creemos.

En fin, el mejor ejemplo, ¿no es el mismo Azorín? Según él, pocos

debieran apreciarle, supuesto que la popularidad está en razón inversa

del talento. Yo sé, aparte la broma de Buenos Aires, que son muchos

los que le admiran como se merece. Acaso él juzgue equivocadamente del

público, como tal vez juzga de mí: ¡Ese Benavente!--dirá,--siempre me

lleva la contraria; se ve que me quiere mal... Azorín dirá si prefiere

mi «malquerencia», que le lee siempre con atención y toma muy en cuenta

sus opiniones y juicios, á la buena amistad de los que le felicitan sin

discutirle por cada artículo... sin haberlo leído.

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 30 / 51 题