Es para que reflexionen los partidarios de la paz á todo trance; hasta
para pedir paz hay que armar guerra, y en verdad, sería muy triste que
para convencernos unos á otros de que no debemos pelear con el moro,
diéramos en pelearnos dentro de casa, sin que por eso el moro dejara de
pelear con nosotros.
Lo de cuando uno no quiere dos no riñen, no siempre es cierto entre
particulares; pero, en fin, siempre le queda al más prudente el recurso
de acudir á la policía ó á los jueces, si se ve atropellado y no quiere
responder al atropello en la misma forma brutal. Por desgracia, para
las agresiones colectivas no hay otra apelación que la fuerza, y eso
es lo que no han comprendido muchos en esta ocasión. ¡No queremos
guerra, no queremos guerra! Nadie la quiere; pero... ¿Vamos á llamar
á la pareja de la esquina ó vamos á querellarnos al juez de guardia?
¡Y que son de confianza los mirones que nos rodean para irles con el
cuento de que no queremos belenes! ¡Ah! ¿No quieren ustedes guerra?,
nos dirán. Pues ya están ustedes demás aquí... Y ¿qué dirán entonces
los pacíficos? Habría aquello de: ¡Gran vergüenza! ¡Estamos vendidos!
¡Lo último que nos quedaba!...
Lo que hay es que no se saca á los niños de casa, haciéndoles creer
que se les lleva de paseo, para meterlos en el colegio. Y no se lleva
á un pueblo á la guerra, haciéndole creer que no se trata de semejante
cosa. El funesto sistema de tratar al pueblo como á eterno niño, suele
traer malas consecuencias. «Honesty is the best policy», dicen los
ingleses. La verdad es la mayor habilidad en política. ¿Cuándo acabarán
de comprenderlo así nuestros gobernantes? ¡Gran lástima, cuando les
ha tocado gobernar un pueblo con tesoros inagotables de heroísmo y de
resignación!
* * * * *
No es por amor propio el insistir. Pero, contra todas las razones,
textos y ejemplos aportados por Azorín, sigo creyendo: que la
popularidad no está nunca en razón inversa del mérito; que han sido
pocos los talentos mal apreciados en su tiempo, y si alguno lo fué,
tal vez tuvieron más parte en ello motivos de presencia, carácter
antipático del artista, vida desordenada, etc.
Shakespeare fué apreciado en su tiempo y no sólo logró glorioso nombre
sino muy buen dinero, que le permitió retirarse á su lugar, «aprés
fortune faite», como un buen comerciante. La obra de Cervantes, ni
en cantidad ni en género, era para enriquecer á su autor, pero de su
relativa popularidad--la popularidad es siempre relativa,--en vida
misma del autor, ¿no existen numerosos testimonios? Azorín cita el
ejemplo del Greco. No sería tan menospreciado en su tiempo, cuando
nunca le faltaron encargos, que no le pagarían tan mal, cuando dejó
fama de hombre caprichoso y dado á lujosas fantasías.
¿Qué más? Yo creí halagar á mi contradictor en sus convicciones,
diciéndole que nadie me había preguntado por él en Buenos Aires, y él
me contesta que es allí muy conocido. Ya ve Azorín cómo se puede tener
talento y ser apreciado.
Y de mi, ¿qué voy á decirle? Soy el mismo que en el año 97; hasta mis
concesiones al sentimentalismo burgués, pudiera demostrar con textos
que no son de ahora... Y ¿por qué no? Tiene uno toda la obra para
decir lo que siente y lo que piensa; después, en el desenlace, puesto
que la vida no desenlaza nada, ¿por qué no complacer al público? Pero
si éste, con concesiones ó sin ellas, no hubiera estado de mi parte
desde mis comienzos como autor dramático, ¿hubiera yo podido continuar
estrenando? El público fué mi verdadero apoyo contra la crítica, casi
unánime en afirmar que aquello no era teatro. ¡Cuántas obras, con
asombro de empresarios y actores, cuando parecían enterradas por la
crítica revivían por el público! Créalo Azorín, no es el público, que
pudiéramos llamar vulgar, es el literario el que más resistencia opone
á toda novedad y á todo mérito. Son los intereses creados los que
protestan siempre. El mismo Azorín declara que no hay novedad absoluta
en ninguna forma, ni expresión de arte, que todo existía antes en el
ambiente. Si es así, si el ambiente es anterior á la obra, ¿cómo no ha
de caer bien la obra, que el público no puede por menos de conocer por
suya? Azorín sabe bien que los grandes artistas son quizás los menos
originales; su obra es de todos; alma de muchas almas.
Yo me explico perfectamente la convicción de Azorín. Alguna vez,
comparando en justicia méritos con glorias, habrá pensado que el ruido
de su nombre es menor que el de algún autor dramático, por ejemplo.
Esto ya es cuestión del género cultivado, no del mérito de los
escritores. Créalo Azorín; en vida y en muerte, al cabo del año todos
estamos en el sitio en que debemos estar; el vulgo no es tan vulgo como
creemos.
En fin, el mejor ejemplo, ¿no es el mismo Azorín? Según él, pocos
debieran apreciarle, supuesto que la popularidad está en razón inversa
del talento. Yo sé, aparte la broma de Buenos Aires, que son muchos
los que le admiran como se merece. Acaso él juzgue equivocadamente del
público, como tal vez juzga de mí: ¡Ese Benavente!--dirá,--siempre me
lleva la contraria; se ve que me quiere mal... Azorín dirá si prefiere
mi «malquerencia», que le lee siempre con atención y toma muy en cuenta
sus opiniones y juicios, á la buena amistad de los que le felicitan sin
discutirle por cada artículo... sin haberlo leído.