No podemos quejarnos del actual verano; él ha sido tardío en calor
y en sucesos, pero bien quiere desquitarse en pocos días, y el
calor aprieta y los sucesos se precipitan, sin tiempo apenas para
solicitar la atención ni el par de días que se concede de comentarios
á la actualidad más pasajera. ¿Dónde está ya la romántica boda del
infante? ¿Dónde está ya la muerte de Don Carlos? Cualquiera de estas
actualidades hubiera bastado en otro verano para abastecer periódicos
y tertulias. Pero baza mayor quita menor, y nuestra baza, la que nos
hemos creído en el caso de meter en los asuntos de Marruecos, es de tal
importancia, que ella sola se impone á nuestra consideración, con todos
sus prestigios seculares. Porque desde los tiempos de D. Rodrigo y la
Cava, ¿cuándo ha dejado de ser actualidad para los españoles alguna
cuestión africana? Dividida España en regiones, guerreando unas con
otras muchas veces, sólo al combatir contra el agareno y en ponerse á
su avance solían estar de acuerdo las más enemigas; y ahora que somos,
ó parecemos, una nación unida, no hay dos... no digamos regiones,
personas que parezcan animadas del mismo espíritu, y mientras unos
gritan: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! como en los mejores tiempos del
romancero y de nuestras comedias de moros y cristianos, otros claman
por la paz á todo trance, y no diremos á toda costa, porque la paz es
mucho más barata.
Difícil es decidirse por unos ó por otros. Los que piensan más
razonablemente... no saben qué pensar en este caso. Ni vale refugiarse
en las serenas regiones idealistas porque... el ideal está en todo, en
la paz y en la guerra; en la evangélica resignación á perderlo todo
y en la fuerte voluntad de ganar algo... Lo peor, lo más triste para
los pueblos como para las personas, es la indecisión... Fluctuar, como
Hamlet, resistirse á ser instrumentos conscientes del destino, para
que, al fin, el destino se imponga brutalmente, inexorablemente, á
nuestra indecisión.
Fortimbrás, inventando pretextos pequeños para grandes acciones, es de
mejor ejemplo que Hamlet, quien, con grandes motivos, no supo decidirse
á la acción nunca.
Por fortuna para los pueblos y para los gobiernos, en estos casos de
incertidumbres, de desalientos, de indecisión nacional, están banderas,
trompetas y tambores; está el marchar de las tropas juveniles, y... á
su paso todo se olvida, es uno el sentimiento y una la aspiración. El
mismo Pablo Iglesias daría un ¡Viva! Y decir vivir, es decir pelear.
* * * * *
El papel de rey destronado es siempre algo ridículo. El de rey
aspirante, idealizado con aureolas de esperanzas que nunca nubló la
realidad, es, en cambio, de tan romántica poesía, que una regular
presencia y una regular discreción bastan á sostenerle con decoro. Y
así supo sostenerle Don Carlos, muy á gusto de todos. En España muchos
le amaban, y... á pesar de todo, nadie le odiaba. Supo salvar la
majestad de su figura, del vencimiento y de la difamación. No fué nunca
ridículo, cosa que no consiguen siempre muchos reyes reinantes. Dicen
que amaba mucho á España. Era más de agradecer ese cariño, por lo mismo
que había de expresarlo con acento extranjero.
* * * * *
«Azorín» ha aprovechado la ocasión de haberse publicado en el periódico
en que él dogmatiza, ó mejor dicho, «esceptiza» á lo Montaigne,
la fantástica noticia de mi viaje á Buenos Aires, á servir unas
conferencias á cien mil pesetas... ¡Cincuenta mil más que Anatole
France! Muchas gracias por la tasación, querido compañero, para
significar su displicencia por estas idas y venidas, al mismo tiempo su
desprecio por las glorias populares... ¡Ah! ¡La popularidad!...
Claro es que yo no puedo darme por aludido. Yo estuve ya en Buenos
Aires, y no fuí en clase de popular, ni me recibieron con músicas, ni
pronuncié discursos, ni nos volvimos nadie loco, ni ellos conmigo, ni
yo con ellos. Fuí... por viajar, por ver; sin darle más importancia
que á otro viaje cualquiera. Ni me creí en el caso de publicar, á mi
regreso, «Impresiones», «Mi viaje á la Argentina», ó cualquier otro
libro por el estilo, porque no creo que un mes ni dos sean lo bastante
para conocer nada, ni perorar del porvenir de la Argentina, de su
intelectualidad, industria, etc... Lo que ví, para mí lo guardo, y lo
que aprendiera... ya irá saliendo. Conste solamente que yo no fuí allá
en clase de conferenciante. Sin que esto quiera decir que si alguna
vez se me propusiera, y sobre materias de que pudiera tratar, como arte
dramático, presentación de obras, etc., no aceptara muy gustoso, sin
creer por eso que iba á estrechar lazos, á reconquistar América, ni
otras fantasías castelarinas.
En lo modesto de mi representación, sí procuré, mientras allí estuve,
considerarme como, según un escritor francés, debe considerarse todo el
que viaja por país extranjero, representante de mi propio país, y en
toda ocasión procuré cumplir mi deber de viajero.
Sabiendo muy bien que ni en sus correspondencias ni en sus
conversaciones, muchos me tratan del mismo modo, hablé bien de todos
los escritores españoles de quien me pidieron noticias. Por cierto que
nadie me preguntó por «Azorín», y esto debe servirle de satisfacción,
dado su desprecio por la popularidad.
Y este era el punto á discutir. «Azorín» sostiene que el mérito de todo
escritor está en razón inversa del número de sus admiradores. Un gran
escritor debe ser letra cerrada para el vulgo. Quisiera yo saber cuándo
lo fueron Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, etc. Si no es que por
vulgo entendemos al que ni de letras sabe. Entiéndase que hablo del
vulgo literario.
Y este, en verdad, es muy reducido, aun para esos grandes hombres.
¡Pero decir que en su tiempo ninguno fué estimado! Algunos, quizás,
más justamente y en su punto que lo habrán sido después; al través de
estudios críticos que los desfiguran.
Ya sé yo que hay ejemplos para todo, Wagner, Bizet, Ibsen... Pero nunca
fué el público el que los rechazó; si así hubiera sido en absoluto,
toda reparación hubiera sido imposible. ¿Quién iba á resucitar obras
de quien nadie se acordaba? No el público, la crítica, siempre más
conservadora que revolucionaria, fué la que ridiculizó, combatió y
retrasó el triunfo de muchos artistas. ¿El público? Sí... extraña, no
comprende tal vez del todo... pero algo queda, y, como dice Bernardo
Shaw: «El que ha visto una vez un drama de Ibsen, acaso se aburrió
durante su representación, acaso dice: «Esto no es teatro»; pero, á
pesar de ello, sigue pensando en él, y... acaso no le gusten los dramas
de Ibsen; pero lo cierto es que no vuelven á gustarle los de Sardou.»
No, no hay que maldecir del público y de las glorias populares.
«Azorín» es demasiado modesto. Acaso cree que él no puede ser popular.
Pues qué, ¿cree usted que si sólo le leyeran á usted en la tertulia de
D. Antonio Maura, iba usted á ser tan apreciado y tan conocido? Y si ya
cree usted que le lee toda la mayoría... ¡ahí es nada! Contar con una
mayoría. No cuenta con más el Sr. Maura, y nos gobierna á todos.
[Ilustración]