XXI

No podemos quejarnos del actual verano; él ha sido tardío en calor

y en sucesos, pero bien quiere desquitarse en pocos días, y el

calor aprieta y los sucesos se precipitan, sin tiempo apenas para

solicitar la atención ni el par de días que se concede de comentarios

á la actualidad más pasajera. ¿Dónde está ya la romántica boda del

infante? ¿Dónde está ya la muerte de Don Carlos? Cualquiera de estas

actualidades hubiera bastado en otro verano para abastecer periódicos

y tertulias. Pero baza mayor quita menor, y nuestra baza, la que nos

hemos creído en el caso de meter en los asuntos de Marruecos, es de tal

importancia, que ella sola se impone á nuestra consideración, con todos

sus prestigios seculares. Porque desde los tiempos de D. Rodrigo y la

Cava, ¿cuándo ha dejado de ser actualidad para los españoles alguna

cuestión africana? Dividida España en regiones, guerreando unas con

otras muchas veces, sólo al combatir contra el agareno y en ponerse á

su avance solían estar de acuerdo las más enemigas; y ahora que somos,

ó parecemos, una nación unida, no hay dos... no digamos regiones,

personas que parezcan animadas del mismo espíritu, y mientras unos

gritan: ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra! como en los mejores tiempos del

romancero y de nuestras comedias de moros y cristianos, otros claman

por la paz á todo trance, y no diremos á toda costa, porque la paz es

mucho más barata.

Difícil es decidirse por unos ó por otros. Los que piensan más

razonablemente... no saben qué pensar en este caso. Ni vale refugiarse

en las serenas regiones idealistas porque... el ideal está en todo, en

la paz y en la guerra; en la evangélica resignación á perderlo todo

y en la fuerte voluntad de ganar algo... Lo peor, lo más triste para

los pueblos como para las personas, es la indecisión... Fluctuar, como

Hamlet, resistirse á ser instrumentos conscientes del destino, para

que, al fin, el destino se imponga brutalmente, inexorablemente, á

nuestra indecisión.

Fortimbrás, inventando pretextos pequeños para grandes acciones, es de

mejor ejemplo que Hamlet, quien, con grandes motivos, no supo decidirse

á la acción nunca.

Por fortuna para los pueblos y para los gobiernos, en estos casos de

incertidumbres, de desalientos, de indecisión nacional, están banderas,

trompetas y tambores; está el marchar de las tropas juveniles, y... á

su paso todo se olvida, es uno el sentimiento y una la aspiración. El

mismo Pablo Iglesias daría un ¡Viva! Y decir vivir, es decir pelear.

* * * * *

El papel de rey destronado es siempre algo ridículo. El de rey

aspirante, idealizado con aureolas de esperanzas que nunca nubló la

realidad, es, en cambio, de tan romántica poesía, que una regular

presencia y una regular discreción bastan á sostenerle con decoro. Y

así supo sostenerle Don Carlos, muy á gusto de todos. En España muchos

le amaban, y... á pesar de todo, nadie le odiaba. Supo salvar la

majestad de su figura, del vencimiento y de la difamación. No fué nunca

ridículo, cosa que no consiguen siempre muchos reyes reinantes. Dicen

que amaba mucho á España. Era más de agradecer ese cariño, por lo mismo

que había de expresarlo con acento extranjero.

* * * * *

«Azorín» ha aprovechado la ocasión de haberse publicado en el periódico

en que él dogmatiza, ó mejor dicho, «esceptiza» á lo Montaigne,

la fantástica noticia de mi viaje á Buenos Aires, á servir unas

conferencias á cien mil pesetas... ¡Cincuenta mil más que Anatole

France! Muchas gracias por la tasación, querido compañero, para

significar su displicencia por estas idas y venidas, al mismo tiempo su

desprecio por las glorias populares... ¡Ah! ¡La popularidad!...

Claro es que yo no puedo darme por aludido. Yo estuve ya en Buenos

Aires, y no fuí en clase de popular, ni me recibieron con músicas, ni

pronuncié discursos, ni nos volvimos nadie loco, ni ellos conmigo, ni

yo con ellos. Fuí... por viajar, por ver; sin darle más importancia

que á otro viaje cualquiera. Ni me creí en el caso de publicar, á mi

regreso, «Impresiones», «Mi viaje á la Argentina», ó cualquier otro

libro por el estilo, porque no creo que un mes ni dos sean lo bastante

para conocer nada, ni perorar del porvenir de la Argentina, de su

intelectualidad, industria, etc... Lo que ví, para mí lo guardo, y lo

que aprendiera... ya irá saliendo. Conste solamente que yo no fuí allá

en clase de conferenciante. Sin que esto quiera decir que si alguna

vez se me propusiera, y sobre materias de que pudiera tratar, como arte

dramático, presentación de obras, etc., no aceptara muy gustoso, sin

creer por eso que iba á estrechar lazos, á reconquistar América, ni

otras fantasías castelarinas.

En lo modesto de mi representación, sí procuré, mientras allí estuve,

considerarme como, según un escritor francés, debe considerarse todo el

que viaja por país extranjero, representante de mi propio país, y en

toda ocasión procuré cumplir mi deber de viajero.

Sabiendo muy bien que ni en sus correspondencias ni en sus

conversaciones, muchos me tratan del mismo modo, hablé bien de todos

los escritores españoles de quien me pidieron noticias. Por cierto que

nadie me preguntó por «Azorín», y esto debe servirle de satisfacción,

dado su desprecio por la popularidad.

Y este era el punto á discutir. «Azorín» sostiene que el mérito de todo

escritor está en razón inversa del número de sus admiradores. Un gran

escritor debe ser letra cerrada para el vulgo. Quisiera yo saber cuándo

lo fueron Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, etc. Si no es que por

vulgo entendemos al que ni de letras sabe. Entiéndase que hablo del

vulgo literario.

Y este, en verdad, es muy reducido, aun para esos grandes hombres.

¡Pero decir que en su tiempo ninguno fué estimado! Algunos, quizás,

más justamente y en su punto que lo habrán sido después; al través de

estudios críticos que los desfiguran.

Ya sé yo que hay ejemplos para todo, Wagner, Bizet, Ibsen... Pero nunca

fué el público el que los rechazó; si así hubiera sido en absoluto,

toda reparación hubiera sido imposible. ¿Quién iba á resucitar obras

de quien nadie se acordaba? No el público, la crítica, siempre más

conservadora que revolucionaria, fué la que ridiculizó, combatió y

retrasó el triunfo de muchos artistas. ¿El público? Sí... extraña, no

comprende tal vez del todo... pero algo queda, y, como dice Bernardo

Shaw: «El que ha visto una vez un drama de Ibsen, acaso se aburrió

durante su representación, acaso dice: «Esto no es teatro»; pero, á

pesar de ello, sigue pensando en él, y... acaso no le gusten los dramas

de Ibsen; pero lo cierto es que no vuelven á gustarle los de Sardou.»

No, no hay que maldecir del público y de las glorias populares.

«Azorín» es demasiado modesto. Acaso cree que él no puede ser popular.

Pues qué, ¿cree usted que si sólo le leyeran á usted en la tertulia de

D. Antonio Maura, iba usted á ser tan apreciado y tan conocido? Y si ya

cree usted que le lee toda la mayoría... ¡ahí es nada! Contar con una

mayoría. No cuenta con más el Sr. Maura, y nos gobierna á todos.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 29 / 51 题