Moral del último--esperemos que aun sea el último--crimen. Los
periódicos se recriminan unos á otros por sus indiscreciones y juicios
temerarios; naturalmente, los más clamorosos en lamentarlas son los que
siempre están más dispuestos á recoger cualquier especie del arroyo.
Una vez más salen á relucir las deficiencias de nuestras leyes
procesales, en cuanto se refiere á supuestas culpabilidades y prisión
preventiva. Y una vez más, nadie será osado á poner remedio. Lo de
considerar á todo sospechoso como criminal es antiguo achaque de la
Señora Justicia. Y aun peor al sospechoso que al verdadero criminal,
que á éste, en fin, cuando ya está convicto y confeso, siempre se
le agradece el descanso de tanta molestia como ocasionó su captura,
y al otro, en cambio, á cada negativa se le pone peor gesto y se le
considera como criminal más empedernido.
Y es de notar, también, el mayor respeto que inspira todo delincuente
cuanto mayor sea la fechoría cometida. Así, tal vez el raterillo
primerizo no escape de una buena solfa, como primera diligencia; pero
á un feroz asesino nunca le faltará un admirador que le obsequie con
un suculento «beefsteak», para que reponga sus fuerzas, después de una
declaración emocionante.
El buen burgués, por su parte, también moraliza á cada crimen de
estos sensacionales; habla de la corrupción de costumbres, se promete
mayor cuidado en la selección de sus relaciones y más severidad
con el pariente derrotado, que de vez en cuando suele pedirle dos
pesetas:--Cuando venga el señorito Fulano, dicen á la criada, dígale
usted que no estamos en casa, y no abra usted la puerta.
Las criadas ven á un posible asesino en toda persona regularmente
trajeada; no se arriesgan á franquear la puerta sin minuciosa
inspección por el ventanillo, y en resumen, las casas estarán mejor
guardadas por unos días y los parientes pobres se morirán de hambre
más pronto. Y esta es toda la moral de estos crímenes, en que todo el
mundo sólo atiende á los hechos, los hechos brutales, unánimemente
reprobados por los buenos burgueses, á la hora de la digestión,
ligeramente entorpecida por algo así, entre indignación y miedo.
* * * * *
Los congresistas de la Paz, los creyentes en la eficacia de los
tribunales arbitrales, para dirimir pacíficamente toda cuestión
internacional, estarán encantados con el feliz éxito del arbitraje
argentino, entre el Perú y Bolivia. Ambas modernas y civilizadas
repúblicas, acudieron muy humildemente y bien dispuestas á respetar
el fallo del presidente de la República Argentina. ¡Para que vea el
viejo mundo europeo cómo arreglamos estos asuntos los del nuevo!
Pero, apenas se enteraron los de Bolivia de que el fallo no les era
todo lo favorable que ellos apetecían, ¡adiós mi árbitro y adiós mis
procedimientos modernos!
No es el primer caso en las repúblicas americanas, y en alguno de
estos enojosos arbitrajes anduvo la vieja madre España de por medio y
como ahora, la república que se creyó perjudicada puso el grito en el
cielo. Por donde, si el árbitro toma su divino papel en serio, en vez
de un disgusto y de una guerra, pueden resultar dos guerras y muchos
disgustos.
Pasarán muchos años hasta que el cañón deje de ser el gran pacificador
y el supremo árbitro. Para ello será preciso ante todo que las naciones
no se preocupen tanto de añadir unas leguas de tierra á su territorio;
como si la nación más floreciente no tuviera ya bastantes incultas y
despobladas.
* * * * *
Muy moderno también, muy europeo, muy culto y muy lindo, el bando de
nuestro señor alcalde; enderezado, con la mejor intención, á proteger á
los animales. Muy bien está el bando, que los animales deben agradecer
tanto como debiera ofendernos á las personas. Porque, ¿quién duda
que si bien está el bando, mucho mejor estaría que no hubiera habido
necesidad de dictarlo? Por eso mismo creo muy poco en su eficacia.
¿Buenos sentimientos por ordeno y mando? Á otra puerta. Fué siempre la
nuestra de las más cerradas á toda blandura con los animales. Y cuanto
más cerca el hombre de la Naturaleza, cuando más parece que debiera
sentir la simpatía por sus compañeros de trabajo, más duro se muestra
con ellos. Parece que ya no debiera tratarse de compasión sino de
interés propio. ¡Pues hay que ver cómo trata el labriego á su yunta y
el carretero á sus mulas y el traficante á su infeliz borrico! Pero,
lo que ellos dirán en su disculpa: ¿Estamos nosotros mejor tratados?
¿Cuándo la misma Naturaleza, con sus rigores, siempre en contra del
logro de nuestro trabajo; cuando los demás hombres son tan crueles con
nosotros, vamos á ser nosotros más piadosos con los animales?
Para la pobre gente, esto del amor á los animales, es un lujo de
afectividad imposible para ella, como todo lujo. Para la gente rica
suele ser una dulce forma de misantropía. Se ama á los animales...
porque los animales no suelen ser ingratos, porque no dan malas
contestaciones, porque los manejamos mejor que á los hombres y los
tenemos más sujetos á nuestra voluntad. No hay que fiar mucho en la
bondad de estos ricos que aman demasiado á los animales.
Amarlos en justa proporción, tratarlos, no tan mal como á los criados
ni mejor que á tantos niños desvalidos, sería lo justo, lo natural, lo
que debiera hacer innecesario ese bando, en todo país digno de llamarse
cristiano y civilizado. Pero... con la excepción de San Francisco
de Asís, nuestra religión no fué nunca muy dulce con los animales.
Recuérdese cómo en la Biblia, casi siempre les toca á ellos pagar el
pato en los sacrificios. Isaac se salva; pero en su lugar se sacrifica
á un pobre corderillo. En el mismo Evangelio, de más suave doctrina,
Jesús lanza á la legión de demonios, expulsada de un poseído, sobre una
piara de cerdos, que corre á arrojarse al mar, alocada por los malos
espíritus. ¡Pobres cochinos! ¿Qué culpa tenían ellos?
El origen superior atribuído al hombre por nuestra católica doctrina,
limita el sentimiento de fraternidad universal entre el hombre y los
demás seres de la creación. No hay en la religión cristiana ninguna
plegaria tan hermosa como aquella del Budha: ¡Dios mío, librad del
dolor á cuanto existe!
[Ilustración]