XIX

El verano es la estación de las grandes crisis en las compañías

teatrales. Se comprende; después de toda una larga temporada de

invierno, los artistas con los empresarios, éstos con los artistas, y

los artistas unos con otros, están que no pueden ya aguantarse. Tiene

la vida del teatro algo de la vida á bordo; los primeros días todos

los pasajeros simpatizan, todos parecen encantadores, se organiza

toda clase de fiestas en que todos toman parte; poco á poco se van

separando en grupos, cada día mas reducidos; en cada uno se murmura de

los otros; al final de la travesía, ya no hay ni grupos; cada pasajero

pasea solitario ó lee apartado de los demás, y en su interior piensa

que en su vida ha tratado con gente más antipática y desagradable. Unos

días más, y acabarían todos arrojándose unos á otros por las bordas en

descomunal pelea.

El teatro es lo mismo. Á principios de temporada todos se adoran, se

recibe con efusión á los recién llegados.--Aquí, aquí es donde tiene

usted su puesto.--¡Qué gusto verme entre ustedes!--Las actrices se

hacen confidencias de todo género. Los actores se muestran galantes con

todas ellas. Aquello es un paraíso... Pero no va mediada la temporada,

cuando ya sólo se juntan unos para murmurar de los otros, y viceversa;

y si se juntan todos es para conspirar contra el empresario ó hablar

mal de una obra. Y al terminar la temporada, ni para eso.--«Ciascun per

se»--como cantan en «Los Hugonotes».

No hay que pensar por esto que los actores sean de peor condición que

los demás humanos. Si en todas las profesiones el trabajo hubiera de

ser en comunidad y las relaciones tan constantes, también veríamos

cosas. Más separados viven unos de otros pintores, escritores,

médicos, abogados, y no se quieren más ni mejor por eso. No hablemos

de la fraternidad periodística... Y los chismes de bastidores no

son nada, comparados con los de sacristía. ¡Hay cada párroco y cada

teniente cura, que... ríanse ustedes de las primeras tiples en lo de

despellejarse unos á otros!

En fin, que la temporada próxima promete, y lo único de lamentar por mi

parte es... que me cogerá sin dinero...

Porque en el teatro, como en todo, ¡es tan agradable el papel de

espectador!

* * * * *

Son muchas las personas que me escriben, unas para felicitarme, otras

para increparme, por mis ligeras consideraciones sobre las corridas de

toros; otras, sencillamente, para mostrarme su extrañeza.

--¡Hombre, usted tan aficionado antes!...

--¿Aficionado? Le diré á usted. Á no ser en los tiempos del Guerra á

mi juicio el torero más asombroso, la verdad es que siempre me han

aburrido las corridas de toros. Esto, en cuanto al espectáculo; que

de los espectadores, ¡no se diga! Siempre he buscado la localidad más

tranquila de la plaza. Me han indignado siempre esos energúmenos que no

se divierten si no pasan la tarde gritando, molestando á todo el mundo;

que si ¡Ladrón!, que si ¡Criminal!, que si ¡Por derecho!, que si ¡Á la

cárcel!, que si la madre, que si toda la familia... todo un «specimen»

de educación nacional. Esos energúmenos son los mismos que en el

teatro no se contentarían con menos que ver ahorcado al autor que tuvo

la desgracia de equivocarse; los mismos para quienes no hay político

honrado, ni escritor que no se venda; los mismos que piden desde la

mesa del café heroísmos sobrenaturales en la guerra, para poder decir

ellos:--¡Qué valientes somos! ¡No hay quien pueda con nosotros!--Los

mismos que van por esas calles perdonando honras á las mujeres... Y

como este es el espectador, no diré más frecuente, pero sí el que da

tono al espectáculo, él por sí solo se basta para hacer de una fiesta,

que podía ser una de tantas como andan por esos mundos civilizados, la

de apariencia más salvaje.

En Barcelona se ha celebrado, ó va á celebrarse, una manifestación

contra las corridas de toros. En esto ya no estoy conforme; creo que

todo eso es contraproducente. Los toros, como tantas otras cosas,

caerán por sí solas, cuando deban caer. Encomendemos la tarea á los

educadores. El maestro es el que ha de acabar con los «maestros».

Ha de notarse que la Iglesia, tan intransigente en ocasiones con

el teatro, con el libro y con la prensa, dispensa la más benévola

tolerancia á las corridas de toros. Las señoras, tan influídas por la

Iglesia, no ponen tampoco todo el empeño que debieran en combatirlas.

Nada de esto habla muy en favor de la delicadeza de sus sentimientos.

En cuanto á la Iglesia, ya es sabido que todo lo que no sea pensar le

ha preocupado siempre poco.

* * * * *

El más cordial saludo al boletín «Pro Infantia», publicado por el

Ministerio de la Gobernación. Todo en él es buenas intenciones, que

debemos desear no vayan á empedrar el infierno, á cuya pavimentación ya

han contribuído no poco los legisladores españoles. Los hombres tienen

mal gobernar; acariciemos la ilusión de que estarán mejor empleados

nuestros desvelos en los pequeños. No olvidemos, como dijo el admirable

poeta Wordsworth, que «el niño es el padre del hombre».

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 27 / 51 题