El verano es la estación de las grandes crisis en las compañías
teatrales. Se comprende; después de toda una larga temporada de
invierno, los artistas con los empresarios, éstos con los artistas, y
los artistas unos con otros, están que no pueden ya aguantarse. Tiene
la vida del teatro algo de la vida á bordo; los primeros días todos
los pasajeros simpatizan, todos parecen encantadores, se organiza
toda clase de fiestas en que todos toman parte; poco á poco se van
separando en grupos, cada día mas reducidos; en cada uno se murmura de
los otros; al final de la travesía, ya no hay ni grupos; cada pasajero
pasea solitario ó lee apartado de los demás, y en su interior piensa
que en su vida ha tratado con gente más antipática y desagradable. Unos
días más, y acabarían todos arrojándose unos á otros por las bordas en
descomunal pelea.
El teatro es lo mismo. Á principios de temporada todos se adoran, se
recibe con efusión á los recién llegados.--Aquí, aquí es donde tiene
usted su puesto.--¡Qué gusto verme entre ustedes!--Las actrices se
hacen confidencias de todo género. Los actores se muestran galantes con
todas ellas. Aquello es un paraíso... Pero no va mediada la temporada,
cuando ya sólo se juntan unos para murmurar de los otros, y viceversa;
y si se juntan todos es para conspirar contra el empresario ó hablar
mal de una obra. Y al terminar la temporada, ni para eso.--«Ciascun per
se»--como cantan en «Los Hugonotes».
No hay que pensar por esto que los actores sean de peor condición que
los demás humanos. Si en todas las profesiones el trabajo hubiera de
ser en comunidad y las relaciones tan constantes, también veríamos
cosas. Más separados viven unos de otros pintores, escritores,
médicos, abogados, y no se quieren más ni mejor por eso. No hablemos
de la fraternidad periodística... Y los chismes de bastidores no
son nada, comparados con los de sacristía. ¡Hay cada párroco y cada
teniente cura, que... ríanse ustedes de las primeras tiples en lo de
despellejarse unos á otros!
En fin, que la temporada próxima promete, y lo único de lamentar por mi
parte es... que me cogerá sin dinero...
Porque en el teatro, como en todo, ¡es tan agradable el papel de
espectador!
* * * * *
Son muchas las personas que me escriben, unas para felicitarme, otras
para increparme, por mis ligeras consideraciones sobre las corridas de
toros; otras, sencillamente, para mostrarme su extrañeza.
--¡Hombre, usted tan aficionado antes!...
--¿Aficionado? Le diré á usted. Á no ser en los tiempos del Guerra á
mi juicio el torero más asombroso, la verdad es que siempre me han
aburrido las corridas de toros. Esto, en cuanto al espectáculo; que
de los espectadores, ¡no se diga! Siempre he buscado la localidad más
tranquila de la plaza. Me han indignado siempre esos energúmenos que no
se divierten si no pasan la tarde gritando, molestando á todo el mundo;
que si ¡Ladrón!, que si ¡Criminal!, que si ¡Por derecho!, que si ¡Á la
cárcel!, que si la madre, que si toda la familia... todo un «specimen»
de educación nacional. Esos energúmenos son los mismos que en el
teatro no se contentarían con menos que ver ahorcado al autor que tuvo
la desgracia de equivocarse; los mismos para quienes no hay político
honrado, ni escritor que no se venda; los mismos que piden desde la
mesa del café heroísmos sobrenaturales en la guerra, para poder decir
ellos:--¡Qué valientes somos! ¡No hay quien pueda con nosotros!--Los
mismos que van por esas calles perdonando honras á las mujeres... Y
como este es el espectador, no diré más frecuente, pero sí el que da
tono al espectáculo, él por sí solo se basta para hacer de una fiesta,
que podía ser una de tantas como andan por esos mundos civilizados, la
de apariencia más salvaje.
En Barcelona se ha celebrado, ó va á celebrarse, una manifestación
contra las corridas de toros. En esto ya no estoy conforme; creo que
todo eso es contraproducente. Los toros, como tantas otras cosas,
caerán por sí solas, cuando deban caer. Encomendemos la tarea á los
educadores. El maestro es el que ha de acabar con los «maestros».
Ha de notarse que la Iglesia, tan intransigente en ocasiones con
el teatro, con el libro y con la prensa, dispensa la más benévola
tolerancia á las corridas de toros. Las señoras, tan influídas por la
Iglesia, no ponen tampoco todo el empeño que debieran en combatirlas.
Nada de esto habla muy en favor de la delicadeza de sus sentimientos.
En cuanto á la Iglesia, ya es sabido que todo lo que no sea pensar le
ha preocupado siempre poco.
* * * * *
El más cordial saludo al boletín «Pro Infantia», publicado por el
Ministerio de la Gobernación. Todo en él es buenas intenciones, que
debemos desear no vayan á empedrar el infierno, á cuya pavimentación ya
han contribuído no poco los legisladores españoles. Los hombres tienen
mal gobernar; acariciemos la ilusión de que estarán mejor empleados
nuestros desvelos en los pequeños. No olvidemos, como dijo el admirable
poeta Wordsworth, que «el niño es el padre del hombre».
[Ilustración]