Si en casa del jugador poco dura la alegría, en casa del aficionado
á toreros aun suele durar menos. Es tan natural orden de la vida
una alternada distribución en los sucesos, que las rachas son algo
extraordinario, y el jugador prudente se atiene en sus combinaciones al
más probable «tierce á tout»; dejando lo de jugar á la repetida para el
jugador de fortuna, siempre en espera de lo inusitado y fuera del orden.
Del mismo modo los buenos aficionados saben de antiguo lo ocasionado
que es con toreros y toros jugar á la repetida; como saben las empresas
lo fácil de engañar al público, con anunciar el mismo juego.
En esta temporada los aficionados quieren distraer su aburrimiento,
dedicándose á la inocente ilusión de inventar toreros. ¡Para que
aprendan los eminentes! Ya en tiempos del Guerra fueron muchos los que
pusieron el mismo empeño en la misma empresa. ¡Pobres flores de una
tarde con suerte!; todo lo más de una temporada. Y menos mal, cuando
no dejándose «inventar», se resignan á volver al montón y no toman en
serio un papel superior á sus fuerzas y conocimientos, que, de otra
suerte, el desengaño suele llegar con una cornada, de las muchas que
los espectadores tienen á su cargo.
No es hora de predicar contra la sublime fiesta y no soy de los que
creen que ella tenga gran culpa en el atraso de España. De los toros,
como del clericalismo, creo que no son causa de nada, sino efecto de
mucho. No son unos ni otro los que tienen la culpa de nuestro atraso;
es nuestro atraso el que tiene la culpa de toros y de clericales.
El que no tiene inteligencia bastante para pensar por sí propio, si no
se dejara influir por un director espiritual, iría á consultar con la
sonámbula ó con la echadora de cartas ó con el primer embaucador que
se le presentara. El que no halla diversión más de su gusto que una
corrida de toros, si se las suprimieran, buscaría otra más bárbara, más
estúpida, y nada abríamos adelantado.
Cuantos han combatido las corridas de toros, han fundado siempre sus
invectivas en la parte menos vulnerable del espectáculo, lo peligroso
y lo sangriento. ¡Bah! Si á eso fuéramos... Todo el mundo es plaza y
toda la vida es lidia.
Por esa parte, el espectáculo hasta es beneficioso; un derivativo
muy atenuado para nuestro espíritu inquisitoral, atormentador... El
fogueo de toros nos compensa del fogueo de herejes; cada gritería al
presidente, acaso evita un motín popular, y cada cincuenta corridas,
por lo menos, suponen un desgaste de ferocidad que hace imposible una
guerra civil.
No es por lo cruel, ni por lo sangriento, por donde hay que atacar al
espectáculo, es sencillamente... por tonto.
El toro bravo, verdaderamente de lidia, es un producto artificial, cada
vez más raro y más difícil de obtener. La natural condición del toro es
pacífica; por algo el ornamento cornamental fué siempre símbolo de la
más apacible conformidad conyugal. Así, bien puede asegurarse que de
cien toros, los noventa y nueve salen al coso más dispuestos á mugir
saudades dehesiles que á meterse en pelea. Y ¡es de ver el lastimoso
espectáculo del acoso, en torno al triste animalito! Se le persigue, se
le azuza, se estrecha el círculo de tortura... Por fin, se consigue
enfurecerle, empuja, derriba á ciegas... ¡Un triunfo de arte y de
gracia!
¿Qué diremos de la elegante suerte de varas? ¿Qué diremos del forzado
valor, todo para la galería; el chulesco valor de los lidiadores? La
palidez de los rostros, distendidos los músculos en rictus, que bien
quisiera aparentar una sonrisa... ¡Ah, la sonrisita del torero! Un buen
anatómico ó buen pintor pueden dar razón de ella...
Y ¿qué diremos de la alegría del espectáculo? Alegre un espectáculo en
que el espectador se pasa la tarde rabiando. Rabieta si rajaron al toro
de un puyazo y le quitaron facultades; rabieta si no le castigaron lo
bastante y conserva demasiado poder; rabieta si le recortan; rabieta
si no le paran los pies; rabieta si el torero de las simpatías no
estuvo muy afortunado, y rabieta si lo estuvo el de las antipatías...
Rabietas regionales, si quedó Córdoba mejor que Sevilla ó Sevilla mejor
que Madrid... Rabieta con el presidente; rabieta con el matador de las
6.000 pesetas; rabieta y discusión acalorada con el espectador de al
lado y con el de detrás y con los de delante... ¡Si les digo á ustedes
que no hay diversión que se le parezca! Y después de proferir toda
clase de insultos, de injurias, contra los toreros sobrado prudentes,
de echarles en cara sus ganancias y sus glorias, cuando la desgracia
ocurre y el torero es entre los cuernos y las patas del toro un
andrajo humano... la compasión más sensiblera; una compasión que, no
diremos mal empleada en este caso, pero sí que debiera repartirse más
equitativamente entre el obrero víctima de un accidente en su trabajo,
la costurera enferma de tuberculosis, de tanto darle á la aguja y
tantas otras víctimas de un trabajo sin luz, sin aire y sin aplausos.
¿Que hay exageración en todo esto? Prueben, prueben los aficionados á
dejar de asistir á las corridas durante una temporada, y si después de
algún tiempo, al volver á presenciar una, no sienten como yo toda la
estupidez del ridículo espectáculo, será... ¡Triste sería! porque la
verdad no tiene para ellos ningún camino; ni el del aburrimiento.
Solo el valor de un Frascuelo, superior á las cobardías del público,
ó el arte primoroso de un Lagartijo y su frescura y despreocupación,
superior á los insultos de ese mismo público, ó la maestría suprema de
un Guerra, superior á los toros, al público y al espectáculo, pueden
dar un aire de grandeza á las corridas. Pero la excepción confirma la
regla, y el genio es superior á todo, á la misma esfera social en que
emplea su actividad. Han existido ladrones y asesinos de genio, que no
disculpan por eso el robo ni el asesinato.
Algo hay en los toros, no obstante, que les hace ser digno espectáculo
de un filósofo. Si en la vida fuera todo bondad; si los hombres fueran
siempre dignos y justos y razonables, la idea de la muerte sería
tormento insoportable para el espíritu... ¡Dejar un mundo de delicias;
separarse para siempre de una humanidad tan perfecta!
Conviene de cuando en cuando asomarse á donde toda la estupidez y la
bajeza humanas se muestran en toda su desnudez, para que la idea de la
muerte no nos parezca tan triste y hasta nos sea apetecible. Y hay que
confesar que nada para esto como una corrida de toros.
[Ilustración]