XVIII

Si en casa del jugador poco dura la alegría, en casa del aficionado

á toreros aun suele durar menos. Es tan natural orden de la vida

una alternada distribución en los sucesos, que las rachas son algo

extraordinario, y el jugador prudente se atiene en sus combinaciones al

más probable «tierce á tout»; dejando lo de jugar á la repetida para el

jugador de fortuna, siempre en espera de lo inusitado y fuera del orden.

Del mismo modo los buenos aficionados saben de antiguo lo ocasionado

que es con toreros y toros jugar á la repetida; como saben las empresas

lo fácil de engañar al público, con anunciar el mismo juego.

En esta temporada los aficionados quieren distraer su aburrimiento,

dedicándose á la inocente ilusión de inventar toreros. ¡Para que

aprendan los eminentes! Ya en tiempos del Guerra fueron muchos los que

pusieron el mismo empeño en la misma empresa. ¡Pobres flores de una

tarde con suerte!; todo lo más de una temporada. Y menos mal, cuando

no dejándose «inventar», se resignan á volver al montón y no toman en

serio un papel superior á sus fuerzas y conocimientos, que, de otra

suerte, el desengaño suele llegar con una cornada, de las muchas que

los espectadores tienen á su cargo.

No es hora de predicar contra la sublime fiesta y no soy de los que

creen que ella tenga gran culpa en el atraso de España. De los toros,

como del clericalismo, creo que no son causa de nada, sino efecto de

mucho. No son unos ni otro los que tienen la culpa de nuestro atraso;

es nuestro atraso el que tiene la culpa de toros y de clericales.

El que no tiene inteligencia bastante para pensar por sí propio, si no

se dejara influir por un director espiritual, iría á consultar con la

sonámbula ó con la echadora de cartas ó con el primer embaucador que

se le presentara. El que no halla diversión más de su gusto que una

corrida de toros, si se las suprimieran, buscaría otra más bárbara, más

estúpida, y nada abríamos adelantado.

Cuantos han combatido las corridas de toros, han fundado siempre sus

invectivas en la parte menos vulnerable del espectáculo, lo peligroso

y lo sangriento. ¡Bah! Si á eso fuéramos... Todo el mundo es plaza y

toda la vida es lidia.

Por esa parte, el espectáculo hasta es beneficioso; un derivativo

muy atenuado para nuestro espíritu inquisitoral, atormentador... El

fogueo de toros nos compensa del fogueo de herejes; cada gritería al

presidente, acaso evita un motín popular, y cada cincuenta corridas,

por lo menos, suponen un desgaste de ferocidad que hace imposible una

guerra civil.

No es por lo cruel, ni por lo sangriento, por donde hay que atacar al

espectáculo, es sencillamente... por tonto.

El toro bravo, verdaderamente de lidia, es un producto artificial, cada

vez más raro y más difícil de obtener. La natural condición del toro es

pacífica; por algo el ornamento cornamental fué siempre símbolo de la

más apacible conformidad conyugal. Así, bien puede asegurarse que de

cien toros, los noventa y nueve salen al coso más dispuestos á mugir

saudades dehesiles que á meterse en pelea. Y ¡es de ver el lastimoso

espectáculo del acoso, en torno al triste animalito! Se le persigue, se

le azuza, se estrecha el círculo de tortura... Por fin, se consigue

enfurecerle, empuja, derriba á ciegas... ¡Un triunfo de arte y de

gracia!

¿Qué diremos de la elegante suerte de varas? ¿Qué diremos del forzado

valor, todo para la galería; el chulesco valor de los lidiadores? La

palidez de los rostros, distendidos los músculos en rictus, que bien

quisiera aparentar una sonrisa... ¡Ah, la sonrisita del torero! Un buen

anatómico ó buen pintor pueden dar razón de ella...

Y ¿qué diremos de la alegría del espectáculo? Alegre un espectáculo en

que el espectador se pasa la tarde rabiando. Rabieta si rajaron al toro

de un puyazo y le quitaron facultades; rabieta si no le castigaron lo

bastante y conserva demasiado poder; rabieta si le recortan; rabieta

si no le paran los pies; rabieta si el torero de las simpatías no

estuvo muy afortunado, y rabieta si lo estuvo el de las antipatías...

Rabietas regionales, si quedó Córdoba mejor que Sevilla ó Sevilla mejor

que Madrid... Rabieta con el presidente; rabieta con el matador de las

6.000 pesetas; rabieta y discusión acalorada con el espectador de al

lado y con el de detrás y con los de delante... ¡Si les digo á ustedes

que no hay diversión que se le parezca! Y después de proferir toda

clase de insultos, de injurias, contra los toreros sobrado prudentes,

de echarles en cara sus ganancias y sus glorias, cuando la desgracia

ocurre y el torero es entre los cuernos y las patas del toro un

andrajo humano... la compasión más sensiblera; una compasión que, no

diremos mal empleada en este caso, pero sí que debiera repartirse más

equitativamente entre el obrero víctima de un accidente en su trabajo,

la costurera enferma de tuberculosis, de tanto darle á la aguja y

tantas otras víctimas de un trabajo sin luz, sin aire y sin aplausos.

¿Que hay exageración en todo esto? Prueben, prueben los aficionados á

dejar de asistir á las corridas durante una temporada, y si después de

algún tiempo, al volver á presenciar una, no sienten como yo toda la

estupidez del ridículo espectáculo, será... ¡Triste sería! porque la

verdad no tiene para ellos ningún camino; ni el del aburrimiento.

Solo el valor de un Frascuelo, superior á las cobardías del público,

ó el arte primoroso de un Lagartijo y su frescura y despreocupación,

superior á los insultos de ese mismo público, ó la maestría suprema de

un Guerra, superior á los toros, al público y al espectáculo, pueden

dar un aire de grandeza á las corridas. Pero la excepción confirma la

regla, y el genio es superior á todo, á la misma esfera social en que

emplea su actividad. Han existido ladrones y asesinos de genio, que no

disculpan por eso el robo ni el asesinato.

Algo hay en los toros, no obstante, que les hace ser digno espectáculo

de un filósofo. Si en la vida fuera todo bondad; si los hombres fueran

siempre dignos y justos y razonables, la idea de la muerte sería

tormento insoportable para el espíritu... ¡Dejar un mundo de delicias;

separarse para siempre de una humanidad tan perfecta!

Conviene de cuando en cuando asomarse á donde toda la estupidez y la

bajeza humanas se muestran en toda su desnudez, para que la idea de la

muerte no nos parezca tan triste y hasta nos sea apetecible. Y hay que

confesar que nada para esto como una corrida de toros.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 26 / 51 题