Y ¡aun hay vanidosos! Esto pensaba yo el otro día, ante el mausoleo de
Chueca, inaugurado con... ¿solemnidad? ¡Oh, sí! Demasiada solemnidad.
Amables oradores, lisonjeros poetas nos hablaron del pueblo allí
presente para honrar á su músico... ¿El pueblo? Yo no le ví por ninguna
parte. Allí no estábamos mas que los precisos operarios, el grupo de
siempre, los de obligación. Y no todos. Las bellas artistas de nuestros
teatros alegaron en disculpa de su ausencia, la hora inconveniente;
hora de ensayos ó de sección «vermouth»... ¡Vaya por Dios! ¿Para qué
mejor ocasión juzgarán las empresas que valía la pena de conceder un
día de asueto á sus artistas?
Y esto por Chueca, el popular, el glorioso entre todos. ¿Se entera
usted, señor don Nadie? Usted, el que cree haber conquistado el
derecho á la inmortalidad, con una crónica colorista ó con un soneto
cincelado; usted, el que apenas se digna saludar á los amigos, y va
usted, por esas calles, despreciando las baldosas que pisa; indigno
pedestal de su grandeza... ¿No le aprovechará á usted de nada esta
lección y tantas otras? ¡Cúrate vanidad!, como dice el Rey Lear.
Aprende que no es preciso salir de España para que el nombre de
Cervantes sea ignorado; que de Zorrilla, el popular poeta, no hay,
fuera del consabido círculo, quien sepa más allá del «Tenorio»; y yo sé
de personas bastante cultas, que confundieron al poeta con el político.
¡Cómo nos engañamos unos á otros con esto de la popularidad! Se
lamentaba un buen señor, indignamente puesto en ridículo por su
esposa... ¡Ya ve usted! ¡Todo Madrid lo sabe!--¡Bah!--le consolaba un
amigo;--¿todo Madrid? Váyase usted á Carabanchel.
¿Es usted popular? Pues pregunte, pregunte al primero que pase por la
calle... Y aun queda mucho mundo y otros mundos... y ¡aun hay vanidosos!
* * * * *
El reglamento del Teatro Español--por fin, es Español,--aun no esta
aprobado oficialmente, y claro está que cuanto de él se anticipe,
estará expuesto á rectificaciones. Mas, como una vez aprobado, sería
tarde para ponerle peros, es preferible pecar de anticipado, llamando
la atención sobre algunas ligeras enormidades anunciadas, que aun es
tiempo de rectificar.
Primeramente se anuncia que el cuadro de artistas se dividirá en dos,
uno dramático y otro cómico. ¿Á qué esa división? En el Teatro Francés
puede estar justificada, porque en Francia la tragedia clásica es un
género aparte, y es tragedia desde antes de levantarse el telón hasta
que termina, sin mezcla de comedia alguna. Pero en el Teatro Español,
aparte media docena de tragedias á lo clásico, de que vale mas no
acordarse, lo mismo en el teatro antiguo que en el moderno, lo trágico
y lo cómico se entremezclan de tal manera, no ya en cada obra, sino en
cada personaje, que esa división entre actores dramáticos y cómicos
sólo puede conducir á promover un conflicto por obra.
Se reparte «El alcalde de Zalamea». ¿Que cuadro debe representarlo? ¿El
dramático? ¿El cómico? El papel de Don Lope de Figueroa, ¿es trágico?
¿es cómico?
¡Así que nuestros actores necesitan mucho para clasificarse y rechazar
papeles que no creen de su cuerda! Yo soy del cuadro dramático--diría
alguno,--y en este papel que me han repartido hay dos chistes y una
situación cómica. Yo estoy aquí para hacer reir--diría el otro,--y al
personaje que represento se le muere un tío, que no le deja nada, en
el segundo acto. Suprima, suprima la comisión ese articulito. Compañía
una; dramática y cómica. Nada de clasificaciones. Jóvenes, los jóvenes;
actores de carácter, los veteranos; graciosos ó tristes, según pida
el carácter de los personajes. Nada de damitas con cuarenta años de
servicios, poniendo la boca chiquita para decir: ¡papá y mamá! Nada
de galanes jóvenes con bisoñé y dentadura postiza. Esto en cuanto se
refiere á la organización de la compañía.
La otra pequeña atrocidad es la siguiente: El criterio para retirar las
obras del cartel no será otro que el ingreso en taquilla. ¿Sí? Pues
¡vive Dios! que para eso no hacía falta teatro subvencionado, y ese
criterio es el de cualquier empresario negociante y aun no tan á punta
de perro chico. Según ese criterio, muy expuestos estarán Lope de Vega,
Calderón y el mismísimo Shakespeare, á tener que ceder el sitio más
que á paso á cualquier bufonada ó melodrama de público. Todos creíamos
que, justamente, la subvención sería para eso; para imponer una obra de
arte, cuando el dinero del público no bastara á sostenerla.
Con ese criterio, el Museo de Pinturas ya debiera de estar cerrado ó
haberse sustituído por un «cine»; ¡si se fuera á juzgar del mérito de
Velázquez por el número de entradas vendidas para ver sus cuadros!
Claro es que no hay autor vivo que no crea sus obras del más soberano
arte, y todos pretenderían verlas perpetuarse en el cartel, á costa del
Estado. El criterio del ingreso es el más seguro... La obra de usted
es una obra de arte, pero no da tres pesetas... ¡Mal, muy mal van á
pasarlo nuestros clásicos, con Shakespeare, Molière, Ibsen, etc., en el
nuevo Teatro Español!
Los vivos, los verdaderos vivos, menos mal, ya se ingeniarán para
tomarle el aire al abono, al público y á la dirección artística; y el
teatro subvencionado será... un teatro más. Y es lo menos malo que
puede sucederle.
Conste que en nada de lo dicho, hay el menor deseo de destripar el
cuento. Muy pocos se habrán interesado, mejor dicho, desinteresado
tanto como yo, por el nuevo teatro. Por lo mismo, quisiera verle nacer
en las condiciones más viables y, si de mí dependiera, su vida sería
larga y próspera. ¿No es de agradecer todo esto? Porque, en fin, que
recen y practiquen los creyentes, que algo esperan, después de todo,
bien está... Pero, ¿los que no creemos y rezamos? Y eso me pasa á mí
con el Teatro Español... ¡Á ver si no es virtud!
[Ilustración]