Nuestro previsor y paternal gobierno, en vista de que el verano se
presenta aburrido, y acaso la banda municipal, no por falta de méritos,
sino por falta de lugares acomodados en que lucirlos, no baste á la
amenidad de nuestra vida, ha resuelto sustituir el acreditado crimen
misterioso de todos los veranos con algo tan interesante por lo menos:
la guerra misteriosa. Ella será el acertijo, la inquietud y el interés
de todos: ¿Iremos á Marruecos? ¿Vamos? ¿No vamos? ¿Tenemos que hacer
allí? ¿No tenemos que hacer allí nada?
Nuestros mejores talentos geográficos, diplomáticos, sociológicos,
financieros, los que conocen el imperio vecino como su propia casa
y los que pasaron cuatro días en Tánger en aventuras exóticas á lo
Loti, hartándose de judías, que ellos toman por moras, y figurándose
correr mil peligros en la conquista de alguna noble favorita de moro
rico, que luego resulta ser una bella Fátima de Marsella y su dueño
y celoso señor un apache con turbante y babuchas; todos ellos pueden
hacer gala en artículos periodísticos y conversaciones de playa ó
Casino de sus profundos conocimientos, y volveremos á oir aquello de:
«El país no quiere aventuras», ó «No debemos renunciar al importante
papel que, por nuestra historia y nuestro porvenir, estamos llamados
á representar en Marruecos». Y habrá planos trazados en las arenosas
playas ó en los tableros de mármol de los cafés, y habrá estadísticas
comerciales abrumadoras. Nuestro comercio de exportación, nuestra
industria... Y unos gritarán: «¡Guerra, guerra!», y otros clamarán que
la guerra sería el fin de España, ese fin anunciado tantas veces y que,
por fortuna, no llegará nunca; porque España es tan dura de pelar como
el imperio de Marruecos, amenazado siempre también de aniquilamiento
y ruina. ¡Nadie puede calcular la fuerza de los débiles! Ni nadie en
mejores condiciones que ellos para atreverse á todo. Si algo debe
hacernos dudar en acometer la aventura, es esa consideración: Por poco
que tengamos que perder nosotros, aún tienen menos que perder ellos,
y esa ventaja es inapreciable para toda clase de luchas. Las guerras
y los negocios, sin dinero; es el único modo de no perder nunca. Yo
creo que si algo nos estorba en España para volver á recobrar nuestro
prestigio en el mundo, no es nuestra pobreza, sino los cuatro cuartos
que tenemos. El día que nos decidamos á tirarlos por la ventana,
empezaremos á ser alguien.
* * * * *
El señor ministro de la Gobernación piensa en enérgicas medidas para
evitar que en lo sucesivo registre la crónica tauromáquica jornadas tan
desastrosas como la última de las cinco cogidas. ¡Cinco en un solo día!
Es demasiado. ¡Y en distintas plazas! Para que no puedan disfrutar de
todas ellas los mismos espectadores... Es lamentable.
¿Medidas enérgicas?
La profusión de accidentes no es el mejor motivo para tomar medidas
enérgicas contra la fiesta taurina. ¿Qué más enérgica medida que la de
los mismos toros? Á pocos domingos como el de marras, no quedaba un
torero, y asunto resuelto.
¿Vendrá la supresión en absoluto? Hombre es D. Juan capaz de
atreverse, no digo con la torería, hasta con el clero, si esto no fuera
contra la doctrina conservadora. ¡Ah, si D. Juan fuera liberal como es
conservador, la ley de Asociaciones no hubiera quedado en proyecto!
¿Tendremos corridas á la portuguesa? ¿Se exigirá á cuantos toreros
pisen plazas un certificado de suficiencia; bachillerato para torear
novillos, licenciatura para toros y doctorado para miuras?
¿Por dónde vendrá la muerte? Mal haría el señor ministro en querer
precipitarla, exponiéndose por el contrario á levantar al toro,
como cachetero desmañado. Deje, deje á toreros, ganaderos, toros y
público, que ellos solos se bastan para concluir con la fiesta, por
aburrimiento, que es la más segura muerte.
Entre esos toreros, en vano aupados por los amigos; esos toreros de una
estocada, que bien pudiera llamarse la estocada del hambre, cada cinco
años; las exigencias de los eminentes, la falta de tradición en los
aprendices toreros y en el público aficionado que ya, por no haberlo
visto en muchos años, no sabe distinguir un volapié de una carrerilla
de esas con que ahora se caza, no se mata, á los toros... Además, las
clases obreras están más alejadas cada día del espectáculo, sostenido
por la clase media desocupada y la aristocracia aburrida, y... síntoma
significativo: á los niños de ahora no les gustan los toros. He podido
comprobarlo en repetidas observaciones.
Unos cuantos años más y habrá que sostener las corridas de toros con
subvenciones del Estado, como una curiosidad arqueológica que puede
interesar á los extranjeros.
[Ilustración]