XIV

Á las naturales bromas, inspiradas por la natural desconfianza en la

aplicación de tanta y tanta pragmática como diluvia sobre madrileñas

cabezas--porque en provincias, ríanse ustedes de cierres á hora fija,

descansos dominicales, etc., etc.,--responden los ministerialísimos,

con atribuirlas á «críticos de café». Y en esa frase ponen todo el

desprecio que les inspiran los cuatro madrileños gatos que, á falta de

una tertulia ministerial, donde tomarlo de gorra, van á tomar un café

al café, con gotas de censura á la infalible política que nos gobierna.

Estos críticos de café, gentecilla de poco más ó menos, con echarlo

todo á crítica y á broma, son los que impiden el buen éxito de tanta

sabia y moralizadora ordenanza. Se trata de prohibir la mendicidad

callejera; el crítico de café, ¡habrá escéptico! como va de su casa

al café por sus pasos contados y no en coche como las autoridades,

y en cada esquina le acosan veinte pobres, y si lleva prisa, ha

de echarse por medio de la calle, á riesgo de ser atropellado por

los automóviles--obedientes también á lo ordenado para regular su

marcha,--porque las aceras son círculo de recreo á los de la venerable

y castiza orden del Plantón; á poco práctico que sea en los golfos

de este mar, como dijo Tirso de Molina, verá cómo campan hampones,

recién salidos de presidio, vagos de profesión, agentes de toda clase

de negocios, toreros sin contrata, vendedores del «ful», libreros á la

menta... ¿Cómo no ha de tomar á broma las ordenanzas?

Se prohibe la blasfemia, y hasta en los salones de conferencias del

Senado y Congreso, no hay divinidad que se respete, ni la de D.

Antonio Maura, y los que tenemos creencias, no sabemos ya á qué santo

encomendarnos, de quien no se haya dicho algo.

Se prohibe molestar á las mujeres con piropos y se las deja á ellas en

libertad de molestarnos, como si nosotros no tuviéramos también nuestro

pudor y cada uno no supiera cuando le aprieta el zapato, y dónde ir á

calzarse lo que mejor le convenga.

Y cuando todo esto vemos á cada hora, ¿no ha de sernos permitida la

más ligera crítica de café, sin vernos tratar de vulgacho? Todos no

podemos ir á murmurar en las mismísimas antecámaras de los ministerios,

ni en dorados salones, ni en despachos de directores de periódicos

ministeriales. ¡Oh! No hay duda de que allí la murmuración es más

sabrosa que en el vulgar café. Como que allí se cobra y aquí se paga.

Pero en la política sucede como en el teatro; el público que paga es el

que menos aplaude ni silba; en cambio los de la gorra, sin perjuicio de

aparentar que aplauden en público, son los que desacreditan la obra y á

los actores en los corrillos del vestíbulo.

No, señores ministeriales, la opinión, la prensa, el país, en general,

nunca han estado mejor dispuestos; nunca han querido «creer», tanto

como ahora, en que sería posible mejorar en algo, nunca han esperado

tanto... ¡Y aun lo envuelven ustedes todo en el despectivo nombre de

críticos de café! ¡Como están ustedes tan mal acostumbrados! No han

tenido ustedes otra verdadera oposición que la de esos críticos. Porque

la otra no ha sido de café, precisamente: ha sido... lo que suele

acompañarle á más del azúcar.

* * * * *

Nada más fácil que un poco de sociología á propósito del dispendio que

supone la nueva banda municipal. Pero yo, que en la aldea, en donde

paso largas temporadas, cuando llega algún pobre chicuelo á mi puerta y

allí se para á admirar las rosas del jardín, únicas flores en tan pobre

tierra, suelo unir á un pedazo de pan una rosa, no sin que alguien me

advierta que con el pan bastaba, aunque yo veo cómo muchas veces, la

boca hambrienta del chicuelo, antes que morder el pan, sonríe á la

rosa... ¿Cómo no he de estimar en lo que vale, aunque mucho cueste,

esta flor de arte prendida en nuestra pobreza, para alegrarla? Bien

está el pan, pero no están mal las rosas.

Y bien está la banda municipal, y por esta vez sólo plácemes merece

nuestro Concejo. No frunza el ceño el «leader» del socialismo que, al

fin, el socialismo, por lo que tiene de armonía social, tiene mucho de

ideal artístico y mucho debe al arte, aunque nuestros socialistas le

traten con despego.

Magnífico instrumental, excelentes músicos, dirección entusiasta. El

maestro Villa nada tiene que envidiar á los directores alemanes en

precisión y en claridad, con algo que no estorba nunca, el calor y la

sangre de la tierra. Como aquí trabaja uno por cada veinte que no hacen

nada, ese uno trabaja por los veinte: gracias á eso vamos tirando. El

maestro Villa es de los que trabajan.

La banda madrileña, que desde hoy será orgullo de este pueblo, el del

gracioso andar de sus mujeres, aprendido al són de músicas callejeras,

tuvo un digno comienzo; saludar con la marcha de infantes á la

madrileñísima infanta Doña Isabel. Después... ¿hubo alguien que pensara

en lo que puede costar la banda? ¡Poder soberano del arte! Al salir del

concierto, nos parecía que los faroles de la villa alumbraban con mayor

claridad y que las calles estaban mas limpias y mejor cuidadas.

* * * * *

Moritz I es un chimpancé de los que alegran la vida á un «darwinista».

¡Que ocasión para un sabio aspirante á Menelao científico! como el

gracioso doctor de «Las tardes del Sanatorio».

Pero no hay que olvidar á los de casa por los de fuera. ¿Ustedes no

conocen á la Nena, chimpancé hembra, residente en nuestra Casa de

fieras del Retiro? Nada tiene que envidiar á Moritz I, ni á Cónsul I y

II, ni á la mismísima Eva mona, de la que, acaso, todos descendemos.

Nena es una verdadera monada; posee todas las virtudes femeninas y una

más, la de vestirse con muy poco y no llevar sombrero. Tiene adoración

por el encargado de cuidarla, es cariñosa con los niños, rara condición

en monos y en institutrices; sus gracias son muchas y no profesionales,

ni enseñadas, sino de lo más espontáneo é instintivo. No debe

avergonzarnos nuestro origen. Yo no creo á Nena capaz de ir á sonsacar

á ningún mono Adán con la manzana. Nena se la hubiera comido ella sola.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 22 / 51 题