Á las naturales bromas, inspiradas por la natural desconfianza en la
aplicación de tanta y tanta pragmática como diluvia sobre madrileñas
cabezas--porque en provincias, ríanse ustedes de cierres á hora fija,
descansos dominicales, etc., etc.,--responden los ministerialísimos,
con atribuirlas á «críticos de café». Y en esa frase ponen todo el
desprecio que les inspiran los cuatro madrileños gatos que, á falta de
una tertulia ministerial, donde tomarlo de gorra, van á tomar un café
al café, con gotas de censura á la infalible política que nos gobierna.
Estos críticos de café, gentecilla de poco más ó menos, con echarlo
todo á crítica y á broma, son los que impiden el buen éxito de tanta
sabia y moralizadora ordenanza. Se trata de prohibir la mendicidad
callejera; el crítico de café, ¡habrá escéptico! como va de su casa
al café por sus pasos contados y no en coche como las autoridades,
y en cada esquina le acosan veinte pobres, y si lleva prisa, ha
de echarse por medio de la calle, á riesgo de ser atropellado por
los automóviles--obedientes también á lo ordenado para regular su
marcha,--porque las aceras son círculo de recreo á los de la venerable
y castiza orden del Plantón; á poco práctico que sea en los golfos
de este mar, como dijo Tirso de Molina, verá cómo campan hampones,
recién salidos de presidio, vagos de profesión, agentes de toda clase
de negocios, toreros sin contrata, vendedores del «ful», libreros á la
menta... ¿Cómo no ha de tomar á broma las ordenanzas?
Se prohibe la blasfemia, y hasta en los salones de conferencias del
Senado y Congreso, no hay divinidad que se respete, ni la de D.
Antonio Maura, y los que tenemos creencias, no sabemos ya á qué santo
encomendarnos, de quien no se haya dicho algo.
Se prohibe molestar á las mujeres con piropos y se las deja á ellas en
libertad de molestarnos, como si nosotros no tuviéramos también nuestro
pudor y cada uno no supiera cuando le aprieta el zapato, y dónde ir á
calzarse lo que mejor le convenga.
Y cuando todo esto vemos á cada hora, ¿no ha de sernos permitida la
más ligera crítica de café, sin vernos tratar de vulgacho? Todos no
podemos ir á murmurar en las mismísimas antecámaras de los ministerios,
ni en dorados salones, ni en despachos de directores de periódicos
ministeriales. ¡Oh! No hay duda de que allí la murmuración es más
sabrosa que en el vulgar café. Como que allí se cobra y aquí se paga.
Pero en la política sucede como en el teatro; el público que paga es el
que menos aplaude ni silba; en cambio los de la gorra, sin perjuicio de
aparentar que aplauden en público, son los que desacreditan la obra y á
los actores en los corrillos del vestíbulo.
No, señores ministeriales, la opinión, la prensa, el país, en general,
nunca han estado mejor dispuestos; nunca han querido «creer», tanto
como ahora, en que sería posible mejorar en algo, nunca han esperado
tanto... ¡Y aun lo envuelven ustedes todo en el despectivo nombre de
críticos de café! ¡Como están ustedes tan mal acostumbrados! No han
tenido ustedes otra verdadera oposición que la de esos críticos. Porque
la otra no ha sido de café, precisamente: ha sido... lo que suele
acompañarle á más del azúcar.
* * * * *
Nada más fácil que un poco de sociología á propósito del dispendio que
supone la nueva banda municipal. Pero yo, que en la aldea, en donde
paso largas temporadas, cuando llega algún pobre chicuelo á mi puerta y
allí se para á admirar las rosas del jardín, únicas flores en tan pobre
tierra, suelo unir á un pedazo de pan una rosa, no sin que alguien me
advierta que con el pan bastaba, aunque yo veo cómo muchas veces, la
boca hambrienta del chicuelo, antes que morder el pan, sonríe á la
rosa... ¿Cómo no he de estimar en lo que vale, aunque mucho cueste,
esta flor de arte prendida en nuestra pobreza, para alegrarla? Bien
está el pan, pero no están mal las rosas.
Y bien está la banda municipal, y por esta vez sólo plácemes merece
nuestro Concejo. No frunza el ceño el «leader» del socialismo que, al
fin, el socialismo, por lo que tiene de armonía social, tiene mucho de
ideal artístico y mucho debe al arte, aunque nuestros socialistas le
traten con despego.
Magnífico instrumental, excelentes músicos, dirección entusiasta. El
maestro Villa nada tiene que envidiar á los directores alemanes en
precisión y en claridad, con algo que no estorba nunca, el calor y la
sangre de la tierra. Como aquí trabaja uno por cada veinte que no hacen
nada, ese uno trabaja por los veinte: gracias á eso vamos tirando. El
maestro Villa es de los que trabajan.
La banda madrileña, que desde hoy será orgullo de este pueblo, el del
gracioso andar de sus mujeres, aprendido al són de músicas callejeras,
tuvo un digno comienzo; saludar con la marcha de infantes á la
madrileñísima infanta Doña Isabel. Después... ¿hubo alguien que pensara
en lo que puede costar la banda? ¡Poder soberano del arte! Al salir del
concierto, nos parecía que los faroles de la villa alumbraban con mayor
claridad y que las calles estaban mas limpias y mejor cuidadas.
* * * * *
Moritz I es un chimpancé de los que alegran la vida á un «darwinista».
¡Que ocasión para un sabio aspirante á Menelao científico! como el
gracioso doctor de «Las tardes del Sanatorio».
Pero no hay que olvidar á los de casa por los de fuera. ¿Ustedes no
conocen á la Nena, chimpancé hembra, residente en nuestra Casa de
fieras del Retiro? Nada tiene que envidiar á Moritz I, ni á Cónsul I y
II, ni á la mismísima Eva mona, de la que, acaso, todos descendemos.
Nena es una verdadera monada; posee todas las virtudes femeninas y una
más, la de vestirse con muy poco y no llevar sombrero. Tiene adoración
por el encargado de cuidarla, es cariñosa con los niños, rara condición
en monos y en institutrices; sus gracias son muchas y no profesionales,
ni enseñadas, sino de lo más espontáneo é instintivo. No debe
avergonzarnos nuestro origen. Yo no creo á Nena capaz de ir á sonsacar
á ningún mono Adán con la manzana. Nena se la hubiera comido ella sola.
[Ilustración]