No sé si algún liberal de los fósiles, después de leer «El resplandor
de la hoguera», la última novela de Valle Inclán, le juzgara
definitivamente afiliado al partido carlista y le llorara muerto
para la literatura; para la literatura liberal, que no es toda la
literatura, por lo mismo que toda la literatura sea ante todo libertad.
Por mí, sé decir que no conozco narración de nuestras guerras civiles
tan artísticamente desapasionada de toda idea de partido. Son en ella,
los de uno y otro bando, seres humanos de toda humanidad, y sobre ellos
pasa, fatídica, esa ventolera de locura colectiva que de cuando en
cuando enardece á los pueblos y los lleva á guerrear por cosas que el
día antes nada les importaban y que, en razón, no debieran importarles
nunca. Pasa entonces, sobre los espíritus más vulgares y pacíficos,
un aliento de grandeza, que convierte en gran estratégico á un rudo
cabecilla; en héroe, capaz del martirio, á un rústico idiota, en madre
de los Gracos, á la menos cívica campesina... en temibles conspiradoras
á buenas señoras de pueblo y á monjas bobaliconas... Los espíritus se
afinan, se sutilizan, se subliman... ¿En nombre de una idea? ¡Bah! Esto
de tener simpatía por una idea ó por otra, ¡depende de tan poca cosa!
Que fueran los carlistas ó los liberales los que robaron unas gallinas
ó los que llegaron con mal modo; que fuera de un partido ó del otro el
que prestó los cuartos sobre las tierras... ¡Ideas! ¿Qué saben de ideas
los que matan y los que mueren? «We are flies that gods kill for their
sport». Como decía el rey Lear: Somos como moscas, que los dioses matan
por pasatiempo.
Este pasatiempo de los dioses, que se llama la guerra; esta fatalidad
de las pobres moscas humanas, que las lleva á combatir unas contra
otras, enloquecidas, parece sobre todo en la admirable narración de
Valle-Inclán; cuyo espíritu de artista no permite vulgares filiaciones
de partido político, ni siquiera de escuela literaria.
* * * * *
La Asociación Matritense de Caridad vuelve á solicitar el auxilio
y la atención de todos, en su loable propósito de extinguir la
mendicidad callejera. Para conseguirlo por completo hay algunos graves
inconvenientes. Somos desconfiados y sensibleros. Para ser desconfiados
tenemos muy buenas razones. Muchos siglos de pésima administración.
Para ser sensibleros no tenemos tantas, si consideramos que el problema
de la mendicidad no se remedia con sentimentalismos. Se trata de una
enfermedad social que es preciso combatir en sus raíces. Médicos y
sociólogos son los llamados á proponer remedios.
El emplastito de los cinco céntimos, que nos quita por el momento
al mendigo molesto de delante, si basta á tranquilizar conciencias
fáciles, no basta á remediar miseria alguna. Sólo contribuye á fomentar
la vagancia. Téngase en cuenta que muchos de esos pobres madrileños
bigardos de todos conocidos, suelen ser santeros de ladrones y rateros,
cómplices de estafas y de mil trapisondas. No poco contribuyen
también al fomento de la vagancia y de la pillería nuestros señoritos
chirigoteros que dan en proteger á cualquier golfo desvergonzado y
le ríen las bufonadas y le celebran las desvergüenzas. Esa simpatía
estaría mejor empleada en el trabajador; pero acaso les es más fácil
ponerse en el caso del golfo y de ahí la simpatía.
Triste es, también, rechazar con dureza al niño que nos tiende la mano;
pero debemos pensar que, si explotado por sus padres ó abandonado á sí
mismo, halla mayor facilidad en el pordioseo que en el trabajo ó en la
escuela, será ya imposible que desista de tan fácil vida.
Dejémonos, pues, de sensiblerías; dejemos también la desconfianza.
Ayudemos entre todos á la Asociación de Caridad; que no hay motivos
para que en Madrid sea imposible lo que ha podido ser en otras
capitales de menos dinero, y tal vez de menos caridad. Un poco más de
cabeza y menos corazón. Cuando habiendo contribuído todos con la mejor
voluntad veamos que nada se ha remediado, tiempo será de considerar
fracasadas las gestiones de la Asociación y de las autoridades, y
podremos volver á repartir perritos chicos á tontas y locas, es decir,
á vagos y á pillos. No hay idea de lo bien que se duerme, cuando con
veinticinco ó treinta céntimos, cree uno haber resuelto el problema
social y haber ganado un buen asiento de paraíso.
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El aristocrático público que asiste á las representaciones de Tina de
Lorenzo, en el teatro de la Comedia, no suele acudir hasta hora muy
avanzada de la noche. En este tiempo se prolonga el paseo, se come
tarde... Si alguna vez veis llegar presurosos, á las nueve en punto,
coches y automóviles, y al levantarse el telón, veis el teatro lleno,
podéis asegurar á qué género pertenece la comedia representada: es una
obra verde. Ahora sí, es preciso que la verdura sea alegre; que dé que
reir y no dé en qué pensar. Entre «La Sfumatura» y «La Donna Nuda», no
hay comparación posible.
En los turnos blancos triunfan Feuillet y Ohnet, más blancos que la
nieve. ¡Señor! ¡Y á mí que no hay nada que me parezca tan inmoral como
la tontería!
Por fortuna, las preciosas niñas abonadas tienen cara de estar pensando
en otra cosa. Y las mamás también, rejuvenecidas por los recuerdos del
«Romanzo d'un giovane povero»... ¡Recuerdos y esperanzas de vida! La
moral llama al orden desde el proscenio, con severa campanilla. Por la
sala, la vida agita sus cascabeles que suenan á risas.
[Ilustración]