XIII

No sé si algún liberal de los fósiles, después de leer «El resplandor

de la hoguera», la última novela de Valle Inclán, le juzgara

definitivamente afiliado al partido carlista y le llorara muerto

para la literatura; para la literatura liberal, que no es toda la

literatura, por lo mismo que toda la literatura sea ante todo libertad.

Por mí, sé decir que no conozco narración de nuestras guerras civiles

tan artísticamente desapasionada de toda idea de partido. Son en ella,

los de uno y otro bando, seres humanos de toda humanidad, y sobre ellos

pasa, fatídica, esa ventolera de locura colectiva que de cuando en

cuando enardece á los pueblos y los lleva á guerrear por cosas que el

día antes nada les importaban y que, en razón, no debieran importarles

nunca. Pasa entonces, sobre los espíritus más vulgares y pacíficos,

un aliento de grandeza, que convierte en gran estratégico á un rudo

cabecilla; en héroe, capaz del martirio, á un rústico idiota, en madre

de los Gracos, á la menos cívica campesina... en temibles conspiradoras

á buenas señoras de pueblo y á monjas bobaliconas... Los espíritus se

afinan, se sutilizan, se subliman... ¿En nombre de una idea? ¡Bah! Esto

de tener simpatía por una idea ó por otra, ¡depende de tan poca cosa!

Que fueran los carlistas ó los liberales los que robaron unas gallinas

ó los que llegaron con mal modo; que fuera de un partido ó del otro el

que prestó los cuartos sobre las tierras... ¡Ideas! ¿Qué saben de ideas

los que matan y los que mueren? «We are flies that gods kill for their

sport». Como decía el rey Lear: Somos como moscas, que los dioses matan

por pasatiempo.

Este pasatiempo de los dioses, que se llama la guerra; esta fatalidad

de las pobres moscas humanas, que las lleva á combatir unas contra

otras, enloquecidas, parece sobre todo en la admirable narración de

Valle-Inclán; cuyo espíritu de artista no permite vulgares filiaciones

de partido político, ni siquiera de escuela literaria.

* * * * *

La Asociación Matritense de Caridad vuelve á solicitar el auxilio

y la atención de todos, en su loable propósito de extinguir la

mendicidad callejera. Para conseguirlo por completo hay algunos graves

inconvenientes. Somos desconfiados y sensibleros. Para ser desconfiados

tenemos muy buenas razones. Muchos siglos de pésima administración.

Para ser sensibleros no tenemos tantas, si consideramos que el problema

de la mendicidad no se remedia con sentimentalismos. Se trata de una

enfermedad social que es preciso combatir en sus raíces. Médicos y

sociólogos son los llamados á proponer remedios.

El emplastito de los cinco céntimos, que nos quita por el momento

al mendigo molesto de delante, si basta á tranquilizar conciencias

fáciles, no basta á remediar miseria alguna. Sólo contribuye á fomentar

la vagancia. Téngase en cuenta que muchos de esos pobres madrileños

bigardos de todos conocidos, suelen ser santeros de ladrones y rateros,

cómplices de estafas y de mil trapisondas. No poco contribuyen

también al fomento de la vagancia y de la pillería nuestros señoritos

chirigoteros que dan en proteger á cualquier golfo desvergonzado y

le ríen las bufonadas y le celebran las desvergüenzas. Esa simpatía

estaría mejor empleada en el trabajador; pero acaso les es más fácil

ponerse en el caso del golfo y de ahí la simpatía.

Triste es, también, rechazar con dureza al niño que nos tiende la mano;

pero debemos pensar que, si explotado por sus padres ó abandonado á sí

mismo, halla mayor facilidad en el pordioseo que en el trabajo ó en la

escuela, será ya imposible que desista de tan fácil vida.

Dejémonos, pues, de sensiblerías; dejemos también la desconfianza.

Ayudemos entre todos á la Asociación de Caridad; que no hay motivos

para que en Madrid sea imposible lo que ha podido ser en otras

capitales de menos dinero, y tal vez de menos caridad. Un poco más de

cabeza y menos corazón. Cuando habiendo contribuído todos con la mejor

voluntad veamos que nada se ha remediado, tiempo será de considerar

fracasadas las gestiones de la Asociación y de las autoridades, y

podremos volver á repartir perritos chicos á tontas y locas, es decir,

á vagos y á pillos. No hay idea de lo bien que se duerme, cuando con

veinticinco ó treinta céntimos, cree uno haber resuelto el problema

social y haber ganado un buen asiento de paraíso.

* * * * *

El aristocrático público que asiste á las representaciones de Tina de

Lorenzo, en el teatro de la Comedia, no suele acudir hasta hora muy

avanzada de la noche. En este tiempo se prolonga el paseo, se come

tarde... Si alguna vez veis llegar presurosos, á las nueve en punto,

coches y automóviles, y al levantarse el telón, veis el teatro lleno,

podéis asegurar á qué género pertenece la comedia representada: es una

obra verde. Ahora sí, es preciso que la verdura sea alegre; que dé que

reir y no dé en qué pensar. Entre «La Sfumatura» y «La Donna Nuda», no

hay comparación posible.

En los turnos blancos triunfan Feuillet y Ohnet, más blancos que la

nieve. ¡Señor! ¡Y á mí que no hay nada que me parezca tan inmoral como

la tontería!

Por fortuna, las preciosas niñas abonadas tienen cara de estar pensando

en otra cosa. Y las mamás también, rejuvenecidas por los recuerdos del

«Romanzo d'un giovane povero»... ¡Recuerdos y esperanzas de vida! La

moral llama al orden desde el proscenio, con severa campanilla. Por la

sala, la vida agita sus cascabeles que suenan á risas.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 21 / 51 题