El piropo supone amabilidad y galantería; cuando era verdadero piropo
no era lo peor que las mujeres podían oir al pasar por las calles. Con
prohibirlo, ¿dejarán de oir groserías? El respeto á la calle que, por
ser tan de todos, es donde menos debemos ser cada cual como somos,
es la señal mas evidente de la cultura de un pueblo. Y aquí ¡cielo
santo! por la calle se habla á gritos de religión y de política, y
de mujeres y de hombres; por la calle le espetan á uno en su cara lo
mismo la admiración que el desprecio; que el comentario á la figura
que el juicio crítico del atavío, modesto ó llamativo; en la calle le
para á uno cualquiera, al sol ó la lluvia, sin conocernos mas que de
vista, y de plantón, nos refiere su lastimosa historia ó nos anuncia la
lectura de una comedia; en la calle nos interpela el amigo francote,
de acera á acera, sobre los asuntos más reservados:--Ya hablé con ese
hombre... Dice que te llevara al Juzgado... Ya nos veremos... Otras
veces, desde la plataforma de un tranvía, otro campechano, pero algo
más discreto, nos grita, cuando vamos sentados en el interior, entre
otros viajeros:--¿Cómo va? ¿Se le arregló á usted aquello?... ¡Aquello!
que abre amplios horizontes á la imaginación, y lo mismo puede ser
un pleito, que un disgusto de familia, que un órgano importante...
¿Habrá ordenanzas de policía capaces de evitar estas y otras mil
impertinencias callejeras, que no son piropos, ni blasfemias, ni
vendedores ambulantes?
* * * * *
Acabo de leer el nuevo libro de poesías de Fernández Shaw: «La vida
loca». Yo diría del libro y del poeta... Pero no; seamos discretos.
El propio autor nos ha dado una provechosa, y quiero demostrar que
aprovechada, lección de tacto y de mesura en esto de opinar sobre
autores contemporáneos. Preguntándole un crítico su opinión sobre el
teatro moderno, el señor Fernández Shaw no quiso en modo alguno soltar
prenda, se limitó á sonreir. ¡Oh, la sonrisa, qué discreta opinión! Y
á decir: No me pregunte usted. De los autores del siglo XIX, admiro á
Tamayo y á Ayala.--Sí que es un gusto; teniendo á Zorrilla y á García
Gutiérrez, más propios para ser admirados por un poeta. Pero el Sr.
Fernández Shaw respondió muy juiciosamente. «No se debe opinar en
público sobre autores vivos; otra cosa es en dedicatorias particulares.
Preferir á unos es molestar á los otros; celebrar á todos por igual, es
demasiado; decir francamente que todos son malos, es contradecir las
dedicatorias... Nada, nada; lo más discreto es sonreir y remontarse á
los muertos». Prudentísima actitud que yo tengo ahora muy en cuenta
y, aunque sabe Dios, que sólo flores pensaba decir del nuevo libro,
me limitaré á sonreir y á decirles á ustedes: Admiro á Góngora y á
Garcilaso. Ni con los del siglo XVIII ni con los del siglo XIX quiero
compromisos.
* * * * *
Los buenos propósitos duran poco. Leo otro libro: «Tardes del
Sanatorio», de Silvio Kosstti, y sin saber quién sea el autor, ni
tener de él otra noticia que su libro y nombre--suponiendo que sea el
verdadero y no un pseudónimo, como parece,--me atrevo á opinar y á
proclamarlo como libro de muy agradable y sabrosa lectura; libro que
sabe á vida, entre tantos que sólo saben á libros. Libro de humor y de
donaires, á la manera de aquel D. Francisco de Torres y Villarroel,
original excéntrico de nuestra literatura, tan poco estudiado todavía y
tan digno de serlo.
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Un nuevo nombre viene, sacado á luz por minuciosa crítica literaria, á
disputar una vez más á Shakespeare la paternidad de sus obras. Antes
fué el de Bacon; después el del conde de Pembroke; ahora es el de
Rutland... Crítica sabia, crítica erudita, que no puede resignarse
á juzgar obras tan admirables, como obra de un comediante vulgar;
de un hombre que no podía ser literato... Pero ¿hay literatura en
las obras de Shakespeare? ¿Literatura personal, literatura que no
sea la de todos los predecesores y contemporáneos suyos en el teatro
inglés? ¿Hay en la técnica, en los asuntos, en la composición de sus
obras algo que no esté en los demás autores de su tiempo? ¿Qué hay
sobre todo esto en las obras de Shakespeare, para que á todas sean
superiores? ¿Es literatura? No. Es saber de la vida, del bien y del
mal de ella, de los palacios y de los tugurios, de los reyes y de
los rufianes... Y para esto, ¿quién mejor que el humilde comediante?
Shakespeare, literato, hubiera sido solo el autor de «Venus y Adonis»;
como Cervantes lo hubiera sido solo de «La Galatea» ó del «Persiles».
Shakespeare, como Cervantes, fueron ellos... por ser ellos; los que de
todo sufrieron y por todo pasaron... ¡Pasaron! Esa es la grandeza de
los espíritus superiores; pasar por todo. Los pequeños son los que no
pasan; se quedan en cualquier parte: en la literatura, por ejemplo:
Como esos críticos, empeñados en encontrar al literato en las obras
de Shakespeare; sin saber encontrar al hombre; el que reveló todo el
secreto de su alma y de su arte en aquel: «And I, Poor monster!» «Y yo
¡Pobre monstruo!» de su «Noche de Reyes».
[Ilustración]