Por mi parte, no sé cómo corresponder á la atención del nuevo jefe
superior de policía. Su reciente circular, encaminada á la represión de
la blasfemia, trae, á modo de brindis, ofrecimiento ó envío, como en
balada antigua ó modernista--los extremos se tocan,--los nombres de D.
Mariano de Cávia, el mayor maestro, y el de este su menor discípulo.
Y ya quisiéramos ¡pardiez! á tan poca costa, ser siempre atendidos en
empresas de mayor empeño; porque, en verdad, si no da muy buena idea de
la cultura de un pueblo, ese verdadero derroche de torpes vocablos y
groseras frases y, repetidas veces, en cuanto al teatro se refiere, he
censurado el abuso de chulerías; de eso á pedir la intervención de la
autoridad, hay un abismo; temible siempre, como lo es toda intervención
de la autoridad en España.
La grosería en el lenguaje, es sólo síntoma de la grosería espiritual,
que podrá taparse, pero no desaparecer con cataplasmas y parchecitos.
Buenos reconstituyentes y depurativos á cargo de padres, maestros y
educadores, han de ser más eficaces y procedentes.
Entre tanto, sería de lamentar para nosotros, de reir para todos, que,
los mal supuestos inspiradores de la circular, fuéramos los primeros
en caer bajo su peso. ¿Quién puede responder de su pícara lengua en
cualquier momento? Y que, hay días, la verdad, en que sin dos ó tres
palabrotas bien colocadas, reventaría uno. Los fisiólogos saben que
esto de blasfemar y palabrotear, no tiene muchas veces más importancia
que la de cualquier otra necesidad fisiológica: una expansión de los
nervios, un escape de energías en palabras rimbombantes que acaso no
tienen más valor que el puramente onomatopéyico.
Sabido es el cuento de aquel marinero que, desde la punta del palo
mayor, sintió escurrírsele pies y manos, y al prorrumpir en horrible
blasfemia, con desesperada contracción, logró asirse á una escala, casi
en el aire y salvó su vida. El cura del barco, espectador y oyente de
todo, le reprendió después muy severo: ¡Desdichado! ¡En tan horrible
peligro y no encontrar otras palabras que esa infernal blasfemia! ¿No
pensaste que Dios pudo haberte castigado? Ya puedes darle gracias.
--Sí, padre; tiene usted razón... Fué una barbaridad lo que dije; pero,
mire usted, padre, como en vez de decir eso, me hubiera entretenido en
decir: ¡Jesús mío, Virgencita mía, salvadme!... Entonces es cuando no
agarro la cuerda y me descrismo...
* * * * *
Otra aplicación del sistema tan nacional, de preocuparse por lo
sintomático, es lo de andar pensando en festejos para remediar la
llamada crisis del comercio madrileño. ¡Pobre ciudad y pobre comercio
los que no cuenten para atraer viajeros y compradores con otros
recursos que unos malos festejos de feria!
La gente sabe ya lo bastante, para haber aprendido que, justamente en
días de fiestas y jolgorios, es cuando se hace más insoportable la
estancia en cualquier parte. Esos señores comerciantes y fondistas,
tan interesados ahora en el atractivo de las fiestas, son después
los primeros en contribuir á que los pobres forasteros salgan de
Madrid como gatos escaldados. No hay en Madrid un solo hotel en
justa proporción de sus precios con sus comodidades. Hoteles que, en
cualquier capital del mundo, se considerarían como de tercer orden,
tienen aquí pretensiones como de primero. Del estado de calles, paseos,
coches de alquiler, servicio de tranvía, de la novedad y buen gusto
en los espectáculos públicos; de todo, en fin, lo que contribuye de
un modo permanente á la atracción de viajeros en otras capitales, no
hay para qué hablar, porque ya es milagroso, en estas condiciones, que
Madrid no se despueble á toda prisa para pensar en que vengan los de
fuera á gozar de sus encantos.
Antes de pensar en fiestas, pensemos en barrer y en fregar la casa. Ya
que no vengan los de fuera, que estemos más á gusto los de dentro.
Y cuando se piense en fiestas, sea en verdaderas fiestas de arte.
Bayreuth, ahora Munich, llaman gentes de todo el mundo, con sus ciclos
wagnerianos; Dresde con su teatro de arte; Strafford-sur Avon con sus
representaciones de obras de Shakespeare. Contamos nosotros con un
teatro clásico que es admiración de los extranjeros; representaciones
artísticas de sus obras más famosas atraerían, seguramente, á muchos
de sus admiradores, franceses, ingleses, alemanes particularmente.
Exposiciones arqueológicas, música y bailes nacionales; cabalgatas
históricas, en que no se desdeñaran de tomar parte activa, como
en otros países se acostumbra, sin el ridículo temor al ridículo,
nuestros aristócratas y nuestros artistas. Mucho puede hacerse con
buena voluntad y verdadero patriotismo, del grande; el que consiste en
hacer cada uno lo suyo, en vez de irle pidiendo al vecino que haga por
nosotros.
[Ilustración]