Basta que el señor obispo de Orense lo afirme, para creer que
el baldaquino famoso, amenazando ruina, el peor día, se hubiera
desprendido sobre los devotos y causado mayor número de víctimas que
las ocasionadas ahora por unos disparos de fusil, de mas inminente
efecto que el baldaquino. La letra, aunque sea episcopal, con sangre
entra y con sangre están regadas las páginas del Evangelio y las
páginas más gloriosas de la historia de la Iglesia; pero bueno
hubiera sido que el señor obispo, antes de la efectiva persuasión
de los fusiles, hubiera empleado algo de persuasión pastoral, hasta
convencer á sus borregos de la necesaria obra. No es de creer, por
muy duros de mollera que fuesen, capaces de resistir sobre ellas todo
el peso del baldaquino; ni por muy recelosos, como buenos aldeanos
gallegos, de que alguien tratara de lucrarse, como tantas veces en
casos semejantes; á poco que el Espíritu Santo hubiera inspirado á su
Ilustrísima, y mostrándoles además con razones la verdad del peligro,
hubieran desatendido á su buen pastor, obligándole á valerse del brazo
secular, como en los mejores tiempos del feudalismo episcopal; aquellos
buenos tiempos, más recordados en Galicia que en región alguna, por la
dramática leyenda del obispo D. Suero.
Por algo el obispo de Jaca quiere, ante todo, contar con sus buenos
órganos en la prensa; así, en casos semejantes podrá llevar la palabra
persuasiva á sus feligreses, sin necesidad de convencerlos á tiro
limpio. Quizás con un buen periódico se hubiera evitado el sangriento
conflicto y muy desacertados están cuantos censuran al señor obispo de
Jaca por su propaganda. Compárese un procedimiento con otro. Siempre
será mejor poner periódicos que fusiles á disposición de los señores
obispos.
* * * * *
¡Valiente mico! ó mejor ¡valiente «lapin»! como allá se dice, le ha
colocado á su dulce amiga la República francesa, su aliado el Imperio
ruso. ¡Para que veas Marianita con quien te gastas los cuartos! Por
esta vez tu soberano amigo se ha mostrado digno de la «casquette á
trois ponts», distintivo clásico del «souteneur» parisiense.
Después de haber sido su «marmita» apresurándote á cubrirle sus
empréstitos, en la primera ocasión que se le presenta de corresponder,
al muy cosaco, sale con que se niega á pagarte derechos de traducción
y representación por tus obras, fundado en que la pobreza de su país
no le permite esos lujos; aunque le permite el de sostener á sus
grandes duques; algo más pródigos en pagar, sin traducir, á las grandes
«cocottes» que á los grandes escritores franceses. Estos, aparentan no
darse por sentidos; altas razones patrióticas les obligan á ello, pero
otras les queda dentro y la alianza franco-rusa, ya muy resquebrajada,
quedará con esto para el divorcio; tema preferente de los escritores
franceses.
El pueblo francés, tan amante de sus artistas, no tolera desdenes ni
ofensas para los gloriosos representantes de su intelectualidad.
En cambio no sabrán agradecernos á nosotros, aunque no les debemos
las atenciones ni el dinero que los rusos; á más de los derechos
de traducción y de representación, nunca escatimamos, la oficial
oficiosidad de no molestarles en lo más mínimo con el recuerdo del Dos
de Mayo; cuya conmemoración, según rumores, quedará suprimida este año.
No hay bien ni mal que cien años dure, y este recuerdo, que cumplió los
cien años en el pasado, no era justo que durase uno más en memoria tan
olvidadiza como la española.
En vez de estas fiestas nacionales, podemos ir celebrando por
regiones, por pueblecitos y hasta por barrios, una porción de fiestas
conmemorativas de nuestras guerras civiles, pronunciamientos y motines.
Así, todo quedará en casa sin molestia para los de fuera. Cada uno
lo suyo, y á lo suyo. Por eso, ya que el Dos de Mayo no se celebre
como fiesta nacional, en recuerdo de una gloriosa guerra por la
Independencia española, ¿no será permitido á los madrileños celebrarla,
siquiera como recuerdo de un motín madrileño, un modesto motincito sin
importancia? Siquiera en el barrio de Maravillas, con mucha modestia,
no vayan á molestarse en Francia y paguemos nosotros el enfado que no
se han atrevido á mostrar á Rusia.
* * * * *
El honor de las mujeres hemos convenido desde muy antiguo, en
localizarlo. Por fortuna para ellas y aun para nosotros, la bondad
no es lo mismo que el honor y no tiene tan frágil asiento. El honor
de los hombres... ya anda más repartido; por la inteligencia, por el
corazón, por los brazos, por los bolsillos; por regiones materiales
y espirituales. Por lo mismo es más opinable y por lo mismo no debe
opinarse de él con tan ligera facilidad como ha dado en opinarse
ahora, de un modo definitivo é inapelable, por medio de los llamados
tribunales de honor. Bastaba con los tribunales de justicia, sólo
llamados á juzgar de los hechos, único juicio que en lo humano, puede
presumir de acercarse á la verdadera justicia. ¡Juzgar del honor! ¿Quién
sabe de eso? ¿Quién sabe en dónde está nuestro deber más cercano, más
imperativo?
Aceptaré todavía los tribunales de honor y sus juicios, en cuerpos que
por tener sus deberes bien definidos, al cumplimiento de ellos han de
ajustar sus resoluciones. Pero en un círculo de sociedad, de recreo,
fuera de las incorrecciones cometidas en él, ¿en nombre de qué justicia
va á juzgarse?
No han tenido confirmación determinaciones apuntadas con maliciosa
intención, y la verdadera justicia y el buen gusto deben celebrarlo. El
honor no se gana en un día, para que en un día pueda perderse. Quien
en una hora puede dejar de ser honrado es que no lo fué nunca. Todos
los que somos amigos del Sr. Macías sabemos que no es este su caso.
Podríamos dudar de sus razones, hasta de su razón, nunca de su honradez.
[Ilustración]
X
¡Oh, el «sport» de París! En una revista representada en
«Folies-Bergère»--el que no haya visto una de estas revistas no
tiene idea del ingenio parisiense; es para elevar un monumento al peor
de nuestros currinches,--se ha introducido una escena: «El presidente
Castro en París», y ¿qué dirán ustedes que se les ha ocurrido? Hacerla
representar por Cónsul Peter; un chimpancé inteligentísimo; superior,
seguramente, en inteligencia al autor de la escena, al público que la
ríe y al que sin reírse la tolera.
No es ocasión de juzgar la figura política del presidente Castro, y
mucho menos su figura particular; pero, habría de ser muy despreciable
y siempre merecería siquiera por ciudadano de un noble país, algo más
de consideración que la simiesca caricatura. No será por tirano por lo
que merezca de los franceses un desprecio que no han merecido de ellos
el zar de Rusia ni el sultán de Turquía. Ni por especulador de mal
género, suponiendo que lo hubiera sido; cuando ellos están á partir
un piñón con el buen Leopoldo de Bélgica y del Congo. ¿Qué espíritu
de moral justiciera es ese, tan severo con un presidente caído, como
tolerante con majestades encumbradas? Es que los franceses le hubieran
perdonado todo al presidente Castro; lo que no pueden perdonarle es la
oposición á dejar explotar su país por los especuladores franceses.
Aprendan, aprendan los buenos americanos, lo que significan para
esa Francia y su París, al que ellos adoran y á donde ellos acuden
inocentes á copiar todos los figurines materiales y espirituales.
París que inventó por ellos y para ellos las palabras «rastaquere» y
«rastaquerisme»; París, que los arruina y se ríe de ellos.
Por si la escena del mono, por ser en tal lugar y de tal arte, no
mereciera tomarse en cuenta como síntoma característico, ahí está
flamante y literaria la obra de Abel Hermant: «Trenes de lujo»; en
donde los americanos hacen también un papel ridículo. ¡Y tan contentos!
¿Qué dirían si en España, donde siempre se les ha tratado con respeto,
los escritores nos permitiéramos esas desconsideraciones? Pero en
París... ¡Ah, en París! ¡Son tan ingeniosos, tan espirituales! En
cualquier parte un chimpancé sería un chimpancé; pero allí no; es el
presidente de una nación americana; es todo un símbolo... ¡Ni los de
Ibsen!
* * * * *
La masa neutra ha demostrado en su primera presentación y á pesar de la
falta de ensayos, que no es tan neutra como algunos creían. ¡Gran error
pensar que los que no están con nadie no están en contra de uno!
No ha sido el despertar de ningún león, seguramente, el pacífico salir
de sus casillas, aunque no del encasillado--todo se andará,--de los
retraídos electores. Pero vamos, como despertar de gato doméstico,
que duerme sosegado y vienen á molestarle, no ha estado mal el primer
arañazo.
Algunos disgustos está llamada á dar esta masa neutra, que una vez
despierta, ha de avisparse más cada día. Malo para los gobernantes
si lo toman en serio, y peor si lo toman á broma y las elecciones
se convierten en «sport» á la moda. Por lo pronto, en estas
elecciones, las señoras se han movido como nunca... ¡No sean ustedes
maliciosos! Muy pronto habrá tés electorales y «soirees» de señoras
compromisarias. En las reuniones cursis se jugará á sacar diputados,
como antes á la lotería y á los estrechos. El clásico pucherazo,
reservado para interventores traviesos y secretarios de Ayuntamiento
marrulleros, correrá ahora á cargo de femeninas manos: más propias para
manejar pucheros. Con el voto obligatorio, la intervención electoral de
las mujeres será decisiva. Con cada varón votarán su esposa, su novia,
sus amigas. Será el voto neutro. Pero la masa será lo menos neutra
posible. Nada de medias tintas. Las mujeres son extremosas en todo; con
Dios ó con el diablo. Por eso, con la intervención de la masa neutra
en las votaciones, los que deben decidirse pronto por uno de estos
extremos, son los partidos neutros. Hay que decidirse; el país ya se ha
visto que esta decidido.
* * * * *
D. Enrique Vargas, en la redondez del mundo; Minuto, en la redondez
de las plazas, publica un reglamento de apuestas, con aplicación á
las corridas de toros, que vendrían á competir de esta suerte con los
frontones, hipódromos, casinos veraniegos y círculos aristocráticos.
Los verdaderos aficionados pondrán el grito en el cielo, al saber cómo
intenta desnaturalizarse nuestro castizo espectáculo; el más típico
ejemplar de arte por el arte mismo; estética pura.
Mal síntoma es, en verdad, que ya sea preciso aderezar el filete,
como si lo sangrante no le bastara, con esta salsilla picante. Y peor
síntoma que haya sido un lidiador el primero que lo proponga; porque
indica cierta desconfianza en los propios recursos para amenizar la
fiesta.
No es decir que ya no se haya puesto en práctica lo que ahora se
pretende. Recuerdo haber jugado varias «poules» en corridas de toros,
en que había de ganar el agraciado con el toro que más caballos
destripase. Recuerdo también, que para mayor aliciente, jugábamos
alguna vez una «poule» ilustrada, en las que un picador cogido valía
por un caballo, un banderillero por dos y un matador por cuatro.
La equivalencia, como puede juzgarse, era por sueldos. Esta última
combinación en las apuestas hubo de suprimirse á ruegos de una
distinguida señora, abonada á delantera de grada; porque, según nos
dijo aquello le parecía una barbaridad, porque cuando el toro que
se jugaba no había matado ningún caballo, no podía uno evitar el
mal pensamiento de desear que cogiera á alguien, aunque no fuera más
que un rasguñito, claro está... Todos los jugadores convinimos en
que, efectivamente, se sentía uno bárbaro, y suprimimos la «poule»
ilustrada. Nos sentíamos compasivos y era de ver cómo, en nuestro toro
increpábamos á los monos sabios porque no daban la puntilla en el acto
á los pobres caballos heridos... ¡Era una crueldad verlos padecer! El
corazón humano guarda tesoros de bondad incalculables; todo está en
saber llegar á su fibra sensible.
[Ilustración]