Cuando surge el héroe popular, ya sea héroe de un día, ya de los que
dan nombre y gloria á toda una época, criminal ó santo, víctima ó
triunfador, no importa estudiar la persona del héroe tanto como las
circunstancias, el ambiente social de que fué producto. Héroes causa
hay muy pocos; la mayor parte son héroes efecto.
El héroe de estos días estaba en el ambiente; en las conversaciones
familiares, en las tertulias de café, en las discusiones técnicas,
en los bastidores de la política. Murmuración que apunta á ciegas,
acusaciones injustas tal vez al particularizar, pero ¡qué lógicas al
ser castigo, aunque no castiguen la verdadera falta!
Y la falta no es de ahora, la falta es de origen; estuvo en aquella
memorable sesión, no lejana, que hizo vibrar las fibras más hondas del
patriotismo de aquellos, todo superficie, que lo echan todo en flores
más que en raíces.
Así se hubiera encargado de la construcción de la escuadra un gobierno
de ángeles y los barcos hubieran caído del cielo á punto de navegar por
esos mares, la voz popular hubiera tenido siempre que poner tilde en
ellos, desconfiada del divino milagro.
¿Por qué? Porque el país aun tiene la ropa en la orilla, tendida á
secar, como dijo el poeta; porque la herida aún no está cicatrizada;
porque quien una vez fué engañado en su confianza, tarda mucho en
volver á confiar, y acaso exagera su malicia por temor á caer otra
vez en confiado; porque el país sabe que dos ni cuatro barcos no son
una escuadra; porque había otras cosas más urgentes que recomponer,
y á ellas debió atenderse con preferencia, y la prisa en nuestros
directores por atender antes que todo á lo que el país no consideraba
tan apremiante hizo que el país desconfiara desde un principio. Aquí
hay negocio, se dijo. No lo habrá, no debe haberlo, la intención y los
hechos serán los más puros del mundo, pero los errores se pagan como
las culpas, y la acusación, las murmuraciones, la calumnia quizás,
si son injustas al señalar culpables, son justicieras al castigar la
culpa. No es hoy, fué el día de la memorable sesión, cuando alguien
debió levantarse y acusar muy alto. Aquel día fué cuando se engañó
al país, y eso es lo que el país no ha perdonado, y acusando hoy sin
pruebas, queremos creerlo, sin acertar en sus acusaciones, acusa con
justicia.
* * * * *
La gente anda por las calles como de costumbre; unos á sus ocupaciones,
otros á sus ocios, nadie piensa en asonadas ni en revoluciones; la
mayor parte de las calles tienen piso de asfalto y las barricadas no
son posibles sin adoquines.
Pero, ante el alarde de fuerzas, el ir y venir de la policía, los
preparativos bélicos de enarenar las calles, la gente se detuvo
curiosa, los curiosos aumentan, se empieza á temer algo. ¿Qué va
á pasar aquí? Los comerciantes se alarman, entornan sus puertas y
resguardan sus vidrieras; la circulación de coches se dificulta, los
guardias pretenden despejar la calle, se discute, se protesta; un
guardia, malhumorado por el exceso de horas de servicio, increpa al más
pacífico curioso, que al verse increpado tan á destiempo se insolenta
con el guardia; un grupo toma partido por el transeúnte, increpa á su
vez al guardia, otros guardias intervienen á favor de su compañero,
salen los sables, gritos, carreras, atropellos.
Al otro día el gobierno anuncia en nota oficiosa que no está dispuesto
á consentir que nadie altere el orden público con ningún pretexto,
y que tomará las más rigurosas medidas, y vuelve á desplegar gran
aparato bélico y vuelven los curiosos á curiosear, y vuelve á repetirse
la misma escena. Y yo pienso: ¿Quién altera el orden? Si la gente
no viera guardias, ni arena, ni parejas de la Guardia civil... ¿con
quién discutiría? ¿Por qué se formarían grupos á ver lo que pasaba?
Y ¿qué pasaría? Probablemente, que la gente iría tranquilamente por
las calles, como de costumbre, unos á sus ocupaciones, otros á sus
ocios. Si cuando uno no quiere, dos no riñen, ¿qué será cuando, aunque
uno quiera reñir, no tiene con quién? Pues en este procedimiento tan
sencillo, todavía no ha caído ningún gobierno, y esta medida de sentido
común es la única que no se le ocurre tomar para que nadie, con ningún
pretexto pueda alterar el orden público. Y, el orden público no se
alteraría si los del orden público no se alteraran tanto.
Los detenidos ingresan por docenas en la cárcel. Si la detención se
prolonga, mal principio van á tener las primeras elecciones con voto
obligatorio, y si antes de ese día les dan suelta... votos seguros para
la candidatura ministerial, ó no hay gratitud en el mundo.
[Ilustración]