VII

La coincidencia en el arribo á Buenos Aires de dos gloriosos

escritores, de tan opuesto carácter y tendencias, como Anatole France y

Blasco Ibáñez, es comidilla en círculos literarios, donde se discute en

pro y en contra del efecto que cada uno podrá lograr con sus anunciadas

conferencias.

Cuentan, los mantenedores por el gallo francés, con el «snobismo»

porteño, tan afecto á cuanto proceda de París, sean figurines de

modisto, sean figurines de literatura. Confiamos, los que ponemos por

el nuestro, fuera de méritos, que no es ocasión de parangonar, con la

indudable supremacía que la literatura española va logrando en aquellas

tierras, lenta, pero seguramente con el mayor entusiasmo que aportará

nuestro Blasco Ibáñez, y el mayor conocimiento del terreno que pisa,

con el espíritu español, más efusivo que el francés para entregarse al

extranjero; no digamos á lo que nosotros no podemos llamar extranjero,

por ser tan nuestro, hasta en eso de haberse entregado al francés

incautamente.

Anatole France irá, de seguro, muy poseído de su superioridad, que es

la superioridad francesa; más dispuesto á ser admirado que á admirarse;

irá con la misma displicencia que los grandes actores franceses en sus

«tournées» por América, que suelen presentarse con lo más ramplón de su

repertorio y de su equipaje; muy convencidos de que les basta con su

nombre de París, para ser aplaudidos. Á esto se debe algunos fracasos

muy sonados y el que hoy sean preferidas las compañías españolas é

italianas.

Yo deseo un viaje triunfal á Blasco Ibáñez, y desde ahora me atrevo á

pronosticar que lo será seguramente; sin desconocer que para Anatole

France serán los mayores éxtasis de los exquisitos. Lo mejor que

pueden desear los argentinos es que el sutil ironista francés quede

tan satisfecho de su viaje, que pretenda volver por allá, más tarde ó

más temprano; porque si no entra en sus planes el volver... ¡ya pueden

prepararse para leer lo que escriba de ellos á su regreso! De menos

hizo Dios á Juana de Arco.

* * * * *

Á la distinguida señora que me escribe, indignada por algunas

apreciaciones mías referentes á los padres españoles, recomiendo

para mi disculpa y su consuelo, la lectura de un libro recientemente

publicado en Francia: «La educación en la familia», por Thomas.

Dice el autor: «Al tratar de la educación, y en particular de la

educación de los hijos en la familia burguesa, procuramos destacar los

pecados de los padres, persuadidos de que de ellos proviene la mayor

parte de los males que afligen á la sociedad. La tarea es ingrata,

porque pocas veces agradecemos las censuras.

¡Cuánto más agradable sería exaltar los méritos del padre y el de

la madre; disculpar sus errores y sus preocupaciones y cultivar con

engaños discretos sus ilusiones! Tarea ingrata por su misma vulgaridad.

¿No se ha dicho ya todo sobre este asunto y no llegamos demasiado

tarde? Todo se ha dicho, pero ya que parece que no se ha oído, ¿haremos

mal en decirlo otra vez? Es conveniente, dijo Voltaire, despertar á

menudo la conciencia de las modistas y la de los reyes con una moral

que puede causarles impresión. Lo mismo puede decirse de la conciencia

de los padres.»

Como vé mi ofendida comunicante, también en Francia hay padres

descuidados, y lo mismo podría decirse de todo el mundo, y si el autor

francés particulariza, como yo, por mi parte, es porque, además de que

cada uno habla de la feria según le va en ella, es natural que cada uno

hable de la feria que mejor conoce.

No es que yo no haya conocido excelentes y admirables madres é

inteligentísimos padres. Tal vez por haber conocido lo mejor, soy más

exigente con lo mediano y con lo malo.

Y si sólo á la salud física atendemos, ya no soy yo, es la estadística

implacable la que acusa á los padres españoles. Y nos quejamos de

Madrid, pero ¡cuando ve uno de cerca pueblos y aldeas!... Diga mi

amable, aunque airada comunicante, que, al juzgar por sí misma,

pretende igualar á todas las madres españolas: ¿no vió nunca en

apreturas y bullangas callejeras, en teatros y hasta en tendido de

sol en los toros mujeres con niños de muy corta edad, de pecho, en

los brazos, y no sintió indignación muy justificada? ¿Es por exceso

de cariño, es por lo que puedan gozar los angelitos á esa edad con el

espectáculo? ¿Que son pobres mujeres sin ilustración? No siempre; que

también en la clase media y en las más elevadas se cometen á diario,

como esos conatos de infanticidio, que alguna vez llega á consumación

y entonces es el acudir á los santos, porque al médico también suele

acudirse tarde.

De la educación en su parte moral no hablemos, y vuelvo á recomendar el

supradicho libro; pero ¿quién no ha presenciado, aun en familias muy

distinguidas, discusiones violentas entre marido y mujer, en presencia

de los hijos? ¿Quién no conoce padres de esos que tienen por sistema

desautorizarse mutuamente ante los hijos, por ridícula competencia

de cariño y basta que el uno reprenda para que el otro disculpe y

viceversa; de modo que los hijos, dueños de la situación, acaban por

provocar á cada paso estas disidencias paternales, sabiendo que al cabo

siempre han de resultar gananciosos?

De otros muchos errores y torpezas, no menos graves por ser hijas del

cariño, todos podemos catalogar por observación personal, un buen

número.

No vale, pues, ofenderse, señora mía. Los ejemplos hay que buscarlos

en singular; las razones en plural. Yo sé de algunos admirables

ejemplos de padres y de madres; pero tengo muchas razones para hablar

como he hablado de las madres y de los padres. Por algo soy hijo de

quien mereció el nombre de «Médico de los niños», y más que contra las

enfermedades tuvo que luchar en su vida profesional con la ignorancia

de muchas madres y de muchos padres. Recuerdo haberle oído decir á

una madre que no sabía cómo expresar su agradecimiento, por creer que

le había salvado la vida de su hijo, enfermo de difteria, entonces

de más complicada y difícil curación que ahora.--No tiene usted que

agradecerme nada. Su hijo se ha salvado por bien educado. No he visto

niño más dócil para dejarse curar.

Ya ven los padres cuánto importa una buena educación, hasta para las

enfermedades de sus hijos.

* * * * *

Algernon Carlos Swinburne era, con Jorge Meredith, el único gran poeta

inglés viviente; últimos los dos de aquella serie de grandes poetas

ingleses del siglo XIX, que empezó con Byron, Wordsworth, Shelley y

Keats, para continuar con Tennyson, Browning, Rossetti, Morris y el

que, aunque menor, no menos «Thoug the last not least», como Cordelia;

entre todos pudo brillar y con los mayores competir.

Sus principios poéticos, de una escabrosidad que la Inglaterra oficial

no pudo perdonarle nunca, impidieron que, á la muerte de Tennyson--que

tan bien supo guardar todas las formas poéticas y sociales,--fuera

Swinburne nombrado poeta de cámara; que no otra cosa viene á ser el

título de «laureado poeta», concedido en Inglaterra.

Como Shelley, como Byron, ¡qué ingleses en esto! pretendió ser un

revolucionario social, sin conseguir ser más que un admirable poeta.

Nunca el verso inglés, tan perfecto desde sus orígenes, con Spencer,

con Shakespeare, con Milton, alcanzó la fluidez, la variedad, la

armonía de las estrofas de Swinburne, de imposible traducción á otro

idioma. ¿Cómo ni á qué lenguaje se traduce una sonata, una sinfonía de

Beethoven?

Fué el cantor de los mares y lo fué también de los niños, y al morir,

si no el aura popular de los contemporáneos, pudo sentir sobre su

frente el viento de los mares; el viento que él supo cantar y de quien

él dijo cómo sentía:

«The delight that his doom is forever

To seek and desire and rejoice.

And the sense that eternity never

Shall silence his voice.»

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 16 / 51 题