Paréceme que, en la admiración de nuestros jóvenes por Larra, entra
por mucho el atractivo de su fin prematuro. Hay quien juzga que fué
mejor así; pues acaso la vida, con su roce desgastador de energías
y suavizador de asperezas hubiera subyugado altiveces en el rebelde
espíritu de «Fígaro», y una vez más hubiéramos asistido á la abdicación
de una inteligencia vencida por algún interés.
¿Qué importaba? ¡Hubiera sido tan interesante! De un alto entendimiento
es tan admirable la sumisión como la rebeldía. ¿No fué admirable
la aparente conformidad de un Campoamor, de un Valera, por todo lo
establecido? Y después, cuando la aparente sumisión, efectiva para el
vulgo oficial, nos ha dado autoridad y respeto, ¿no podremos con mayor
eficacia volver á decir la verdad, á los que antes no quisieron oirla?
«Fígaro» sometido, acaso nos hubiera dicho algo más profundo que
«Fígaro» rebelde. Sobre la verdad de nuestra vida, que él creyó afirmar
dándose muerte, está la verdad de la vida; sobre la que, acaso, podemos
triunfar cuando más abdicamos de nuestra voluntad.
Cuando hemos renunciado á nuestra dicha y nos contentamos con ver
dichosos á los que nos rodean, es quizás cuando empezamos á serlo.
¡Qué inaccesible ideal si pensamos al escribir una obra en la gloria
sin término! ¡Qué fácil, si pensamos en comprar con su producto
inmediato el juguete que alegre á un niño querido! ¡Vender la gloria
remota por sonrisas cercanas! Si la gloria tiene algún camino, ¿no es
el amor quien por él ha de llevarnos?
Poner muy alto y muy lejos el ideal, tal vez es airoso pretexto para
la caída al alcanzarle. Acerquémonos, aunque se empequeñezcan nuestros
ideales.
Fingió la fábula que el águila volaba por llegar al sol, y en realidad
sólo vuela por traer alimento á su nido. Y por eso no es menos
arrogante su vuelo.
¡Jóvenes admiradores del fin prematuro de «Fígaro», no pretendáis volar
tan alto por el aire, que olvidéis deberes de la tierra! El también os
lo hubiera dicho si hubiera vuelto de su volar altivo.
* * * * *
_El Teatro en España_, interesante libro publicado por Francos
Rodríguez, á mas de muy atinados juicios sobre muchas de las obras
estrenadas en el año de 1908, contiene una parte de estadística,
reveladora de la desproporción alarmante entre la cantidad y la calidad
en el producto dramático. Asusta lo que devora el público en un año, y
no será de extrañar que, por no exponerse á morir de empacho, prefiera
ponerse á dieta rigurosa, de más rigurosa repercusión en estómagos de
autores y comediantes.
Á bien que el público toma el prudente partido de no interesarse por
nada y ha delegado su misión de juzgador en manos de la «claque» y de
los amigos del autor, pródigos en aplausos que ya nada significan ni á
nada comprometen, ni siquiera á que la obra permanezca en el cartel los
tres días de reglamento. Se ha conseguido con esto, que ya no haya más
opinión valedera que la de la taquilla, y que los empresarios después
del buen éxito, más ruidoso, en vez de regocijarse, digan desconfiados:
Mañana veremos... Y lo que ven mañana es... tres pesetas.
No ha de pedirse á la crítica mayor severidad que al público, y si
éste adoptó por sistema el muy cómodo de «Dejad hacer, dejar pasar»,
¿qué ha de decir la crítica? Por mí que hagan, y por mí que pasen.
La indiferencia, tal vez cruel del público, es en la crítica más
compasiva. Aquella obra es acaso el pan de una familia ó la felicidad
de un ilusionado, ó la satisfacción vanidosa de un majadero. ¿Para qué
privarles de esos goces materiales ó espirituales? ¿No es injusticia
toda justicia innecesaria? ¿Pesan más los agravios al arte que la
miseria ó la pena de un autor desdichado?
Como decía aquella dama, dadivosa de suyo, para justificar sus
prodigalidades: ¡Á una le cuesta tan poco, y ellos se quedan tan
contentos!...
Es hoy el teatro rama de la Beneficencia. Y no está mal así; que es
tan dura la vida, que en nada puede emplearse mejor todo templo, sea
artístico ó religioso, que en asilo benéfico del dolor y de la miseria.
El Arte como la Divinidad es bondadoso, y sonríe sin ofenderse al que
llega en nombre del Arte á pedir á su puerta una limosna, ya de pan,
ya de aplauso.
* * * * *
Tan poco acostumbrada está la Gloria á coronar en vida frentes
españolas y tan hecha á no llegarse á las más excelsas, si no es traída
por mano de la muerte, que, cuando por no poder menos, la hora gloriosa
llega en vida, no es de extrañar que la muerte crea también su hora
llegada y sólo por ver al luchador triunfante, con razón crea que ya le
pertenece.
Era, para el músico insigne, un descanso en la lucha incesante, era el
triunfo, concedido por los más rehacios en otorgar honores de vencedor
á quien todavía pelea en pie con denuedo; era la gloria: pero era
gloria española... ¡Tenía que ser la muerte!
Mezquina concepción de la divinidad es considerarla como á maestro de
párvulos, distribuyendo vales de buen comportamiento para un premio
futuro; pero, ante el rudo corte de una noble vida, toda honrado
trabajo y fecunda lucha, que no pudo hallar aquí justa recompensa, ¿no
hemos de pensar en una satisfacción suprema, en una gloria sobrehumana
de luz y de armonía?
¡Ah, los que juzgáis escepticismo la ironía, no sabéis cómo el irónico
guarda la sinceridad de su sentimiento para cuando es bien emplearlo,
más entero cuanto menos gastado!
Porque sabe de la verdadera bondad, burla de apariencias virtuosas;
porque sabe del esfuerzo y de los sacrificios que impone el verdadero
arte, burla de esos simuladores, bien hallados con la fácil «gloriola»,
más contentos con aparentar que con ser. Esos que pueden reposar
satisfechos al decir: Hemos llegado; cuando llegaron á una posición
oficial, obtenida á fuerza de intrigas y de concesiones.
Pero ante un nombre como el de Chapí, ante una vida de trabajo digno,
en que todo se debe al propio esfuerzo, la admiración es culto y el
respeto obliga al ejemplo... Y el cronista llora con limpio llanto,
porque nunca lloró con llanto inútil por farsantes ni por malvados.
* * * * *
Sobremesa es esta de espiritual convite, de mística comunión, como en
la última Cena de Cristo, como en torno al Santo Grial, la de sus
caballeros guardadores, los hermanos de Percival y de Lohengrín.
Sobre la vulgaridad cotidiana de nuestra vida, resplandeció la gloria
del Arte y sus alas de luz nos elevaron, aliviados de toda terrenal
pesadumbre, y la caricia de lo sublime estremeció nuestras almas
transfiguradas por el divino milagro del Arte.
Y cuanto hay de divino en nosotros nos habló de inmortalidad. ¿No es
esta la verdadera, la única moralidad que debemos pedir al Arte?
Después de oir «El Ocaso de los Dioses», yo no creo sinceros los
aplausos; esa vulgar aclamación no es digna de tanta grandeza. Nadie
palmotea ante el mar, nadie palmotea ante las tempestades, nadie ante
la serenidad armoniosa del cielo en una noche de verano. El espíritu
se recoge como en oración, y un silencio solemne de llanto contenido,
el llanto bueno que purifica como fuego sagrado, es la mejor acción de
gracias de nuestras almas.
El único aplauso digno sería caer de rodillas, prosternados como ante
la elevación eucarística.
* * * * *
¿Qué nos dirán ahora para justificar su desdén por el público, los
inmaculados castellanos de las marfileñas torres? ¿Es inútil pretender
llegar á la multitud, como ellos aseguran? ¿Solo ignorancia y grosería
encontraremos en ella? El público madrileño respondió el domingo pasado
y en noches sucesivas, como acaso no esperaban muchos, á cuantos
quieren disculpar su vagancia ó su impotencia con la falta de sentido
artístico en el público.
Con ser todo admirable--pasemos por alto deficiencias en la
interpretación y presentación de la obra,--lo más admirable, sin
duda, lo mejor de la gloriosa jornada, fué la actitud del público;
este admirable público madrileño, tan calumniado, pero de un instinto
artístico tan seguro, que, al contrario que en otros países, antes
que en la crítica sabia, hallan en el sostén y aliento los luchadores
sinceros por nuevas formas de Arte.
* * * * *
Y, en el triunfo del genio, ¿será justo olvidar á su compañera
inseparable la locura--según los modernos, algo ya anticuados
antropólogos,--personificada en el caso de Wagner, por aquel rey Luis
de Baviera; Nerón de poquito, Nerón todo dulzura, solo tirano en el
Imperio del Arte?
¿Hubiera triunfado el genio sin el loco? ¡Gran asunto para nueva
trilogía! El emperador Guillermo, el rey Luis de Baviera y Wagner. La
fuerza, la locura y el genio, unidos para gloria del imperio grande y
fuerte.
La crítica histórica minuciosa distribuirá razonablemente alabanzas y
censuras. Todas éstas para el noble rey loco. ¿Qué importa? Él también
fué necesario para la grande obra, y en la universal armonía, el fuerte
y el genio llaman hermano al loco.
* * * * *
Después de una representación del «Ocaso de los Dioses», pensaba yo,
cómo yerran los sintetizadores rotundos que para mayor comodidad,
clasifican á todo pueblo del Norte, como razonador y positivista, y á
todo pueblo meridional como idealista y soñador. Y he aquí, cómo en el
arte germánico, perduran los mitos heroicos y legendarios, y cómo entre
nosotros, apenas si concedemos un modesto lugar en la tradición; muy
desposeída de leyendas, á nuestros héroes. ¡Nosotros sí que sabemos
del Ocaso de los Dioses! Aquel gran socarrón de Cervantes fué el gran
enterrador de España. Verdad es que el entierro fué suntuoso, con gran
asistencia de monjas y frailes. No se puede morir más devotamente. Toda
la herencia se nos fué en fundaciones piadosas. Esperémoslo todo de
la desesperación de los desheredados. Cuando falte toda esperanza, la
desesperación puede ser también madre del heroísmo.
¡Triste Rocinante, triste rucio de Sancho Panza, que vais tardos y
fatigosos por áridas llanuras, no hemos de trocaros por el caballo de
Brunilda, que galopó sobre nubes y en carrera loca fué conducido al
fuego, para que sobre la muerte del héroe y el perecer de los dioses,
triunfara el amor ideal de dos almas heroicas!
¡Qué impropiamente llamado «Marcha fúnebre» el mas sublime pasaje
musical y dramático del Ocaso! Marcha al combate, al triunfo, á la
inmortalidad, debiera llamarse.
Hay en la música de Wagner más filosofía que en todos los filósofos
alemanes. La que despierta en lo más íntimo y en lo más hondo de
nuestro espíritu el sentimiento de inmortalidad.
La Vida es un enigma, el Arte es su revelación. ¿Nos dice la verdad?
No. ¿Para qué? Nos hace olvidarla.
[Ilustración]