IV

Poco sabrá de la vida quien no haya vivido por edades, las edades

todas de la humanidad. Es el hombre en sus primeros años un pequeño

salvaje, más parecido por sus instintos al hombre primitivo que al

ciudadano civilizado de cualquier gran nación moderna. Si la educación

no acudiera al reparo--y no en todas partes acude,--tendríamos

perfectos ejemplares de trogloditas, contemporáneos nuestros. No es

preciso salir de España para encontrar pueblos enteros de ellos. La

vida es el mejor libro de historia, abierto á todas horas, y ella nos

ofrece continuamente vivientes ejemplares de todos los hombres, desde

el primitivo de las cavernas, al anticipo del superhombre futuro. Con

salvar espacios podemos retroceder en el tiempo. Hay hombres y pueblos

enteros medioevales, los hay del siglo XVI y del XVII. Existen en

medio de las metrópolis mas civilizadas, verdaderos salvajes. Ya dijo

Zola, que nada puede darnos tan cabal idea de las homéricas luchas de

la Iliada como las peleas entre jayanes de dos aldeas rivales. No en

documentos empolvados, en textos vivientes ha de hallar el verdadero

historiador artista, los más fieles datos para reconstruir la vida de

los tiempos pasados.

Debemos ser tolerantes con las fiestas de Carnaval, que á tantos

espíritus superiores disgustan y escandalizan, como con una niñería

de la humanidad, por la que han de pasar sucesivamente todos los que

nacen. Sería muy triste que todos naciéramos sabiendo que hemos de

aburrirnos en un baile de máscaras. Es, además, acaso por primitiva,

esta fiesta de los disfraces, la única fiesta de la verdad. Nunca

sigue tanto el hombre sus naturales inclinaciones como al intentar

travestirse en estos días. Vemos con faldas y moños femeninos á los

que debieran llevarlos todo el año; con caretas de animales á muchos,

que ese día sólo no engañan á nadie; de bebés á otros que, solo con

vestirse de ese modo, muestran que están en lo cierto. Y de las

mujeres, ¿qué diremos? La que sin careta tardaría dos ó tres días en

darse á conocer, ya está conocida apenas aparece en el baile. Dinero

podrá no ahorrarse con una belleza encubierta, ¡pero, tiempo!...

¡Si todos los negocios de este mundo pudieran tratarse con mascara,

cuanto enojoso trámite nos ahorraríamos del mismo modo! ¡Ah, la cara,

la cara! Mascara imperfecta que el más hábil no llegó á dominar y á

pesar nuestro enrojece de vergüenza ó palidece de espanto, y llora ó

ríe inoportuna, y es sensible, por curtida que esté, á escrúpulos de

conciencia, á preceptos de educación, á preocupaciones sociales... Solo

el que haya logrado completo dominio sobre su rostro, logrará completo

dominio sobre los hombres. Por algo la glorificación de la belleza

corporal ó espiritual del hombre es su escultura: la plenitud de la

mascara.

* * * * *

¿Por qué cerrar en estos días las Cortes y no permitir en ellas una

mascarada que sería también su única verdad? Los más conspicuos

parlamentarios, tal vez bajo el incógnito de la careta se atreverían

por una vez á decir lo que sienten. Este liberal, mal disfrazado todo

el año hablaría como conservador; tal otro, forzado por compromisos

electorales á oponerse á todo negocio dudoso, pediría participación

en él, sin empacho, y tal cual, metido por complacencia, en algún

callejón sin salida, podría hallarla con muy gentil despejo, al amparo

de un buen disfraz. Con careta de ministeriales, los conservadores

podrían cantar las glorias de Cataluña, y los catalanistas, con careta

de conservadores, podrían desenmascararse del todo. Los republicanos

podrían decir la verdad disfrazados de monárquicos, y los carlistas no

dirían nada, porque entre conservadores y solidarios les darían dicho

todo lo que ellos pudieran decir. Los periodistas, con achaque de no

conocer á ninguno, suprimirían adjetivos personales y la presidencia

no se atrevería á llamar al orden á nadie, por temor á graves

equivocaciones. Los maceros podrían actuar á guisa de bastoneros, para

impedir, como en los bailes, aproximaciones demasiado deshonestas.

Serían memorables estas sesiones de Carnaval. ¡Y si se aprovechara

para «confettis» algunas de las leyes discutidas durante el año!

Hecha «confettis» quedó la famosa del terrorismo. En cambio, la de

administración local es una serpentina que entre Maura y Cambó se

arrojan jugueteando y graciosamente se enrosca sobre otras cabezas,

como debió enroscarse la serpiente diabólica del Paraíso en el árbol

del bien y del mal, al ofrecer á nuestra incauta madre la fruta de

perdición.

* * * * *

Ningún arte tan espiritual como la música, y ninguno tan propio de

estos días del año consagrados á la meditación y al recogimiento

espirituales. La devoción de nuestros buenos aficionados á la música

bien ha tenido en donde escoger en esta temporada. El cuarteto checo

en la Filarmónica, Wagner á toda hora, y por fortuna el arte nacional,

sin llegar todavía á «preferido», algo salió de su condición de

«ceniciento», gracias á muy laudables empresas de nuestros músicos.

Chapí, con su ópera, mas apreciada á cada representación, el cuarteto

Francés, el cuarteto Vela, el quinteto de instrumentos de viento,

nueva sociedad, de inteligentes y modestos artistas, dignos de todo

encomio y de mayor atención por quien pueda dispensársela, sobre todo

para mejorar su instrumental, cuyas deficiencias, vencidas en fuerza

de arte, bastarían para obligar á la admiración. Labor es toda esta

de inteligencia y de entusiasmo que nunca agradeceremos bastante, ya

que nunca pagaremos lo suficiente. De todo podrá acusarse á estos

nuestros artistas menos de interesados. Estudian y trabajan por puro

amor al arte; tal vez por esto trabajan con preferencia en Cuaresma.

Justo es que, después de los ayunos y penitencias, llegue la Pascua

de Resurrección para la música nacional. No quiero ser injusto ni

egoísta; soy el primero en reconocer que el autor dramático no está

tan necesitado de protección oficial en España, como el compositor de

obras musicales, que no sean género chico. La obra del Teatro Nacional,

no será completa, si la fundación de un teatro de comedia española, no

coincide con otro de ópera y zarzuela. Para éste cuenta el Estado con

un edificio inmejorable; contamos con músicos y artistas en calidad y

en cantidad importantes. ¿Qué falta?... ¡Por vida de los inconvenientes!

* * * * *

Como tanto se ha discutido la sinceridad del «wagnerismo» de muchos

que dicen ser wagneristas, sin duda, la empresa del teatro Real ha

querido ponerla á prueba, y al mismo tiempo la resistencia física de

músicos y cantantes. Para ayer domingo estaban anunciados: «El Ocaso

de los Dioses», por la tarde, y «Lohengrín», por la noche. No creo que

el programa se haya cumplido, pero si así fuera, leeré hoy lunes con

interés, las noticias, para saber cuántos profesores de la orquesta

hubieron de ser conducidos en camilla á su domicilio al final de tan

ruda jornada. Si solo el asistir de espectador tarde y noche supondría

un vigor extraordinario y por ello merecería cualquiera mención

especial, ascenso inmediato y condecoración pensionada en el cuerpo de

«wagneristas» denodados, ¿qué decir de los ejecutantes? Para éstos sí

que será día de prueba su fervor artístico y admirativo por el genio

de Wagner. Vamos, que si al caer el telón y caer ellos desfallecidos,

no reniegan de tres generaciones anteriores, por lo menos, del sublime

músico y de las posteriores, hasta la cuarta, como una maldición

bíblica, ya pueden dar fe de su wagnerismo.

* * * * *

Algo quisiera decir de la nueva ópera española «Margarita la Tornera»;

algo de su autor tan maltratado, tan discutido, tan injuriado antes

de ahora, que siendo estas las señales más ciertas de ser glorioso en

España, no necesitaba de mayor triunfo, ni para satisfacción propia,

ni para nuevos desahogos de sus enemigos. ¿Enemigos? No. Enemigos son

los que usan nobles armas y combaten con ellas. Los que solo usan de

su natural veneno, no pueden ser considerados como enemigos. Tienen su

clasificación en las últimas escalas zoológicas.

¿No parece ya á algunos que hemos hablado bastante de «Margarita la

Tornera»? ¿No dicen otros que se ha abusado del bombo? ¿Del bombo?

Y días antes del estreno nos tenían afligidos á los constantes

admiradores del maestro Chapí, los agoreros de un fracaso...

¿Que se ha hablado bastante? No tanto como de esta ópera italiana ó

de tal otra francesa ó de aquella otra rusa, que fatigan sin cesar

las columnas de los periódicos en todo el mundo. No tanto como del

«Chantecler» de Rostand, ni como del Vivillo ni la Juaneca...

¡Oh admirable y extraño patriotismo el nuestro, que quisiéramos una

España grande, pero en la que todos los españoles fueran pequeños! Mal

país de sembradores, pero excelente de tijereteros, dedicados á cimar

cuanto amenace ser árbol en tierra de arbustos.

Hay, por dicha para todos, un público, el público que no es de

literatos ni de músicos, que tal vez no entiende de letras ni de notas,

pero entiende con el corazón, como pedía San Pablo, al artista y á todo

el que le habla con la honradez desinteresada del amor al arte y á la

verdad.

Ese público no ha regateado su aplauso ni su admiración al insigne

músico español; ese público sabe cuánta generosidad supone el habernos

ofrecido ese regalo de arte. «Margarita la tornera» le producirá á

su autor... treinta ó cuarenta mil pesetas de menos, que dejará de

percibir en esta temporada, por haber desatendido los trabajos del

género chico.

De modo que, en efecto, no debe hablarse más de «Margarita la Tornera».

¡Un hombre que va á hacerse rico con una ópera! ¡Y encima un poco de

gloria!... No, no es posible. ¡Ni que fuéramos tontos!

* * * * *

Lujosos trenes, coches y automóviles, forman fila, después círculo,

después caracol, por fin masa compacta á la puerta de la humilde

iglesia. ¿Qué sucede? ¿No sabéis? Es la devoción á la moda. La imagen

milagrosa que, de tres peticiones, concede una. Pero una sola, y no

puede hacérsele más de tres. De tres cosas, una. ¡Dios mío! ¿Cómo

pueden conformarse á tal mezquindad esas bellas y elegantes damas,

acostumbradas á conseguir todo lo que piden? Sin duda piden cosas muy

difíciles ó imposibles, cuando se dan por muy contentas con obtener

una. Secretos serán entre el cielo y ellas, porque en asuntos de la

tierra, todos sabemos que si ellas desearan tres cosas, no tendrían

para empezar con una sola.

¡Quién pudiera penetrar el misterio de vuestras peticiones, y quién

tuviera poder para exaudir todos vuestros deseos! Cierto que á

la divinidad no es posible engañarla, pero ¡es tanto el arte de

seducción en las mujeres! que la divinidad sonreirá bondadosa cuando

ellas oculten entre dos peticiones insignificantes la de verdadera

importancia. Ó, cuando las peticiones en aparente forma distinta,

sean en realidad una misma. Yo pienso acudir uno de estos días á la

devoción milagrosa y haré muy humilde mis tres peticiones. Un millón

de pesetas, un millón de francos ó un millón de liras. Veremos si es

verdad que de las tres cosas se consigue una. Con cualquiera de las

tres me contentaría y todas las tardes verían ustedes un automóvil

más á la puerta de la humilde iglesia, cuyo nombre y sitio no diré á

ustedes, porque los anuncios son asunto de la administración. Y ¡qué

mejor anuncio que tanto coche blasonado y tanta distinguida dama en la

plazoleta antigua del Madrid viejo; este Madrid que tantos rincones

guarda de siglos pasados en sus calles y no menos en el espíritu de sus

nobles y bellas damas!

* * * * *

Si alguien dudara de los sentimientos religiosos de este país católico

por excelencia, de la honda preocupación religiosa de nuestro espíritu,

de lo importante que es para los gobiernos el no ofender ni menoscabar

en nada nuestras venerandas creencias, bastaría con la más superficial

observación de lo que significan para nosotros estos días solemnes en

que la Iglesia, nuestra madre, conmemora la Pasión y Muerte de Jesús.

En calles y templos las más expresivas muestras de verdadero fervor

cristiano. Severidad en el adorno y en las ceremonias de iglesia;

raudales, cuando no de arrebatada elocuencia, de sencillez evangélica,

en los púlpitos; los pocos lugares de esparcimiento ofrecidos al

público, como cafés, pastelerías, etc., abandonados de su habitual

parroquia masculina, no digamos de señoras y señoritas; todas

fidelisísimas observantes del riguroso ayuno. Las mujeres desdeñosas

de solicitar la atención de los hombres, en estos días consagrados á

la meditación y al recogimiento, con la mayor sencillez en su persona;

los hombres, respetuosos con la actitud severa de ellas, sin atreverse

á ofenderlas con un mal piropo. ¡Oh! Es un espectáculo edificante.

La vida parece haber suspendido todo el anhelo pecaminoso con que de

continuo nos solicita para perpetuidad de la especie y del pecado.

No es de extrañar que los extranjeros que en estos días solemnes

visiten principales ciudades de España: Madrid, Sevilla, Murcia,

Toledo, etcétera nos juzguen de una imponente austeridad religiosa,

que les hace más comprensible el legendario fanatismo que propagó las

hogueras inquisitoriales de España por medio mundo.

Y si en algo puede haber disculpa para tantas atrocidades cometidas

en nombre de la Religión, nuestra mejor disculpa está en eso, en la

sinceridad del sentimiento religioso de nuestro espíritu; el mismo

que sobrevive con la misma sinceridad y del cual pueden hacerse cargo

cuantos nos visitan en estos días solemnes de meditación y recogimiento.

* * * * *

Ningún ejercicio espiritual más propio del bondadoso escéptico en

estos días, que la lectura de un bonito libro, recientemente publicado

en París. Su autor, Salomón Reinach; su título «Orfeo». Historia de

las religiones. Un substancioso compendio, acaso despreciable para

los eruditos especialistas que sonríen desdeñosos á todo extracto de

ciencia: pero muy de agradecer para los «pica-platos» intelectuales,

deseosos de asomarnos á todas las ventanas y aun á todas las alacenas

de la inteligencia, sin tiempo para otra cosa que oler donde se guisa y

pellizcar donde se sirve. Y como bien guisado y bien servido, está el

manual en cuestión. En un perspicaz vistazo de pájaro sobre todas las

creencias religiosas que han inquietado al mundo.

Desde la altura todas parecen en el mismo plano y, cuando menos,

aprendemos á estimarlas lo mismo, como una necesidad universal del

humano espíritu: niño preguntón que quisiera saber el por qué de todo,

y á falta de verdades ciertas se contenta con suposiciones fantásticas.

En los más claros y habitables aposentos de nuestra inteligencia,

asentamos las pocas verdades que poseemos; allá, en los camaranchones

interiores y obscuros de nuestro cerebro, ó arrinconamos los trastos

inservibles que nos correspondieron por antiguas herencias, ó suponemos

duendes y fantasmas que justifican nuestro horror á penetrar en ellos y

la imposibilidad de habitarlos.

Cierto que, puestos á elegir fantasmas, debiéramos elegir los más

gratos, y es preferible imaginar duendes alegres y juguetones á trasgos

espantables. Pero ¡ay! que son los hombres los que hicieron á sus

dioses á su imagen y semejanza, y así hay dioses bondadosos, dioses

crueles, dioses vengativos, dioses indiferentes, dioses ridículos,

dioses respetables, dioses humanos y dioses divinos. Dioses para todos

los gustos y para todas las aspiraciones.

Somos el molde de nuestras creencias, y no ya cada pueblo, cada hombre,

llevamos á nuestro dios, hecho carne en nosotros. Por eso, entre todos,

ningún símbolo tan espiritualmente bello, como el de nuestro Dios,

hecho hombre, hijo del hombre, hombre como nosotros; que en nosotros

puede nacer, y en nosotros y por nosotros padecer pasión y muerte y en

nosotros resucitar y divinizarse.

* * * * *

Un distinguido pintor escenógrafo y dos populares y aplaudidas tiples

han tenido uno de sus más ruidosos éxitos... ¿En dónde, dirán ustedes?

En la parroquia de San Sebastián.

El Teatro y la Iglesia ó la Iglesia y el Teatro--las señoras

primero--aunque alguna vez hayan andado á la greña, en el fondo han

sido siempre buenos amigos. No es preciso remontarse á los orígenes

del teatro ni á la representación de los Autos Sacramentales para

demostrarlo. La capilla de la Virgen de la Novena, que el fervor de

nuestros actores costea y sostiene sin decaimiento de su original

esplendor, lo atestigua bien claramente hoy en día.

En esta Semana Santa, con su decoración teatral y la presencia de

nuestras más bellas actrices, la capilla de la Novena ha conseguido

la mejor entrada. Los devotos tal vez se escandalicen; pero, nada

importaría que los templos tuvieran algo de teatro, si los teatros

alguna vez tuvieran algo de templo.

[Ilustración]

V

La capa, la española capa, prenda inseparable de la mantilla, en todo

canto al españolismo, parecía desmentir hasta ahora, el mayor apego

en la mujer á lo tradicional y castizo; pues mientras sobre femeniles

cabezas pasaron mil hechuras de sombreros, relegada la mantilla á

fiestas de religión ó de tauromaquia--los extremos se tocan y las

tradiciones se semejan,--la capa persistía con firmeza, gallardeando

sobre varoniles hombros, en amistosa alternativa con toda clase de

abrigos, nobles y plebeyos; desde el gabán aforrado en nutrias ó martas

cibelinas, á la bufanda con honores de manta.

Y, en este invierno, sin prescripciones de la moda, ni de la higiene,

la hemos visto de pronto desaparecida; tan de pronto, que mal puede

decirse que la hemos visto desaparecer.

Y el pueblo; el último baluarte siempre del casticismo pintoresco, en

lenguaje, vestidos y costumbres, ha sido el primero en desecharla,

sustituyéndola por la zamarra; prenda sin carácter, sin gracia, sin

historia, sin nacionalidad.

¿Habrán influído las recientes disposiciones sobre las casas de

préstamos, con la menor facilidad en la pignoración, al desprestigio

y abandono de la clásica prenda, considerada antes como un billete de

Banco, valor al portador?

¿Será que todas las capas madrileñas padecían cautividad, y el negarse

los prestamistas á la renovación de papeletas, ha hecho imposible el

rescate en esta temporada de invierno?

Si así fuera, esperemos el saldo del año próximo, que volverá á

ponerlas al alcance de todas las fortunas, sin menoscabo de la de sus

actuales poseedores. ¡Habrá capa que pudiera estar bordada en oro, si á

enriquecerla con tal adorno se hubiera aplicado el interés cobrado en

tantas renovaciones!

Pero, si la causa no fuera esta y la zamarra triunfara en definitiva,

como prenda de abrigo popular, entonces la capa no tardaría en ser el

abrigo aristocrático, y por imitación volvería á serlo de la clase

media, y por fin volvería á ser el de las clases populares, deseosas

siempre de igualarse con los de arriba, mientras éstos quisieran

diferenciarse de todos.

¿No están recientes las luchas y protestas de los camareros de café,

hasta conseguir les fuera permitido el uso del bigote, por considerar

como signo deprimente de servilismo la cara rasurada? Y he aquí, al

poco tiempo, que ya son los mozos de café los únicos que llevan bigote,

y todo pelo en la cara es anatematizado por la distinción y por la

higiene. Ni una ni otra son señoras muy de fiar, por lo veleidosas.

Ahora nos dicen las dos, puestas de acuerdo, que barbas y bigotes son

terribles nidos de microbios y, aun cuando vaya uno para viejo, no hará

muchos años, «leía yo, en los libros que tenía»--como dice Segismundo,

el de «La vida es sueño», no confundirle con el de «El sueño es

vida»,--leía yo, como iba diciendo, en mis buenos libros de higiene,

cómo era menor la mortalidad y el peligro de la tuberculosis, entre los

obreros que, empleados en industrias, como la fabricación de hilados

y otras similares, dejaban crecer barbas y bigotes, que entre los

afeitados ó barbilampiños; pues barbas y bigotes eran como red cazadora

de partículas que, sin ese natural obstáculo, penetrarían directamente

en los pulmones. Toda esta explicación venía muy cimentada sobre

sólidas estadísticas y lo mismo vendrán éstas de ahora, que afirman

todo lo contrario.

Yo no sé si ahora será cuando la higiene está en la fija; de la moda,

sé decir que, para rostros de pura cepa castellana, no puede ser más

desfavorable. Para bien parecer un rostro varonil afeitado, necesita

ser de buen color y armonizar con rubios cabellos que den claridad y

juventud á la fisonomía. Pero el ceñudo castellano, de negro pelo,

color verdinegro ó amarillento, cobra un aspecto duro de presidiario ó

cura de facción, con el rostro afeitado, más sombrío sin el contraste

de bigote ó barba.

Y ¿qué diremos de los que deciden el afeitado sin contar con los

veinticinco céntimos necesarios para la diaria operación? Entre éstos

figuran muchos jóvenes artistas, que estarían mejor con su buena

melena y todo lo que buenamente quisiera crecerles. Todo, mejor que

verles con la pelusa de una semana, como quincenarios, y oirles decir

todavía:--¿Sabe usted? No llevo nada en la cara porque es mucho más

limpio y más higiénico.--¡Vaya con la limpieza y con la higiene!

* * * * *

De las famosas turbias del Lozoya, ninguna tan turbia como esta de

ahora, tan de color de chocolate, que pasa de castaño obscuro. El

Manzanares, por otra parte, celoso al cabo de los años del injusto

predominio sobre Madrid, que su rival le usurpaba, y de las clásicas

burlas á su pobre caudal, quiere probarnos que, si no en agua, en lodo,

tiene fuerza bastante para alcanzar á respetables alturas. Por suerte,

aquí todos sabemos nadar entre dos aguas, y aun entre agua y lodo,

que no siempre el ser animal anfibio tiene sus inconvenientes, como

aseguran en popular zarzuela.

El Señor nos libre de juicios temerarios, pero es desgracia nacional

que todo negocio y toda industria emprendidos en tierra española, aun

los que mas beneficiosos parecen para el interés general, lleven mancha

de origen por la pícara intervención política en todos los asuntos.

Así el trabajo honrado y el dinero, nunca más honrado, que cuando

al servicio del trabajador se pone, andan siempre tan desconfiados

de emplearse en nuestra industria y en nuestros negocios. Apenas se

proyecta algo provechoso, todo el mundo se escama: ¡Chanchullo! ¡Manos

puercas! ¿Escuadra? un momio. ¿Gran Vía? otro momio. ¿Teatro Nacional?

momio de ambos sexos; si ha de venir á ser refugio hospitalario de

ruinas artísticas y literarias. De toda empresa española puede decirse,

como de aquellas famosas Cortes: ¡deshonradas antes que nacidas!

De aquí proviene que el celoso de su buena opinión huya, como el

diablo, de intervenir en todo negocio, y vienen á parar todos ellos

en manos de gente despreocupada, á la que, al fin y al cabo, hay que

agradecer su despreocupación, que ya es una prueba de valentía, y tan

necesitados estamos de emprendedores, que bien podemos decir: Hágase el

milagro y hágalo el diablo. Hágase el negocio, aunque saliere un poco

sucio.

Todas estas desconfianzas y recelos, más son señales de nuestra

pobretería que de nuestra moralidad. Hay tanta escasez de dinero que no

se comprende cómo nadie puede manejarlo sin resistir á la tentación de

quedarse con algo entre las uñas. Para juzgar de los demás no solemos

tener más norma que nosotros mismos; lo que haríamos en su caso.

Nunca he oído á ningún gran señor quejarse de que le sise su cocinero,

ni su jefe de cuadra, ni su administrador. Verdad es que su mesa está

bien servida, sus trenes bien presentados y á él nada le falta.

Esto es lo que no nos sucede á los españoles. Á poco que nos sisen, ya

se nota en todo, particularmente en la mesa, falta que no se disimula.

Y no es que nuestros cocineros tengan menos conciencia que los de otras

partes, es que damos menos dinero para la compra, y para comer bien hay

que contar con la sisa.

Somos, además, tan apegados á rancias hidalguías que, aunque tan

necesitados de dinero, seguimos considerando como despreciables los

medios para su adquisición; así es que preferimos buscarle ocultamente

por caminos subterráneos, como si fuera un crimen buscarle á la luz,

abiertamente. Aquí es todavía la mayor gloria de un político, de un

artista, de un hombre de ciencia, decir: Murió pobre. ¿Por qué? ¿Han

de ser solo el dinero y la independencia que da el dinero, de los que

explotaron la influencia del político, la gloria del artista y la

ciencia del sabio?

Cuando el dinero lo compra todo, ¿no habrá algo que pueda comprar el

dinero?

Hacer valer dinero á nuestra inteligencia no es envilecerse, es

ennoblecer al dinero.

Cuando los hombres inteligentes dan en no venderse, por escrúpulos de

conciencia, entonces es peor; porque todos los negocios van á parar á

los tontos, que para la circunstancia, se meten á pillos: ya se sabe

que nada imita mejor á la inteligencia que la pillería.

* * * * *

Se anuncia en Madrid y para fecha próxima una Exposición, la más

simpática y la más conveniente para ejemplo y estímulo de todos: la

Exposición de la Infancia.

De todos los dicterios con que el mayor enemigo de España pudiera

ofendernos, el de infanticidas sería, quizás, el más merecido.

No será Malthus nuestro previsor apóstol; pero es, en cambio, Herodes,

el buen reparador de nuestra prolífica imprevisión. Tan descuidados

sembradores como descuidados cultivadores y recolectores. Al celo

previo, en que cualquier hombre se iguala al animal, no corresponde el

celo ulterior por la prole, en que cualquier animal puede dar lecciones

al hombre.

Y no haya ofensa para las madres y los padres españoles. ¿Cómo

suponerlos menos amantes de sus hijos que en otros países? Los aman

con ceguedad; pero ¡ay! con ceguedad de ignorancia, que es la peor de

las ceguedades.

Dos tristes suertes hay en el mundo; verse pájaro en manos de niño;

verse niño en manos de padres españoles.

Dijérase que la fe cristiana, en la seguridad de verlos al morir

niños, trasplántalos ángeles al cielo; ó las inseguridades de nuestro

vivir nacional azaroso, consuelan y hasta estimulan á los padres en la

temprana muerte de sus hijos.

No es que no los amemos mucho; es que amamos tan poco la vida, que

acaso el haberlos traído á ella nos pesa como un remordimiento, de

que sólo su muerte prematura puede aliviarnos...--¡Para él ha sido un

bien!... ¡Angelitos al cielo!--¡Se ha quitado de penas!--¡Quién sabe lo

que hubiera tenido que pasar en este mundo!--Hay en todas estas frases

vulgares, al morir un niño, una resignación que, siendo amor, más

parece feroz egoísmo.

Y es el espíritu español, seco para el niño, y esta sequedad se refleja

en nuestro arte, apenas esclarecido por gracias infantiles, en los

cuadros de Murillo y en alguna imagen del Niño Jesús del escultor

murciano Salcillo.

No hay en España una literatura, un arte para los niños. Nos

preocupamos poco de higienizar ni de alegrar su vida.--¿Hay mejor

higiene que la alegría?--Aun los niños ricos son aquí más desgraciados

que los niños pobres de otros países.

La Exposición puede ser una buena obra, si á ella acuden con la mejor

voluntad todos los que, sin haber perdido la fe en otra vida con su

cielo saben que ya es bastante antesala para esperarla ésta nuestra

tierra, tal como ella será siempre, por mucho que procuremos mejorarla

entre todos, y no hay necesidad de hacer de ella un infierno, único

lugar que no admite mejora; porque nada puede mejorarse en lugar donde

no se ama, que es también lugar donde no se trabaja.

[Ilustración]

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 14 / 51 题