VII

Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con su

regimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdadero

soldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, y

diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de

Orleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto.

Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir

el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con

impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar

cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasará

sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella es

Bettina y él la adora!

¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes de

mayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se

rebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día en

que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul.

Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientras

charlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de una

princesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettina

la levantó maquinalmente.

¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienes

pudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que no

sintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque sus

entrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ninguna

agitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya no

sonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esas

agitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de su

herida; conoció que le había atacado en pleno corazón.

Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, es

grave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, que

atribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosa

joven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómo

resistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, su

gracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas al

castillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, se

alejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menos

frecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo!

Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo.

Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu de

Juan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso.

No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero de

Bettina le causaba horror, verdaderamente horror.

Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Norton

llegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe

Turner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de los

treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató como

tales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente su

tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeña

corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.

Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamente

la amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicada

educación de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara

más que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile,

charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo.

Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con el

consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de

Longueval.

Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo de

Lavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo,

cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído:

--¡El trigésimo quinto!

Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durante

algunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias

personales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en un

grave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los

ojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito.

El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones no

se recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con

entusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba.

¡Hallaba a París en Longueval!

Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de

miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ella

hablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno,

el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempre

Juan?

Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas se

trataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato,

ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como

veía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a su

elocuencia.

Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio

de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto

de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al

otro extremo del salón, diciéndole:

--Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss

Percival.

--¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa;

sois los mejores amigos del mundo.

--Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra

persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de

reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar

un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la

edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.

--¿De los confidentes?

--Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa!

Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos

mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y

nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que

no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos

con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después?

comandante. ¿Y después? coronel _et cætera_... _et cætera_...» ¡Ah,

Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...

Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso

de brusca irritación.

--¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...

--Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea

tan absurda?

--¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia

cuenta, esta idea absurda.

--¡Ah! tú...

--¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales

más que yo...

--¡Pablo, por favor!...

El disgusto de Juan era evidente.

--No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo

quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy

gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás

me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott,

pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta

casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.

Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la

sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda

regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina,

tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un

abrigo, un asilo.

El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor,

Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella

esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el

corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo

momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se

echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en

todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y

enternecimiento.

Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su

pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo

conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno

de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para

desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!

En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad:

ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un

momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo

ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen;

ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él

pensando que no tenía derecho para discutir con el honor.

Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba

con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día,

estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino

también de ser amado.

Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo...

La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella

venía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en los

labios y el corazón en los ojos. Todo en ella decía: «¡Procuremos

amarnos, y si podemos, amémonos!»

El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos que

iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que

cariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante

la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entonces

se refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabras

indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sin

embargo, ella tomaba para sí.

Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no le

había manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban.

Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro

guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en que

viera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo,

¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!...

Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, que

de día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, pues

nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al

mismo tiempo. Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía el

pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.

Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con los

demás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no

era un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían para

nada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matar

el tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochaba

ninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito y

superioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrir

seriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo a

punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero

reflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, si

aun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaría

tan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de su

amistad.

Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia viniera

a pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se

negó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a la

noche, como a las diez y media. Había venido a pie, y más de una vez en

el camino, pensó volver sobre sus pasos.

--Si tuviera valor--se decía,--no la volvería a ver. Partiré mañana y no

volveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada,

bien tomada.

Pero continuó su camino; quería verla... por última vez.

Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo:

--¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde!

--He estado muy ocupado.

--¿Y partís mañana?

--Sí, mañana.

--¿Temprano?

--A las cinco de la mañana.

--¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?

--Sí, por ese camino pasaremos.

--¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós

desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que

estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un

esfuerzo, y dijo:

--Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.

--¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a

sentaros un momento aquí conmigo.

El se vio obligado a sentarse a su lado.

--Nosotras también partiremos.

--¿Vosotras?

--Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha

alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro

de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el _Labrador_... Y

nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana,

llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a

orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al

conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas

las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es

excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?

--Veinte días.

--¿Veinte días... en un campamento?

--Sí, señorita, en el campamento Cercottes.

--En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo

esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi

cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría

todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría

noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días,

una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole

cómo estáis y que no nos olvidáis?

--¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de

vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!

Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.

--Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha

visto... y debe estar asombrada...

Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. Madama

Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los

jóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival.

--¿Queréis hacerme el honor, señorita?

--¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan.

--En fin, ¿si no es con él... será conmigo?

--Convenido.

Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madama

Scott.

--Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino a

invitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí,

¿no es verdad, queréis?

¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan

estaba desesperado... No se atrevió a aceptar.

--Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He

venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible.

Madama Norton comenzaba el preludio del vals.

--¡Y bien!--dijo Pablo, llegando alegremente,--¿es con él o conmigo,

señorita?

--Con vos--respondió tristemente ella, sin separar los ojos de Juan.

Estaba muy turbada, y contestó eso sin saber lo que decía. Mas en

seguida sintió haber aceptado. Habría deseado quedarse al lado de él...

pero era demasiado tarde. Pablo le tomó la mano y la arrastró.

Juan se levantó, y los siguió con la vista a los dos, Bettina y Pablo.

Una nube le pasó ante los ojos. Sufría atrozmente.

--No me queda más recurso que aprovechar este momento y partir--se

dijo.--Mañana escribiré algunas líneas a madama Scott disculpándome.

Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se

habría quedado.

Pero Bettina lo miraba, y de repente díjole a Pablo:

--Os agradezco mucho, señor, mas estoy fatigada... Detengámonos, os

ruego... ¿Me perdonáis, no es verdad?

Pablo le ofreció el brazo.

--No, gracias--dijo ella.

La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó

el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le

pasaba.

Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban.

--¡Señor Juan! ¡señor Juan!

Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado.

--¿Os vais... sin decirme adiós?

--Dispensad, señorita, estoy muy fatigado.

--Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover.

Y extendió la mano hacia fuera.

--¡Mirad! ya llueve.

--¡Oh! apenas.

--Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré

llevar en carruaje.

Y volviéndose a uno de los criados:

--Decid que pongan el cupé, en seguida.

--No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo

necesidad de caminar... dejadme partir.

--¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para

cubrios.

--No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para

obligaros a entrar.

Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas

del pórtico.

«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.»

¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro

abierto.

Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía

esta frase en los labios:

«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!»

Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad...

Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta.

Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas

desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir

su corazón.

--Bien sabía que él me amaba--se dijo;--pero ahora estoy segura de que

yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también...

De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a

los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina

del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó

alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola,

completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados:

--Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi

cuarto.

Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma

quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso

cansancio.

La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.

--¿Estáis enferma, Bettina?

--¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir!

Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí.

Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con

su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se

echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.

--Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis?

--Nada, nada... son los nervios... es la alegría.

--¿La alegría?

--Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto

bien!... no tengáis cuidado... no es nada.

Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.

--Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.

--¡Juan! ¿lo llamáis Juan?

--Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte,

que estaba triste y parecía ser muy desgraciado?

--Sí, en efecto.

--Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permanecía allí,

pensativo y silencioso; tanto, que durante varios días me pregunté,

perdonadme que os hable con esta franqueza, sabéis que es mi costumbre,

si no os amaría a vos, mi Zuzie. ¡Sois tan linda, tan buena, que habría

sido lo más natural! ¡Pero no, no era a vos, sino a mí!

--¿A vos?

--Sí, a mí. Escuchadme bien... Apenas se atrevía a mirarme. Me evitaba,

me huía... Me tenía miedo. Evidentemente me tenía miedo. ¡Pues bien!

¿decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, ¿no es

verdad?

--Seguramente, no.

--¡Ah! pero no me tenía miedo a mí, sino a mi dinero ¡a mi horrible

dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentación tan fuerte;

ese dinero lo aterra a él, y lo desespera... porque no es como los

demás, porque...

--Cuidado, querida, si os engañarais...

--¡Oh! no, no, yo, no me engaño. No hace mucho, en la puerta, al partir,

me dijo algunas palabras... Las palabras no decían nada; pero si

hubierais visto su turbación, ¡a pesar de todos sus esfuerzos por

contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cariño que os tengo, y Dios sabe

cuán grande es, voy a revelaros mi convicción, mi convicción absoluta:

si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin

ningún dinero, Juan me habría tomado la mano, en ese momento,

diciéndome que me amaba, y si así me hubiese hablado ¿sabéis lo que le

habría respondido?

--Que vos también le amabais.

--Sí, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en mí, adorar al hombre

que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todavía

no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... ¡y el principio es tan grato!

--Bettina, me inquieta veros en esa exaltación. Convengo en que M.

Reynaud tenga mucho afecto por vos...

--¡Oh! más que eso, mucho más.

--Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os

ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En

cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo

Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a

esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso

muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el

marido que os conviene?

--Sí, si lo amo.

--Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre...

Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde

que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado,

muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido,

Marquesa o Princesa...

--Sí, pero no he querido.

--¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?

--Absolutamente, si lo amo...

--¡Ah! insistís...

--Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser

razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta,

y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy

razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de

veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme,

consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y

reflexiva... ¿No es así?

--Sí, lo reconozco.

--Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra

madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo:

«¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo

misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que

hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis?

--Sí, os lo permitiré.

Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído:

--¡Gracias, mamá!

--¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos

solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en

nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la

cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he

deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os

pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso.

Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?...

¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá,

como antes?

--Sí, quiero.

--¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena?

--Buena, como una santa.

--¿Y haréis todo lo posible por dormiros?

--Todo lo que pueda...

--¿Con mucho juicio, sin pensar en nada?

--Con juicio y sin pensar en nada.

--¡Sea enhorabuena!

Diez minutos después, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre

bordados y encajes, mientras Zuzie decía a su hermana:

--Voy donde está toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y

antes de pasar a mi cuarto, vendré a ver si dormís. Silencio... dormíos.

Y salió dejando sola a Bettina; que, según lo prometido, hizo los más

sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguiéndolo sino a medias. Cayó

en un semisueño, en una modorra que la dejó flotante entre el sueño y la

realidad. Prometió no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en él,

nada más que en él, siempre en él; pero vaga y confusamente. Cuánto

tiempo pasó así, no habría sabido decirlo. De pronto, sintió pasos en el

cuarto; entreabrió los ojos y creyó reconocer a su hermana, y con voz

somnolienta le dijo:

--¿Sabéis?... lo amo.

--Chit... ¡Dormid, dormid!

--Duermo, duermo.

Y se durmió en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre,

pues a las cuatro de la mañana despertose sobresaltada por un ruido, que

la víspera no habría turbado absolutamente su sueño. La lluvia, que caía

a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina.

--¡Oh! ¡cómo llueve, cómo se va a mojar!

Fue su primer pensamiento. Levántase, atraviesa su cuarto con los pies

desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el día, con una luz

gris, opaca, pesada; el cielo está cargado de agua; el viento sopla

tempestuoso, por ráfagas que hace girar la lluvia en torbellinos.

Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sería del todo imposible

volverse a dormir. Pónese un peinador y permanece junto a la ventana,

viendo caer la lluvia. Ya que debía partir, habría deseado que se fuera

con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa.

Hace un mes, cuando llegó a Longueval, Bettina no sabía lo que era una

etapa. Hoy sabe que una etapa de artillería es una marcha de treinta a

cuarenta kilómetros, con una hora de alto para almorzar. El abate

Constantín se lo ha enseñado; pues durante las visitas que hacen juntos

a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y

especialmente sobre el servicio de artillería.

¡Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! ¡Pobre Juan! Bettina

piensa en los jóvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que

dormirán tranquilamente hasta las diez de la mañana, mientras Juan

recibirá este diluvio.

¡Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espíritu un recuerdo

doloroso: el vals de la víspera... ¡Haber bailado así, cuando la pena de

Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio,

toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho.

Y después no tuvo valor ni franqueza en la última conversación con Juan.

El no podía, no se atrevía a decir nada, pero ella debió demostrar más

cariño, más confianza. Triste y enfermo como estaba, no debió nunca

dejarlo partir a pie. Debió haberlo retenido, retenido a toda costa. La

imaginación de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevaría la impresión

de haber estado con una mala criatura sin corazón y sin piedad...

Y dentro de media hora partirá, partirá por veinte días... ¡Ah! si

pudiera de algún modo!... Pero existe un medio... El regimiento

desfilará por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa

de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. Así comprenderá él,

viéndola a esas horas, que viene a pedirle perdón de sus crueldades de

la víspera. Sí, irá... Pero prometió a Zuzie ser juiciosa, estarse

quieta como una santa, y ¿hacer lo que hace, es portarse como una santa?

Al volver confesará a Zuzie todo, y ella le perdonará.

¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de

baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile

de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se

atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El

regimiento sale a las cinco.

Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso,

si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran

chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su

puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo;

deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja

la escalera.

¡Con tal que los zuecos estén en su lugar! Es su mayor preocupación. Ahí

están. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran

chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme

paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante;

apodérase de él: ya está pronta... mas cuando quiere salir nota que la

puerta del vestíbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro.

Procura levantarla, pero la barra está fuerte, resiste, y el gran reloj

del vestíbulo deja oír en aquel momento cinco golpes. ¡El sale en ese

instante!

¡Y ella quiere verlo, quiere verlo! Su voluntad se irrita con los

obstáculos; hace un gran esfuerzo. La barra cede y se desliza por la

puerta... Pero Bettina se ha hecho en la mano un largo tajo que deja ver

un pequeño hilo de sangre. Envuélvese la mano en el pañuelo, toma el

gran paraguas, da vuelta la llave en la cerradura, y abre la puerta. ¡Al

fin está afuera!

El tiempo es horrible. El viento y la lluvia continúan. Necesítanse

cinco o seis minutos para llegar al terrado que da a la calle. Bettina

se lanza valientemente adelante, con la cabeza baja, oculta debajo de

su inmenso paraguas. Habría andado unos cincuenta pasos, cuando un

remolino ciego, loco, furioso, se arroja sobre Bettina, le abre el chal,

la arrastra, la levanta, casi la hace perder pie, y da vuelta con

violencia el paraguas. Esto no es nada todavía. El desastre fue

completo. Bettina ha perdido uno de sus zuecos... No eran muy serios

estos zuecos, eran muy bonitos para el buen tiempo.

Y en ese momento, cuando Bettina desesperada, lucha contra la tempestad,

con su zapato de raso celeste que se entierra en la arena mojada, en ese

momento el viento le trae el eco lejano de un toque de trompetas. ¡Es el

regimiento que sale! Bettina toma una gran resolución: abandona el

paraguas, levanta el zueco, vuelve a atárselo mal o bien, y parte

corriendo con un diluvio en la cabeza.

Por fin se encuentra bajo el bosque, donde los árboles la protejen un

poco. Otro toque más; más cercano esta vez, Bettina cree oír los pasos

de los caballos. Hace un último esfuerzo y llega al terrado... ¡Ya era

tiempo! A veinte metros de distancia divisa los caballos blancos de los

cornetas, y más lejos ve ondular vagamente en medio de la neblina, una

larga fila de cañones. Pónese al abrigo bajo los tilos que rodean el

terrado, y mira y espera. El viene ahí entre esa masa confusa de

caballeros. ¿Podrá reconocerlo? Alguna feliz casualidad le hará volver

la cabeza hacia ese lado.

Bettina sabe que es teniente de la segunda batería de su regimiento;

sabe que una batería se compone de seis cañones y seis cajas. El abate

Constantín le enseñó también esto. Debe, pues, dejar pasar la primera

batería, es decir, contar seis cañones, seis cajas y en seguida vendrá

él...

Es él, en efecto, envuelto en su gran capa, y es él, el primero que la

ve y la reconoce. Unos momentos antes recordaba un largo paseo que

hiciera con ella, al caer la tarde, hasta este terrado. Levantó los

ojos hacia donde recordaba haberla visto y la encontró allí mismo.

La saluda, y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia, volviéndose

sobre el caballo, a medida que se alejaba, la miró hasta perderla de

vista, repitiendo lo que se había dicho la víspera:

--¡Será la última vez!

Ella, con las manos le decía adiós, y este ademán repetido muchas veces,

traía sus manos tan cerca, tan cerca de su boca, que se habría podido

creer...

--¡Ah--pensaba,--si después de esto no comprende que lo amo, si no me

perdona mi dinero!

El Abate Constantin · 第 9 / 11 题