VI

Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de

Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo

para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:

--Cuenta--le dijo,--pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la

mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las

saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a

Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!

--¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?

--A la última.

--¿Cuándo te llevo a Longueval?

--Sí.

--Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento.

--¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días?

--¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, el

ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la

confianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronato

y con la garantía de la iglesia. Y a más descubrieron que yo podía

prestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van a

utilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, Conde

Pablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tu

turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando

se necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yo

volveré muy humildemente a mi obscuridad.

--Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante

estos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí!

--¿Cómo una ventaja?

--Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavía

enamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza,

tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en ese

grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas

de rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina...

¿no es así?

--Sí, Bettina.

--¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito?

Y qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujer

locamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Es

preciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba;

he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... pero

estoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Le

haría pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería el

gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasaría mi vida en componerla,

engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo.

Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que le

conviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menos

linda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor y

placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento,

llévame hoy a casa de madama Scott.

--No puedo, te lo aseguro.

--¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entonces

me instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, con

esto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada con

las americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yo

la conozco bien a mamá! Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá,

he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es

poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres

millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones:

para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche,

mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas, ¿qué desea ella

para mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre

todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una

buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y

aprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto de

prevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scott

o miss Percival.

--¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca...

--Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoy

conforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate de

esto, Juan; de esa casa saldrás enamorado.

--No lo creo--respondió Juan, riendo.

--Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tus

asuntos.

Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien la

noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, como

por encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primer

encuentro. Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda

tranquilidad. Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera

caber el amor de un pobre diablo como él.

La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas sus

fuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto de

las dos mujeres. Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie y

Bettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en la

contemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes

del jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestro

amigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y lo sería.

Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de esta

empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en

la más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por la

mañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes

excursiones con Juan, a caballo.

Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse

a la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación,

idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente

tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad

rara vez hacen buenas migas en un mismo corazón.

No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el día

que traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia

americana. Ese día llegó muy pronto.

El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al

castillo, Bettina lo recibió muy triste.

--¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, no

es nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos.

Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad?

--Seguramente--respondió Juan.

--Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.

--Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poder

pasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber de

vuestra hermana.

--Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no

os escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora

de conversación. Tengo que hablaros. Sentaos ahí y escuchadme. Teníamos

intención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer,

en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra para

deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero

estoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamos

agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tan

amable, tan bueno, tan cariñoso, tan...

--¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer...

--¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir del

paso. Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues

llegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de

encontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casa

de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro

padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os querían

tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por

vuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca?

--Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi

infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les

prestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi

bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí.

--¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello!

--Ni orgulloso ni humillado.

--Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo. Pues

bien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor en

Bretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando el

Canadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéis

nacido?

--Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla.

--¿Por qué?

--Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré de

guarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o un

viejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en la

casita de mi padre.

--¿Siempre solo?

--¿Por qué solo? Espero que no.

--¿Tendréis intención de casaros?

--Seguramente sí.

--¿Y buscáis con quién casaros?

--No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quién

casarse.

--Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más

lejos, a vos os han buscado para casaros.

--¿Cómo sabéis?

--¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama _un buen

partido_, y lo repito han querido casaros.

--¿Quién os lo ha dicho?

--El señor cura.

--Mi padrino ha hecho mal--dijo Juan, con cierta vivacidad.

--No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por

caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino

nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la

mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto,

le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de

fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos

y algunos céntimos al mes. ¿No es así?

--Sí--dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.

--Tenéis ocho mil francos de renta.

--Más o menos, no completos.

--Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En

fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.

--¿Pedido mi mano?... ¡No, no!

--¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o

dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa!

Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según

parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme

¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!

--Se trataba de dos preciosas jóvenes...

--Convenido, eso se dice siempre.

--Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me

obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.

--¿Y entonces?

--Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento

de emoción, inquietud, turbación.

--En fin--dijo resueltamente Bettina,--ni la menor sombra de amor...

--No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero;

pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi

opinión.

--Y también la mía.

Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos,

no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.

Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dando

grandes gritos de alegría.

--¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestros

poneys!

--¡Ah!--dijo Bettina, con voz algo incierta.--Eduardo acaba de llegar de

París, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos a

verlos, ¿queréis?

Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en

las caballerizas del rey de Liliput.

El Abate Constantin · 第 8 / 11 题