VIII

Estamos a 10 de agosto, día en que debe volver Juan a Longueval.

Bettina se despierta muy temprano, se levanta y corre a la ventana. Un

gran sol naciente disipa los vapores de la mañana. La víspera, por la

noche, el cielo estaba amenazando, cargado de nubes. Bettina ha dormido

muy poco, y durante toda la noche decía:

--¡Con tal que no llueva mañana!

Va a ser un día precioso, y como Bettina es algo supersticiosa, esto le

infunde esperanza y valor. La jornada principia bien y terminará bien.

M. Scott ha vuelto hace unos días. Bettina lo esperaba en el muelle del

Havre con Zuzie y los niños.

Después de abrazarse tiernamente, varias veces, Richard, dirigiéndose a

su cuñada, pregunta riendo:

--¡Y bien! ¿cuándo es el casamiento?

--¿Qué casamiento?

--Con M. Juan Reynaud.

--¡Ah, mi hermana os ha escrito!

--¿Zuzie? No. Zuzie no me ha dicho ni una palabra. Vos, Bettina, me

habéis escrito. Desde hace un mes, en todas vuestras cartas, sólo se

trata de este joven oficial.

--¿En todas mis cartas?

--Sí, sí, y me escribíais con más frecuencia y más detención que antes.

No me quejo, pero os pregunto, ¿cuándo me presentaréis a mi cuñado?

El hablaba así por broma, mas Bettina le responde seriamente:

--Espero que será muy pronto.

M. Scott sólo ahora sabe que el asunto es serio. Bettina le pide sus

cartas, al volver en el vagón para releerlas, y ve que, en efecto, en

todas habla de él. Halla allí los más mínimos detalles de su primer

encuentro; el retrato de Juan en el jardín del presbiterio con su

sombrero de paja y la ensaladera de loza... y después el señor Juan, y

siempre el señor Juan. Descubre que lo ama desde mucho antes que lo

pensaba.

Estamos, pues, a 10 de agosto. Acaba de concluirse el almuerzo en el

castillo. Harry y Bella están impacientes. Saben que de una a dos el

regimiento atravesará la aldea, y les han prometido llevarlos a ver

pasar los soldados, y para ellos, tanto como para Bettina, la vuelta del

9.º de artillería es un gran acontecimiento.

--Tía Betty--dijo Bella,--tía Betty, ven con nosotros.

--Sí, ven--dijo Harry,--ven, veremos a nuestro amigo Juan sobre su gran

caballo moro.

Bettina resiste, rehúsa, y, sin embargo, ¡qué tentación! Pero no, no

irá, no verá a Juan hasta la noche para la explicación decisiva que

viene preparando desde hace veinte días.

Los niños salen con su aya, mientras Bettina, Zuzie y Richard se sientan

en el parque, cerca del castillo.

--Zuzie--dice Bettina,--voy a recordaros hoy vuestra promesa. ¿Os

acordáis de lo que pasó entre nosotras la noche de su partida?

Convinimos en que si a su vuelta yo os decía: Zuzie, estoy segura de

amarlo, vos me permitiríais dirigirme a él francamente y preguntarle si

me quería por esposa.

--Sí, os lo prometí. ¿Pero estáis segura?

--Completamente segura. Os prevengo, pues, que tengo la intención de

traerlo... aquí mismo, a este banco--continuó, sonriendo,--y hablarle,

más o menos, como vos lo hicisteis con Richard. La prueba salió bien,

Zuzie... sois enteramente feliz, y yo también quiero serlo. Richard,

¿Zuzie os ha hablado de M. Reynaud?

--Sí, me ha dicho que de ningún hombre pensaba tan bien como de éste,

pero...

--Pero también os ha dicho que quizá sería para mí un casamiento

demasiado tranquilo, muy poco brillante. ¡Oh, qué mala hermana! ¡Queréis

creer, Richard, que no consigo quitarle ese temor; no comprende que ante

todo quiero amar y ser amada! ¡Creeréis, Richard, que la semana pasada

me tendió un lazo horrible! ¿Sabéis que en el mundo existe un príncipe

Romanelli?

--Sí, y habríais podido ser Princesa.

--Creo que no hubiera encontrado inmensas dificultades. Pues bien, un

día cometí la imprudencia de decir a Zuzie que el príncipe Romanelli, en

último caso, me parecía aceptable. ¿No os imagináis lo que hizo? Los

Turner estaban en Trouville; y con ayuda de ellos tramó el complot. Me

hicieron almorzar con el Príncipe... mas el resultado fue desastroso.

¡Aceptable! Durante las dos horas que pasé con él, me pregunté cómo

había podido yo decir semejante palabra. No, Richard; no, Zuzie; no

quiero ser Princesa, ni Condesa, ni Marquesa, sino simplemente madama

Juan Reynaud... si el señor Juan Reynaud consiente... lo cual no es muy

seguro.

El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estalló la música

marcial y alegre a través del espacio. Los tres permanecieron en

silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos

disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continuó:

--No, no es seguro, aunque él me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo

pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera

mejor, no le causaría un terror semejante, por esto os pido permiso para

hablarle esta noche, libre y francamente.

--Os lo acordamos--respondió Richard,--los dos os lo acordamos.

Sabemos, Bettina, que nunca haréis nada que no sea noble y generoso.

--Procuraré hacerlo, al menos.

Los niños vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de

polvo, y los saludó.

--Pero--agrega Bella,--no ha sido bueno con nosotros hoy, no se paró a

hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido.

--Sí, ha querido--responde Harry,--porque al principio hizo un

movimiento así... y después no quiso, y se fue.

--En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre

todo, cuando está a caballo.

--No es eso sólo, sino que nosotros lo queremos tanto, al señor Juan. Si

supieras, papá, ¡qué bueno es, y qué bien sabe jugar con nosotros!

--¡Y qué lindos dibujos hace! ¿Te acuerdas, Harry, de aquel gran

polichinela tan raro, con su bastón?

--Y el gato, también había un gato, como en Guignol.

Los niños se alejaron hablando de su amigo Juan.

--Decididamente--dijo M. Scott,--todo el mundo lo quiere en esta casa.

--Y vos haréis otro tanto, cuando lo conozcáis--responde Bettina.

El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea.

He ahí el terrado donde se hallaba Bettina la otra mañana... Juan

piensa: ¡si estuviera ahí! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta

la cabeza, mira... ¡No está!

¡No la ha visto! Ni volverá a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa

misma noche partirá, a las seis, para París. Uno de los directores del

ministerio de la Guerra se interesa por él, y procurará hacerse enviar a

otro regimiento.

Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de

sus reflexiones es el siguiente: él no puede, no debe ser el marido de

Bettina.

Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan

se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre,

puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... ¡cuán

feliz era tres meses antes, cuando salía de aquel gran patio, a caballo,

en medio del ruido de los cañones que rodaban en el suelo de Souvigny!

¡Y cuán tristemente saldrá hoy! Antes su vida se limitaba ahí... ahora

¿hasta dónde irá?

Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, diciéndole que

por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podrá

comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la

señorita Bettina. ¡Bettina! ¡Ah, cuánta pena le da escribir este nombre!

Cierra la carta para enviarla más tarde.

Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, después, de su

padrino. Esto es lo que más le cuesta... aunque sólo le hablará de una

breve ausencia.

Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo

primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el

único billete que ha recibido de ella.

«¿Queréis tener la bondad de entregar al portador el libro de que me

hablasteis anoche? Quizá sea algo serio para mí; pero desearía ensayar

su lectura. Hasta luego; venid lo más temprano posible.--_Bettina_.»

Juan lee y relee estas pocas líneas... hasta que no puede leer más, pues

se le nublan los ojos.

--Esto es todo lo que me quedará de ella--piensa.

En el mismo momento, el abate Constantín está en conferencia con

Paulina. Hacen sus cuentas. La situación financiera es admirable, tienen

más de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y

Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por

momentos, tiene ligeros escrúpulos de conciencia.

--Mirad, señor cura, quizá damos demasiado. Correrá la voz hasta las

otras aldeas de que aquí se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de

estos días vendrán a establecerse infinidad de pobres a Longueval.

El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevárselos a un

pobre hombre que se rompió un brazo al caer de arriba de una carreta de

pasto.

El abate Constantín queda solo y pensativo en el presbiterio. Esperó al

regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo más que un instante;

¡llevaba un aire tan triste! Hace algún tiempo que el abate nota que

Juan no tiene ya su alegría y buen humor de antes. Mas no se ha

inquietado mucho, creyendo sería una de esas penas pasajeras de la

juventud, que no interesan a un pobre cura viejo.

Pero hoy la preocupación de Juan es muy notable.

--Vuelvo en seguida, mi padrino--le dijo;--pues tengo necesidad de

hablaros.

Y salió bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un

terrón de azúcar a Loulou, o más bien dicho, unos terrones de azúcar,

pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien merecía

Loulou este regalo por los diez días de marcha y las veinte noches

pasadas al raso. Además, desde la instalación de madama Scott en el

castillo, Loulou tenía siempre varios terrones de azúcar. El abate

Constantín se había hecho gastador, pródigo; sentíase millonario, y los

terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un día casi

le dirigió a Loulou su eterno discurso.

--Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas

esta noche.

Eran cerca de las tres cuando Juan llegó al presbiterio.

--Me dijiste hoy, que tenías que hablarme... ¿de qué se trata?

--De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me

entristece a mí también. Vengo a despedirme de vos.

--¡A despedirte! ¿Partes?

--Sí, parto.

--¿Cuándo?

--Hoy mismo... dentro de dos horas.

--¡Dentro de dos horas! pero esta tarde debíamos comer en el castillo.

--Acabo de escribir a madama Scott, excusándome. Me veo obligado

indefectiblemente a partir.

--¿En seguida?

--En seguida.

--¿Y vas?

--A París.

--¡A París! ¿Y por qué esta repentina determinación?

--No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir.

--Y no me habéis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y

no tengo ya derecho para tratarte como a un niño; pero, en fin, tú sabes

cuánto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, ¿por

qué no me lo dices? Quizá podría darte algún buen consejo. Juan, ¿a qué

vas a París?

--No quería decíroslo... porque os causará pena... mas tenéis derecho a

saberlo... Voy a París a pedir que me manden a otro regimiento.

--¿A otro regimiento? ¿Salir de Souvigny?

--Sí, precisamente, salir de Souvigny... por algún tiempo, por poco

tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que

necesito.

--¿Y yo? Juan, tú ya no piensas en mí... ¡Por poco tiempo! ¡Poco tiempo!

es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos últimos

días que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de mí, era mi

felicidad, sí, Juan, era mi mayor felicidad. ¿Y te vas así? Juan, espera

un poco, ten paciencia, que no tardará mucho, espera a que el Señor me

llame a sí, espera a que vaya a reunirme allí con tu padre y tu

madre... No te vayas, Juan, no te vayas.

--Si vos me queréis, yo también os quiero... y bien lo sabéis vos...

--Sí, lo sé.

--Conservo por vos el mismo cariño que tenía cuando era niño, cuando me

recogisteis y me educasteis. Mi corazón no ha cambiado, ni cambiará

jamás... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir...

--¡Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada más, Juan... ¡Todo

queda después de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu

deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mío, parte. No te pregunto

nada más, ni quiero saber nada más.

--¡Pues bien! yo voy a decíroslo todo--exclamó Juan, vencido por su

emoción.--Vale más que lo sepáis todo, vos que quedáis aquí, y volveréis

al castillo... ¡y la volveréis a ver... a ella!

--¿A quién?... ¿Quién es ella?

--¡Bettina!

--¡Bettina!

--¡Yo la adoro, padrino, la adoro!

--¡Pobre hijo mío!

--Perdonad que os hable de estas cosas... pero os lo digo como se lo

diría a mi padre. Y además... nunca he hablado de esto a nadie, y me

ahoga el secreto. Sí, es una locura que se ha apoderado de mí, poco a

poco, a pesar mío, pues bien comprendéis... ¡Dios mío! aquí mismo fue

donde principié a amarla. ¿Sabéis aquel día que llegó con su hermana?...

con los paquetitos de mil francos... con los cabellos sueltos... ¿y la

noche del mes de María?... Luego he podido verla libre y

familiarmente... y vos mismo me hablabais de ella sin cesar,

ponderándome su carácter, su bondad. ¡Cuántas veces me repetisteis que

no había en el mundo nada mejor!

--Y lo pensaba... y lo pienso aún... Nadie la conoce aquí como yo, pues

yo sólo la veo en casa de los pobres. Si la vieras en nuestras visitas

por la mañana ¡cuán cariñosa y valiente es! Ni la miseria, ni el

sufrimiento la desaniman... Pero hago mal en hablarte de esto...

--No, no, no quiero volver a verla, pero no me niego a oír hablar de

ella.

--En tu vida encontrarás, Juan, una mujer mejor que ésta, ni de

sentimientos más elevados. Tanto, que un día que me llevaba en un

carruaje abierto, lleno de juguetes para una chiquita enferma, y al

dárselos para hacerla reír y divertirla, le hablaba con tanta gracia,

que yo pensaba en ti y me decía, ahora lo recuerdo: «¡Ah, si fuera

pobre!»

--¡Sí, si fuera pobre, mas no lo es!

--¡Oh! no... ¡En fin, qué quieres, hijo mío! si te hace mal verla, vivir

cerca de ella, como ante todo es preciso que no sufras... vete ¿no es

así? vete... Y, sin embargo... y, sin embargo...

El anciano sacerdote quedó pensativo, dejó caer la cabeza entre las

manos, y permaneció en silencio durante algunos minutos; luego continuó:

--Y, sin embargo, Juan, ¿sabes en qué pensaba? La he visto mucho a la

señorita Bettina desde que llegó a Longueval. ¡Pues bien! ahora

reflexiono, antes no me asombraba, me parecía tan natural que se

interesasen por ti, pero en fin, ella no hablaba sino de ti, siempre,

siempre de ti.

--¿De mí?

--Sí, y de tu padre y de tu madre. Tenía curiosidad de saber cómo vivías

y me pedía le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un

verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunión

de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil

pequeños incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres,

volvió del Havre, una hora después estaba aquí, hablándome de ti. Me

preguntó si habías escrito, si no habías estado enfermo, cuándo

llegabas, a qué hora, si el regimiento pasaría por la aldea...

--Es inútil, padrino, que busquéis todos esos recuerdos.

--No, no es inútil... ¡Estaba tan contenta, considerábase tan feliz al

pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran

fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuñado, que vino con ella.

No habrá nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insistió

sobre esto, y recuerdo su última frase, cuando estaba ahí en el umbral

de la puerta: «No seremos más que cinco, vos, el señor Juan, mi hermana,

mi cuñado y yo,» y agregó riendo: «¡Una verdadera comida de familia!»

Diciendo esto salió corriendo. ¡Una verdadera comida de familia! ¿Sabes

lo que yo creo, Juan, lo sabes?

--No debéis creer eso, mi padrino, no debéis...

--¡Juan, yo creo que ella te ama!

--¡Y yo también lo creo!

--¡Tú también!

--Cuando la dejé hace veinte días, estaba tan agitada, tan conmovida.

Veíame triste y desgraciado, y no quería dejarme partir. Esto pasaba en

el pórtico del castillo, de donde salí huyendo... sí... huyendo; pues

iba a hablar, a estallar, a decírselo todo. Después de haber andado unos

cincuenta pasos, me detuve, y me volví; ella no podía verme, yo estaba

en completa obscuridad; pero yo la veía, que permanecía allí, inmóvil,

con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el

lado por donde yo había partido. Quizá soy un loco al pensar que... Tal

vez era sólo un sentimiento de compasión. Pero no, era algo más que

compasión, ¿pues sabéis lo que hizo al día siguiente? Vino a las cinco

de la mañana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y

allí su modo de decirme adiós... ¡Ah! ¡padrino, padrino!...

--Pero, entonces--dijo el pobre cura, completamente trastornado,

enteramente desorientado;--pero entonces yo no comprendo nada. ¡Si tu

la amas, Juan, y si ella te ama!...

--Por eso mismo quiero partir. ¡Si no fuera más que yo! Si estuviera

seguro de que ella no había notado mi amor, seguro de que no se

compadecía de mí, me quedaría... me quedaría... sólo por tener la dicha

de verla, y la amaría de lejos, sin esperanza ninguna, sólo por el

placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de

desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir...

--No, no lo comprendo. Bien sé, hijo mío, que hablamos de cosas en que

no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jóvenes,

encantadores... Tú la amas... ella te ama... ¡y no podríais!...

--¡Y su dinero, padrino, y su dinero!

--¡Qué importa su dinero! ¡qué tiene que ver su dinero! ¿Acaso la has

amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia,

mi Juan, estará bien tranquila a este respecto, y eso basta.

--No, eso no basta. Tener buena opinión de sí mismo no es bastante; es

preciso que de esta buena opinión participen los demás.

--¡Oh! Juan, entre los que te conocen, ¿quién dudaría de ti?

--Quién sabe... Y después hay otra cosa además de la cuestión dinero,

otra cosa más seria y más grave. No soy el marido que le conviene.

--¿Y quién sería más digno que tú?

--No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que

ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que

será la mía... Un día Pablo, sabéis que él tiene un modo algo brusco de

decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad,

se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno

y no habría hablado así. Pues bien, me decía: «Lo que necesita, es un

marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga más

pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido,

en fin, que pase su vida procurándole diversiones.» Vos me conocéis...

Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguiré

siéndolo. Si los azares de mi carrera me envían un día de guarnición a

algún rincón de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, ¿podré

pedirle que me siga? ¿Puedo condenarla a esta existencia de mujer de

soldado, que en suma es, más o menos, la existencia del soldado? ¡Pensad

en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!...

--Sí--dijo el abate,--esto es más serio que la cuestión dinero.

--Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte días que pasé

allá solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado

más que en esto... y amándola como la amo es preciso que haya pensado

bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo

irme... lejos, muy lejos, lo más lejos posible. ¡Sufriré mucho... mas no

debo volverla a ver, no debo volver a verla!

Juan se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y permaneció allí

abrumado. El anciano sacerdote lo miraba.

--¡Verte tan desgraciado, pobre hijo mío! Que un dolor semejante caiga

sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto...

En este momento llamaron suavemente a la puerta.

--¡Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejaré entrar.

El abate se dirigió hacia la puerta, la abrió y retrocedió como ante una

aparición inesperada.

Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigió derecho a él.

--¿Sois vos?... ¡Oh, cuánto me alegro!

El se había levantado, y ella le tomó las dos manos, y dirigiéndose al

cura, agregó:

--Dispensad, señor cura, si lo he saludado a él primero... A vos os he

visto ayer... y a él no le veo desde hace veinte largos días, desde

cierta noche que salió de casa triste y enfermo.

Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y él no se sentía con

fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra.

--¿Ahora estáis mejor?--continuó Bettina.--No, aun no... lo veo...

triste aún... ¡Oh, qué bien he hecho en venir! He tenido una

inspiración... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aquí.

Y comprenderéis por qué, cuando sepáis lo que vengo a pedir a vuestro

padrino.

Bettina soltó las manos de Juan, y se volvió hacia el abate.

--Vengo, señor cura, a rogaros queráis escuchar mi confesión. Sí, mi

confesión... Pero no penséis en iros, señor Juan. Haré mi confesión

públicamente, con mucho gusto hablaré delante de vos... y hasta pienso

que será mejor así. Sentémonos, ¿queréis?

Bettina sentíase llena de confianza y osadía. Tenía fiebre, pero esa

fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el heroísmo y

el desprecio del peligro. La emoción que aceleraba los latidos de su

corazón era una emoción elevada y generosa. Ella se decía:

«¡Quiero ser amada! ¡Quiero amar! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero que él sea

feliz! Y puesto que él no tiene valor, yo lo tendré por los dos, y

marcharé sola, con la cabeza erguida y el corazón tranquilo, a

conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.»

Desde el primer momento, Bettina sintió su completa superioridad sobre

el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo

que la hora era suprema. Comprendían que iba a pasar algo decisivo,

irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever.

Habíanse sentado dócil casi automáticamente. Entre aquellos dos hombres

aturdidos, sólo Bettina conservaba su sangre fría, y con voz clara y

precisa comenzó de esta manera:

--Para tranquilidad de vuestra conciencia, os diré primero, señor cura,

que estoy aquí con el consentimiento de mi hermana y mi cuñado, que

saben por qué he venido y lo que pienso hacer: no sólo lo saben, sino

que lo aprueban también. Me habéis comprendido, ¿verdad? Bueno. Lo que

me trae aquí es vuestra carta, señor Juan; la carta en que decís a mi

hermana que no podéis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis

obligado a partir. Esa carta desbarató todos mis proyectos. Yo pensaba,

siempre con el permiso de mi hermana y mi cuñado, llevaros esta tarde,

después de comer, al parque, señor Juan, y sentarme con vos en un banco.

Tuve hasta la niñería de elegir el paraje de antemano, y allí os habría

recitado un pequeño discurso, muy preparado, muy estudiado, casi

aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso más que en

este discurso, y me lo recito a mí misma desde la mañana hasta la noche.

Esto era lo que me proponía hacer, y comprendéis que vuestra carta...

desconcertó mi plan. Reflexioné un tanto, y pensé que si yo dirigiera mi

discurso a vuestro padrino, sería, más o menos, como si os lo dirigiera

a vos mismo. He venido, pues, señor cura, a rogaros tengáis la bondad de

escucharme. Cuando vine aquí traía una buena dósis de valor; pero ya se

me acaba, y quisiera deciros aún ciertas cosas... las más importantes.

Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a

vuestra emoción. Sé que me amáis... Y si debéis casaros conmigo, no

quiero que sea sólo por amor, sino también por razonamiento. Durante los

quince días que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeño en

huir de mí, en evitar hasta la más simple conversación, que no pude

mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quizá, algunas

cualidades que no conocéis... Sé, Juan, lo que sois vos, y sé los

compromisos que contraigo tomándoos por esposo: seré para vos no sólo

una mujer cariñosa y buena, sino también valiente y firme. Conozco toda

vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; sé por qué sois

soldado, y cuántos deberes y sacrificios podéis entrever en el

porvenir... No lo dudéis, Juan, jamás os desviaré de ninguno de estos

deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos

por algo, lo haría por ese pensamiento, ¡oh, sí, lo habéis tenido! el

pensamiento de que yo os querría todo para mí, que os pediría

abandonarais vuestra carrera. ¡No, nunca, jamás! oíd bien, jamás os

pediré una cosa semejante... Una joven amiga mía hizo eso al casarse;

pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivís de otra manera y

mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido.

Os amaría menos, nada quizá, aunque esto sería muy difícil, si

llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado...

Cuando pueda seguiros os seguiré, y donde quiera que estéis, allí estará

mi deber; donde quiera que vayáis, irá mi felicidad, y si llegara día en

que no pudierais llevarme, día en que debierais partir solo, pues bien,

Juan, ese día os prometo que tendré valor suficiente para no quitaros el

vuestro... Y ahora, señor cura, no es a él, sino a vos a quien me

dirijo... quiero que respondáis vos, y no él. Decid... ¿si él me ama y

me considera digna de él, será justo que me haga expiar tan duramente mi

fortuna?... Decid... ¿no debe aceptar ser mi marido?

--Juan--dijo gravemente el anciano sacerdote,--¡sé su esposo... es tu

deber... y será tu felicidad!

Juan se acercó a Bettina, la tomó en sus brazos y posó en su frente un

primer beso.

Bettina se separó suavemente, y dirigiéndose al abate:

--Ahora, señor cura, tengo aún algo que pediros... quisiera...

quisiera...

--¿Quisierais?...

--Que me besarais, señor cura.

El anciano sacerdote la besó paternalmente en las dos mejillas.

--Muchas veces me habéis dicho, señor cura, que Juan era como vuestro

hijo. Yo también, no es verdad, seré un poco vuestra hija, y así

tendréis dos hijos.

* * * * *

Un mes después, el 12 de septiembre, a mediodía, Bettina con el más

sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras

que colocada detrás del altar la banda del 9.º de artillería tocaba

alegremente bajo las bóvedas de la vieja iglesia.

Nancy Turner solicitó el honor de tocar el órgano en tan solemne

circunstancia, pues el pequeño armonium había desaparecido. Un órgano de

resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el

regalo de bodas de miss Percival al abate Constantín.

El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante él,

que pronunció la fórmula de la bendición permaneciendo en seguida,

durante algunos instantes, en oración, con los brazos extendidos,

pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza

de sus dos hijos.

El órgano dejó oír entonces la misma _rêverie_ de Chopín que tocara

Bettina la vez primera que entró en la pequeña iglesia de aldea, donde

debía consagrarse la felicidad de su vida.

Y esta vez fue Bettina quien lloró.

El Abate Constantin · 第 10 / 11 题