IV

Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy

lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en

esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres,

los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos

tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no

las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una

ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a

visitar París, sino también a vivir en él.

Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una

colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada

una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores,

sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre

nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes;

ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la

invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias

parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los

barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son

del todo.

Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más

brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano

se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano

se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta

ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.

El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y

cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a

la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos.

El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente

abierto. El francés dice:

--¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución

que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y

entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables,

procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.

Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá

es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.

Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el

mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero.

Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama

Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.

La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos

pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y

dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie

Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a

su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos

hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.

Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se

apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se

pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.

--Si yo no estoy aquí--decía,--y vengo sólo dos o tres meses del año a

América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.

--¡Qué importa!--respondía Zuzie,--somos ricos, demasiado ricos...

Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!

M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de

1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde

hacía algunos años habitaba París:

«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril

y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los

preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente

indiscreta, acepto.

»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no

perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de

los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de

la estación, _mi_ carruaje, _mi_ cochero y _mis_ caballos, y que ese día

nos acompañaseis a comer en _mi_ casa. Alquilad o comprad una casa,

tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente

en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a

pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.

»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus

camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y

además dos _boys_, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan

perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi

la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.

»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás,

se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con

manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para

separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos!

Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora

manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí

se hace.

»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras,

verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»

El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la

quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido

buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas

antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién

amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia

demasiado violenta.

Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año,

con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer

año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el

desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.

Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde

el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría

fundarse ni funcionar una gran casa.

Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar

una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía

sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún

burgués, o a extranjeros.

--Nunca habría dejado a la señora Baronesa--dijo a madama Norton,--si la

casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa

tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto

serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve

obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.

Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas,

no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de

verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para

telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera

favorable, aceptó.

El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que

acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin

embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la

expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de

caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y

palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de

que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su

intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje

particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera

necesario.

El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus

caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama

Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones

recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios

para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente

irreprochable.

Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del

Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a

madama Norton, que les dijo:

--Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el

landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con

vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por

vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí

tenéis el _menú_ de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos

meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas

más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero

tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y

desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.

Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de

oro, que decía: _Menu du dîner du 15 Avril 1880_, y más abajo: _Consommé

à la parisienne, truîtes saumonées à la russe_, etcétera.

El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a

la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de

quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de

mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott,

molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la

estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos,

miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al

rostro esta simple palabra:

--¡Cáspita!

Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una

de sus amigas:

--¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que

los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme,

comprendí que todo había concluido.

La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los

deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por

el contrario, todo empezaba.

Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar

Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París

contaba dos parisienses más.

El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como

un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como

las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los

periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las

papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una

veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la

belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de

servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos

generales.

Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor.

Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las

ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada

a París.

Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera

creciendo de cuadro en cuadro:

1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos

maravillosos _grooms_ traídos de América;

2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;

3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama

Norton.

Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como

merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una

especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y

cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas

tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar _deliciosa_ a una mujer

evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca

_deliciosa_.

La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana

admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que

tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la

noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus

hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo

para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam;

todo París repitió su: _¡Cáspita!_ bien entendido, con las variantes y

modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.

Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los

visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron

en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer

miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su

clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta

parisienses.

Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo

todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba

que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra,

era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su

mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco

en sociedad. Era un _galantuomo_ que se sentía vagamente molestado por

haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto

dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por

completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre

manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a

su cuñada:

--Sois más ricas que el año pasado...

No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que

había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes

negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito.

Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.

Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la

hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía

los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras

sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua

materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.

Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo

a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de

la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable,

alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni

por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por

amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía

perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos

de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco

más que ella a él, quizá.

En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una

ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival

llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días,

cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer

año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este

primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro

veces... ¡Y qué variedad de pretendientes!

Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas

eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es

verdad, pero que, sin embargo, era un trono.

Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la

Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores

y se inclinara ante sus legítimos señores.

Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las

gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible,

reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.

Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de

presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir

reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora

fundada en Francia sobre bases indestructibles.

Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le

dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio

de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella...

Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay

Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un

herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.

Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de

un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo

de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su

mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también

para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni

fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y

creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.

Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta

para todos era la misma:

--¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!

Algunos días después de la representación de _Aida_, las dos hermanas

habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión

del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el

rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.

Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:

--Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.

--¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar!

Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me

viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese

extremo todavía!

--No, todavía no.

--¡Esperemos, entonces, esperemos!

--¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde

hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño

que ninguno de ellos...

--¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de

decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes?

¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O

será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado,

rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez,

una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?

--No lo creo...

--Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No,

nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino

por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber

lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es

preferir a todos y a todo, cierta persona?

--Sí, eso es.

--¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir

cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?

--¡Oh, oh, es un gran amor ese!

--¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!

--¿Y es ese el amor que no llega?

--Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que

yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?

--No, no lo sé... pero lo imagino...

--Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me

hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo

mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más.

¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo

conseguiré.

--¡Oh, sí!...

--¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente

con eso el señor que espero y no llega.

--No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos

aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros

hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy

chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.

Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza

apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.

--Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais

apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una

canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay

dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.

--¿Cuáles son?

--Adivinad...

--El Príncipe Romanelli...

--¡Y va uno! ¿El otro?...

--M. de Montessan...

--¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada

más que aceptables, y eso no basta.

Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la

instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de

tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino

parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni

una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí

misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse,

interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo,

pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.

Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir

al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón

con su hermana, exclamó:

--¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante

diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el

25, ¿no es así?

--Sí, el 25.

--Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los

bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará

ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes

¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio,

el misterio impenetrable.

La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante

cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó,

acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:

--¡Adiós, mis pretendientes, adiós!

Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa

nerviosa.

--¡Ah, Zuzie, Zuzie!

--¿Qué hay?

--Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha

oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...

--¡Sois tan poco razonable!

--Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por

considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en

completa libertad.

--¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos

dos personas a comer con nosotras.

--¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos

personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre

todo, al joven oficial...

--¡Cómo! ¿sobre todo?

--Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny

nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando

era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de

decirle lo que pienso, y la encontraré!

Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.

--¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?

--Sí; ayer antes de comer...

--¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de

poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del

castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?

--Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.

--¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!

Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la

instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose

salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro

poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con

numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El

paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado

efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas

preguntándose con avidez:

--¿Qué es eso; qué es eso?

Algunas personas pensaban:

--Un circo ambulante, quizá...

Pero de todos lados exclamaban:

--¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban

como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada

lado de la cabeza.

La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí

supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las

castellanas de Longueval.

Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy

lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.

Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas

vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero

abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta

alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro,

suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los

detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo,

hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.

Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos

guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de

gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el

pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el

látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados,

tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó

al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban

encabritarse.

--Cuidado, señorita--dijo Edwards;--los poneys están muy briosos hoy.

--Ya los conozco--respondió Bettina;--no temáis.

Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura.

Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse

quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y

larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con

incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación,

en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.

El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny.

Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente,

pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni

bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y

llevaban un trote infernal.

--¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos

caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede

dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.

--No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.

--¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos,

cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me

atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí...

¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!...

En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la

libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció

un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.

Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para

tener el gusto de ver pasar a las americanas.

--Os engañáis--dijo Zuzie a Bettina,--ahí viene alguien.

--Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.

--No tiene nada de paisano, mirad.

Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos

hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría

al parisiense.

Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un

relámpago. Bettina exclamó:

--¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?

--Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.

--¿Lo conocéis?

--Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.

--¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar

otra vez.

V

Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al

presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.

Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado de

Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna.

Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles y

tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la

señorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, la

alcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripciones

enloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido;

paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas. ¡Y las

caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo la

inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes!

una veintena de caballos, ¡y qué caballos!

El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por año

en casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, que

recibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podía

haber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal de

Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora

comenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevos

esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debía

sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de

antes.

Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que

conducía al castillo:

--Mira, Juan--dijo el cura,--¡qué cambio! Toda esta parte del parque

estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me

sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No

encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me

dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí?

Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a

tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?

--Sí, padrino, os lo prometo.

Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una

impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival;

pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría

en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del

presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y

familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que

desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá

encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en

sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el

contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?

Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo

por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que

antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de

piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban

escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante

para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban

trajes de una simplicidad demasiado antigua.

Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.

Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la

derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón

marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que

constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por

unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una

multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se

hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era

el colmo del arte.

Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:

--Cuán amables sois--dijo,--señor cura, en haber venido, y vos también,

señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis

únicos amigos en este país.

Juan respiró. Era la misma mujer.

--¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella,

venid.

Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita de

cinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus dorados

cabellos.

Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba con

admiración el uniforme de Juan, preguntó:

--¿Y al militar debemos besarle también, mamá?

--Si queréis--respondió ella,--y si él consiente.

Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas de

Juan y lo abrumaban a preguntas.

--¿Sois oficial?

--Sí, soy oficial.

--¿De qué?

--De artillería.

--¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría

oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!

¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?

Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan,

mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla.

Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una

verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta

en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo

de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los

cabellos con un alfiler de brillantes y nada más.

Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por

sus dos hijos.

--¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...

--Dejadlos, señora, os lo ruego.

--¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana

no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.

Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el

mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable,

risueña, franca.

--Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible

indiscreción del otro día?

Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano:

--¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestro

nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos...

¿señor?...

--Juan Reynaud.

--Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmente

os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaré

señor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.

Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scott

tomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la

aparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madama

Scott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo,

y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más linda

es miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando se

halló sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese

lado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el

peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.

La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estaban

contentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al día

siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montar

a caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también,

tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la

partida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocía

mejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz

pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes

preciosos, que sin él nunca habrían descubierto.

--¿Todos los días montáis a caballo?--preguntó Bettina.

--Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para el

servicio y en la tarde por paseo.

--¿Muy temprano por la mañana?

--A las cinco y media.

--¿A las cinco y media todas las mañanas?

--Sí, excepto el domingo.

--¿Entonces os levantáis?...

--A las cuatro y media.

--¿Y es de día?

--¡Oh! en este tiempo sí.

--Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotros

terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la

comenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera?

--Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, con

sus deberes bien claros y bien definidos!

--Sin embargo--observó madama Scott,--¡no ser dueño de sí, tener siempre

que obedecer!...

--Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil que

obedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar.

--¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís!

--Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más

distinguido de su regimiento, y que...

--¡Padrino, por Dios!

El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el

panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:

--Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir,

lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el

señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos

los han dado admirables!

--Tendría curiosidad de saber...--dijo Juan.

--Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais

obligado a ruborizaros.

Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:

--Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois

un santo...

--¡Oh! eso sí que es bien cierto--exclamó Juan.

Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida

iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de

terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones

sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa,

pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de

gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los

baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin

embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas

de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este

mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas

gentes irían al infierno.

El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el

sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El

parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna

aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.

Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.

--¿Fumáis?--preguntó a Juan.

--Sí, señorita.

--Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero

no, escuchad primero.

Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:

--Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros

lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue

vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del

castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro

padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la

pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.

--Sí, señor--continuó madama Scott,--y por esto hemos tenido tanto gusto

en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os

lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana

espera desde hace rato.

Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada

ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con

toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy

vivo que puede traducirse por estas palabras:

--Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.

--Ahora sentémonos aquí--dijo madama Scott,--ante esta preciosa noche...

tomad vuestro café... fumad.

--Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo,

después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin

decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.

Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y

Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la

víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y

las conservaría por algún tiempo.

Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le

habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su

marcha regular.

Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con

delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda

como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de

los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el

anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:

--El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.

El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como

en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban

poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia;

pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se

durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de

champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.

Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por

qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió

poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los

grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron

perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron

un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro

piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos

lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba

aquellos pies y se preguntaba:

--¿Cuáles son los más pequeños?

Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo

a media voz:

--¡Señor Juan, señor Juan!

--¿Señorita?

--Mirad al señor cura, se ha dormido.

--¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.

--¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?--preguntó madama Scott, en voz baja

también.

--Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me

recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de

madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le

habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.

--Y ha hecho muy bien--dijo Bettina.--No hagamos ruido, no le

despertemos.

--Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.

--¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.

--Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente

para que no comprenda que lo habéis visto dormir.

--Dejadme hacer--dijo Bettina.--Zuzie, cantemos algo, juntas, a media

voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.

--Bueno; pero ¿qué cantamos?

--Cantemos: _Something childish_... La letra es de circunstancia.

Las dos hermanas comenzaron a cantar:

_If I had but two little wings_

_And were a little feathery bird, etc._

Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio una

exquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado con

este pequeño concierto, Juan se decía:

--¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto!

Las voces seguían más claras y más altas:

_But in my sleep to you I fly:_

_I am always with you in my sleep! etc._

Y el abate continuaba inmóvil.

--¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.

--¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!

Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:

_Sleep stays not, though a monarch bids;_

_So I love to wake ere break of day; etc._

El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud,

respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía.

Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...

Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a

Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un

centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando

Bettina dijo a Juan, de repente:

--¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta

mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado,

de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.

--Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros

presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo

vuelvan a presentar.

--¡Pues bien! traedlo uno de estos días--dijo madama Scott.

--Después del 15--exclamó Bettina.--¡Antes no, antes no! Nadie hasta

entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero

vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie

para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien

y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente

amable con vos al hablar así.

--Y lo sois, señorita.

--Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien.

Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.

Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del

castillo.

--Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he

merecido...

--Reñiros, ¿por qué?

--Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a

ese joven.

--No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor

impresión, y me inspira una confianza absoluta.

--Y a mí también.

--Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a

conquistar su amistad.

--De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto

ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí,

muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero,

en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán

contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta

personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los

demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches,

Zuzie, hasta mañana.

Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.

Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.

--Me parece--se decía,--que voy a tomar cariño a esta aldea.

El Abate Constantin · 第 7 / 11 题