En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza
del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para
la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos
viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda,
sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.
Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil
curiosidad la instalación del cura.
--El jardín, la casa, todo es precioso aquí--decía madama Scott.
Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las
seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina
invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con
aire inquieto y sombrío.
--¡Estas son--pensaba,--las herejes, las excomulgadas!
Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la
ensalada.
--¡Os felicito, señorita--le dijo Bettina,--por el perfecto orden que
reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio que
deseabais?
--Y el cura también--respondió madama Scott.--¡Ah! sí, señor cura,
¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero por
haberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía,
Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje?
--Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar
un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos
blancos, y aire bondadoso y tranquilo.
--Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haber
encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las
parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una
manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me
costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente
como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señor
cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas
parroquianas.
--¡Mis parroquianas!--exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el
movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos
lo habían abandonado completamente.--Mis parroquianas! Perdón, señora,
señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas?
--¡Sí, señor, somos católicas!
--¡Católicas, católicas!--repitió el cura.
--¡Católicas, católicas!--exclamó la vieja Paulina, apareciendo
radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la
cocina.
Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber
producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro,
apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo
recibieron con la misma palabra.
--¡Católicas, católicas!
--¡Ah! comprendo al fin--dijo madama Scott riendo;--¡nuestro nombre y
nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos,
nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi
hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos
americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi
marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son
católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros,
señor abate.
--Por eso y por otra cosa--continuó Bettina,--mas para la otra cosa
necesitamos nuestras carteras.
--Aquí las tenéis, señorita--respondió Juan.
--Esta es la mía.
--Y esta otra la mía.
Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama
Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero
estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda
regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una
presentación: el apellido de Juan.
--Es Juan--dijo,--mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería
de guarnición en Souvigny; es de la casa.
Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, y
comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil
francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de
serpiente con anillos de oro.
--Os traía esto para vuestros pobres, señor cura--dijo madama Scott.
--Y yo esto otro--agregó Bettina.
Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda
del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos,
pensaba:
--¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí
dentro... Sí, pero ¿cuánto, cuánto?
Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero había
pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es
verdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y la
sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos mil
francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.
No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer;
balbuceaba:
--Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.
En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.
--Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.
Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:
--¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!
Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.
--¡Dos mil francos, dos mil francos!
--Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y
tened mucho cuidado con él...
Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera,
boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos
paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos
dolores disminuidos.
--No es eso todo, señor cura--dijo madama Scott,--os daré quinientos
francos todos los meses.
--Y yo haré como mi hermana.
--¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.
--Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es
más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho...
¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo!
Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo,
decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la
mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos
también vais a darme algo.
Y dirigiéndose a Paulina agregó:
--¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita?
No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.
--Y yo--dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso
de agua,--yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy
a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y...
¿No podríais invitarnos a comer?
--¡Bettina!--dijo madama Scott.
--Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor
cura?
Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que
le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le
traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían
comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar
que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a
esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas
extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:
--¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?
Juan intervino una vez más.
--Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros;
pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no
esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.
--Sí, sí--respondió Bettina,--muy indulgentes.
Luego, dirigiéndose a su hermana:
--Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis
que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos
pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible,
en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos
sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos
volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en
seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no
decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!
Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:
--Si supierais, señor cura, cuán buena es.
--¡Bettina, Bettina!
--Vamos, Paulina--dijo Juan,--pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.
--Y yo también--exclamó Bettina,--yo también quiero ayudaros. ¡Oh! ¡esto
me divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta que
estoy en casa.
Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita
perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.
Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada
rapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalancha
de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre
los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde
penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno
sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida
belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a
su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en
orden.
Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que
se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.
--Pero, señor--le decía a Juan,--yo sé muy bien poner la mesa.
Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica en
New-York, no ponía bien la mesa?
--Sí, muy bien--respondió madama Scott.
Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina,
quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy
agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero
el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.
Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el
oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego,
con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro,
gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la
conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.
--Vais a ver, señor cura--dijo Bettina,--vais a ver cómo no he mentido,
si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca
me he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará también
la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas del
castillo, la granja, los bosques...
--Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como
imprevista. ¡No nos lo imaginábamos!
--Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el
cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan,
¿no es así?
--Sí, señorita, así es.
--¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa,
os lo ruego!
El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero,
sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente
con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la
modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la
preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos
grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.
Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía
tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el
joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos
se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.
--Os decía, señor cura--continuó Bettina,--que ayer fue el santo de mi
hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará
unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para
vuestro día, mas recibiréis noticias mías.»
Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi
cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a
caballo por el bosque... y a propósito de caballo...
Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de
Juan, cubiertas de polvo.
--Pero, señor, ¿usáis espuelas?
--Sí, señorita.
--¿Estáis en la caballería?
--Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.
--¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...
--Muy cerca de aquí.
--¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?
--Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?
--No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que
no pueden interesarles.
--¡Oh! dispensad, señora--dijo el cura.--En toda la comarca no se trata
por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de
la señorita nos interesa mucho.
--Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues.
Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento
que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos
líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de
Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del
Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...
--No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero
sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos
gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente,
sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y
desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin
decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de
mi santo. Era una delicada atención de su parte.
--Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno
grande de alegría.
--Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos
dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un
castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había
costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...
--En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos
arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos
descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de
ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en
Souvigny.
--Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los
jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas
de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga.
Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el
camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las
personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia
habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido
se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la
adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me
disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el
precio.
--Un precio enorme--respondió el cura,--pues se agitaban muchas
esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.
--¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?
--¡Tres millones!
--¡Nada más!--exclamó madama Scott;--¿el castillo, las granjas, el
bosque, todo por tres millones?
--Pero es tirado--dijo Bettina.--Sólo el precioso río que pasea por el
parque, vale los tres millones.
--¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras
y el castillo?
--Sí, señora.
--¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?
--Sí, señora.
--¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de
mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues
bien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por
favor, me repitáis lo que dijeron de mí.
--Pero, señora--respondió el pobre cura, que estaba sobre
ascuas,--hablaron de vuestra inmensa fortuna...
--Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco
tiempo a esta parte... una _parvenue_, ¿no es así? Está bien, pero no es
todo, debieron decir otras cosas.
--No, no he oído nada...
--¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira
caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser
la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo
grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...
--¡Por Dios! señora--interrumpió Juan,--tenéis razón, han dicho otra
cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís,
dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de
las más...
--¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han
podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...
--¡Ah! ¿sí?
--Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación
bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena
estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día
lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona
historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis
a desmentirlas?
--Sí, señora--respondió Juan con extrema vivacidad,--hacéis bien en
pensarlo.
--Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor;
prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?
--¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?
--Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.
--Está bien; lo prometo...
--¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os
dirija?
--Responderé.
--¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?
--Sí, señora, me lo han dicho.
--¿Y que había sido amazona de un circo ambulante?
--Me lo han dicho, señora.
--¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, que
en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengo
derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os
la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer
día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os
hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que
sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he
sido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre,
siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettina
nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran
pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagas
ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis
millones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y a
mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al día
siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las
deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos
al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en
el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses,
estuvimos muy pobres.
--Y entonces era cuando yo ponía la mesa--dijo Bettina.
--Pasaba mi vida en casa de los _Solicitors_ de New-York. Pero nadie
quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma
respuesta: «Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y
temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el
pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil
dollars, aceptad, vended el pleito.»
Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre,
y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día
fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M.
William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba
sentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!»
Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!--¡Richard!» y
nos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchas
veces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos
amigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar su
educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar,
preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió:
«Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa
suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado;
¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún
socorro...--No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con
viveza Richard.--Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y se
levantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el
primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero
sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me
repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi
casa. «Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros,
prometédmelo.» Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de que
mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que
necesitáis.--¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo
que es, lo que vale!--No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo.
¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi
dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.»
Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres
meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin
apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco
millones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecen
esa suma, es porque los terrenos valen el doble.--Pero es preciso que os
devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.--¡Oh! por eso no,
más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no
corre ningún peligro.--Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio las
deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard,
¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura--dijo madama Scott, riendo,--fui
yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto
lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me
veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nunca
habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a
mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de
mi casamiento.
En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras.
Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se
descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los
años una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana
y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo
veis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido días
crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeño
comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas
a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las
dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréis
perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece
excelente?
Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:
--No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas
historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace
un año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los
pobres. ¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la
historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes
reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a
M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus
diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante,
despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada. Entonces, no
sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El
primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el
segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación,
me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia.
Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América
no lo son menos.
Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que
éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo
todo su valor, dijo al fin:
--Señor cura, son las siete y cuarto.
--¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo
que rezar el oficio del mes de María.
--¿El mes de María va a principiar en seguida?
--Sí, en seguida.
--¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?
--A las nueve y media--respondió Juan,--y emplearéis quince a veinte
minutos, para llegar a la estación, en carruaje.
--Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.
--Vamos--respondió madama Scott,--pero antes de separarnos, señor cura,
tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras,
la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los
cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en
invitaros.
--Y nosotros más en aceptar, señora--respondió Juan.
--Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para
que estrenemos juntos el castillo.
Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha
animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con
estas palabras:
--¿Vos estaréis allí?--decía Bettina.
--Sí, estaré.
--¿Y me diréis en qué momento?
--Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso que
ni sospeche...
Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que
atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa.
Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente,
caminaban por la avenida.
En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy
sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las
demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta
inscripción grabada sobre la piedra:
_Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados
de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de
Villersexel. Rogad por él._
Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:
--¡Era su padre!
Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza
inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas,
conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con
el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su
marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera
plegaria en Longueval.
El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.
Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a
las dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a
la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera
estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.
Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en
el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:
--Ahora es el momento, señorita--dijo Paulina, cuyo corazón latía de
impaciencia.--¡Pobre viejo, qué contento se va a poner!
Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un
murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se
sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de
lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que
quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que
cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.
Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue
preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar
una _rêverie_ de Chopín, en la iglesia de Longueval.
Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla en
el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su
batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están
instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en
conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de
baterías organizadas.
Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar
cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y
apostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a los
pequeños detalles del servicio.
Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este
problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela
politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:
--¿Cuál de las dos es más linda?
En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería
trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces
cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección
de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la
maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del
capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz
y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres
movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las
piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán
tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminada
por estas palabras:
--No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os
sucede.
También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía
otra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de
polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía,
no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagen
distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el
momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:
--¡La más linda es madama Scott!
La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo de
diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar.
Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su
pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de
Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival
era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía
aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la
armonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún su
oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él,
inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos
pequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la
sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta
de Bettina.
¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó de
nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la
responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto.
Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres,
caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora
reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un
solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores
saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren
delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con
sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores
enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba
a gran trote a través de los campos de maniobras.
Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el
pensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de las
olas de oro de sus cabellos sueltos. _Señor Juan_... ella lo había
llamado _señor Juan_... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y los
últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!...
Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más,
seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan
sentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino a
posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.
--Me engañaba hace un momentose decía Juan,--la más linda es miss
Percival.
La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de
otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el
desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un
huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las
dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en
sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la
otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía
imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de
comparación.
Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el
pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de
volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró;
persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado
e inquieto.
--¿Habré cometido--pensaba,--el desatino de enamorarme locamente a
primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres
a la vez.
Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de
veinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca y
abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡y
había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas
y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les
dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por
amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o
superficial agitación, nunca lo había pensado.
Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e
idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones
que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de
encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de
lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir
la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.
Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo,
una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos,
de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí
dedujo que esos placeres no se hicieron para él.
Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los
largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba
su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de
otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror;
mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado
con las aldeanas de la comarca.
Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en
medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su
elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos
objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de
costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.
Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación.
Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en
un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente
favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron
desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca
está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y
todavía lo estaba.
En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el
patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña.
La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido
mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.
Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y
recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando
como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir,
de los pobres.
--No os apuréis tanto, señor cura--decía Paulina;--sed económico; creo
que distribuyendo hoy unos cien francos...
--No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste
en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?
--¿Cuánto, señor cura?
--¡Mil francos!
--¡Mil francos!
Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América,
¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.
Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a
su paso.
Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que
la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.
--Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas,
madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas
esta noche.
Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a
través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba,
andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por
todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos
luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos
habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras,
verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta
a aquellos que no pedían nada.
Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en
Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa,
y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:
--Tomad, ahí tenéis veinte francos.
--¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi
pensión.
¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!
--Pues bien--respondió el cura,--será para cigarros, pero escuchad bien:
esto viene de América...
Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.
Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes
anterior para Túnez.
--Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?
--Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se
queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he
hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.
--Le enviaréis treinta... Tomad...
--¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!
--Sí, os los doy...
--¿Para mi hijo?
--Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde
viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.
El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y
miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con
la alegría en el corazón.
--¡Lo he dado todo!--exclamó, apenas divisó a Paulina,--¡todo, todo!
Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar,
el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.
La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja.
Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos
preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál
de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba
deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno.
Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.
A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la
Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el
segundo cuadro del segundo acto de _Aida_, el acto del baile y de la
marcha.
Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban
sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de
baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se
entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los
dos una impresión muy viva.
--¡Ah, ah!--dijo Puymartin,--ahí está el pequeño lingote de oro.
Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.
--Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro--continuó
Martillet.--Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven
y ya tan mujer.
--Sí, está preciosa, y alegre también, mira...
--¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la
mina de plata que continúan explotando!
--Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al
corriente de las cosas de América.
--¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!
--¡Cómo! ¿Romanelli?
--Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.
--Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli...
¡Ah, al fin principia el baile!
Cesaron de hablar. El baile de _Aida_ no dura más que cinco minutos y
ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les
importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta
particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros
cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un
admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.
Las trompetas heroicas de _Aida_ arrojaron su último sonido en honor de
Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las
palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de
la escena.
Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del
baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de
enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma:
¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está
enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un
momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está
bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría!
¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina!
¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora
Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...»
¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que
desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe
Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días
me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no
lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...
A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de
Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el
escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba,
tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente
debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia
preparaba su lección.
Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes,
1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no
dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su
pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena,
aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss
Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa,
trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.
En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su
camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del
Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su
vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a
miss Percival un marido, según su corazón.