III.--¡Nenúfares blancos, flores de las aguas adormecidas, flores cuya

blancura da frío a los corazones ardientes, que os hundís en vuestras

aguas desentibiadas cuando el sol luce, nenúfares blancos! Quedad

ocultos en los ríos, en las brumas, bajo los sauces espesos... ¡De las

flores de Dios, sois las últimas! ¡Yo no os cortaré jamás!

LA CANCIÓN DE LAS ROSAS

(ROBERT DE LA VILLEHERVÉ)

Encanto de los ojos extasiados, los rosales divinos; los rosales no

darían tantas rosas, si no fuese la juventud en flor, que, rota,

después del dolor, renace y revive en las cosas.

Las rosas de púrpura o de plata, que junio, artista diligente, reviste

con los colores de la vida, en su brillo, en su palidez, son la

metamorfosis en flor, de una niña arrancada por la muerte.

Y por eso, en los repliegues de sus pétalos delicados, obstinadamente,

la rosa oculta--como las vírgenes el suyo--su corazón de oro, gloria de

la flor, su corazón invisible, sin mancha.

Y por eso, en los rayos, cerca de ella, las mariposas azules revuelan

querellándola, y la aman mujer, la aman flor, y el claro enjambre

acariciador quisiera aun morir por ella.

Y por eso, la fresca mañana, bajo la seda y el raso, hace, para adornar

la flor querida, una perla de cada lágrima y una estrella de cada

perla.

CRISANTEMOS

(HENRI CORBEL)

Flores que vertéis el olvido de los odios obstinados, vosotras dejáis

sobre nuestros corazones el pesar de los bellos días, viniendo a

inspirar nuestros últimos amores: vuestros rayos son el adiós de las

estaciones afortunadas.

Crisantemos, perfume de nuestros años de jóvenes, vuestros ojos son

dulces como los de los trovadores; en vuestros pétalos de oro, en

vuestros encantadores atavíos, nacéis en los umbrales de los graves

destinos.

Y vuestro brillo discreto no es si no divino.

Al declinar el día, cuando la luz expira, cuando la brisa suspira

y corteja al gran bosque, vosotras arrojáis, risueñas como un Dios

Silvano, vuestras canciones, en la faz de los brumosos otoños, llamando

los besos de los Soles monótonos.

LAS FLORES

(MALLARMÉ)

De las avalanchas de oro del viejo azur, en el día primero, y de la

nieve eterna de los astros, antes sacasteis los grandes cálices para la

tierra, joven aún y virgen de desastres.

La fiera Gladiola, con los cisnes de cuello fino, y ese divino laurel

de las almas desterradas, bermejo como el puro dedo del pie de un

serafín, que enrojece el pudor de las auroras holladas; el jacinto, el

mirto de adorable brillo y semejante a la carne de la mujer, la rosa

cruel, Herodias en flor del jardín claro, aquella que riega una sangre

soberbia y radiosa.

¡Y tú hiciste la blancura sollozante de los lises que, rodando sobre

mares de suspiros que roza, a través del incienso azul de los pálidos

horizontes, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora!

¡Hosanna en el sistro y en los incensarios, Padre Nuestro, hosanna del

jardín de nuestros limbos!

¡Y concluya el eco por las celestes tardes, éxtasis de las miradas,

scintilaciones de los nimbos!

¡Oh Padre, que creaste en tu seno, justo y fuerte, cálices balanceando

la futura redoma! Grandes flores con la balsámica muerte para el poeta

fatigado a quien la vida debilita.

NANSEN

EN estas columnas de _La Nación_, con su estilo brioso y nervioso,

hace ya algunos años, narró José Martí la leyenda de los héroes del

Polo, cuando Greely volvía de su odisea; la leyenda, real y vivida, que

es hermosa y trágica, de la cual es hoy héroe nuevo y triunfante el

escandinavo Nansen, al cual recibió con palmas y músicas y discursos y

versos su buena tierra de Noruega, cuando volvió de la aventura de su

_Fram_ después de haber explorado el misterio del círculo polar.

Contadas por el mismo Nansen van a ver nuestros lectores la historia

extractada de su empresa: la historia completa y detallada la compró

una casa de Inglaterra en 25.000 libras esterlinas.

Ese compatriota de Ibsen, doctor y marinero, astrónomo y herbolario,

dice con sencillez lo que le aconteció en las nieves, cómo la aurora

boreal lucía, cómo la morsa atacó el Kayak, cómo vino el oso blanco

hacia él. Y en él hay un soplo atávico de aquellos marinos que de su

país se dice vinieron antes que nadie al mundo de América, y de los

pescadores de ballenas y bacalaos que en las tempestades hallaran

siempre su elemento, hechos al peligro y a la penuria, y de los seres

cuasi fantásticos que se ven grandes y fuertes en las tradiciones

populares, o pasan, extraños, bajo las arcadas de hielo de ciertos

poemas bárbaros de Leconte de L'Isle.

Él partió con fe y valor, bien provisto y acompañado de gente escogida;

y no falló su cálculo que lo llevara hasta donde ningún hombre ha

llegado en los fríos del Norte. Él realiza Julio Verne; él hace sus

cosas como para que se cuenten a los niños, y los poetas de más tarde

hagan poemas con esas prodigiosas cosas. Las gentes le señalan cuando

le ven: «Ese es el hombre que ha vuelto del infierno blanco». Y en

verdad que es su viaje dantesco, de un dantesco real y terrible, que

ejecuta la fábula. Sus narraciones tienen el llamativo de las novelas

de la imaginación; Marco Polo del Polo, nos cuenta cosas naturales

que nos parecen cuentos de Simbad, y nos imaginamos su existencia en

el desierto blanquísimo, adonde va guiado por una ciencia que parece

poesía.

Y por qué fué al viaje peligroso, a exponer la vida por su sueño, y

comió galleta dura y carne del oso blanco y bebió café sin azúcar en

una casa de nieve, y cuidó a sus buenos perros, y vió la noche larga,

y la milagrosa luz magnética, anda ahora dando conferencias y haciendo

libros que vende como diamantes, y come el faisán con el rey y recibe

el cheque del yankee. Porque es persona de honra y provecho, y el viejo

Ibsen dicen que estaba rezongando entre dientes, cuando la fiesta de

Christianía.

¿Pues no habrá que honrar y celebrar a estos buscadores de

desconocidos? Nansen realiza su poema; él es su personaje principal,

con un decorado de Snow, el brillo pálido del sol de media noche.

Oigase su narración parca, de sujeto de obra y hecho; no todo es número

y grados; de repente, el interés acrece de un modo vibrante, y en medio

del silencio polar, fijáos cómo el doctor canta en cuatro líneas la

llegada de la primavera.

26-4-1896.

[Ilustración]

LA FIESTA DE FRANCIA

HOY es el día en que, bajo todos los cielos, en todos los climas,

erige, resplandecientes al aire, sus palmas de bronce, la Marsellesa.

Todo el mundo parece que tomase parte en la alegría de la Francia, cual

excitados los espíritus por los zumos de un vago Champaña de victoria.

Las banderas, los tambores, las fanfarrias, los himnos franceses, nos

hacen alzar la cabeza, correr más viva la sangre, marchar, pensar en

cosas heroicas y bellas. ¿Cuál es el secreto de que Francia sea amada

de todos los corazones, saludada por todas las almas? Preguntad al

pastor decisivo por qué da la manzana a una diosa señalada. Entre

todas las princesas de la tierra, _¡ave, regina Galia!_, tú eres la

más hermosa. El áureo París derrama sobre el orbe el antiguo reflejo

que brotaba de la Atena marmórea. Ante esa capital mágica se extiende

un inmenso océano de ensueños. Allá vamos los peregrinos del amor y

del arte; allá van todos los adoradores de la vida, a cortar las rosas

que curan con su perfume las ponzoñas de las víboras hiperbóreas,

la somnolencia de filosofía brumosas. El idioma de Francia es el

nuevo latín de los sacerdocios ideales y selectos, y en él resuenan

armoniosamente las salutaciones a la inmortal Esperanza y al Ideal

eterno.

Celto-germana, burgonda o normanda, toda la sangre de Francia se vierte

en una sola vena, toda la savia francesa da alimento y existencia a una

sola selva de fuerza y de gracia, en donde una Bella--despierta--del

bosque, en su maravilloso palacio, ofrece a todo caballero errante

de la poesía o de la gloria, el vino prodigioso de sus inexhaustas

ánforas. ¡Selva de enorme y dulce encanto!, en ella encuentran los ojos

absortos, ya a Carlo Magno sobre su pino, ya a Víctor Hugo bajo su

laurel.

Son de «biniou», canto de marino de Bretaña, risueña farándula de

Provenza, danzas provinciales, sus ecos nos llegan con los de la

incomparable voz de París, dominándolo todo en clangor de gallo, o

una cristalina diana de alondra. Y el arraigarse nuestra simpatía, no

es tan sólo por ser Galia toda bella de su magnífica persona, sino

también por la fragancia de su nobleza, por la virtud interior que se

manifiesta en sublimes ímpetus o en brazos y alas abiertos: Francia, es

hermosa por dentro; Francia, es buena; Francia, es generosa.

Me habláis de horribles y sublimes locuras, de sangre; el populacho, la

caramañola, el cuello blanco de la reina... (Esas son las estaciones

de las naciones.) Floreal viene precedido de tantas tempestades... Mas

ved cómo aún de esa roja floración, cada libre pueblo de la tierra

ha ido a hacer su ramo, y en sus días de fiesta, se adorna con él el

pecho. Por otra parte, el himno de Rouget de L'Isle, ha vibrado ya en

el Kremlin y en el Vaticano. A Europa toda, a Oriente, al continente

nuestro, el fuego de la vasta hoguera de la Revolución ha llevado una

parte de su resplandor. Parece que algo del alma de todas las naciones

hubiese salido libre de la Bastilla en el día siguiente de su asalto.

* * * * *

Mas la amable tirana de Francia se muestra de modo principal en su

pensamiento, que levanta sobre la humanidad, gemado como un cetro. Bajo

la basílica de oro, un pontifice invisible hay que consagra y pone

en evidencia toda idea que llega de cualquiera de los cuatro puntos

cardinales. Allá está la rosa de los cuatro vientos del espíritu. Su

lengua es la verdadera lengua católica, en el verdadero sentido, la

lengua del Universo. Hoy podemos decir lo que en su siglo decía el

maestro del Dante: _La parleure en est plus delitable et plus commune à

toutes gens_. D'Annunzio confirma a Brunetto Latini.

El mongol, el abisinio, el persa, el descendiente del inca, el cacique,

no hay quien, por bárbaro o ignorado, no alimente el gran deseo de

contemplar la ciudad soñada. París es el paraíso de la vida, Francia

es el país de la Primavera y del Gozo para todos los humanos. Yo creo

sentir lo que todos. ¿Es el Sol? ¿Es el aire? ¿Son las flores? ¿Los

monumentos? ¿Son las mujeres? ¿Es la historia? En muchas partes hay

historia que revive en memorable fastos; bello Sol, aire puro, flores

raras, palacios soberbios, monumentos magníficos, mujeres llenas de

gracia o beldad. Mas he ahí el sol de París, que nos llena de átomos

de oro como un licor impalpable, cuerpo y espíritu; he ahí el aire de

París, que nos satura de una maravillosa fragancia, de una inacabable

esencia de juventud y de entusiasmo, de manera que nos sentimos como

dueños de una imperiosa potencia de crear y de sentir; he ahí las

flores de París, como más femeninas que las flores de ninguna otra

parte, pues diría que los mismos lirios parisienses saben ya los

secretos sonrosados de las rosas; he ahí los monumentos de París, las

joyas de París--tu Gioconda, tu Victoria de Samotracia--; he ahí la

mujer de París: su nombre es Poliginia; comprende en sí a todas las

mujeres, y es ella sola, es la mujer; buena burguesa o tipo de Cheret,

o perversa de Rops, hay en ella el innato hechizo que fascinaría de

nuevo a los hijos de los ángeles. Y, sobre todo, eso pasa como un aire

de luz el alma de la Francia, el heroísmo, el soplo artístico, el vuelo

aquilino de los triunfos. En aquel castillo está, rodeada de palmas y

de lirios, Clemencia Isaura. Sobre aquel fondo de púrpura, se destaca

imperial el perfil de Bonaparte. Tras la estación triste, un trueno

de trompetas anuncia que la Francia siempre está en pie, coronada de

yambos o ceñida de odas. Tener la flauta de Verlaine no le impide

tener los clarines que portan las victorias del Arco del Triunfo o las

bocinas del _Año Terrible_. Tras el grupo de sabios, sobre el hombro

de Pasteur, alza la testa de toro el Balzac de Rodin. Pueden agitar el

fondo de la fuente patria las maculadas manos de la política, los dedos

en garra de la Administración prostituida; el alma francesa purifica el

daño--¡ah, en veces por el fuego y por la sangre!--y se alza, intacto,

el antiguo oriflama, sin rasgadura ni lodo. El Arte y la Ciencia tienen

allí sus torres de asilo, cuando la tormenta pasa. La Tierra necesita

de Francia. Por más que claméis, Naciones hipócritas, allá está la sal

y la miel. Sal de Francia, ¡tú desafías todas las corrupciones; tú

estarás siempre en todo bautismo cordial y mental!

* * * * *

Francia es hermosa por dentro. Francia es generosa. Ha tiempo, tanto

tiempo que cortó la roca Durandal y torció el alifante el soplo

heroico... Ha tanto tiempo que desde sus sombríos habitáculos escribía

el segundo Felipe de España: He ordenado al duque de Parma que socorra

a _mi ciudad de París_... Apartado casi de la vida de las Naciones

políticas del mundo, pobre, gastado, el hidalgo vecino es provocado,

desarmado, aplastado por un nuevo enemigo, más fuerte, más joven, más

rico.

Francia entonces estará de parte de la hidalguía caída, de la nobleza

quebrantada, del antiguo y contrario paladín en desventura. ¡Bravos

franceses! De Guiche pregunta a Cyrano de Bergerac:

... Avez vous lu _Don Quichot_?

Y Cyrano contesta:

_Je l'ai lu._

_Et me découvre au nom de cet hurluberlu._

Francia, de tal manera se inclina ante la desgracia del Caballero

Andante de las Naciones, porque sabe que, como dice el poeta, si

las aspas del molino de viento le han echado hoy por el fango de la

derrota, otras veces le han levantado en sus giros hasta los astros.

Los señores sabios nos demuestran que no existen razas; que la raza

latina, más que ninguna otra, no existe. Muy bien. Yo soy de la raza

en que se usa el yelmo del manchego y el penacho del Gascón. Yo soy

del país en donde un grupo de ancianos se sientan cerca de las puertas

Sceas, a celebrar la hermosura de Helena con una voz «lilial», como

dice Homero; yo soy de los países pindáricos en donde hay vino viejo y

cantos nuevos; yo soy de Grecia, de Italia, de Francia, de España. Y

cuando España está abatida y veo apagado su esplendor antiguo, rotas

sus armas, secas las mamas que alimentaron el mundo en que he nacido,

vacilante la corona que ilustraron cien capitanes y celebraron cien

poetas, estoy triste, muy triste; cuando Grecia cae, padezco; y cuando

Italia sufre, sufro; y cuando Francia, la reina Francia, está de canto

con ella. ¿Sabéis qué es una fiesta de Francia? Una Gran Patria de

opulentos senos, como la Libertad, de Barbier, se yergue enorme en su

bronce, en el Imperio de los vientos; y a su alrededor la alegría como

la Primavera, de Boticelli, ceñida de guirnaldas, seguida de cantos

y de risas; el orgullo, armado de una espada de oro; el amor con su

compañía de horas y de gracias; la Marsellesa, como en el bajo relieve

del Arco; la canción jovial, rítmica y desnuda cual la encarnada en

mármol Charpentier. Es la apertura, la súbita eclosión de las rosas

del recuerdo, la visión de las floralias del porvenir. La Galia pasada

revive, el viejo espíritu franco se anuncia con sus pájaros matutinos.

Y el grito marcial _Allons enfants_... no asusta a los cisnes ilustres

que en los lagos de Versalles algo buscan, haciendo misteriosos signos

en el fondo de las arboledas con el blanco énfasis de sus cuellos.

A clarín sonante y a tambor batiente fueron anoche los franceses de

Buenos Aires, a saludar a su ministro, a sus diarios, a su club. Pues

aquí en la República Argentina hay también un pedazo de Francia en

donde amando el terruño hospitalario se guarda el culto por la gran

patria que está al otro lado del mar. Entre la procesión de antorchas

y estandartes iba la bandera de los tres colores. Cada corazón saludaba

el símbolo. Trabajadores, comerciantes, periodistas, agricultores,

obreros: los colonos franceses son queridos aquí; son planta buena

que arraiga bien. Ellos no dejan de ser franceses; sus hijos son

argentinísimos. Con todos ellos hemos aplaudido en nuestro suelo a sus

estrellas de arte, a sus hombres de ciencia. Nuestras encantadoras

mujeres se visten en francés y nuestras mentes jóvenes más que a otra

luz mira lo que nos llega al amor de Francia.

Celebran su fiesta los colonos como en casa propia, y no de otro modo

podrían ser en donde riegan sus himnos por las calles adornadas;

dicen a voz ardiente sus discursos patrióticos; congregan en la plaza

pública sus huerfanitos que se sienten como llenos de padres en este

día de sonrisas; van a visitar a sus pobres enfermos en el hospital

donde hoy triunfan violetas, vinos y colores; juegan a la pelota,

cual recordando el juramento histórico; distribuyen socorros a los

necesitados; pedalean y patinan bebiendo un aire de gozo; van a saludar

_quand même!_ la estatua de Alsacia Lorena, y en los teatros, con lujo

y alegría, se canta, se recita, se aplaude, se ríe, y en los salones,

se baila, se halaga, se siente, se ama ¡todo por amor a la Francia! Lo

propio el rico propietario o el clubman en su círculo, que el obrero en

su asociación o en su café preferido. Hay un placer contagioso que se

derrama en ondas atrayentes. ¡En la comida, en la cena familiar, poned

atención cómo el buen abuelo canta su couplet, de Beranger todavía!, y

todos contestan con el «refrán».

Allá en París, allá en Francia entera, hierve el inmenso entusiasmo.

El presidente presencia la gran revista; todo el día es un _bouquet_

de sol y música. Pero en París, como en Buenos Aires, como en todos

lugares que haya franceses, esta noche, esta madrugada, al poner la

cabeza en el descanso, los niños sentirán que ha pasado la noche buena

de la patria; las damas soñarán con amores que llevan escarapela

tricolor; los ancianos se sentirán satisfechos de ver cómo no muere el

patriotismo a pesar de tantas saetas modernas que le van directamente

al pecho; todos soñarán por la futura y progresiva creciente de la

grandeza maternal.

[Ilustración]

CARLOS EZETA

EN MONTE-CARLO

Epílogo de la «Historia Negra»

EL autor de estas líneas, a raíz de la traición que elevara a los

hermanos Ezetas al poder, en la República del Salvador, publicó en

Guatemala un folleto con el título de _Historia Negra_; contiene

la narración exacta de los sucesos en que fué víctima lamentada el

presidente Menéndez.

Cinco años después amplió aquellas apuntaciones en un artículo que

apareció en las columnas de este diario, a propósito de la caída de los

Ezetas.

Los lectores de _La Nación_ están, pues, al corriente de los

acontecimientos en que tanto se ha hecho sonar la tan famosa tiranía

bicéfala de aquel pequeño país centroamericano.

Ayer el cable nos ha comunicado el escandaloso y ridículo epílogo de la

_Historia Negra_, haciendo saber al mundo cómo los millones acaparados

por «el hombre del 22 de junio» se han evaporado en la ruleta de

Monte-Carlo.

En cinco años de poder, Carlos y Antonio Ezeta, que antes de la

traición no tenían sino sus sueldos de militares, se convirtieron

en millonarios: casa en Madrid, estancias en el Salvador, rentas,

depósitos en el Banco de Londres.

Recientemente la asamblea salvadoreña ha ordenado la instrucción del

largo proceso.

Cuando huyeron a los Estados Unidos los dos hermanos, les fueron

embargadas por el Gobierno de Gutiérrez las propiedades que tenían en

el país.

Siguiendo las huellas de todos los ex presidentes de la _Pepa_, Carlos

se dirigió a París a gozar de su dinero, en tanto que Antonio estaba

preso en San Francisco de California, a pedido del Gobierno salvadoreño

que negociaba su extradición.

Esta no se pudo conseguir, y Antonio, ya libre, se dirigió a Méjico, en

donde creía encontrar apoyo en Porfirio Díaz.

Parece que cuando estuvo a punto de estallar la guerra entre Méjico y

Guatemala, Antonio Ezeta ofreció sus servicios a la primera nación,

con esperanzas de poder después recibir auxilio para revolucionar el

Salvador.

Uno y otro hermano hicieron más de una vez que el cable comunicase de

ellos poco honrosas noticias; ya era Carlos humillado y afrentado en

un teatro de París por un colombiano a quien persiguiera durante su

tiranía; ya era Antonio haciendo el Don Juan Tenorio con doncellas de

labor en el país del tío Samuel. Mucho tuvieron que hacer los lápices

de los caricaturistas.

Esparcidos por todos lugares, después de la _débâcle_, los exseides

de los Ezetas, tenían encargo de comprar a la Prensa extranjera poco

escrupulosa. La diatriba y el odio se multiplicaron contra los antiguos

amigos de Menéndez y los vencedores de la revolución encabezada

por Gutiérrez. El autor de la _Historia Negra_ no fué de los menos

atacados, y hasta la superchería de una falsa muerte fué propalada por

diario como _La Estrella de Panamá_.

Mientras Antonio Ezeta pretendía inútilmente que Porfirio Díaz le

ayudase a recuperar el Gobierno perdido, Carlos se divertía.

Sin la distinción y la habilidad de un _rasta_ de alto vuelo, de un

ilustre americano, no podía aspirar a casar a sus hijas con un Morny,

ni a figurar en el «tout Paris» en manera alguna. Dedicóse a gastar sus

millones, y la vida parisiense le fué fácil para ese objeto.

Mas el nabab iba quedándose cada día con menos rentas, y buscó refugio

en Monte-Carlo. Monte-Carlo le ha llevado a la ruina; ruina pregonada

por la Prensa del mundo.

Es un hermoso capítulo de _Los presidentes en el destierro_--novela que

espera un Daudet corregida por Juvenal.

* * * * *

Es en verdad digna de estudio la vida política de esos países

centroamericanos. _South America_ no cuenta con ejemplares tan

admirables de perfecta tiranía. Luego ¿no es asombroso que de

republiquitas cuyos habitantes son los de un barrio de Buenos Aires,

puedan extraer esos tiranuelos dineros con que ufanarse varias veces

millonarios?

Un día, Emilio Castelar, ofrecía en su casa, de Madrid, un almuerzo al

representante de una República centroamericana, antiguo colaborador de

_La Nación_. Como éste viese en una _panoplia_, entre varios retratos

de celebridades universales, uno de Carlos Ezeta, dijo, poco más o

menos, al célebre tribuno:

--Voy, señor, a buscar en Madrid un retrato de San Martín o de Bolívar,

de Bello o de Andrade, para que esté quien debe estar en el lugar

que ocupa en esa panoplia el presidente del Salvador. ¿Sabe usted la

historia política de Carlos Ezeta?

Sonriente, Castelar, se dirigió a un amigo suyo, invitado al almuerzo,

el Sr. Abarzuza, que después ha sido ministro.

--Esos países, esos países, están aún en estado primitivo.

Y continuó en larga peroración, con su manera siempre oratoria y

maravillosa. Habló de las frecuentes revoluciones americanas, de las

tiranías nuestras desde Rosas a los Ezetas, pasando por Guzmán Blanco

y Rufino Barrios y Zaldívar. Bien enterado de nuestras agitaciones y

pequeñeces, disertó de modo magistral, concluyendo, optimista, por

augurar un tiempo mejor. Y en cuanto a la particularidad del envío

del retrato de Ezeta, habló de la pomposa dedicatoria, y de cómo no

era el primer retrato de mandarín americano que hubiera recibido con

dedicatorias semejantes.

El retrato del tirano salvadoreño le había llegado por medio de los

hijos de su amigo Carlos Gutiérrez, el millonario de San Sebastián, los

cuales eran agregados, si mal no recuerdo, a la Legación del Salvador,

presidida por Enrique Soto.

De este ministro contó aventura tan peregrina, que quizá jamás se haya

visto cosa semejante. Consultaba, nada menos, con Castelar, la manera

de ser recibido por la reina Cristina, _sin pronunciar el discurso_

correspondiente...

¡Y cómo reía el maestro cuando narraba el caso!

Naturalmente, el embajador Carlos Ezeta tuvo que pronunciar su

discurso, después de ser introducido por Zarco del Valle.

La compra de una casa-palacio en Madrid, según decires, fué hecha por

un capitán, Francés y Roselló, y un señor Jerónimo Pou, ex secretario

de Ruiz Zorrilla; Pou y Francés ayudaron a los Ezetas en su traición,

estando ambos, en aquel tiempo, encargados de la escuela militar de la

capital salvadoreña.

* * * * *

Antes de Carlos Ezeta, la América Central ha tenido excepcionales

ejemplares de tiranos, comenzando con Darrera y acabando con Sacasa.

La unión de las cinco Repúblicas sería el comienzo de una verdadera

regeneración; pero las ambiciones personales y los intereses de partido

dificultarán por mucho tiempo el sueño de Morazán, de Cabañas y de

Jerez.

Los _pronunciamientos_ tienen por hoy raíces inextirpables, y de ellas

no salieron Gobiernos buenos ni Gobiernos malos.

Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX · 第 5 / 7 段