La teoría era así: que todos, o casi todos los cuentos populares,

tenían un origen único: la India. Allí habían nacido, para esparcirse

en seguida en el mundo entero, «Cendrillón» y las «Tres damas», que

encontraron el «Anillo» y «Piel de asno», etc.

Cuna del género humano, la India era también la cuna de la literatura

oral: el hombre había adquirido su forma y su conciencia allí, sobre

una cierta «llanura central», y en seguida se había puesto a tantear

bromas sánscritas, obscenidades arianas, ensueños irónicos. Huet,

obispo de Avranches, fué el primero que, en términos bastante vagos,

atribuyó la intervención de los cuentos a los orientales; después de

él, la teoría se precisó, y Benfey, en 1859, le dió su forma definitiva

y absoluta; dicha teoría recibió una grande autoridad de Max Müller,

cuya ingeniosidad fué vasta, y quien debe haberse divertido mucho con

la invención de sus mitos solares, estelares, crepusculares.

Mucho más tarde, Andrew Lang, esbozó otras hipótesis. Creyendo

encontrar en los cuentos supervivencias de usos antiguos, les señaló

por fecha tal época de la historia, en que esos usos estuvieron en

vigor. El cuento del «Pulgarcillo», por ejemplo, no puede, dice Lang,

haber sido inventado por un griego contemporáneo de Esquilo; preciso

es situarlo, en el espacio o el tiempo, en un periodo o en un país en

que los hombres se comían los unos a los otros. Hay, tal vez, algo

verdadero en esa teoría de la supervivencia; pero nada lo prueba,

pues las civilizaciones más pacíficas son capaces de literaturas

más sanguinarias; y nótese cómo los niños acogen sin extrañeza, sin

protesta--aunque no sin miedo--, el personaje del Ogro.

¿De dónde vienen, pues, los cuentos populares y cuál es su edad?

Vienen de todas partes y su edad varía. Algunos son recientes

relativamente; otros son contemporáneos de los primeros balbuceos

intelectuales de la humanidad.

La cuestión es, desde luego, a la vez, insolvente y pueril; el origen

de las costumbres, de las leyendas, nos escapa; eso fué y eso es

folk-lore, fué y es invisible.

¿Quién hizo el primer cuento? ¿A quién se le ocurrió primero acostarse

para dormir? Hay quienes coleccionan los cuentos y comparan las

versiones; el libro de Bedier debe turbar a esos monómanos. En suma,

los cuentos populares, no son, tal vez, sino cuentos literarios que

han llegado a ser populares. Han sido compuestos oralmente, y aun

escrituralmente--en su integridad--, por un solo autor. Han parecido

bellos, se les ha aprendido de memoria, se les ha recitado, se han

escrito y vuelto a escribir, han tenido períodos orales y períodos

escriturales, a menudo confundidos, y he ahí todo lo que se puede decir

de verosímil sobre ese obscuro asunto.

La obra de Bedier, al mismo tiempo que destruye un viejo problema de

folk-lore, es un excelente trabajo de historia literaria, tan ingenioso

como docto.

* * * * *

_En Barbarie_, por Rolando de Marés. Con ese título, Rolando de Marés

ha reunido muchos cuentos, cuya escena pasa en la Campine, en las

épocas primitivas.

Desde luego, nos describe el país en que va a hacer vivir a sus

personajes, y parece que esa región, tal como la pinta Marés, merece,

en efecto, el nombre de _Barbarie_. Luego nos cuenta leyendas: la de la

Princesa Thalia, la del Jabalí blanco, la del Gran San Nicolás; otras

más, aún, leyendas ingenuas y rudas en que pasan, por las llanuras,

salvajes, héroes sangrientos, implacables magas, y también, a veces,

graciosas principesas.

De Marés ha sabido dar a sus leyendas las apariencias de cuentos

populares, y esa apariencia convenía a narraciones que el autor quería

hacer notar bárbaras; ha sabido, recordando de un cuento a otro,

ciertos motivos, ciertos personajes o ciertas aventuras, dar unidad a

su libro.

* * * * *

_L'Ovex_, por François de Nion. «El parentesco natural es para el

matrimonio un impedimento dirimente, u óbice. Teología católica. Este

epígrafe, bastante claro, permite que, sin gran esfuerzo, se adivine el

contenido del libro, al menos en sus líneas esenciales.»

Mademoiselle de Royans, unida desde hace unos meses a un amigo de

infancia, Jean de Vienne, descubre, en un pabellón en ruinas, antiguas

cartas de su madre, de donde resulta que mademoiselle de Royans es

hermana de su marido. Así, ante la joven, que no quiere divulgar el

secreto maternal, se plantea un terrible dilema. Huir, sin motivo

aparente, de Jean, a quien ama, o continuar el incesto. Un confesor,

a quien ha consultado, le da el extraño consejo de continuar llevando

sus deberes de esposa, sin rebuscar las ocasiones. Pero llega de Roma

una anulación del matrimonio, y la señora, no queriendo decidirse por

una ruptura, se deja llevar por una ola en los baños de mar en que

se encuentra. Tal es la trama, muy simple, como se ve, de esa novela.

Hay un estilo refinado hasta la preciosidad, en esta obra, en que las

réplicas alternan vivamente, los personajes se presentan bien claros,

en que los detalles no están desprovistos ni de propósito ni de

oportunidad.

* * * * *

_La suprema voluptuosidad_, por E. Gómez Carrillo. Un librito bien

escrito, mal pensado y falsamente perverso. Influencia de las

«Eróticas», de Rops. Desearíamos que el joven autor perseverase en sus

estudios de crítica, que le han dado un justo renombre.

R. D.

9 junio 1896.

[Ilustración]

EL DIVORCIO

DE JEANNETTE

Affaire Daudet-Hugo

¿RECUERDAN nuestros lectores el ruido que hizo en el mundo el

matrimonio laico de la nieta de Víctor Hugo y el hijo de Alfonso

Daudet? El tremendo Drumond tuvo a la sazón grandes desahogos.

El escándalo del matrimonio civil del hijo de Daudet, decía el

antisemita, no es, desde luego, una excelente ocasión de ver claro en

el alma de un gran letrado de fines del siglo XIX, de saber exactamente

la idea que un escritor ilustre se forma de esas cuestiones religiosas,

que a través de las edades han interesado y apasionado a los más nobles

espíritus de la humanidad.

El padre de Daudet era un realista convencido; la madre, brava y digna

mujer si las hubo, era una católica ferviente, como hay tantas en

Mediodía; murió con el rosario en la mano; la hermana de Daudet es

también una católica practicante. El hijo más joven del escritor,

Luciano, gentil muchacho que tiene el aire tan distinguido y tan dulce,

se ha educado en un Establecimiento religioso, en la escuela Bossuet;

frecuenta San Sulpicio; su madre le acompaña, y para ayudarle, toma

notas sobre el sermón, con la tranquila y sonriente bondad que pone en

todo. Drumond mismo ha conducido a Luciano a misa, y se ha edificado

con aquél buen comportamiento.

A León Daudet, estudiante, se ha referido recientemente, en el

_Courrier Français_, el señor Groussac; Drumond nos dice que ha

visto crecer su inteligencia. «Le he preguntado a menudo sobre el

vocabulario médico, y me he extrañado de la precoz lucidez de espíritu

de ese joven, que si hubiese querido trabajar[1] hubiera tenido las

intuiciones filosóficas de su padre, con la ventaja de una educación

más rigurosamente científica; ¡jamás, en cambio, he descubierto en

él la sombra de una hostilidad contra la religión! La conmoción,

justamente, lo que daba idea del asombro general, es ver a esas gentes

renegar del Dios de sus padres públicamente, cínicamente, ante todo el

mundo, únicamente porque hay una gruesa dote: tres millones». Y sobre

Juanita: «¿Conocéis más antipática criatura que esta joven casada, que

se estrena en la vida con una manifestación escandalosa?

[1] Cuando Drumond publicaba estas líneas, el autor de _Hœnes a

L'Astre Noir_ no había dado a la luz ningún libro.

Tiene veintitrés años--era en 1891--, edad en que se cree en Dios como

en el amor, en la poesía, en la esperanza... Ella no se da cuenta

de que hay pobres muchachas que no tienen tres millones, que están

colocadas entre la prostitución y el hambre, y que tienen necesidad de

que se les deje creer en alguna cosa para resistir a las tentaciones de

la miseria». «La desgraciada niña no es tan culpable como parece. Era,

en verdad, graciosa, cuando, dando los buenos días a todos, se paseaba

alrededor de la mesa, en las comidas de Víctor Hugo... Es Lokroy

quien»... Y aquí la ineludible conclusión: ¡el semitismo tiene la culpa!

Esa infancia de Jeannette, de George, de esos nietos que tuvieron por

arrullo un inmortal y amable coro de versos: _El arte de ser abuelo_,

ha sido una especie de leyenda. Ellos fueron los infantes de Hugo,

emperador de la barba florida.

Por el secretario de Hugo, Lesclide, se saben cien pequeñas cosas,

ligeros detalles, adorables incidentes y simples monadas. Recordemos

algo de Jeannette en la vida íntima.

* * * * *

El maestro, anotaba Lesclide, adora a su nieta, y cuando no es madame

Drouet quien nos trae sus «mots d'enfant», él lo hace voluntariamente.

--¿Cuándo tendré la muñeca que me has ofrecido?--preguntó Juana a una

dama poco antes de los «etrennes».

--Pues--respondió la dama--el día 1.º del año que viene; es la época en

que nacen las muñecas.

--Te aseguro, replicó Juana, que no hay necesidad de esperar tanto

tiempo. ¡Nacen muy bien por Pascuas; hay huevos que están llenos de

ellas!

Augusto Vacquerie, el escritor que acaba de morir, le dijo un día con

tono serio:

--Señorita Juana, ¿sabes que tienes una cuenta a cobrar en el _Rappel_?

--¿Qué cuenta?

--Tres francos setenta y cinco, por tres _mots de la semaine_.

Juana duda y se vuelve a mirar a su abuelo.

--Papá--así llamaban a Hugo sus dos nietos--, ¿es cierto eso?

--¿Cómo?--responde el poeta--. ¿Tú escribes en los diarios? ¡Y sin

avisarme!

Un día Juana dice a su abuelo:

--Papá, ¿no soy suficientemente grande?

--Sí, amor mío, lo eres.

--Y bien, yo quisiera no acostarme temprano esta noche.

--¿Por qué?

--Vienen senadores a hablar contigo; quiero verlos.

--Pero, querida, vas a aburrirte.

--No me aburriré.

--Querrás jugar.

--No jugaré.

--Harás ruido.

--Estaré bien formal.

--¡Y bien!--dijo el abuelo--. Arregla eso con tu madre; por mi parte,

acepto con gusto.

La chiquilla estaba contenta con aquella muestra de confianza.

--¿Sabes política?

--No; oiré lo que dirán.

Por la noche los senadores concurrieron.

La señorita Juana, agarrada de la levita de su abuelo, los escucha

atentamente. Una formalidad ejemplar. Víctor Hugo muestra una gran

vivacidad oratoria, se exalta, y su voz sonora hace resonar el salón

rojo.

--¡Papapá!

--¿Qué, hija mía?

--¿No es conmigo con quien estás enojado?

--No, «Ma mignone».

La tertulia se acaba; los senadores se van; no hay sino una voz para

alabar la _ténue_ de mademoiselle Jeanne.

Lo cual le hace venir otra idea.

--Abuelo, ¿quieres llevarme al Senado mañana?

--Sí, si eso te divierte; no tienes sino que ir con tu madre.

--¡No, con mamá no quiero, contigo!

--No es posible, no te dejarían entrar.

--Pero si tú lo dices...

--Aunque lo diga yo.

--Y bien, tú no dirás nada; me tomarás de la mano, entraremos y me

pondrás sobre tus rodillas.

--Sí, pero vendrá un ujier vestido de negro y con una gran cadena, y te

dirá: ¡Señorita, vos no sois senador!

--Y yo responderé: ¡Señor, yo soy su nieta!

Una noche, en el salón un tanto sombrío de la rue Drouot, 20, madame

Charles Hugo tenía un bebé sobre sus rodillas y lo vestía para dormir.

A alguna distancia, Víctor Hugo hacía arrodillarse a Juanita, _dans le

plus simple appareil_, y le hacía decir su plegaria. En esa plegaria,

extraña a las liturgias conocidas, Juana pedía a Dios ser discreta y

obediente, le recomendaba a su padre muerto, a su tío Francisco Víctor,

enfermo entonces, y todas las personas que le rodeaban.

La pequeña Juana interrumpía la oración con bien ingenuas reflexiones.

No se cuidaba, por ejemplo, de orar por su hermano, que le había dado

un mojicón.

Un día Juanita y su hermano Jorge se divertían ruidosamente en el salón

rojo de la rue Clichy, con la efusión natural a su edad. Entre otros

juegos, se había tomado al gato Gavroche para un steeplechase; pero

Gavroche, pacífico y serio, no había querido. Su amiga Juana lo llevó

entonces al nido maternal despidiéndole: «tú quédate con tus padres».

Después de lo cual llamó a su abuelo y le explicó sus intenciones. Y el

abuelo puso su gloria en cuatro patas.

La chiquilla recibió al día siguiente estos versos:

L'autre soir, en jouant avec votre grand-père

dans l'antre où ce buveur de sang fait son repaire,

vous lui fîtes porter le plus doux des fardeaux,

O Jeanne! et je vous vis lui monter sur le dos.

Résigné, comme on dit que le fut Henry Quatre,

où jugeant inutile et vain de se débattre,

Papapa sous le joug se courba doucement

et sur l'épais tapis marcha docilement.

Sans être un grand devin, je puis, mademoiselle,

dévoiler l'avenir en partie a vos yeux:

avant qu'il soit longtemps, vous serez grande et belle,

et fière de porter votre nom glorieux;

vous tiendrez d'une mère une grâce infinie;

votre sang doit vous faire un esprit sans rival;

vous aurez la beauté, peut être le genie...

mais vous n'aurez jamais un semblable cheval.

* * * * *

Después, el dios entró en el Panteón... y Jorge y Juana en el mundo.

De ambos se volvió a oír hablar; de Juana, por su matrimonio laico con

el hijo de Daudet; de Jorge, por ciertos escándalos de mozo de vida

alegre...

Y luego, cinco años después de casada, Juanita se separa de su marido.

León Daudet es un espíritu altivo, un cerebro fuerte, un pensamiento

quizá con demasiados músculos. Muy poco de artista, muy mucho de

«sabio». Estudió para médico. Ya nos ha dicho Drumond cómo le

consultaba el joven sobre tecnicismos médicos. Dejó la carrera y se

tornó escritor, con un bagaje y una médula científica que dan a sus

escritos cierta firme y enraizada fortaleza. Y ha ido a rápidos pasos.

De _Hœenes a L'Astre Noir_ hay un visible progreso. Y en sus críticas

de la _Novelle Revue_ revela un juicio personal. Su padre ha dicho: «A

los escritores, como mi hijo, pertenece la literatura del siglo XX», en

una reciente interview.

Y se atrevió León Daudet a publicar el _Astro Negro_... La Prensa de

París ha respetado la más sagrada de las memorias, el más alto de los

nombres de la poesía francesa, y no se ocupó del libro.

La Prensa no dijo media palabra sobre el Astro de Seneste--cuya

figura y descripción están bien claras para el menos entendido--. Se

dijo que León Daudet aseguraba haber querido pintar en el incentuoso

grande-hombre--«¡Vous êtes un homme, monsieur Goethe»...--¡a Wagner!

Más a la vista estaba la tempestad en el hogar de Juana Hugo. Luego la

dedicatoria del libro, por León Daudet, a su abuela... Se murmuró de

revelaciones y secretos escabrosos... A Buenos Aires envió J. Lermina

una correspondencia sobre el asunto, que Mariano de Vedia no publicó.

Después, el divorcio, iniciado hace más de un año, y que acaba de

resolverse, según lo ha comunicado ha pocos días el corresponsal de _La

Nación_, en París.

Algunos han pensado que León Daudet ha hecho el escándalo público,

para tener un ruidoso éxito de librería.

* * * * *

Juana Hugo es hoy una de las divorciadas más tentadoras de París.

Probablemente se casará pronto: es rica y princesa de la sangre; bella

e inteligente. Mas si ha logrado todo o gran parte de lo que le anunció

su abuelo en los versos que le hizo cuando imitó hípicamente a Enrique

IV, no tendrá ciertamente ni una cabalgadura como aquella, ni las horas

de oro que conducían su vida cuando

Jeanne était au pain sec dans le cabinet noir...

Febrero, 25-1895.

[Ilustración]

A JOSÉ MIRÓ

(JULIÁN MARTEL)

El día de su muerte

10 de diciembre de 1896

PASO a paso, melancólicamente, como un sonámbulo que persiguiese una

mariposa y se perdiese en lo profundo de bosques sombríos, así tú, tras

tu ilusión, mi amigo Julián Martel, penetras en la noche de la muerte.

Yo te he conocido en la primavera de tu juventud, triste enamorado de

la gloria, soñador testarudo, cultivador de rosas de fantasía. Vivías

en tu sueño, que era un jardín cuidado perennemente por tu alma.

Parecía que no oyeses la voz del mundo, de este mundo nuestro. Sí, una

voz como de sirena que te atrayese a una isla encantada, de un raro

mundo, de verdes laureles, de cantos, de reales grandezas, de perpetuos

triunfos; un mundo fuera del mundo: _anywhere out of the world!_ Porque

nunca quisiste convencerte, poeta como eras, de que fuesen verdaderas

las espinas que rasgaban tus carnes, los abrojos que encontrabas a tu

paso, las crueles ortigas, las zarzas amargas y ásperas; así, aun

cuando dijeres en tus prosas o en tus versos los dolores de la vida,

enflorabas tu pensamiento, y tu frase, con flores de idealidad y de

dicha, de modo que te engañabas a ti mismo y te prometías siempre para

el día que viene, para la próxima aurora, un festín de poesía, en que

las musas sirvieran a tu espíritu ansioso los más puros rocíos, en las

copas de las más frescas azucenas. No te dejabas vencer por la vida,

mentirosa y fatal enemiga; eras siempre fiel a la divina imposible. La

vida se vengó de ti, entregándote a la muerte.

Amabas el arte, amabas la hermosura, amabas las palmas del triunfo, mas

te faltaron músculos para las decisivas ascensiones, para las bregas

decisivas. Tu corazón era una urna de bondad, de bondad ingénita y

sencilla, de una bondad colombina; había mucho de tu corazón en tu

cerebro, de manera que pensabas sintiendo.

Los que como yo supieron lo íntimo de tus secretos pasionales, sabemos

que cuando la tristeza te poseyó, fué por causa de amor; eras un

sensitivo y un romántico. Hay una de tus poesías en que un reloj

simbólico señala el secreto de tu existencia.

En estrofas poeanas dices la agonía de las ilusiones, y al fin estalla

el reloj, en un momento que no es por cierto el último. ¡El último ha

sido éste, mi querido Julián Martel: ayer ha estallado el reloj de tus

sueños de poeta, ayer cuando has cerrado los ojos, y amor y gloria y

sueños y esperanzas se han desvanecido con la luz de tus obscuras

pupilas!

Eras raro como la lealtad, ardiente como el entusiasmo. Sabías todavía

amar y admirar. Sabías pasear tu figura pálida y noble entre las

medianías antosugestionadas, y tu cansada indiferencia fatigaba las

inutilidades petulantes. Intentabas odiar--aunque no lo podías a causa

de la excepcional virtud de tu sentimiento--la tiranía de la chatura,

el poder de los dictadores del «buen sentido»; eras enemigo de Pilatos.

Tu obra principal y mayor--que es casi toda tu obra--fué un clamor de

venganza contra la fortuna, que te fué traidora como una bella querida.

Y tú, como artista, como poeta, habías nacido para las grandezas y

poderíos. No eran plebeyos ni tu sangre, ni tu gusto, ni tu papel de

héroe de Musset, ni tu estilo que buscaba siempre un rumbo.

¡Cuántas veces soñamos juntos, en noches de amistad amable! Yo oía tus

imaginaciones de oriental, tus fantaseos de rajah, la historia nunca

concluída de tus lindos castillos en el aire, y te acompañaba encantado

a tus excursiones por los países de lo irrealizable.

¡Fuiste mi amigo en arte y en existencia; me defendiste, me amaste, me

comprendiste, desde que, al llegar a Buenos Aires, me fuiste a saludar

en nombre de _La Nación_, en cuya casa confraternizamos!

¡Por eso, por tu corazón y talento, yo te defenderé y amaré tu memoria

puesto que te comprendí! _¡Raté!_ dirá una conciencia; y mi corazón

clamará: ¡Haced _La Bolsa_! ¡Y culparé a tu desconocido genio maléfico,

o a tu sino, de que no hayas llegado a poner en tu torre soñada tu

pabellón de victoria! Atmósfera propicia te faltó, tierra te faltó,

aliento te faltó. Mueres demasiado temprano, pero tuya es solamente la

mitad de la culpa.

Ahora tu visión astral y penetrante verá sobre el haz de la tierra

quiénes te amaron de veras, quiénes fueron tus amigos. Yo no miento

lágrimas; yo te digo adiós con una tristeza que puedes ver en lo hondo

de mi alma.

Notarás, mi querido Miró, que no va mi corona entre las que acompañan

tu féretro: ¡Yo te haré una de versos!

[Ilustración]

FIESTAS PRIMAVERALES

Una dalia

CORTESANA de duro seno, de ojo opaco y obscuro, que se abre

lentamente como el de un buey; tu gran torso reluce como un mármol

nuevo.

Flor gorda y rica, a tu alrededor no flota ningún aroma, y la belleza

serena de tu cuerpo desenvuelve, mate, sus impensables acordes.

Ni aun a carne trasciendes, salvo que al menos exhalan las que van

removiendo los héroes, y tú te entronizas por lo insensible al incienso.

Así la dalia, rey vestido de esplendor, eleva sin orgullo su cabeza sin

perfume irritante en medio de los jardines incitativos.

* * * * *

¡Flores sobre flores! Flores de estío, flores de primavera, flores

descoloridas de Noviembre, vertiendo la pena de los adioses, y en los

trenzados los crisantemos; los lotos reservados para la mesa de los

dioses, los lises altivos entre las espesuras de amarantos, irguiendo

con orgullo sus tirsos radiosos; las rosas de Noël, de palideces

transparentes y, después, todas las flores enamoradas de las tumbas,

violetas de los muertos, helechos olorosos, asfódelos, soles heráldicos

y bellos, mandrágoras que gritan con voz sobrehumana al pie de los

patíbulos negros que frecuentan los cuervos. ¡Flores sobre flores!

¡Deshojad flores! Que se paseen incensarios floridos sobre la tierra en

donde, allá lejos, duerme Ofelia con Lady Rawena de Tremaine. ¡Amor!

¡Amor! Y sobre sus frentes, que tú inclinas, haz rodar la púrpura

extática de las rosas, semejante a la sangre alegre vertida en los

combates. Antes cantaban ellas, vírgenes rosadas, rubias, los amantes

de los días que no renacerán nunca, bajo sus vestidos tejidos con oros

finos y argírosas. ¡Oh, lejanas dulzuras de las primaveras concluídas!

¡Apertura auroral de las ideas! ¡Puerta del cielo ofrecida a los labios

de los elegidos! ¡Las vírgenes hoy, muertas o poseídas, están lejos!

¡Muy lejos! La esperanza ha caído de nuestros corazones, como las ramas

podadas de un árbol.

Y la sombra, y los pesares y el olvido, son los vencedores.

A través de los iris y juncos, Ofelia abandona su alma a los

arrulladores murmullos del río, único testigo de su melancolía. Y he

aquí que en el fondo de la verdosa espesura suenan confusamente harpas

cristalinas, atrayendo con sus ritmos obsesores. El oro difuso del

Sol empurpura las colinas, por el lado del castillo de Elseneur, y las

torres que obscurecen ya las tinieblas hyalinas. La noche felina, con

su traje de terciopelo, arrulla a las aguas, los valles profundos y

los cielos tristes, y con los sauces ruidosos esfuma los contornos.

Y las nubes rojas del poniente con colinas que trepan lanza en puño,

atroces caballeros que espolean el vuelo furioso de los unicornios.

Luego, la dama que sueña con los juramentos olvidados canta entre

dientes un _vireylay_ muy antiguo. La demencia extiende sobre su frente

multiplicados duelos. ¡Flores sobre flores!

Sollozos cortan su romanza, mientras que, con los cabellos coronados de

jazmín, se inclina hacia los juncos del río inmenso. Los Nixos, cerca

de la orilla le señalan el camino, y tranquila, al curso de la onda en

las gláucas praderas, desciende con ¡no me olvides! en la mano. Las

flores palustres sobre sus pupilas apagadas pondrán el dictamo adorado

del sueño, en jardines de...

Fiestas primaverales

Los poetas y las flores

(CONTINUACIÓN)

LOS NENÚFARES

(BARBEY D'AUREVILLY)

_Allons, bel oiseau bleu, venez chanter votre romance a madame..._

(SUZANE.)

_Vous ne mettrez jamais dans votre flore amoureuse le nénuphar blanc

qui s'appelle..._

(UNE PREMIÉRE LETTRE.)

I.--¡Nenúfares blancos, oh lirios de las aguas límpidas, nieve que

surge del fondo de su azur, que adurmiéndose sobre vuestros tallos,

tenéis necesidad, para dormir, de un lecho puro! Flores de pudor,

¡si!, sois demasiado altivas para dejaros cortar... y vivir después.

¡Nenúfares blancos, dormid sobre vuestros ríos! ¡Y no os cortaré jamás!

II.--Nenúfares blancos, flores de las aguas soñadoras, si soñáis, ¿en

qué soñáis? Pues para soñar preciso os es estar enamoradas, es preciso

tener el corazón enamorado... o celoso; pero vosotras, ¡oh, flores que

el agua baña y protege, para vosotras soñar... es aspirar el frescor!

¡Nenúfares blancos, dormid en vuestra nieve; yo no os cortaré jamás!

Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX · 第 4 / 7 段