Al sentir ese soplo de vitalidad artística, al sufrir ese al mismo

tiempo delicioso y doloroso choque de divina electricidad que produce

el talento de una artista semejante, en obras como la que anoche

obtuvo tan merecida victoria, se experimenta algo semejante al efecto

saludable de una gimnasia del alma. Y da deseos de decir a los

espíritus que aún sueñan y creen en el amor: «Aquella María Alfonsina

Duplessis, cuyos cabellos guarda Jules Bois, poeta y mago, no es la

verdadera, no ha existido.» La única que ha vivido y ha amado es

ésta, la Margarita de anoche. Ella era así, pálida y dulce, nerviosa,

caprichosa y amorosa de amor; murió de muerte, a fuego de pasión;

siendo una infeliz cortesana, tenía el alma de una santa doncella;

bienaventurada sea en el paraíso de las Magdalenas, en donde sus

camelias, por la misericordia de la barba blanca del Buen Dios, se

le convertirán en un luminoso ramo de lirios. Esa es la verdadera y

la única. La otra, que se dice real, y cuya vida está hoy estudiada

y conocida por indagaciones y documentos, es una impostora. La que

recibe en el cementerio las flores de los fieles anónimos que visitan

su sepultura, es la buena y la mártir. «¡Guardad su recuerdo y quemadle

vuestro mejor perfume!»

Los artistas que acompañaron anoche a Italia Vitaliani en su nueva

conquista del público de Buenos Aires, merecen un justo aplauso, sobre

todo Duse, que acentúa más sus ya reconocidos méritos; pero habrá que

señalar especialmente a ese bravísimo De Sanctis, que tuvo instantes

magistrales, como en el final de los actos tercero y cuarto.

20 de junio de 1896.

Temporada Vitaliani

1.-«Il viaggio dei Berluron»

2.-Reprise de «La Signora

delle Camelie»

II

UNO de los grandes sucesos de los teatros de Francia e Italia, y

repetido por 312 noches seguidas en el teatro Des Varietés, en París,

así rezaba el cartel.

Autores, Ordenneau y Grenet Dancourt. Y la gente, como cuando le

nombran un vino que no conoce, haciendo resonar la etiqueta, juzga que

debe de ser excelentísimo: «Ordenneau y Grenet Dancourt». ¡312 noches

en el teatro Des Varietés, en París! Admirable. «Chateau Ordenneau y

Grenet Dancourt.» ¡Qué bouquet...!

Y sirven, señor, en italiano, un estupendo engendro, relleno de

gracias de vaudeville, de chistes de grueso cedazo; de una sal pesada,

imposible y que indudablemente se quería disculpar con la inexcusable

«gaité gauloise». Sí, es esa «gaité gauloise» que ha constituído una de

las desventuras del exquisito poeta llamado Armand Silvestre.

Es la bufonería de anchas bragas, que le pagan a tanto por ciento al

creador de Laripette y compañía. Un cuento a lo Laripette, más o menos

bien urdido y puesto en el pentágrama escénico, para que lo griten y

mimen unos cuantos actores de buena voluntad: he ahí la famosa pieza

de anoche, abonada en el Victoria por 312 noches seguidas del teatro

Des Varietés, de París. Y que si es soportable en francés por claras

razones, se hace absolutamente abominable en una traducción.

Y la Vitaliani descendió a representar un grosero tipo de sainete,

un papel a todas luces indigno de su talento; ¡así las continuas

elevaciones de sus ojos lo hayan querido salvar...!

Y otros tantos buenos elementos de la compañía se han caricaturado para

la función de risa, con un éxito claramente satisfactorio.

Fueron aplaudidos, sí. Fueron aplaudidos el jovial abdomen de

Bracci, las payasadas de Rodolfi, los sacrificios de ingenio que el

discretísimo Falconi se vió constreñido a ejecutar.

Toda la comparsa de títeres secundarios estuvo también digna de tal

aprobación.

Lazzi, ocurrencias, divagaciones y chispas dialogales, cosas de uso en

las comedias cultas; todo ello fué de una chatina incomparable.

Querer exponer el argumento y entrar en detalles, sería no guardar las

consideraciones intelectuales debidas a mis lectores.

En cambio, hablemos de la reprise de la _Dama de las Camelias_, que

logró un éxito fundado y del cual tienen que estar satisfechos los

actores.

Es a todas luces, claro el contraste entre este trabajo de fina escena

y la obra de corteza áspera que anteriormente se ha ofrecido al público.

Se ha vuelto a comprobar la distinción artística de Vitaliani, cuyo

cordaje nervioso, cuya alma de elección, cuyos recursos plásticos,

cuya vitalidad pausante y sensitiva, la señalan como a una eximia y

prestigiosa intérprete de la creación teatral.

Se ha advertido en esta vez mayores fuerzas en ella, unidas a mayores

gracias. Ha ejercido su dominio con más imperial grandeza artística que

otras veces; ha sabido sollozar mejor, hablar mejor, gemir mejor, ser

mujer mejor.

¡Lira de los veinte años! Anoche ha vibrado para muchos, en la

renovación de muchos sueños, la resurrección de horas supremas, el

retoño de tiempos pasados; la _Dama de las Camelias_ hizo verter unas

cuantas lágrimas a los nerviosos y conmovibles oyentes.

¿Qué escena señalar? Señalaré la de la llegada del padre de Armando, la

conversación con él y el sacrificio de la pobre Margarita.

Y, a propósito, recordaremos una cuestión suscitada por Teodoro de

Bauville en una de sus maravillosas cartas quiméricas: la entrada del

señor Duval, padre, a la casa de Margarita Gauthier con el sombrero

puesto. El divino poeta no podía admitir que un caballero francés

cometiese tal falta de cultura, así penetrase lleno de todos los

rencores posibles en casa de la última mujer perdida. El problema es

para ser discutido y aprovechado en la sección de «Vida Social».

El momento en que Vitaliani, Margarita, se despide del viejo M. Duval,

fué de aquéllos que dejan una impresión imborrable. Fué momento de

actriz absoluta. En el acto último, según impresión general--la cual

corrobora el juicio de esta crítica--Vitaliani murió mejor que nunca:

es decir, que su realismo y su traducción del instante mortal fueron

decisivos en la admiración de la sala.

Muy celebrado De Sanctis, como en la primera vez, y el resto de la

compañía, plausible siempre.

El público demostró su satisfacción con llamadas repetidas y aplausos

calurosos.

Y para que fuese mayor el triunfo, la inevitable estupidez humana hizo

acto de presencia con el más sonoro eco que pudiera brotar de la cabeza

de Bottom: un silbido asnal.

Al escucharlo, Vitaliani sonrió, y recordé entonces el _Dieu te

benisse_... que oyó Groussac de labios de la gran Sarah, con motivo de

un estornudo.

Pero el estornudo es involuntario y la bestialidad consciente, ¡oh,

pueblo soberano!

R. D.

23 junio 1896.

Temporada Vitaliani

Estreno: «La figlia di Jefte»,

por Felice Cavalloti.--«Niobe»,

por los hermanos Henry y

C. A. Paulton

III

UNA nueva compañía italiana que se da a conocer en Buenos Aires bajo la

agradable protección de ese armonioso y sonoro nombre: Italia Vitaliani.

La fama había anunciado ya a la actriz recién llegada, aunque no con

las trompetas que avisan el paso de la Duse, y aun de la preciosa

Tina di Lorenzo. El estreno de anoche ha demostrado a través de los

inconvenientes de una obra cual la elegida, que la Vitaliani es algo

más que lo que se califica con el fácil adjetivo de «discreto». Ya en

el principio, en la representación de la delicada pieza de Cavalloti,

logró manifestar que hay en ella cualidades que, si no se imponen de

luego, se hacen notar favorablemente.

Que Italia, tierra de la antigua farsa, es país de comediantes, es

cosa bien sabida desde que Cyrano de Bergerac señaló el don en cada

italiano. Si le faltan autores, actores le sobran. De la _Mandrágora_,

de Maquiavelo, a las tentativas modernas de Praga, cuán poca cosa si

se compara con el acervo escénico de las otras grandes naciones; pero,

sin ir muy lejos, de Gustavo Modena a Novelli, ¡qué hermosa sucesión de

intérpretes artísticos! La gloria de las actrices italianas no palidece

delante de ninguna extraña gloria, y bien pueden nombrarse después de

Rachel y Sarah, a la Ristori y a la Duse.

Hemos visto ya cómo se levanta la bella Tina, y cómo Virginia Reiter,

en su espléndido otoño, encanta y atrae y se coloca en un alto lugar.

Los cómicos italianos son los más cosmopolitas del mundo en la elección

de sus obras. Ellos dan a conocer tanto lo escandinavo de moda como

lo francés olvidado o lo alemán recientísimo. Ellos se atreven a

obras que en París mismo son dadas en teatros especiales, y para

auditorios restringidos y selectos; y presentan valientemente a Ibsen

o a Mæterlink ante públicos que están demasiado satisfechos con los

repertorios fáciles de comprender, y poco afectos a novedades abstrusas

que no vienen bien para las tranquilas digestiones. Compréndese que la

compañía de la Vitaliani, en vez de estrenarse con la _Anabella_, de

Ford, por ejemplo, nos haya dado la _Niobe_, de los Paulton.

La _Niobe_ ha hecho reir; ha dado ocasión a que la graciosa Italia, en

su peplo griego, haya mostrado personales riquezas y haya declamado de

manera que se le aplaudió sus grotescos endecasílabos.

Pero hay quienes hubieran preferido reir menos y tener alguna más de

alto arte. Después de la delicada obrita de Cavalloti, habrían deseado

algo distinto a ese parto del humor británico, _Niobe_.

Es ella una obra para las grandes risas de un grueso público; una

obra por un lado comparable a _Orphée aux enfers_, sin música, y por

otro, a las pantomimas de los circos. Los hermanos Paulton fabricaron

esa cosa con absoluta comprensión del reinante gusto actual; el

_Strand_ se llenó en Londres más de seiscientas veces; los yankees se

deleitaron con la estupenda _machine_; los alemanes la aplaudieron en

su Lessings Theater, y cuando los públicos latinos la conocieron, se

desencuadernaron a carcajadas.

Ciertamente, en el país de los _scholars_ no podía faltar aún en tan

inepta creación como esta, el muestrario clásico. De cuando en cuando

Footit rememora a Sófocles, en versos griegos. Y míster Peter Dunn,

hombre de seguros, conoce perfectamente la fábula de Anfión.

Por el ansia de lo extranjero han ido a buscar al escueto teatro inglés

contemporáneo bufonerías como esta y la famosa _Charley's aunt_, con

que no hace mucho tiempo hizo desternillarse a nuestro público el hábil

Seigheb.

Es indudable que, una nueva manera de hacer reir, no dejará de ser

solicitada.

El eterno asunto de los _cocus_ y las eternas suegras en berlina; los

fáciles intríngulis sobre manera repetidos; las rebarajadas escenas de

las siempre usadas comedias, debían ser reemplazadas, y el reemplazante

ha sido el payaso, que suaviza sus gracias y quita su colorete al pasar

de la pista a las tablas. Pero Mr. Dunn, no podía negar, por más que

quisiese, su parentesco estrecho con el perilustre Tony. He aquí lo que

hoy sucede en la Gran Bretaña a la _feerie_ del gran Will: los inventos

exportables y productivos de los Brandom Thomas, Paulton y Compañía.

El argumento de la obra es ya conocido de los lectores de _La Nación_.

Sin diálogo, y al son de una música más o menos sugestiva, sería la

obra una agradable pantomima.

Han dado los actores que en esta comedia se han presentado, muestra

de innegable talento, pues se esforzaron por contener la clownería en

momentos en que lo bufo llegaba al colmo.

_Niobe_, por otra parte, no ofreció toda la beldad que cuentan la

leyenda y los carteles.

De lamentar es que se haya elegido para obra de estreno, en Buenos

Aires, la pieza de que nos ocupamos.

Se ha reído, ciertamente. Pudiera ser que si no los seiscientos llenos

del Strand, alcanzase unos cuantos el Victoria. Pero no juzgamos a

propósito para la presentación de una artista que se tiene como tal,

en grado más que común, una producción en que el arte no aparece,

y la alteza estética está substituída por la burda fabricación

de productivos enredos, cuya _ficelle_, por lo gastada, llega a

causar impresión de novedad. ¡Ese sueño de Dunn, Dios mío! ¡Y esas

reminiscencias de Bellanis y de Mark Twain, cuando la ridícula Niobe

mira con sus ojos antiguos las cosas modernas!

Un tiempo se acostumbraba, después de los tres o cuatro actos de la

obra seria de la noche, el acto del sainete en que el buen público reía

después de las emociones anteriores. Anoche se vió trocado todo esto.

El fino acto de Cavalloti dió una ligera sensación artística, y el

sainetón inglés vino luego, con sus tres actos.

Pero Niobe está de moda: y eso basta.

13 junio, 1896.

[Ilustración]

ESAS REPÚBLICAS

José María Mayorga Rivas.

Una víctima de la guerra entre

Nicaragua y Honduras

UN pobre joven, mi amigo de los primeros años--poeta si gustáis--, de

familia noble y buena--familia de raíces coloniales, peninsulares--, un

bravo corazón, un brazo, una energía, acaba de morir en las cercanías

de Tegucigalpa--Honduras, América Central--, a la cabeza de su tropa,

llevando honrosamente su uniforme de coronel.

Diera yo dos docenas de licenciados politiqueros, de los que abundan

en el país en que me tocó nacer, por esa fresca vida, por ese enérgico

talento, por esa alma escogida que se sacrificó en aras del becerro de

cobre del más falso de los patriotismos.

Ya sabemos que se va Bryson, corresponsal del _New York Herald_, a

Centro América, pues se anuncia una nueva carnicería política. ¡Pobres

Repúblicas! Si algo me regocija es que el barco que llevaba a Groussac

en su última gira, haya pasado lejos de las costas centroamericanas.

Si ese admirable justiciero desolló a Chile y a Méjico, al pasar por

aquellos tropicales países, no hubiera dejado hueso sin quebrantar.

Porque, es duro decir que en aquella tierra, apenas conocida por

el canal y por el café, no hay, en absoluto, aire para las almas,

vida para el espíritu. En un ambiente de tiempo viejo, al amor de un

cielo tibio y perezoso, reina la murmuración áulica; la aristocracia

advenediza, triunfa; el progreso material, va a paso de tortuga, y

los mejores talentos, las mejores fuerzas, o escapan de la atmósfera

de plomo: ejemplo, Medina, el banquero de París, o sucumben en los

paraísos artificiales; ejemplo, el poeta Cesáreo Salinas, o mueren

en guerras de hermanos, comiéndose el corazón uno a otro, porque sea

presidente Juan o Pedro; ejemplo, José María Mayorga Rivas.

He leído la orden general en que el presidente Zelaya hace justicia a

Mayorga; sé, por carta del actual ministro de Relaciones Exteriores,

hermano del joven sacrificado, también hombre de letras, y diplomático

que desde hace seis años ha honrado a su país en Wáshington, sé, digo,

que se va a publicar un libro en homenaje a la memoria del muerto.

«Te pido para sus páginas un párrafo o una estrofa tuya. No debes

negarme esto, que te pido en nombre de nuestra amistad y del cariño que

sé tuviste a mi hermano.»

¡Pues ya lo creo! Doy mi ofrenda, con amor, a aquella amable memoria.

Era, mi amigo difunto, corazón del más bello oriente, triste, opaco, a

causa del medio en que vivía. Si estuvo algún tiempo al lado de algún

Gobierno cruelmente memorable, sus labios y su pluma tuvieron después

frases ásperas y condenatorias para los traidores. Hizo versos, soñó,

fué un buen muchacho. Fué mi contrario y mi amigo, siempre noblemente.

Su muerte ha sido la de un valeroso militar; sus últimos versos los de

un verdadero poeta.

Estas son las palabras que envío al hogar de duelo, donde se venera la

barba blanca y patriarcal de un anciano ilustre; éstas son las palabras

que desde lejos, dedico a una querida memoria.

13 mayo 1894.

[Ilustración]

CHARLES A. DANA

«NO puedo acompañarlo mañana porque me voy a Tampa--me dijo Martí--;

pero yo le daré dos palabras de presentación que le harán pasar un

rato agradable con el viejo Dana. Corto el rato, porque es hombre

ocupadísimo y avaro de su tiempo.»

Ningún «sésamo» mejor que la bondadosa presentación del generosísimo

José Martí para su amigo el viejo director del _Sun_.

Estaba éste en la oficina suya, con una visita, y de la barba blanca,

la gran barba hermosa y blanca, brotaba su fuerte inglés, de un acento

dominante y decisivo. El otro, con atención, le oía. Seguramente sería

corresponsal en algún punto de los Estados. Yankee era. No hay duda que

recibía órdenes. Apuntó algo en un papel. Salió sin hacerme la menor

inclinación de cabeza, ni darse cuenta de mi presencia. Yankee era,

como Charles A. Dana.

¡Bravo yankee éste!

Se volvió a mí; me tendió la mano; volvió a leer la tarjeta de José

Martí. Yo sentado, él de pie, paseándose, conversamos. ¿De qué? De

muchas cosas del canal de Nicaragua, de la infanta Eulalia, a la sazón

en Nueva York; del duque de Veragua, de literatura española.

Yo montaba mi inglés redomon con gran cuidado; Ollendorff, inútil,

estaba en derrota. Un instinto poliglótico me guiaba, y salía con bien.

Por otra parte, el gran periodista me permitía apenas uno que otro

monosílabo.

De Martí me habló, cuando hablamos de letras castellanas. «Una vez,

me dijo, ese hombrecito que era un grande hombre, vino al _Sun_, como

suele hacerlo.

Le encargué un artículo sobre José Zorrilla. Al día siguiente estaba

hecho el artículo. Pocas veces ha publicado páginas literarias tan

bellas, en un inglés encantador.»

José Martí, era su íntimo amigo. Confesaba que debía a la amistad del

ilustre cubano, más de una buena obra, más de un útil pensamiento

puesto en práctica.

La popularidad de Charles A. Dana en los Estados Unidos era inmensa.

Su diario, el _Sun_, es una de las grandes potencias del periodismo

mundial.

Distinguíase el célebre diarista por su energía y firmeza. Era hombre

probo y severo. El pueblo yankee veía en él a un varón que encarnaba

una de las primeras representaciones de esa raza nueva y formidable.

Los latino-americanos tenían en él un criterio simpático y un amigo.

Conocía también, como pocos compatriotas suyos, todo lo relativo a

la América española. Era buen admirador de Sarmiento, y supongo que

Bartolomé Mitre y Vedia debe guardar buenos recuerdos de aquel noble y

excelente anglo-sajón.

* * * * *

Muchas campañas políticas llevó a cabo; su nombre llegó a sonar en una

célebre candidatura. Entonces fué cuando le ocurrió lo del cuento de

Mark Twain.

Sus enemigos se desencadenaron en su contra. El hombre probo fué

maculado; el honorable Charles A. Dana, fué crucificado en muchas hojas

de la Unión. Pero después pasó la tempestad, y el _Sun_ brilló con

mayores fulgores.

Como periodista era una portentosa cabeza. Aquel hombre de gusto,

aquel literato, aquel artista, era un estupendo ciudadano del país

del dóllar; tenía el don del éxito; la información de su diario es

comparable a la del _Herald_ o _New York Journal_.

Sus repórters y reporteresas--pues hay un batallón de mujeres en el

servicio del periódico--son de primer orden. Y la empresa del _Sun_ es

una de las más fuertes de los Estados Unidos y de la tierra.

En Nueva York refiriéronme una de las muchas curiosas anécdotas de

su vida periodística. Sucedió que una vez recibió, por correo, una

carta escrita con una letra semejante a la del Bob de Gyp. Llamaba la

atención aquella carta entre el enorme montón de la correspondencia

recibida. Más o menos leyó lo siguiente:

«Mr. Charles A. Dana.--Director del _Sun_.--Soy una niñita de cinco

años. Hoy no hemos comido. Mañana pasa Santa Claus y no tendré muñeca,

ni mi hermanito tendrá juguetes. Hace mucho frío y ya no tenemos

carbón.» Firmaba un nombre de niña cualquiera, y junto al nombre la

dirección de la casa.

Envió Dana a un repórter activo e inteligente a cerciorarse de lo que

hubiere de cierto y ver si no había en el caso superchería. El repórter

volvió afirmando el contenido y alabando la inteligencia rara de la

niñita.

La madre, viuda, estaba en cama, y hacía días que había concluído sus

ahorros. Estaba próxima a la más espantosa miseria, en medio de un

crudísimo invierno.

Dana, ¿qué hizo? En el número del día publicó, sencillamente, el

facsímil de la cartita, y he aquí el resultado, completamente yankee.

Varias fábricas de muñecas y grandes almacenes, regalaron magníficos

juguetes a los dos niños, en tal cantidad, que hubo que tomarse un

local para exhibir--por paga, naturalmente--los regalos.

Varias compañías de ferrocarril obsequiaron a los niños con toneladas

de carbón. El _Sun_ adoptó al niño, y le costeó su educación. Una dama

millonaria adoptó a la niña. Y Santa Claus fué el viejo Dana, con su

gran barba, sus ojos dominadores y bondadosos, su gesto dictatorial y

sus gentiles obras.

* * * * *

El nuevo edificio del diario, uno de los más altos de los Estados

Unidos, y, por consiguiente, del mundo--_greatest in the world!_--, ha

llamado la atención en el paso de las cosas enormes, país Manmuth, que

diría Groussac.

El tiraje del diario aumenta cada día, y su popularidad es inmensa.

Es de notar que entre las hojas yankees, que no descuidan, a pesar de

su _business_, la parte amena, literaria y artística, el _Sun_ es el

diario más intelectual, más «bostoniano» en esto que neoyorkino.

La muerte de Charles A. Dana es una gran pérdida para la nación

americana y enluta el periodismo universal. Y los que tuvieron el gusto

y la honra de conocerle personalmente, no olvidarán--como quien estas

líneas escribe--, su bella cabeza, su sonora palabra, su franco y

sincero apretón de manos.

_He was a man!_

19-10-1897.

[Ilustración]

RECUERDOS

DE LA HABANA

El general Lachambre

EN noviembre de 1892, el autor de estas líneas llegaba a la Habana,

de vuelta de un viaje oficial a España. En un banquete que siempre

agradecerá a la redacción de la excelente revista ilustrada _El

Fígaro_, conoció a Raoul Cay, a la sazón redactor de la crónica

elegante de dicha publicación.

En la noche siguiente, Raoul condújole a su casa y presentóle al señor

Cay, padre, antiguo canciller del Consulado imperial de la China, en

la capital de la isla, entonces a cargo del gran señor Tam Kin Cho, y

a María, su hermana, una hermosísima cubana, gallarda, espléndida, con

lánguidos y milagrosos ojos de criolla y una fabulosa cabellera.

Entró una visita. El señor Cay me presentó, y me dijo su nombre. Era el

novio de María: «El señor general Lachambre.»

Tipo marcial, de esa especial marcialidad española. Joven todavía,

correcto, elegante; la mirada vivaz y escrutadora, barba y bigote

negros, voz acostumbrada a mandar, afablemente serio; en la solapa del

smokin una camelia blanca.

* * * * *

Pasamos Julián del Casal--el poeta celebrado por Verlaine y alentado

por Huysmans y Gustave Moreau--, Raoul Cay y yo, a un saloncito

contiguo, a ver chinerías y japonerías.

Primero las distinciones enviadas al señor Cay por el Gobierno del

Gran Imperio, los parasoles, los trajes de seda bordados de dragones

de oro, los ricos abanicos, las lacas, los kakemonos y surimonos en

las paredes, los pequeños netskes del Japón, las armas, los variados

marfiles. Julián del Casal, el pobre y exquisito artista que ya duerme

en la tumba, gozaba con toda aquella instalación de preciosidades

orientales; se envolvía en los mantos de seda, se hacía con las raras

telas turbantes inverosímiles.

... Y recordaba yo cómo Julián del Casal había cantado en admirables

versos a María Cay--versos que pueden leerse en su volumen _Nieve_--,

¿enamorado de ella?... tal vez. Él parece que nunca lo manifestara. De

todos modos, allá en el salón los novios conversaban, en vísperas de

sus bodas, pues éstas se realizaron poco tiempo después.

En la celda--era una verdadera celda--en que el poeta vivía en la

redacción de _El País_, gracias a la bondad del señor Ricardo del

Monte, había entre reproducciones de telas de Gustavo Moreau, una del

Calvario de Gerome, y otros cuadritos menores, un retrato de María Cay,

de japonesa, antes de ser la generala de La Chambre. Ante ese retrato

escribió un poeta amigo de Casal un sonetino que anda por ahí, por los

periódicos:

Miro enfrente de la moza

Bañado en la luz del día,

El retrato de María,

La adorable japonesa.

El aire acaricia y besa

Como un amante lo haría

La orgullosa bizarría

De la cabellera espesa.

Diera un tesoro el mikado

Por contemplar a su lado

A princesa tan gentil.

Y ordenara a su pintor

Pintarla junto a una flor

En un vaso de marfil.

* * * * *

El general Lachambre logró hacer suyo aquel tesoro, la «adorable

japonesa» fué generala, y luna de miel pasó en España, de donde volvió

a la isla el distinguido militar, a ocupar el puesto de gobernador de

Santiago de Cuba.

El cable nos anunció anteayer su muerte, en una de las batallas con los

revolucionarios; ayer, felizmente, la noticia ha sido desmentida.

Es el general muy querido en la alta sociedad habanera, y muy estimado

en la Capitanía general y allá en la corte de Madrid. En su carrera no

es dudoso que llegue a más altos destinos.

[Ilustración]

LIBROS NUEVOS

LES _fabliaux_.--Estudios de literatura popular y de historia de la

Edad Media, por Joseph Bedier (Biblioteca de Altos Estudios). Emile

Bouillón, editor. He aquí, pues, por tierra, el viejo ídolo indio.

Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX · 第 3 / 7 段