Ya la fe en mi ser no arde,

Ni mi lira finge ufana

Los himnos de la mañana,

Los murmurios de la tarde;

Ya a los días

De mis dulces alegrías,

El tiempo cruel les ha echado

El sudario del pasado.

Por eso, en tan triste calma,

Vienen a ser mis canciones

Fugaces exhalaciones

De las tinieblas del alma.

Hermano de Marco Aurelio Soto es también otro poeta, Máximo Soto

Hall, que anda tratado por ahí, en un soneto infantil muy conocido en

aquellos mundos, y que Salvador Rueda reprodujo en uno de sus libros.

Años pasó el ex Presidente fuera de su país; el general Bogran era su

terrible enemigo. Una revolución habría sido peligrosa, sin contar

con el apoyo de los Gobiernos vecinos. Se habló, sin embargo, de una

revolución; pero ello fué vago rumor, sin razón alguna. Hoy, con el

Gobierno de Bonilla, la tentativa habría tenido menos probabilidades de

éxito, pues el país, según los ecos que nos llegan, está satisfecho de

ese hombre de progreso, de inteligencia y de justa libertad.

¿Cómo pudo abandonar Soto su espléndida casa de París y sus gustos de

europeo, para ir a la manigua a pelear por la causa cubana? Sólo un

antecedente hay que podría explicarlo.

Muchos cubanos emigrados que tomaron parte importante en la pasada

guerra de Cuba, se establecieron en Honduras en tiempos que Soto era

Presidente de la República. Entre ellos estaba el hoy jefe de la Junta

revolucionaria, Tomás Estrada Palma, a quien el Gobierno hondureño

protegió. Asímismo fueron acogidos Roloff, Crombet y otros. Tomás

Estrada Palma se casó con una hondureña, y formó, como pedagogo, a casi

toda la juventud del país. No hace mucho, Soto hizo un viaje de París a

Guatemala. A su paso por Nueva York sufrió el ardoroso contagio que el

doctor Veyga y otros americanos distinguidos. Y ha ido a encontrar la

muerte gloriosamente. Valdría más, en todo caso, que la noticia no se

confirme. Larga y buena vida es de deseársele a quien ayudó noblemente

a Augusto de Armas, en su lecho de hospital, en donde murió por París.

22 noviembre 1896.

[Ilustración]

NOTAS ESPAÑOLAS

I

EL joven poeta americano que vuelve de las corridas de toros, me

manifiesta su descontento. Él venía bien pertrechado: Gauthier, Dumas,

De Amicis, Barrés. Y su imaginación. Pero bien, le digo, ¿no ha

encontrado usted en la Plaza algo de bizantino, algo de romano? ¿No le

ha impresionado la muchedumbre, semejante a la de los clásicos circos?

¿Los toreros, de oro y seda, el sol, sobre todo, y la flotante alma de

España?

--Sí--me contestó--; todo eso es verdad y lo he sentido. ¡Pero las

tripas, señor, las tripas de los caballos!

Confieso que, como al joven poeta, me encantan todos los preliminares

de la lidia, y me regocija lo pintoresco y musical del espectáculo; mas

protesto en cuanto empieza la fiesta de la sangre y, ante mis amigos

españoles aficionados, me pongo en ridículo. En vano he leído a Pascual

Millán y al Conde de las Navas; en vano soy amigo de Mariano de Cávia;

en vano he visto, no sin poco asombro, el entusiasmo tauromáquico

parisién de Laurent Tailhade, que conoce sus clásicos, y que me hablaba

en un café de Montmartre, hace ya algunos años, de lances, de Montes,

de volapié y de descabello, delante de Gómez Carrillo, que sonreía

de mi estupefacción. En vano fuí amigo personal de Ángel Pastor, en

Aranjuez. No se compadece conmigo sino la parte decorativa del coso,

por lo cual los taurófilos harán bien en compadecerme.

Que todo eso tiene su hermosura especial, ¿quién lo negaría? Muchos

grandes artistas y escritores extranjeros son los primeros en

reconocerlo. Confieso que, con caballos destrozados y todo, son

preferibles los toros, por su estética, siquiera bárbara, a espectáculo

en que se hacen pelear gallos pelados, correr por hombres enanos

caballos flacos, o deshacerse las mandíbulas y sacarse los ojos a

puñazos salvajes cebados y de fenomenales bíceps. En la lidia hay

gracia, arte ágil, color, opulencia y elegancia. La música anima la

representación, y, en verdad, por el giro de los lances y la variedad

de las acritudes y pasos, se diría un «ballet». Un «ballet» sangriento

y heroico.

No me da mucho rubor mi desafición a las corridas de toros, cuando sé

que, entre ciento, Castelar, por ejemplo, y doña Isabel la Católica,

no eran partidarios de estos ejercicios. Y combatientes de ellas, ha

habido como el temible D. Gaspar Melchor Jovellanos, que dejó sobre el

caso páginas enérgicas y memorables.

Yo he visto cuanto se puede ver en una corrida famosa, dada en honor

de los Reyes de Portugal, en 1892, cuando las fiestas del Centenario

de Colón, Lagartijo, Caraancha, Guerrita, caballeros en plaza, arte

retrospectivo, ¡qué sé yo! Aquello era una fiesta de la más refinada

tauromaquia. Admiré lo pintoresco, lo artístico, lo bizarro. Pero

siempre me crisparon los nervios, como al poeta americano, las tripas

de los caballos inicuamente sacrificados, a pesar de las explicaciones

de los inteligentes y conocedores, que me decían ser indispensables

esas carnicerías para poner al toro en estado de ser banderilleado y

luego muerto por el espada.

Busqué luego una pintura, una descripción de la corrida en todo el

parnaso español, y no la encontré, habiendo, como hay, muchos versos

sobre toros, como aquéllos que son sabidos de memoria por lo clásicos y

repetidos:

Madrid, castillo famoso

Que al rey moro alivia el miedo,

Arde en fiestas en su coso,

Por ser el natal dichoso

De Almenón de Toledo.

* * * * *

Y luego me encontré con la poesía de Manuel Machado, en que, por fin,

se concentraba en bien coloreados paneles la fiesta nacional. El

sutil lírico sevillano que ha hecho cosas tan finas y delicadas, es un

gran aficionado al arte de los beluarios de coleta; y quien haya visto

alguna vez una corrida de toros, hallará en esos versos el trasunto de

sus impresiones, momento por momento. Machado dedica su poema rápido

«al maestro Antonio Fuentes». A todo señor, todo honor. Hénos ya en el

principio de la corrida:

Una nota de clarín

desgarrada,

penetrante,

rompe el aire con vibrante

puñalada...

Ronco toque de timbal.

Salta el toro

en la arena.

Bufa, ruge...

Roto cruje

un capote de percal...

Acomete

rebramando, arrollando

a caballo y caballero...

Da principio

el primero

espectáculo español.

La hermosa fiesta bravía

de terror y de alegría

de este viejo pueblo fiero...

¡Oro, seda, sangre y sol!

Es el extracto lírico de un capítulo de Gautier y la reproducción

exacta de los primeros momentos. Solamente que pudo consagrar algún

oro, raso y músicas, para la salida de la cuadrilla, con el arcaico

alguacilillo caballero, que es de lo más típico y pintoresco de la

función. Luego vienen los juegos de destreza y de peligro en que vencen

la arrogancia y arte de los lidiadores.

II

En los vuelos de capote

con el toro que va y viene

juega, al estilo andaluz,

en una clásica suerte

complicada con la muerte

y chorreada de luz...

Elegante

y valiente;

y con una seriedad

conveniente,

va burlando

la feroz acometida

y jugando

con la vida

ágilmente.

(Véase Fuentes

lanceando.)

Y llegan los picadores, pesados, cargados de plomo, en sus flacos

rocinantes mártires, con sus largos picos, a sufrir el embate de

la bestia fiera, para cansarla, para prepararla a las suertes

subsiguientes.

III

Un montón

de correas y de astillas

y de carne palpitante

y sangrante...

Un fracaso de costillas

con estruendo...

Correajes perforados

y hebillajes

destrozados...

Sangre en tierra...

Polvo, un grito. ¡Una ovación!

Y la paz en un charco

de sangre mala y negra,

y aquellos dientes fríos y amarillos...

Un azadón, un esportón de tierra,

y aquel montón de arreos

que, como cosa muerta,

junto del jaco muerto

están sobre la arena.

Después son las banderillas, esa suerte, quizá la más dificultosa

del toreo, para la cual se diría precisas las aladas taloneras de

Mercurio. Machado describe en cuatro rasgos la agilidad, la esbeltez,

la seguridad del torero en el asombroso trabajo.

IV

Ágil, solo, alegre,

sin perder la línea,

--sin más que la gracia

contra de la ira--

andando,

marcando,

ritmando

un viaje especial de esbeltez y osadía,

llega, cuadra, para,

--los brazos alzando--

y allá, por encima

de las astas, que buscan el pecho,

las dos banderillas,

milagrosamente

clavando... se esquiva,

ágil, solo, alegre,

¡sin perder la línea!

El conocedor verá en estos croquis rítmicos la exactitud. Después de

que el toro ha sido fatigado por los caballos y por los banderilleros,

viene la muerte, que es indudable es lo más emocionante de la corrida.

V

Veinte mil corazones

laten en un silencio

claro y caliente. Brindis.

Suenan con golpe seco

las banderillas mustias

en el lomo del toro, ya su cuello

la roja sangre tibia

hace un foulard soberbio.

De un lado, por debajo

del rojo trapo en que su furia engríe,

el toro surge, alzando

remolinos de arena,

de otro lado sonríe una cara morena.

O bien en los tres tiempos

del pase natural, tendiendo el brazo

guarnecido de oro,

la clásica elegancia

con seriedad ejerce y arrogancia.

¡Fué, pudo ser! Los alamares de oro

rozaron con el asta ensangrentada.

En la arena tendido yace el toro,

y de pie, sonriendo, está el espada.

Veinte mil voces--una--gritan locas.

Mas ello es en el caso en que la fiera resulta en absoluto vencida por

el arte del hombre. Hay otro momento terrible en el que el hombre es el

vencido y la fiera la vencedora, cuando por un descuido o un error, o

una fatalidad, se produce la cogida. Entonces:

Su inesperada acometida ha hecho del elegante paso

un revuelo confuso... Y allá, junto

a la barrera, enfrente,

se ven rostros de espanto.

Y entre manchas de grana,

y reflejos metálicos,

el toro, revolviéndose,

alza en los cuernos un pelele trágico.

Luego será el arrastre de la res muerta y el final del espectáculo, de

la fiesta exclusivamente nacional.

VI

Y suena esa divina musiquilla

de «La Giralda», que es toda Sevilla,

y es torera y graciosa y animada,

y habla de la mujer enamorada

que nos espera... Y nombra

naranjos y azahares,

y la caña olorosa,

y una alegría rítmica en cantares,

y una tristeza vaga y lujuriosa...

Los látigos chasquean,

agitan las mulillas

en su carrera locas campanillas,

y mientras que se orean

las frentes sudorosas

y en el pecho golpean

los corazones, suena

la música, torera y sevillana,

y, dejando en la arena

un surco negro y grana,

pasa arrastrado el toro...

Lleva en el fuerte cuerno

un hilillo de oro.

Después, como de un tajo,

la música, la luz y la algazara

cesan en un momento

contra compás... De un golpe el movimiento

se desvanece y pasa.

VII

El gran suspiro, que es la tarde, crece

como de un pecho inmenso. Palidece

el sol. Y terminada

la fiesta de oro y rojo, a la mirada

queda solo... un eco

de amarillo seco

y sangre cuajada.

Tal es el poemita sobre el cual Ricardo Marín, un dibujante que se

diría hermano menor de Daniel Urrabieta Vierge, ha trazado bizarras

ilustraciones, creando a su vez como otro poema gráfico de tauromaquia.

* * * * *

Hay quienes se sienten desolados, en la creencia de que las corridas de

toros van en decadencia y en vías de llegar a su completa desaparición.

Es un error. No puede negarse que no tienen hoy el esplendor de

antaño; que las mantillas se han ido sustituyendo poco a poco por los

sombreros de París; que el torero se mundaniza, a punto de que el Sr.

Mazzantini, Don Luis, como se le llama generalmente, es un personaje,

«un monsieur decoré», que ejerce gravemente sus funciones municipales

en la villa y corte; que «Bombita», D. Ricardo Torres, es un joven

gentleman que se viste a la londinense, muy peripuesto, muy «smart», y

que, aunque no los lea, sus amigos son D. Benito Pérez Galdós y otros

cuantos autores. La leyenda del torero de antaño, rumboso y amigo de

juergas, la leyenda o la realidad, ha concluído. Los toreros de ahora

tienen la preocupación de la seriedad, cobran puntualmente sus seis mil

pesetas por corrida, y levantan polvaredas como la de hace poco, cuando

resolvieron, de común acuerdo, no torear sino por más altos precios los

toros de la famosa ganadería de Miura, por ser éstos temibles animales

en extremo peligrosos. La afición lanzó el grito al cielo, diciendo que

jamás los espadas de antes, los Lagartijo, los Frascuelo, los Guerrita,

hubieran hecho semejante cosa. El asunto se arregló felizmente para

todos, y en la reciente corrida de la Prensa, los toreros estoquearon

cornúpetos miureños sin ninguna desastrosa consecuencia.

De todos modos, me complace que España guarde su deporte nacional, que

es tan de su pueblo y que forma parte de su histórico caballeresco

espíritu, y me complace más que, un país como la República Argentina,

no admita la fiesta de la sangre, como que haga extensiva su

prohibición al odioso, feo y despreciable box.

[Ilustración]

UNA CARTA DE RACHILDE

MADAME Rachilde, la rara de mis _Raros_, me ha dirigido una carta, en

la cual algunos párrafos me incitan a los presentes comentarios.

Rachilde ha conocido mi juicio sobre su complicada personalidad; y en

el capítulo que a ella concierne en el libro, una parte hay que la ha

hecho escribir la más femeninamente espiritual de las protestas.

Por de pronto, se refiere a su _rareza_. «No soy tan rara--dice--,

puesto que no soy sino una mujer.» «Hablo como siento, escribo como

pienso, y como lo hago sin ningún artificio, lo hago todo muy mal.»

Llegáis a la gruta mágica; os extrañáis delante de los misteriosos ojos

de la sibila; Deifobe os contesta con una sencillez encantadora: «Hablo

como siento, vaticino lo que pienso; y como todo lo hago sin ningún

artificio, lo hago todo muy mal.»

* * * * *

«No soy sino una mujer.» Desde luego no pretenderé acentuar mi

incesante asombro delante del prodigioso y divino monstruo. Una mujer:

no sé mayores abismos que sus ojos. Cuando Mæterlink se pierde en la

encantada selva femenina en busca de prodigios, los encuentra y hace

meditar y temblar con sus hallazgos. Parece que la serpiente hubiese

sabido por qué dirigirse a la mujer en el caso de la manzana. El

diablo espiaría en el momento en que Dios modelaba la costilla: vería

la perfección estatuaria, el triunfo de la forma, el nacimiento de la

gracia principal. Al lado de la arcilla vió la parte de alma destinada

al cuerpo en flor y se robó un poco. De ahí quizá que la mujer tenga

una alma incompleta. De cuando en cuando el diablo pone en algunos

seres femeninos algo de ese ahorro de alma que posee: las mujeres

favorecidas con ese don, resultan con alma satanizada; esas son las

mujeres inteligentes, es decir, las que salen de su nivel natural.

Cuando la Iglesia discutía en sus Concilios la espiritualidad de esa

maravillosa rosa, andaba fuera de razón. Sí, ella tiene un espíritu,

un sutilísimo y enigmático espíritu, hilo con que teje Satanás, según

los demonólogos, la red en que con mayor frecuencia caza las humanas

moscas. Ellas son, sobre todo, dueñas del imperio de la carne. Las

raras aparecen como con un nimbo interior: son Hildegarda, o Rosvitha,

o Santa Teresa, o Rachilde. El resto de las mujeres que han elevado

algunas líneas su mentalidad, pertenecen a las clasificaciones de

una señora María Cheliga, que ha tenido a bien, no hace mucho tiempo,

formar una magnífica colección de medias azules para la revista de

Larausse.

«Pero algo hay que quiero haceros notar; y es cómo habéis podido

afirmar, que por haberme casado, yo, Madame Alfred Vallette,

_Rachilde_, me haya vuelto muy fea.»

_Mais, non, Madame!_ Las palabras a que os referís en mi libro son las

siguientes: «Sé de quien estando en París, no quiso ser presentado a

Rachilde por no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred

Vallette, ha engordado un poco, no es la subyugadora enigmática del

retrato de veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de

Lilith.»

Excusadme. Yo no sé por qué, la palabra matrimonio, suena a mis oídos

exactamente como _embonpoint_.

La epístola de San Pablo o el contrato judicial corrije la gracia

en cuyo fondo hay siempre un grano de perversidad. Un viejo poeta

español, si no me equivoco, el arcipreste de Hita, escribió este verso

abominable:

«Señora doña Venus, mujer de don Amor»

en el cual la reina divina queda peor que «con pantalones» en el verso

de Hugo. Mas de calcularos una robustez discreta, a calificaros de

_tres laide_, hay un abismo. Los lectores de _La Nación_ pueden ver,

por vuestro retrato, si no tendré, únicamente para vos, señora, todas

las rosas de galantería que cultivaron tan bien nuestros abuelos los

hidalgos.

_Monsieur l'auteur espagnol, vous êtes un impertinent._ Libre quedo de

vuestros reproches, y haciendo mi reverencia, prosigo:

«Os emplazo para cuando vengais a París, os hagais presente en el

_Mercure de France_, para demostraros cómo cuando una mujer no es

_bête_--lo que me parece es mi caso--tiene suficiente _esprit_ para,

aun envejeciendo, no llegar a ser _affreuse_.

Y como mi señor marido me ama mucho todavía, supongo que debo estar un

poco pasable.»

¡Ah, señora, os lo creo! Hay una edad--la belleza inteligente es de las

diosas y los inmortales no tienen edad--hay una edad en que el triunfo

femenino muestra su supremo encanto; es la edad que sigue a la primera

primavera: esa es la edad de las emperatrices. Confieso que vos sois

aún la temible ahijada de Lilith, sobre un trono irresistible

«Je vous serre les deux mains, mais je boude!»

Y yo, señora, con el permiso de vuestro señor marido, os las beso

ambas, en la inclinación más reverente que puede hacer un poeta

americano de sangre española.

14-1-1897.

NOCHES DEL VICTORIA

Temporada Vitaliani

«La Signora delle Camelie»

I

LA señorita Alfonsina Duplessis, que ganó la inmortalidad por el amor,

será siempre la bienvenida. Nuestros biznietos oirán todavía, arrullada

por los organillos, las quejas italianas de la pobre _Traviata_. Jules

Bois, que recientemente ha escrito una monografía sobre la real Dama de

las Camelias, dice de ella con justicia que está fija «en ce paradis

de sants de la Volupté, ce paradis dont le Christ est exclu, mais où

touts les dieux de l'Olimpe demeurent». Es esa la recompensa de las

almas de amor. Las vírgenes cuerdas, desde los balcones del paraíso del

Buen Dios, se asoman a mirar, con una curiosidad no exenta de envidia,

el paraíso en donde son admitidas las vírgenes locas. Allí pasa entre

sus innumerables compañeras, la heroína de Dumas, en la mano una de sus

flores preferidas, que han adquirido, por otra parte, a causa de su

recuerdo, un renombre no muy angelical, a punto de que se murmura de

ellas en el círculo de las nobles rosas y de las honradas violetas.

Esa monografía de que he hablado, basada en auténticos documentos e

indagaciones, no es para ser leída por aquéllos que desean conservar su

aureola de idealidad a la encantadora y sentimental cortesana.

Perderían una ilusión. La Dama de las Camelias fué una vendedora de

gracias, ni menos banal, ni menos seca de intelecto, ni menos mujer,

en fin, que la totalidad de sus iguales. Era, exactamente, un ejemplar

de esas alegres parisienses que han podido observar quiénes se les han

acercado--las Emilienne d'Alençon o Marion Delorme, procedentes del

campo, del arroyo, de no se sabe dónde, favorecidas por la fortuna,

comedoras de oro, polutas desde la infancia, más o menos histéricas,

caprichosas, infantiles, _bête_, hasta que llega la muerte a rematarles

lo que dejan, si es que dejan algo, o a tenderlas en un lecho de

hospital, que es lo más frecuente.

He aquí lo que se sabe de sus comienzos, según Bois, que ha estudiado

su vida y posee de ella cartas y hasta cabellos: Casi al nacer perdió

a su madre. Su padre fué un tal Martín, brujo y _colporteur_, hijo de

una mendiga y de un cura, el cual le dió las primeras lecciones de

perdición cuando apenas tenía doce años. Después penetró abiertamente

en la comunidad de las grisetas, y se estrenó gastándole en pocos

días cinco mil francos al dueño de un restaurant. Llegaron otros y

otros. Como toda viciosa de su especie, era apasionada por el juego, y

derrochaba el dinero loca y estúpidamente. Cada quince días cambiaba

de poseedor. Se puso de moda, y los aficionados de su época le hacían

estupendos regalos para conquistarla. Uno de ellos le envió un día

un cesto con doce naranjas, cada naranja envuelta en un billete de a

mil francos. Ella exprimió las naranjas y los bolsillos del que se

las obsequiara. Se divertía. El amante romántico de la novela y de la

comedia, existió y gastó por ella una buena fortuna. Ella pudo ser

que le amara; el caso es que--¡oh! vosotros que gustáis del encanto

romancesco--se casó con él en Londres, ante un _clergyman_ y dos

testigos. Lo que no obstó para que pasada la luna de miel, el esposo

resultase acteonizado. Tuvo ella en seguida una cantidad fabulosa

de admiradores satisfechos, entre los cuales «un barón tristemente

célebre, un pianista ilustre, generoso como un boyardo, un «maquignon»

y un poeta». Era frívola, coqueta, mentirosa. Decía: «La mentira

emblanquece los dientes.» Se hizo conducir, ya casi en vísperas de

su muerte, al Palacio Royal, para ver el estreno de _Pommes de terre

malades_. Murió: en sus manos de difunta había un ramo de camelias y

un crucifijo. He allí la realidad. Después, la leyenda romántica la

envolvió en un bello velo de sentimiento.

A su tumba, como a la de Heloisa, vánse a depositar, por manos

ignoradas, flores; _cocotte_ tocada de histeria, tiene sus horas en que

sueña ser Margarita Gauthier. He conocido un joven artista obsedido

por una de la especie que bebía vinagre, hablaba del «rinconcito

florido en su pueblo de campaña» y sorbía sangre de un pollo para

manifestarse perfectamente tísica. Su ideal era ser una segunda Dama de

las Camelias. Entre Dumas y Verdi, la camelina, ese curioso alcaloide,

adquirió una boga insólita. María Alfonsina Duplessis estaba destinada

a encarnar ese tipo femenino compuesto de sensualidad, inconsciencia

moral, ligereza mental, crueldad instintiva, nervios y faltas de

ortografía. Sus cartas revelan una vulgaridad inaudita. No se puede

saber bien si hay allí algo que tenga origen cordial, entre efusiones

deplorables y sentimentalismos de ocasión.

Su figura era encantadora, si es fiel el aguafuerte de Los Ríos,

_d'après_ Besnard: una carita de niña, ojos de inocencia voluptuosa,

_bandeaux_ que cubren las orejas, boca diminuta y mano inquietante y

fina.

Ahora, si en su aspecto legendario es una de las más lindas y amables

sacerdotisas del pecado; si nos recuerda viejas emociones, vibraciones

apasionadas de los años de juventud, y nos trae como corolario la

afirmación del sentimiento; si nos habla por voz de admirables

artistas, que nos hacen el bien de conmovernos y dorarnos la realidad

con una luz de poesía, bien venida Margarita Gauthier--Sarah Duse,

Reiter, Tina o Vitaliani--, que nos resucita el amor en estos momentos

en que ya no se ama.

Sea bien venida hoy, por esta imperiosa Vitaliani, que nos ha

demostrado anoche que, si el estilo escriptural es el hombre, el

estilo «teatral» es la mujer. No hay que hacer comparaciones, sino que

señalar el hecho; la _Dama de las Camelias_ de la Vitaliani, es de la

Vitaliani; como la _Dama de las Camelias_ de Sarah, es de Sarah.

He allí una lira viva, esta italiana vibrante de arte, cálida, llena de

un irresistible poderío espiritual.

Ella da a la idea su carne y su sangre; esculpe su gesto, armoniza su

voz en una magistral orquestación pasional, y con sus ojos de «dea»

ilumina todas las fases del pensamiento por un poder extraordinario.

Esta actriz intelectual ha pasado «por la Sede del Arte Severo y del

Silencio»; su llegada no ha sido anunciada con clarines de bronce y

sonoros tambores de fama. Ella se presenta; ella triunfa.

Margarita Gauthier volvió a vernos anoche. Una Margarita Gauthier

que nos rememoró la historia sentimental de sus famosas flores,

de su pasión, de su sacrificio y de su muerte, de un modo nuevo,

impresionando y conmoviendo como solamente es dado hacerlo a las

emperatrices de la escena.

Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX · 第 2 / 7 段