Me parece que para detalles tienen suficientes ya los admira

Notas del Transcriptor

Se han respetado la ortografía y la acentuación del original.

Los errores obvios de puntuación y de imprenta se han corregido.

El texto en letra cursiva y negrita se indica entre _guiones bajos_ y

=signos igual=, respectivamente.

El texto en letra versalita (versalilla) se ha sustituido por

mayúsculas.

Las páginas en blanco presentes en el original se han eliminado en la

versión electrónica.

El final del capítulo «FIESTAS PRIMAVERALES» parece estar incompleto en

el original y se indica con puntos suspensivos.

* * * * *

PROSA

DISPERSA

[Ilustración]

[Ilustración:

RUBÉN

DARÍO

[Ilustración]

PROSA

DISPERSA]

[Ilustración:

PROSA DISPERSA

POR

RUBÉN DARÍO

[Ilustración]

VOLUMEN XX

DE LAS OBRAS COMPLETAS

ADMINISTRACIÓN:

EDITORIAL «MUNDO LATINO»

MADRID]

EL SILLÓN DE LECONTE

DE L'ISLE

La Juventud y la Academia

Lo que dijo Charles Morice

Verlaine y Zola.

HACE poco más de un año nos hallábamos en mi habitación, en un hotel de

París, cerca de la Bolsa, el poeta Maurice Duplessis, porta-estandarte

de la escuela romana; el simpático y sutil Kreutzberger, a la sazón

crítico literario de _La Cocarde_, y Enrique Gómez Carrillo, cuyo

nombre es bien conocido por los lectores de _La Nación_.

Charlábamos amistosamente, fabricando cada cual su grog, cuando

apareció en la puerta la cabeza moruna de Alejandro Sawa, el escritor

español.

Entró Sawa, seguido de un señor alto y flaco, medio _clergyman_ y medio

pianista, pálido, de larga cabellera obscura, que le caía sobre los

hombros, con un aire de aparecido.

--M. Charles Morice.

Levantéme, y abriendo un libro que estaba sobre mi mesa, leí:

Impérial, royal sacerdotal, comme une

République Française en ce quatre-vingt-treize

Brûlant empereurs, rois, prêtres dans la fournaise,

Avec la danse autour de la grande commune.

L'étudiant et sa guitare et sa fortune

À travers les décors d'une Espagne mauvaise

Mais blanche, de pieds nains et noire d'yeux de braise,

Héroïque au soleil et folle sans la lune.

Néoptolème, âme charmante et chaste tête,

Dont je serais en même temps le Philoctète

Au cœur ulcéré plus encore que la blessure,

Et pour un conseil froid et bon parfois l'Ulysse:

Artiste pur, poète où la gloire s'assure,

Cher aux lettres, cher aux femmes, Charles Morice.

* * * * *

A los pocos instantes, vibrando aún los versos de Paul Verlaine,

Charles Morice saboreaba también su grog, y, a propósito de un Walt

Whitman que encontró en mi mesa, discurría sobre literatura yanqui.

No es ya el autor de la _Littérature de tout à l'heure_ el mismo

del soneto de su amigo y maestro, ni siquiera el pintado por Emile

Coursange. «La cabeza es adelgazada, bien puesta sobre el cuello

flexible y delicado--la barba ligera, obscura, realza la palidez del

rostro y atenúa la sequedad de los contornos; la frente elevada,

apenas agrandada, que encuadra una cabellera fina y rara, está alzada

con brutalidad--; la nariz altiva, aguileña, enérgica--la boca fina

y sensual, acentuada por un bigote felino--, el _mentón_ que se

adivina bajo la barba, a la vez autoritario y campechano, completan

esta fisonomía tan compleja, tan contradictoria del poeta, donde la

cabeza, donde las pasiones, parecen en lucha perpetua con el alma;

pero la sostienen, la avivan.» Esas palabras fueron escritas tres años

antes: 1889. Hoy, Charles Morice parece gastado, quizás minado por una

dolencia.

Es, entre la juventud literaria, uno de los maestros. Fué uno de los

fundadores del simbolismo, después se separó del cenáculo. Ninguno de

sus antiguos compañeros, a excepción de Barrés y Paul Adam, ha escrito

obra más seria y trascendental que el autor de _Littérature de tout à

l'heure_.

Cuando se trató en Francia de la elección académica para el sillón de

Leconte de L'Isle, Charles Morice habló en nombre de la juventud.

Sus palabras fueron las que los lectores de _La Nación_ verán en

seguida.

* * * * *

«Algunas gentes se forman voluntariamente de cualquiera que atrae y

retiene las miradas de los hombres, la idea de un alto funcionario.

Para esos bodoques ante cuyos ojos el mundo aparece como una vasta

administración, la gloria es un puesto, el genio una función: al morir

el titular se abre una sucesión.

--¿Quién va a suceder a Leconte de L'Isle?--preguntan esas gentes.

Y no es en el sillón académico o en la biblioteca del Senado en lo que

piensan. Ingenuamente se persuaden de que Leconte de L'Isle ocupaba el

puesto y ejercía la función de primer poeta de Francia. ¿Quién es hoy

el mejor designado para sucederle en su función y en su puesto?

Esta opinión del vulgo, aunque lleva por casualidad algo de verdad en

la especie, es profundamente errónea. Napoleón decía que las mujeres no

tienen rango: los poetas no lo tienen tampoco. Ninguno es el primero.

Desde que se es en Arte, se es solamente, puesto que en el dominio del

espíritu público _ser_ consiste en _expresarse_, ¡y como ninguna alma

es igual a otra! No se es poeta o artista sino bajo la condición de

mostrar a la luz los matices espirituales por los cuales se distingue

esencialmente, tanto de la multitud de los pequeños como de la débil

minoría de los grandes: por eso, como lo ha muy bien observado M.

Paul Bourget, se llega a ser el representante y el jefe de toda una

categoría humana, más o menos numerosa, según la naturaleza del

pensamiento o del sentimiento a que se da una forma definitiva.

Así, pues, si Víctor Hugo ha llegado a convencer a la muchedumbre de

que él era el _primer_ poeta de su tiempo es, desde luego, porque

afirmándose en los sentimientos e ideas más generales, se aseguró una

vasta clientela y, después, porque a sus virtudes líricas agregaba

los méritos de un extraordinario _reclamier_. Otros han contado la

habilidad que desplegó para fundar y desenvolver su gloria, y el

hecho es que en muy poco tiempo llegó al puesto--ilusorio, pero

brillante--que él se había señalado como mira.

Parece--como lo es, en efecto--inútil distribuir premios a Hugo, a

Lamartine, a Vigny, a Musset, a Gautier, a Baudelaire... Cada uno de

ellos es el rey de un dominio que no comparte con nadie.

Si el emperador de la Rusia posee más territorios que el rey de

Dinamarca, ninguno es menos majestad que el otro.

Agreguemos que los poetas poco leídos, dado que sean muy realmente

poetas, no tienen nada que envidiar a los más populares, si éstos lo

han llegado a ser pronto. El consenso universal inmediato no tiene

valor en arte, no porque el ideal no sea en efecto seducir al mismo

tiempo a _l'élite_ más severa, y a la muchedumbre más contentadiza.

Pero es, ante todo, lo escogido lo que le conviene tener consigo; y

se ha visto raramente que su opinión concuerde con la de la mayoría.

Al contrario, los escogidos concluyen siempre, a más o menos largo

plazo, por arrastrar a la muchedumbre. ¡Peor para aquéllos a quienes

ésta aclama sin consultar mejores pareceres! Como ella se da sin

pena alguna, cambia del mismo modo, en tanto que el elegido de los

difíciles puede contar con su fidelidad, sus partidarios son tanto más

entusiastas cuanto más raros son: su fe artística tiene todo el valor

de una verdad que ellos están prestos a demostrar.

Baour Lormiari, a quien sus semejantes prodigaron los títulos más

lisonjeros, anduvo desacertado en creerse príncipe de un vasto imperio

poético, en tanto que la Kamchatka de Baudelaire se anexa sin cesar

nuevas provincias.

En la ciencia ello es de diferente manera.

En poesía es el tono, la cualidad, la esencia del alma del creador, lo

que importa ante todo.

Si un poeta no ha dejado sino diez versos perfectos, cada uno de esos

diez versos es tan bello, tan _inmortal_ como cada uno de los mil

versos perfectos que haya dejado otro poeta. Este habrá sido más a

menudo, pero no más poeta que aquél.

Un sabio puede ser más sabio que otro.

Una vez alcanzada la elevación bajo la cual se quedan los trabajadores

de la obra, los industriales y los imitadores, es permitido adicionar y

comparar los elementos de conocimiento y los resultados adquiridos. Un

descubrimiento puede tener más importancia que otro.

Un sabio puede ser el primer sabio de su época.

No pretendo deducir de allí que la ciencia sea inferior a la poesía.

Además, que eso sería aun una distribución de premios que nadie

tiene derecho de hacer, aunque muchos lo hayan intentado; esas como

especulaciones insubstanciales no sirven de nada.

Pienso solamente, y repito, que no hay _primero_ en poesía.»

* * * * *

Decía, pues, que el error popular, a este respecto, presta a las

circunstancias, a la personalidad de Leconte de L'Isle, algo de verdad.

La institución de los poetas laureados en Inglaterra, y de la Academia

en Francia, deja, en efecto, comprender que es permitido a los

contemporáneos, escoger entre los grandes escritores de su tiempo,

de encarnar en ellos el arte literario y de atribuirles derecho de

eminencia y prerrogativas. Eso es, sin duda alguna, socialmente

necesario para el honor de las letras.

Desde el punto de vista particular, alguno sucederá, pues, a Leconte de

L'Isle; alguno ocupará el sillón en que él se sentó después de Víctor

Hugo.

Que se me permita precisar la importancia de la elección esperada. Por

una vez, la Academia va a ser el centro de las preocupaciones de toda

la juventud. Ella conoce, amaba al poeta que vivía en su misma casa.

Desde luego, aun para dejar presto de serlo, la juventud es siempre

literaria. La palabra poesía no la deja nunca indiferente.

Luego es de poesía, contra la costumbre, de lo que se va a tratar en la

Academia.

* * * * *

La situación de Leconte de L'Isle en la historia de la literatura

francesa permanecerá de todos modos excepcional.

Ese criollo, venido de Bourbon a París, con reflejos de sol cruel en

sus ojos maravillosos, para fijar en versos de una extraña suntuosidad

sus visiones de lo bello de ella, y como para gustarlas mejor a la

distancia, fué, entre nosotros, el sacerdote augusto del arte sagrado;

y de ese modo, él también, el residente de otra edad, como decía de sí

mismo Chateaubriand, a quien Leconte de L'Isle merece ser comparado. La

indiferencia desdeñosa que tenía por los imbéciles, el horror que él

les causaba, el disgusto que le inspiraban las solicitudes de la vida

corriente, sobre todo, la naturaleza adjetiva de su genio--a lo Vigny,

a lo Goethe, a lo Shakespeare--, todo contribuía a hacer de él como una

síntesis de este ser de antaño ya quimérico: el poeta.

Tenía esa doble gracia de la eterna infancia de los sentimientos

unida a la majestad del espíritu. Ningún rasgo de sensibilidad ni de

puerilidad en su obra vigorosa, a la que los poco observadores acusan

de impasibilidad. ¿Impasible? ¡Esculpió el mármol y lo volvió sensible!

Pero tenía altos cuidados de pudor y de pureza. Su ensueño es casto,

casi ingenuamente, como el ensueño de todos los grandes poetas. Quería

«desaparecer, como autor, detrás de sus creaciones». Griego y clásico,

tanto por ese procedimiento estético, cuanto por su ideal de belleza.

Esta reserva austera del escritor estaba en perfecta armonía con la

actitud del hombre, tranquilo y grave, y que evitaba las ocasiones de

ser visto. Pero los que lo han encontrado, no olvidarán aquel noble

rostro, aquellos grandes rasgos, esos labios donde la obligación del

desprecio había apenas atenuado el instinto de la bondad, aquellos ojos

admirables, demasiado luminosos tal vez, y que parecían deslumbrados de

su propia claridad.

Era estoico, era pesimista. El orgullo ocultaba en él la ternura. Su

desprecio nacía de una comparación fatal entre el ideal constante al

cual tendía toda su alma, y las realidades humanas.

Aunque lo haya dicho un ministro ante la tumba de ese poeta, no era el

desencanto lo que lo alejaba del bullicio de la muchedumbre. Después de

juveniles y breves tentativas, abandonó definitivamente todo deseo de

renovación social, para darse sin tregua a su obra, a la realización de

la belleza severa y perfecta de que estaba apasionado. En ese grande

esfuerzo, y de esa obra maestra en obra maestra, él se desarrolló sin

cesar, simplificándose siempre.

Los críticos admiraron en él, muy particularmente sin duda, cómo fué

a la vez--simultaneidad rarísima--un bello rimador y un solícito

escritor. Los psicólogos le alabaron por haber representado sin falta

ninguna ese difícil personaje del poeta, ya fuera de moda, en esta

sociedad. Los jóvenes artistas literarios, en fin, recordarán todo lo

que el arte de escribir le debe; como él fué por poemas, más que por

sus opiniones, un maestro precioso, el jefe de la única escuela que

tiene algún porvenir: la escuela de la perfección.

* * * * *

Otros sillones académicos son tan gloriosos como el suyo: el sillón de

Renán, por ejemplo, o el de Taine. Pero el sillón de Leconte de L'Isle

tiene algo singular: es el sillón de Hugo, es el único--con el cuarenta

y uno--que, por derecho de tradición, pertenece a los poetas.

Uno de éstos, en todo caso, y de los raros que justifiquen la

existencia de una Academia fundada con el objeto de honrar la

literatura.

A propósito de la elección de M. Lavisse, creo oí decir a M. Ludovic

Halévy, aprobando que la Academia se hubiese agregado ese erudito:

«Es una buenísima adquisición. Se necesitan gentes instruídas en la

Academia.»

Quizá se necesitan poetas también.

Sin duda por François Coppée, Sully Prudhomme, José María de Heredia,

Paul Bourget, piensan los duques que la poesía tiene mucho lugar ya

en la representación oficial de la literatura francesa. ¿Pero no

conviene que esa Sociedad reserve, para embaucarla con honores poco

dispendiosos, un lugarcito para la poesía que ella encarnece de todos

modos?

* * * * *

A falta de un gran poeta, el académico de mañana podría ser un gran

jefe de escuela. Leconte de L'Isle fué todo eso junto.

Y todo eso junto lo tenemos aún. Pero...

Paul Verlaine es un gran poeta, es verdad, el maestro más amado de las

jóvenes generaciones y el que, en todo el siglo, tal vez, «ha observado

más la distancia entre la sensación y la expresión». Su obra es el

fiel reflejo de esta época desencantada y deseosa aún, atribulada

por remordimientos; testarudo en la esperanza y, a veces, contra el

porvenir y el pasado, se refugia o, mejor, se abisma, en la embriaguez

olvidadiza que presta un sentido a la aflicción de la hora presente.

Verlaine es también un jefe de escuela. Todos los jóvenes lo imitan

antes de haber encontrado su propia vía: preguntad a León Vanier, que

los acoge algunas veces, y a Lemerre, que les reprocha olvidar el

ribazo del Parnaso.

¡Pero!... La Academia se espanta al solo nombre de Verlaine; resucita

viejas leyendas y discute la obra también que ella juzga de anárquica,

literariamente, se entiende.

¡Y bien! Emilio Zola es un gran jefe de escuela.

No se trata aquí de preferencias personales, ni de saber si yo ignoro

lo que conviene pensar de «el espeso genio de Meudon», como decía

Maurice Barrés. Conste, al menos, que el autor de _l'Assommoir_ ha

estado a la cabeza del movimiento literario más importante que se haya

producido después del romanticismo.

Preciso es que haya tenido razón, puesto que, en doctrina literaria,

concuerda con la doctrina filosófica de ayer (y aun de hoy un poco) el

positivismo, y con teorías estéticas ahora en derrota, pero que nos

dejan como testimonio de su paso muchas obras maestras.

Zola es un poeta también. No pienso que sea útil afirmar, una vez más,

que hay poetas en prosa. Zola es eso. Tal visión de París, la segunda,

si no tengo mala memoria, de _Une page d'amour_, es uno de esos poemas

en prosa que sobrenadarán en el próximo naufragio del montón de toda

esta obra artificialmente una, extrañamente compuesta, indiscretamente

amplificada. El mérito particular de Zola será, sin duda, que con el

más grosero estilo posible, llega a dar algunas veces la impresión de

una obra de arte vibrante de vida. Es un mal ejemplo y de un efecto

espléndido.

¡Pero...! La Academia arguye y chochea a propósito de Zola, y no quiere

darle más de seis, siete, ocho votos, cada vez que viene él a pedirle

sus favores.

¿Tendremos largueza mañana?

Las gentes de tacto y de gusto, las gentes que se cuidan de las

conveniencias, me responderán que ese no es el caso. Leconte de L'Isle

aborrecía el naturalismo y a los naturalistas. ¿No sería insultarle,

darle uno de ellos por sucesor?

--Pero, ¿por qué? Forzar a uno de ellos, y al más ilustre a alabar

al poeta que les desdeñaba, ¿no sería algo picante? Esas grandes

oposiciones, ¿no son uso de la historia en las hermosas épocas? ¿No son

también la más preciosa de las enseñanzas?

Sin dejar de admirar el alto porte, la bella actitud del poeta que,

durante toda una larga vida, nutrió de contemplación su pensamiento y

no descendió a la plaza pública.

«Parmi les histrions et les prostituées.»

Lamento no haya encontrado el secreto de ir hacia la muchedumbre

permaneciendo siempre el mismo. El alma de la muchedumbre se engrandece

bajo la mirada del que sabe conmoverla en sus profundidades--¡la

muchedumbre, cliente de la Biblia y de Shakespeare!--Los escogidos que

habían ido a Leconte de L'Isle le hubieran seguido al gesto que él

hubiese hecho hacia esa divina multitud.

La naturaleza de su genio no quería el ruido.

Creo que una imponente lección se deduciría muy bien del contraste

brillante que daría el sillón académico del gran misterioso, del gran

concentrado, del gran artista objetivista, al subjetivista apasionado,

desenfrenado, Verlaine; o al expansivo a toda costa, aun a veces a

costa del arte--Emilio Zola.

Quizá la verdad y el porvenir pasaran entre la excesiva discreción

del primero y la indiscreción de los otros dos. En todo caso, ambos

son dignos de sentarse donde él se sentó. Los nombres de ambos, como

el suyo, significan el ideal neto y personalísimo. La juventud los

elegiría a cara o cruz...

* * * * *

¡Pero...! La Academia está falta de juventud. Podéis apostar,

seguramente, que la gloria va a abandonar el sillón de Hugo y de

Leconte de L'Isle: se lo apropiará la honrada notoriedad.

Las candidaturas probables ya vistas con buenos ojos, son las de M. M.

Henry Houssaye, Stephen Liégard y Jean Aicard.

No tengo nada malo que decir de esos señores.

Henry Houssaye, como se sabe, resultó elegido inmortal. Verlaine está

cerca de la muerte y de la inmortalidad. Y Zola, el fuerte cazador, de

candidato perpetuo.

Enero, 7-1895.

[Ilustración]

EL PENSAMIENTO

ITALIANO

Teatro, poesía y novela

La «enquête» de Hugo Ojetti

La opinión de los «Chêrmaitre»

PREDOMINA hoy, entre nosotros, lo italiano. El arte italiano reina en

Buenos Aires: díganlo si no las dos excelentes compañías dramáticas

que tienen como estrellas a Tina di Lorenzo y a la Reiter; la de G.

Salvini, que se anuncia; las compañías de ópera italianas, que se

suceden; la Tetrazzini, que vuelve a reinar con sus gorjeos; el extraño

y funambulesco Frégoli, que acaba de partir.

La idea italiana nos informa: Bonghi escribe en _La Prensa_ y Edmundo

de Amicis en _La Nación_.

Italia _for ever_! En la _Revue de Deux Mondes_, el vizconde Melchor

de Vogüe ha hecho notar recientemente, en su magnífico ensayo sobre

Gabriele D'Annunzio--tal como antes hiciera notar el vuelo de las

cigüeñas--, cómo se advierte en el mundo un renacimiento de la fuerza

del alma latina, iniciado, no en la gloriosa Francia, invadida por los

bárbaros, sino en la ilustre Italia maternal.

_Il trionfo della Morte_ se está publicando en la misma revista; en

otras se ha traducido también gran parte de las obras del ilustre y

joven maestro de Napóles.

De ocasión es, pues, saber la opinión que sobre el pensamiento italiano

actual y su porvenir tienen quienes en la península están a la cabeza

del mundo intelectual. Así lo ha pensado el escritor ameno y elegante

Hugo Ojetti, que, a la manera de Jules Huret en Francia, ha hecho en

Italia una _enquête_ por demás importante.

Es, en verdad, Ojetti un encantador repórter, o más bien un explorador

literario. ¿La causa de su libro? Él se dijo poco más o menos: «En

Italia no hay crítica sobre la literatura contemporánea. Juntan los

críticos en sus vacuas personalidades las más opuestas profesiones, y

ya son soldados, ya abogados, ya empleados, ya periodistas políticos,

ya mujeres, ya sacerdotes católicos.» ¿No puede decirse _et pour

cause_, lo mismo en nuestra literatura de lengua española? Y seguía

pensando Ojetti: «Apenas dos o tres son cultos y sinceros; pero sus

voces, por la permanente escisión étnica del todavía vano reino de

Italia, no son escuchadas más allá de los límites de su propia región.

Los otros pseudo-críticos no saben hablar; hablan sobre todo y sobre

todos; y ahora que los curas no están más en boga, gritan--como éstos

hacían antes--contra toda obra nueva, el _pulvis es_. No se puede

apreciar nuestro actual estado ni porvenir intelectual, ni por los

diarios políticos, que son generalmente enemigos de la Gramática,

del arte y de las letras, ni por las raras revistas, jóvenes,

ignoradas o pasajeras, o viejas, supersticiosas y pedantes; ni por los

libros--difíciles de hacerse por la insapia y pobreza de los editores,

etc.»

Es un hecho que un movimiento de vida se nota. El público mismo

comienza a dejar los libros franceses por los italianos. ¿Cómo hacer

ver, hacer observar al público este movimiento, si no hay crítica?

Pues bien; concluyó Ojetti; iré de ciudad en ciudad y de casa en casa,

a que los _chêr maitre_ me digan lo que piensan al respecto, sea bueno

o sea malo; pesimistas y optimistas hablarán con el público claramente

y por mi medio.

Esto, dice él, «es casi un principio de socialismo estético. Pero el

público sabrá a qué atenerse».

Y fué, en efecto, en viaje de investigación, a las viejas y a las

jóvenes autoridades. Pocos nombres valiosos faltaron para su _enquête_,

como Rovetta, como un Rapisardi, como Neucioni, como Guerrini.

Y ahora, homeopatizando, como es a propósito para una información de

esta clase, comenzaremos con la visita que hizo al gran

GIOSUÉ CARDUCCI

Para verle tuvo que ir a Bolonia, «la Atenas italiana», en donde

Carducci _pontifica_. Tiene su casa fuera de la ciudad, entre Porta

Mazzini y Porta Santo Stéfano. Casa más que confortable. Libros

muchos, muchísimos libros, no siendo pocas las ediciones princeps y

obras raras, y siendo mayor joya una _Commedia_ de la primera edición

de Aldo, regalo de un admirador. Entre retratos de Hugo, Mazzini,

Garibaldi, Mario, y un busto del Dante, un largo mechón de cabellos de

Goffredo Mameli.

Le vió, y he aquí el extracto de lo que dijo el poeta:

Nos falta una _Storia del risorgimento italiano_, hecha con ciencia y

arte, pero sin ostentar erudición. Voy a hacerla. Comenzaré pronto,

pronto. Una historia así es necesaria para el pueblo. Haré algo útil.

¡He hecho tantas cosas inútiles! Sin erudición. Será una cosa útil. Y

volviéndose al señor Rugarli, que estaba presente:--¿Cree usted que la

erudición que tenemos nos sea útil? ¿Para qué? Y siguió hablando sobre

lo mismo.

Se habló del _Cristo alla festa de Purim_--publicado en Buenos Aires

en _La Nación_--, y recordó la _Giuda_ de Petruccelli della Gattina. E

hizo un _calembourg_:--Sí, el drama de Bovio, es un _Cristo in puré_.

¿Y de lo que iba a preguntarle Ojetti?

Ni palabra.

Como es sabido, Carducci es consejero comunal y provincial de Bolonia,

ciudad en donde reside desde 1860. Su vida es metódica. Trabaja toda

la mañana. A las doce, se traga tres huevos crudos. Lunes, miércoles

y viernes, va a dar sus lecciones puntualmente, a las cuatro. Luego

pasa a lo de Zanichelli, en donde toma el _Corriere della Sera_.

Come a las seis y goza de buen apetito. A las nueve, va otra vez a

lo de Zanichelli, a charlar o a jugar al briscolon, o a leer (tres o

cuatro veces en los inviernos) Dante u Horacio, y lee admirablemente.

Administra muy bien el capital que ha ganado; pero parece que éste no

pasa de ochenta mil liras. Tiene tres hijas, todas casadas; Bice, con

el señor Bebilacqua, de Livorno; Laura, con el ingeniero Gnacarini, y

Liberta--la Titi del _San Guido_--, con el ingeniero Masi.

Me parece que para detalles tienen suficientes ya los admiradores de

Carducci. Otro sí: hay que agregar, que no es gran conocedor de la

música--_da buon poeta_, dice su _interviewer_--; se quiere hacer el

wagnerista, pero en el fondo «si commuove solamente e sinceramente

quando ascolta _O signor che dal tetto natio!_»

Ojetti teme que el ambiente, que el _medio_ boloñés, entumezca en parte

las alas del águila de las _Odas bárbaras_ en su vivaz vejez.

Y después de Carducci,

ENRICO PANZACCHI

También en Bolonia, y «el hombre más simpático de su ciudad». Sutil

como un crítico, pero entusiasta como un poeta. Charla y discute

cortés y convincente. Es el tipo _ideal_ de Bolonia la docta.

Le encuentro en la Pinacoteca, de la cual es director, y en donde tiene

su cátedra de estética. Su estudio, revuelto en un bello desorden de

libros nuevos y viejos, y adornado con dos ricas joyas de Serra, el

pintor, dos cabezas de viejo.

Panzacchi es alto, gentil, de cabellos grises, el que viste más

elegantemente de todos los escritores boloñeses. Hallóle Ojetti en la

Pinacoteca. He aquí la esencia de sus ideas sobre las preguntas del

_interviewer_: Separa las literaturas latinas que resultan de la obra

semejante de muchos contemporáneos escritores, de las literaturas del

Norte, que en el fondo existen solamente por labor de individualidades

distintas.

La razón de la decadencia, de la general decadencia de la literatura,

del arte, tiene bases económico-sociales.

En Italia, más que en cualquier parte, o, al menos, con mayor

sinceridad, se siente lo _nuevo_. «Digo _nuevo_, dice Panzacchi, para

no usar el adjetivo _moderno_, que por el abuso ha llegado a ser falso,

y a perder casi todo significado.»

No asegura claramente un despertamiento en Italia: ve más bien un deseo

y tal vez una conciencia de despertamiento. Es oír trabajar sutil,

disperso, profundo, oíble tan solamente para las orejas expertas; pero

el trabajo existe, ciertamente, y tiene carácter italiano.

En Italia, con mayor sinceridad que en ninguna parte brilla sobre la

producción, de los ingenios, de algún tiempo acá, una vaga luz de

misticismo. ¿Reacción? Acción espontánea del alma, fuera de toda razón,

de método literario. ¡Quién sabe! Corifeos del movimiento, la Matilde

Serao y Antonio Fogazzaro. En Francia ha habido igual movimiento,

pero no son sinceros; la sinceridad, la fe, la necesidad absoluta

de la fe, son cualidades necesarias. ¿El misticismo de D'Annunzio?

Es un misticismo muy afrodisíaco, una necesidad de los sentidos, y

de los sentidos más bajos, no una necesidad del alma. No es síntoma

de debilidad el misticismo. No hay que confundir el ascetismo con

el misticismo. Los amores florecidos de medrigales, o grises de

sentimentalismo, han hecho su consumo. Hoy los jóvenes deben buscar

la forma de arte. Carducci ha iniciado ese movimiento. Su mérito es

todo de la forma. El ha dado a la poesía y hasta a la prosa literaria

italiana, una nueva forma: forma noble, digna del pensamiento.

Después Ojetti fué a ver al místico

ANTONIO FOGAZZARO

Seghe di Velo, lugar en donde el escritor tiene su «villa».

«Es así, dijo Fogazzaro; el misticismo es natural, no efecto de

reacción.

_Miranda_ aparecía en 1874, cuando todavía el naturalismo, con Zola a

la cabeza, no había obtenido tan resonante triunfo que provocasen una

reacción. Ahora bien; en _Miranda_, está claro, me parece, la necesidad

de lo sobrenatural y de lo sobrehumano. Desde niño, aun por razones

de familia, he tenido esas ideas; tengo cincuenta y dos años. Antes

leía todos los libros que estaban en la corriente de mi aspiración,

muchos libros ingleses: las _Contemplations_, de Víctor Hugo. Después,

lentamente, fuera de ciertos libros de filosofía, especialmente

ingleses, he concluído por evitar la lectura de libros animados por

ideas semejantes a las mías. Ahora leo casi siempre libros de maestros

naturalistas; estudio y admiro a Zola con entusiasmo.»

Es Fogazzaro un solitario que se complace en la soledad. Cuando

va a Vicenza no habla de arte con nadie. Tiéntale el estudio de

los fenómenos de la sugestión, espiritismo, hipnotismo. En cuanto

al movimiento neomístico, no cree en la sinceridad de todos los

escritores. A Julio Salvadori le juzga, sin embargo, sincero. Y dice:

«soy católico rígido, severo, convencido. No concedo a mi fe ni

oscilaciones ni dudas. No me hago una religión _para mí_, acepto el

cristianismo católico y soy entusiasta. Hay que ver el catolicismo

con ojos que alcancen lejos. En Italia ha sido y es siempre pequeño y

contrahecho, en su apariencia. Mire en América la cuestión _Knights

of labour_, que primero fué rechazada por el obispo Onebec, y después

aceptada por los prelados más rígidos y sabios, con palabras tales,

que aquí, en Italia, parecerían imposibles en boca de sacerdotes.

¡Esto conduce a proclamar la máxima de que la iglesia debe secundar

los movimientos de la mayoría nacional! Y todavía mírese en Chicago

el Congreso de las religiones, donde un príncipe de la iglesia ha

entonado, entre los sacerdotes más diferentes, entre bramanes,

mahometanos, confucistas, ulemas, una plegaria cristiana, y todos,

universalmente, han respondido en coro con voces altísimas. ¿No es

éste un sublime espectáculo? Y no es esto sino los casos más próximos,

más visibles, más fáciles de recordar. Nosotros, nosotros somos

pequeños; nuestros ojos son débiles, nuestras mentes limitadas. Pero el

catolicismo es inmenso, y santo, y eterno.»

La cuestión de la patria tocóla el _interviewer_ ligeramente. Lo cual

hizo declararse liberal a Fogazzaro. Anunció un libro _Piccolo mondo

antico_. Concluyó: «Yo soy un socialista católico convencido. La

palabra del Cristo es el verbo del socialismo más sano, más recto y

también más audaz.»

Por esto no comprendo cómo Matilde Seras haya escrito que la única

cosa que le disgusta en la doctrina del Cristo era el socialismo. Pero

si es el fundamento del cambio social. Y yo lo sigo aun fuera de la

teoría, propagándolo en los libros y realizándolo en lo poco que puedo.

El socialismo no matará el arte. El arte no muere. Se modificará, es

cierto, pero ganará en sinceridad. Como se hablase de Tolstoi, juzgólo

como una mente desequilibrada en gran manera, pero valientísima.

En la villa de Velo, fundada por aquel a quien Fóscolo llama _qualtro

comuni_ en su epistolario, los dos hombres de letras siguieron

conversando.

En Vicenza, cerca de la villa de Fogazzaro, vió Ojetti a

PARLO LIOY

el sabio poeta, o más bien el poeta sabio.

¿Quién no ha quedado encantado si ha recorrido las páginas de _Notte_?

--«Yo no veo, dijo Lioy, ningún despertamiento en nuestra literatura

y en nuestro arte. Todo es mediocre. Los atrevidos poetas que un día

se figuraban cabalgando insolentemente entre la baja muchedumbre con

los ojos fijos en el sol, andan hoy en velocípedo. Es un símbolo. Es

el triunfo de la mediocridad. El arte y la literatura, no sólo se

modificarán, sino que morirán. Y no será una gran lástima; ni un daño

para muchos. Reina hoy en nuestros jóvenes, el alejandrinismo, en forma

y en substancia.

El socialismo vencerá. En un libro que tendrá por título _Fuori all'

aperto_, y que saldrá pronto, habrá un capítulo sobre el _socialismo

animal_, y demostraré cómo entre los animales existe el régimen

socialista; hay la más perfecta y continua forma de vida social. En

cuanto a los neomísticos, el único sincero es Fogazzaro.» Y un golpe a

las _bas-bleu_:--¿Qué piensa usted de nuestras escritoras?

--Pienso que ninguna de ellas es digna de tal nombre, fuera de

Matilde Serao. Su número creciente es un síntoma de decadencia; es la

mediocridad que conquista el arte y lo sofoca.

Tenían ambos artistas bellos paisajes a la vista, maravillas de

hermosura natural, un claro cielo lleno de sol. Lioy hablaba de ciencia

y arte.

Septiembre, 2-1895.

[Ilustración]

GIOVANNI RUFFINI

GÉNOVA acaba de inaugurar el busto de Giovanni Ruffini. He aquí un

nombre entre nosotros desconocido, el de una personalidad un tanto

olvidada; pero que resurge hoy, en su patria, a la glorificación del

simulacro. El telégrafo comunicó la noticia a un diario, hablando de

«Juan Ruffini, que formó parte del comité de la Joven Italia, y que fué

desterrado a Inglaterra». Persona de autoridad me dice: «Sí, realmente,

fué un patriota; pero no se distinguió mayormente su patriotismo, ni

llevó a cabo hazaña ninguna en tal sentido. La hazaña que él llevó

a cabo fué escribir en inglés, como un inglés, un libro que es casi

una obra maestra, _Il dottor Antonio_, el cual contiene quizás las

más bellas descripciones que existen de la Riviera, del camino de

la Cornice, siendo una novela interesantísima. Este y otros libros

escribió, todos en inglés, que obtuvieron una inmensa popularidad en

Inglaterra y todos los países de lengua inglesa, y que sus compatriotas

tuvieron que leer traducidos. No conozco, a lo menos no recuerdo, un

caso tan extraordinario como éste. Ruffini fué a Inglaterra ya hombre

formado, y creo que sin saber una palabra de inglés.»

En verdad. El caso es excepcional, y tengo para mí que Ruffini hizo

obra de maravillar. El único ejemplo que recuerdo--a más de algún

heterodoxo español estudiado por Menéndez Pelayo--que pueda compararse,

en lo referente a la lengua, con el de Ruffini, es el D. Pascual

Gayangos, recientemente fallecido en Londres. El viejo Rosetti, padre

del divino poeta de simbólico nombre Dante Gabriel, no sé que llegase

a poseer el idioma inglés de tan perfecta manera. En Francia, lo sabía

magistralmente Mallarmé, y lo saben, entre otros, Marcel Schwob y

Bourget; pero escribirlo literariamente ya es otra cosa, y no pasarán

de lo que hacía Merimée, de prodigiosa poliglocia: escribir versos

ingleses de amor--cuando se está enamorado de una inglesa.

El busto de Ruffini es de Justicia; pero no han de ver las generaciones

en él la representación de un hombre político de este o aquel círculo

histórico de su tiempo, ni al mártir que quiere presentarse; su

figura modesta se perdería entre tanto hombre de bronce y mármol que

puebla las plazas italianas al amparo de la memoria patriótica, desde

el caballero de la camisa roja hasta los personajes de tercero y

cuarto orden de las épocas agitadas de las revoluciones peninsulares.

Aparecerá, sí, en su legítimo valor, el talentoso sensitivo, el

novelador de imaginación y de corazón, que realizó en sus obras una

tarea de patriotismo si gustáis, pero principalmente de virtud y bondad

humanas.

En el palacio de la gloria del pensamiento y del arte, hay una inmensa

muchedumbre de elegidos, pero cada cual guarda su propio rango. Habitan

allí seres de distintos aspectos y de distintas tallas. Hay emperadores

como Shakespeare, como Dante, como Hugo; reyes como Virgilio, como

Milton, como Goethe; príncipes como Gautier. Hay colosos, hay enanos,

hay bufones, hay locos; criminales y seres cuyo símbolo es un corazón.

Pasan por los pavimentos de mármol y de ónix, mantos de púrpura,

obscuras y sombrías capas. Tras las columnas se ven pasar pajes

ricamente vestidos, que hacen brillar sus puñales de puños de pedrería.

Entre la grandeza, la riqueza, el genio tiránico y absoluto, circulan

perfumes misteriosos, encantadores, peligrosos, de un raro poder de

fábula; os marean, os seducen, os matan. Podéis ascender al cielo; pero

también podéis caer en una trampa y perderos para siempre. Descended

conmigo al jardín; allá, en lo silencioso de las altas alamedas, por

donde discurre un aire benéfico y los sanos árboles aprueban. No

lejos está la blanca pila y el cisne gentil en ella. Por allí juegan

los niños. Por allí se van a sentar en los bancos solitarios, las

viudas enlutadas, a hojear un libro, a sentir como una lejana harpa de

melancolía, inclinando a un lado la cabeza, como los pájaros de Dios

cuando escuchan. Por allí pasan los hombres buenos, los que trajeron

a la tierra algún don de esperanza o de consuelo; amor esencia de fe,

música de lo alto, miel de la luna; los que curan las heridas que

hacen los malos, sonrientes o suavemente melancólicos, o generosamente

heroicos, un poco pastores, un poco niños, un poco curas. Y, por un

recodo, a la dulce hora de la tarde, he ahí que veréis aparecer sólo al

buen Giovanni Ruffini, que en su tranquila inmortalidad se pasea entre

violetas de amor y rosas de patria.

* * * * *

D'Annunzio nos ha contado encantadoramente algo de la persona de

Ruffini, cuando le conoció en París en 1873.

«Ruffini tiene el aspecto de un buen padre de familia. Su semblante,

abierto y suave, como dicen los que sostienen que el _mundo empeora_,

no se encuentra ya en nuestros tiempos. Su fisonomía recuerda los

enormes retratos que adornan los salones de las casas patricias; a

primera vista diríase que tiene unos sesenta años, y goza pudiendo

añadir que parece destinado a despachar otros sesenta. A pesar de su

aire pacato, bien se adivina por los movimientos de su semblante y el

tono profundo de su voz, que ha llevado una vida agitada por vigorosas

pasiones y que ha sufrido grandes dolores.

Como en las páginas del _Doctor Antonio_, así en su semblante, en

su acento y en su conversación, hay algo de melancólico. Melancolía

templada por tanta benignidad y dulzura, que jamás se descubre lo

amargo. Sus mareas y lenguajes son de una sencillez infantil; parece

que siempre hemos vivido juntos, y sus miradas y preguntas hacen creer

que más bien es él el que ha venido movido por los mismos sentimientos

vuestros a conoceros.»

Tal rápido retrato, se compadece perfectamente con el Ruffini que

os vendrá a una imaginación después de la lectura de sus amables y

fluyentes narraciones. Sus novelas son verdaderamente balsámicas y

tienen la particularidad del exacto documento, por mucho que sea el

ambiente romántico que en ellas circula. A D'Annunzio mismo, confesaba

él la realidad de sus personajes, el ser sus fabulaciones copias

directas de la vida, sobre todo la célebre del _Doctor Antonio_. Ya

antes, él había repetido eso mismo, insistiendo en ser dicha novela una

_verace istoria_.

Giovanni Ruffini nació en Génova el año 1807 y murió en Taggia el 3 de

noviembre de 1881, en la villa Eleonora, finca de su propiedad. Sus

padres, el abogado Bernardo Ruffini, y Eleonora, hija de la marquesa

Carlo, tuvieron cuatro hijos: Ottavio, Jacopo, Giovanni y Agostino.

Giovanni, a la edad de siete años, fué enviado por su padre a Taggia,

y allí se crió confiado a los cuidados de su tío, canónigo, que se

dedicaba más a sus olivares que a su sobrino. Poco acomodaticio a

tan ingrata tutela, se fugó el muchacho, y entonces se le colocó de

interno en el Reale Collegio di Génova, bajo la dirección de los padres

Tomaseos. Luego pasó a la universidad, en donde conoció a Mazzini, que

fué su íntimo amigo; con su hermano Jacopo, entró luego a las filas

carbonarias.

Mazzini había organizado en Marsella la nueva sociedad La Giovane

Italia, en cuyo comité figuraron los hermanos Ruffini, en arrojados

intentos revolucionarios. Descubierta la conspiración, Jacopo fué

denunciado, y junto con su hermano Attavio, preso. Jacopo se suicidó en

la cárcel. Giovanni y Agostino lograron escaparse primero a Francia y

después a Inglaterra, en donde se dedicaron a la enseñanza de letras.

En 1848 volvieron a la patria y fueron elegidos diputados al Parlamento

piamontés. Giovanni Ruffini fué nombrado por Gioberti ministro en

Francia, pero no aceptó y devolvió las 9.000 liras que había recibido

para gastos de viaje.

Fué una feliz resolución. Desde entonces se dedicó por completo a la

vida literaria. Poseyendo el inglés a maravilla, escribía una lengua

purísima, a punto de que uno de sus traductores, Acquarone, afirmaba a

este respecto: «Si direbbe da noi, da trecentista.» _Lorenzo Benoni_

y _Angolo tranquillo sul Giura_, obtuvieron un buen suceso, y le

aseguraron un vivir holgado. En París pasó algún tiempo en relación con

el mundo de la literatura y del arte; era un piloto admirable en la

gran ciudad, según De Amicis, cuando a la sazón le conociera. Murió

años después en Taggia, y en 1882, por iniciativa de los estudiantes

genoveses, se colocó en el vestíbulo de la universidad una inscripción

que dice: «A Giovanni, Jacopo, Agostino, Ruffini--Cuando piú tetra

incombea la tirannia--El l'ignavia dei voghi appellavasi pace--con

virile intendimento di libertá--La gioventú italiana--Educarono--Alla

religione della patria a del vero--Travolti da la via dell'esiglio

Giovanni e Agostino--con gli scritti e con l'opere--Tennero alto

l'orgoglio del nome italiano--Cui gli stranieri stanchi d'invidiare

Onorarono--Jacopo venuto a mano degli oppressori--Suggellava la

sua fede di mártire--Col rifluto magnánimo della vita--Perche alla

venerazione dei posteri--Non mancasse l'esempio--Di tante cittadìne

virtú--Gli studenti del genovese Ateneo ponevano.--1882.»

Pero, ¿queréis saber algo del Doctor Antonio? Tenéis razón.

* * * * *

Se trata de una novela de amor y de patria, aromada de un optimismo

generoso, que para consuelo cierto, se basa en la vida real. La escena

primera pasa entre Génova y Niza, en esa deliciosa vía de la Cornice,

que no olvidará nunca el viajero que la haya recorrido al amor de los

dos divinos azules del mar Mediterráneo y del cielo italiano. Un noble

inglés viaja con su hija, que busca su salud en la tierra del sol, y

sabido es cómo el país del humo y del _spleen_ envía sus cargamentos

de cisnes y de rosas anualmente a Italia a proveerse de primavera.

Lucy, la más lilial de las misses y en la cual emplea Ruffini todos sus

blancos y sus suaves rosados, es la flor de la narración. Un accidente

desgraciado en que la joven sufre y la causal intervención de un

médico de campaña--el Doctor Antonio--es el origen y principio de la

historia romántica y romancesca. El tipo del Doctor Antonio es una de

esas creaciones caballerescas y llenas de vida que no abundan hoy, por

cierto, en la literatura a la moda, con excepción del sonoro Cyrano, de

sublime penacho; un espíritu bravo y puro, impregnado de naturaleza,

fuerte y decisivo, soñador no obstante, creyente apasionado en el

ídolo de la patria y sensible al roce de una hoja de flor su carnadura

de meridional asoleado y martillado para tempestades. Es ciertamente

un patriota en el poético sentido de la palabra, un patriota de esos

tiempos fulminantes de la Italia de Pío IX, extensamente descrito

en tantos volúmenes especiales y contenidos de manera magistral en

una página de psicología histórica de Gebhart. Un patriota del país

del arte, un tanto lírico en su sinceridad y, por lo tanto, noble y

simpático.

Un Doctor Antonio que bien pudiese ser una transmutación del mismo

Ruffini. El médico siciliano y la señorita inglesa, más felices que

los árboles de los versos de Heine, se encuentran. Pero el idilio de

la palmera y del pino no podrá tener su completa realización. Esta

simpatía sutil que va haciendo hasta convertirse en amor, ese vínculo

espiritual y pasional que une desde luego a la bellísima londinense

con el bruno caballero de su Italia, tiene que romperse; ella cae en

el matrimonio y él en la política. Pero después de larga ausencia

vuélvense a encontrar, y aquella antigua llama revive por un momento,

para ser apagada bruscamente por la tristeza y la muerte.

Amor tardíamente confesado, a pesar del fuego contenido y devorante;

desilusión de la existencia amorosa, sacrificada a la pasión patriótica.

El Doctor Antonio, prisionero, que rehusa, en la escena final, la

libertad de su siempre amada, por abnegada causa; Lucy, o sea Lady

Cleveton, que expira, así como se rompería un fino vaso de cristal. El

intermedio lo ocupa la parte de historia política, con la información

profusa que debía de tener Ruffini, o diversos episodios interesantes,

entre ellos el de los amores de Speranza, la muchacha italiana, fresca

y dulce y buena como una fruta de su país. Italia aparece siempre

en todo el libro con su influencia benigna y dadora de la alegría y

del bienestar. Con razón, cuando el padre de Lucy, lord Davenne, ha

encontrado, como Aníbal, su capua en la _Hosteria del Mattone_, exclama

el autor: «¡Oh, Italia, bella Italia! Tú posees el secreto de amansar

y someter todo carácter de hombre, por muy arisco y rebelde que sea.

Aquéllos sobre quienes sopla tu tibio aliento, ceden a ti. Muchos

han venido a ti con oído y con desconfianza, con la lanza en ristre;

pero no bien gustaron la leche suave de tu seno, arrojadas las armas

a tierra, te han vencido y llamado madre. Está llena toda la historia

de tales conquistas; tierra madre de grandes bellezas y de grandes

dolores.»

La cita de este párrafo me lleva a hablar del estilo de Ruffini. No

he podido conseguir el original inglés; pero en la versión francesa

que conozco, y en las dos italianas que poseo, sobre todo en la de

Acquarone, que me parece la mejor, se revela un escritor de raza,

elegante, sin pompa, y que supo librarse de la declamación oratoria de

su tiempo, sin perder su lirismo nativo, su pasión, y su verbo. Para

las citas de la parte política de su historia, se basa en Bonaccorsi

y Lumía, Amazi y Gualtero. Sus descripciones son de un pintoresco

sugerente y parco, hechas con observación y poesía, sin que falte de

cuando en cuando la dulce y misteriosa nota de acuarela propicia al

ensueño. Así en la entrada de la novela, en la pintura del santuario,

en distintos puntos en que Ruffini se demuestra eximio paisajista y

sentidor veraz del encanto natural. Maneja el diálogo con vivacidad, y

apenas suele perturbar la agradable sutileza de las escenas, una que

otra desertación explicativa que basa la parte que llamaría «civil»

del argumento. Mas lo que en realidad nos ase y comueve, es el fuego

de los caracteres, el conflicto. Lucy es una hechicera creación de

Ruffini, que corresponde en literatura a una de las bellas figuras

pictóricas de su semi-compatriota Dante Gabriel Rossetti. Hay un

vínculo mental que une claramente a Italia e Inglaterra: los nombres

de Shelley, Byron, Rossetti, Ruffini, etcétera, bastarían para

atestiguarlo.

[Ilustración]

MARCO AURELIO SOTO

El ex-Presidente de Honduras,

muerto en la guerra de Cuba.

A ser cierta la noticia publicada en _La Nación_, el Presidente de

Honduras, Marco Aurelio Soto, ha concluído su vida de manera que no se

hubiese pensado nunca.

Vivía en París, rico y tranquilo, después de haber gobernado su pequeño

país, en donde contaba con un partido no por cierto insignificante. Era

hombre culto; bajó de su Presidencia porque sí, razón que en la América

Central priva sobre todas. Se recuerda su Gobierno como una especie

de Luis XIV; el Luis XIV de Honduras. Bajo ese Gobierno, las musas,

representadas principalmente por un emigrado cubano--poeta famoso,

José Joaquín Palma--, fueron tratadas como Reinas. Se decretó la

adaptación oficial de la Ortografía de la Real Academia Española, y en

el Diccionario de la Lengua, en la lista de los socios honorarios de la

ilustre Corporación, que son tan sólo siete, y entre ellos dos testas

coronadas, figuran dos centroamericanos, uno de ellos Marco Aurelio

Soto. El Doctor Holmberg no podrá negar que aquella ley ortográfica

merecía la singular distinción.

Como la mayor parte de los Presidentes de la América Central descienden

del Poder cuidadosamente prevenidos para las vicisitudes de la vida,

Soto hizo lo mismo. Buenamente descendió de la Presidencia y se fué

a la capital preferida de los _rastas_, en donde tuvo el buen gusto

de no ser uno de ellos. Antes bien, se dió a sus estudios preferidos;

y, gozando de sus rentas, sin los ruidos de Guzmán Blanco y sus demás

imitadores, frecuentaba medios intelectuales y se hacía apreciar por

sus buenas dotes. Laurent era su compadre, y Vacquerie era su amigo. En

la colonia hispanoamericana era estimado y querido. Creo no equivocarme

si afirmo que, con Heredia y Vacquerie, asistió al banquete dado en

París en honor del general Mitre. El poeta Palma le administraba en

Centro América sus intereses; y a trabajos de su lírico amigo debió que

se le desembargasen sus inmuebles en Guatemala, confiscados cuando el

Gobierno de Honduras le atacaba con especial firmeza.

Palma es el autor de muchas poesías que tuvieron gran boga en el

continente, entre ellas la célebre _Tinieblas del alma_, una de cuyas

estrofas fué atribuída a Andrade, quien la había dejado entre sus

papeles, copiada de su letra:

Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX · 第 1 / 7 段