romano, de la familia de los Gracos, que volviendo de la guerra
vencedor y rico de muchos despojos, y viniéndole al encuentro para
recibirle alegres y regocijadas su madre y su ama juntamente, él,
vuelto á ellas y repartiendo con ellas de lo que traía, como á la
madre le diese un anillo de plata y al ama un collar de oro, y como
la madre, indignada desto, se doliese dél, le respondió que no tenía
razón; «porque, dijo, vos no me tuvisteis en el vientre más de por
espacio de nueve meses, y ésta me ha sustentado á sus pechos por dos
años enteros. Lo que yo tengo de vos es sólo el cuerpo, y aun ese me
diste por manera no muy honesta, mas la dádiva que desta tengo, diómela
ella con pura sencilla voluntad. Vos, en naciendo yo, me apartaste de
vos y me alejaste de vuestros ojos; mas ésta ofreciéndose, me recibió,
desechado, en sus brazos amorosamente, y me trató así, que por ella he
llegado y venido al punto y estado en que ahora estoy.»
Manda san Pablo, en la doctrina que da á las casadas, que «amen á sus
hijos[137].» Natural es á las madres amarlos, y no había para qué San
Pablo encargase con particular precepto una cosa tan natural; de donde
se entiende que el decir «que los amen», es decir que los críen, y que
el dar leche la madre á sus hijos, á eso San Pablo llama _amarlos_, y
con gran propiedad; porque el no criarlos es venderlos y hacerlos no
hijos suyos, y como desheredarlos de su natural, que todas ellas son
obras de aborrecimiento, y tan fiero, que vencen en ello aun á las
fieras, porque, ¿qué animal tan crudo hay, que no críe lo que produce,
que fíe de otro la crianza de lo que pare?
La braveza del león sufre con mansedumbre á sus cachorrillos que
importunamente le desjuguen las tetas. Y el tigre, sediento de sangre,
da alegremente la suya á los suyos. Y si miramos á lo delicado,
el flaco pajarillo, por no dejar sus huevos, olvida el comer y se
enflaquece, y cuando los ha sacado, rodea todo el aire volando, y trae
alegre en el pico lo que él desea comer, y no lo come porque ellos lo
coman.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La ancianidad]
Mas ¿qué es menester salirnos de casa? La naturaleza dentro della
misma declara casi á voces su voluntad, enviando, luego después del
parto, leche á los pechos. ¿Qué más clara señal esperamos de lo que
Dios quiere, que ver lo que hace? Cuando les levanta á las mujeres los
pechos, les manda que críen; engrosándoles los pezones, les avisa que
han de ser madres; los rayos de la leche que viene son como aguijones
con que las dispierta á que alleguen á sí lo que parieron. Pero á todo
esto se hacen sordas algunas, y excúsanse con decir que es trabajo y
que es hacerse temprano viejas, parir y criar.
Es trabajo, yo lo confieso; mas si esto vale, ¿quién hará su oficio? No
esgrima la espada el soldado, ni se ponga al enemigo, porque es caso
de peligro y sudor; y porque se lacera mucho en el campo, desampare el
pastor sus ovejas.
Es trabajo el parir y criar, pero entiendan que es un trabajo
hermanado, y que no tienen licencia para dividirlo.
Si les duele el criar, no paran, y si les agrada el parir, críen
también.
Si en esto hay trabajo, el del parto es sin comparación el mayor. Pues
¿por qué las que son tan valientes en lo que es más, se acobardan en
aquello que es menos? Bien se dejan entender las que lo hacen así, y
cuando no por sus hijos, por lo que deben á su vergüenza, habían de
traer más cubiertas y disimuladas sus inclinaciones.
El parir, aunque duele agramente, al fin se lo pasan.
Al criar no arrostran, porque no hay deleite que lo alcahuetee.
Aunque si se mira bien, ni aun esto les falta á las madres que crían,
antes en este trabajo la naturaleza, sabia y prudente, repartió gran
parte de gusto y de contento.
El cual, aunque no le sentimos los hombres, pero la razón nos dice que
le hay, y en los extremos que hacen las madres con sus niños lo vemos.
Porque ¿qué trabajo no paga el niño á la madre cuando ella le tiene en
el regazo desnudo, cuando él juega con la teta, cuando la hiere con la
manecilla, cuando la mira con risa? Pues cuando se le añuda al cuello y
la besa, paréceme que aún la deja obligada.
Críe, pues, la casada perfecta á su hijo, y acabe en él el bien que
formó, y no dé la obra de sus entrañas á quien se la dañe, y no quiera
que torne á nacer mal lo que había nacido bien, ni que sea maestra
de vicios la leche, ni haga bastardo á su sucesor, ni consienta que
conozca á otra antes que á ella por madre, ni quiera que en comenzando
á vivir se comience á engañar. Lo primero en que abra los ojos su niño
sea en ella, y de su rostro della se figure el rostro dél.
La piedad, la dulzura, el aviso, la modestia, el buen saber, con todos
los demás bienes que le habemos dado, no sólo los traspase con la leche
en el cuerpo del niño, sino también los comience á imprimir en el alma
tierna dél con los ojos y con los semblantes; y ame y desee que sus
hijos le sean suyos del todo, y no ponga su hecho en parir muchos
hijos, sino en criar pocos buenos; porque los tales con las obras la
ensalzarán siempre, y muchas veces con las palabras, diciendo lo que se
sigue:
[Ilustración]
[Ilustración]
XIX
QUÉ ALABANZAS MERECE LA PERFECTA CASADA, Y CÓMO PARA SERLO ES MENESTER
QUE ESTÉ ADORNADA DE MUCHAS PERFECCIONES.
_Muchas hijas allegaron riquezas,_
_mas tú subiste sobre todas._
PROVERBIOS
Hijas llama el hebreo á cualesquier mujeres. Por riquezas habemos
de entender no sólo los bienes de la hacienda, sino también los del
alma, como son el valor, la fortaleza, la industria, el cumplir con su
oficio, con todo lo demás que pertenece á lo perfecto desta virtud,
ó por decirlo más brevemente, riquezas aquí se toman por esta virtud
conjugal puesta en su punto. Y dice Salomón, que los hijos de la
perfecta casada, loándola, la encumbran sobre todas, y dicen que de
las buenas ella es la más buena, lo cual dice ó escribe Salomón que lo
dirán conforme á la costumbre de los que loan, en la cual es ordinario
lo que es loado ponerlo fuera de toda comparación, y más cuando en los
que alaban se ayunta á la razón la afición.
Y á la verdad todo lo que es perfecto en su género tiene aquesto, que
si lo miramos con atención, hinche así la vista del que lo mira, que
no le deja pensar que hay igual. Ó digamos de otra manera, y es que no
se hace la comparación con otras casadas que fueron perfectas, sino
con otras que parecieron quererlo ser. Y esto cuadra bien, porque esta
mujer que aquí se loa, no es alguna particular que fué tal como aquí
se dice, sino el dechado y como la idea común que comprehende todo
este bien; y no es una perfecta, sino todas las perfectas, ó por mejor
decir, es la misma perfección; y así, no se compara con otra perfección
de su género, porque no hay otra y en ella está toda, sino compárase
con otras cualidades que caminan á ella y no le llegan, y que en la
apariencia son este bien, mas no en los quilates. Porque á cada virtud
la sigue é imita otra que no es ella, ni es virtud; como la osadía
parece fortaleza, y no lo es, y el desperdiciado no es liberal, aunque
lo parece.
Y por la misma manera hay casadas que se quieren mostrar cabales y
perfectas en su oficio, y quien no atendiere bien, creerá que lo son,
y á la verdad no atinan con él; y esto por diferentes maneras; porque
unas, si son caseras, son avarientas; otras que velan en la guarda de
la hacienda, en lo demás se descuidan; unas crían los hijos y no curan
de los criados; otras son grandes curadoras y acariciadoras de la
familia, y con ella hacen bando contra el marido. Y porque todas ellas
tienen algo de su perfección, que tratamos, parece que la tienen toda,
y de hecho carecen della, porque no es cosa que se vende por partes. Y
aun hay algunas que se esfuerzan á todo, pero no se esfuerzan á ello
por razón, sino por inclinación ó por antojo; y así, son movedizas, y
no conservan siempre un tenor, ni tienen verdadera virtud, aunque se
asemejan mucho á lo bueno. Porque esta virtud, como las demás, no es
planta que se da en cualquier tierra, ni es fruta de todo árbol, sino
quiere su propio tronco y raíz, y no nace, ni mana, sino es de una
fuente, que es la que se declara en lo que se sigue:
[Ilustración]
[Ilustración]
XX
DE CÓMO LA MUJER QUE ES BUENA HA DE CUIDAR DE IR LIMPIA Y ASEADA PARA
MOSTRAR ASÍ SU ÁNIMO COMPUESTO Y CONCERTADO, QUE HA DE PROCURAR ADORNAR
PRINCIPALMENTE CON EL TEMOR SANTO DE DIOS.
_Engaño es el buen donaire,_
_y burlería la hermosura;_
_la mujer que teme á Dios,_
_esa es digna de loor._
PROVERBIOS
Pone la hermosura de la buena mujer, no en las figuras del rostro, sino
en las virtudes secretas del alma, las cuales todas se comprehenden en
la Escritura debajo desto que llamamos temer á Dios.
Mas aunque este temor de Dios, que hermosea el alma de la mujer como
principal hermosura, se ha de buscar y estimar en ella, no carece de
cuestión lo que de la belleza corporal dice aquí el Sabio, cuando dice
que es vana y que es burlería; porque se suele dudar si es conveniente
á la buena casada ser bella y hermosa. Bien es verdad que esta duda
no toca tan derechamente en aquello á que las perfectas casadas son
obligadas, como en aquello que deben buscar y escoger los maridos que
desean ser bien casados. Porque el ser hermosa ó fea una mujer, es
cualidad con que se nace, y no cosa que se adquiere por voluntad, ni
de que se puede poner ley ni mandamiento á las buenas mujeres.
Mas como la hermosura consista en dos cosas, la una que llamamos buena
proporción de figuras, y la otra que es limpieza y aseo, porque sin
lo limpio no hay nada hermoso; aunque es verdad que ninguna, si no lo
es, se puede figurar como hermosa, dado que lo procure, como se ve en
que muchas lo procuran y en que ninguna dellas sale con ello; pero lo
que toca al aseo y limpieza, negocio es que la mayor parte dél está
puesta en su cuidado y voluntad; y negocio de cualidad, que aunque no
es de las virtudes que ornan el ánimo, es fruto della, é indicio grande
de la limpieza y buen concierto que hay en el alma, el cuerpo limpio
y bien aseado; porque, así como la luz encerrada en la linterna la
esclarece y traspasa, y se descubre por ella, así el alma clara y con
virtud resplandeciente, por razón de la mucha hermandad que tiene con
su cuerpo, y por estar íntimamente unida con él, le esclarece á él, y
le figura y compone cuanto es posible de su misma composición y figura;
así que, si no es virtud del ánimo la limpieza y aseo del cuerpo, es
señal de ánimo concertado y limpio y aseado, á lo menos es cuidado
necesario en la mujer para que se conserve y se acreciente el amor de
su marido con ella, si ya no es él por ventura tal que se deleite y
envicie en el cieno. Porque ¿cuál vida será la del que ha de traer á su
lado siempre en la mesa, donde se asienta para tomar gusto, y en la
cama, que se ordena para descanso y reposo, un desaliño y un asco que
ni se puede mirar sin torcer los ojos, ni tocar sin atapar las narices?
Ó ¿cómo será posible que se allegue el corazón á lo que naturalmente
aborrece y de que rehuye el sentido? Serále sin duda un perpetuo y duro
freno al marido el deseo de su mujer, que todas las veces que inclinare
ó quisiere inclinar á ella su ánimo, le irá deteniendo y le apartará y
como torcerá á otra parte.
Y no será esto solamente cuando la viere, sino todas las veces que
entrare en su casa, aunque no la vea. Porque la casa forzosamente y la
limpieza della olerá á la mujer, á cuyo cargo está su aliño y limpieza,
y cuanto ella fuere aseada ó desaseada, tanto así la casa como la mesa
y el lecho tendrá de sucio ó de limpio.
Así que, desto que llamamos belleza, la primera parte, que consiste
en el ser una mujer aseada y limpia, cosa es que el serlo está en la
voluntad de la mujer que lo quiere ser, y cosa que le conviene á cada
una quererla, y que pertenece á esto perfecto que hablamos, y lo
compone y hermosea como las demás partes dello. Pero la otra parte, que
consiste en el escogido color y figuras, ni está en la mano de la mujer
tenerla, y así no pertenece á aquesta virtud, ni por ventura conviene
al que se casa buscar mujer que sea muy aventajada en belleza; porque,
aunque lo hermoso es bueno, pero están ocasionadas á no ser buenas las
que son hermosas. Bien dijo acerca desto el poeta Simónides[138]:
«Es bella cosa al ver la hembra hermosa,
bella para los otros; que al marido
costoso daño es y desventura.»
Porque lo que muchos desean hase de guardar de muchos, y así corre
mayor peligro, y todos se aficionan al buen parecer. Y es inconveniente
gravísimo que en la vida de los casados, que se ordenó para que ambas
las partes descansase cada una dellas, y se descuidase en parte con
la compañía de su vecina, se escoja tal compañía, que de necesidad
obligue á vivir con recelo y cuidado, y que buscando el hombre mujer
para descuidar de su casa, la tome tal, que le atormente con recelo
todas las horas que no estuviere en ella. Y no sólo esta belleza es
peligrosa porque atrae á sí y enciende en su codicia los corazones de
los que la miran, sino también porque despierta á las que la tienen
á que gusten de ser codiciadas; porque, si todas generalmente gustan
de parecer bien y de ser vistas, cierto es que las que lo parecen no
querrán vivir abscondidas; demás de que á todos nos es natural el amar
nuestras cosas, y por la misma razón el desear que nos sean preciadas
y estimadas, y es señal que es una preciada cuando muchos la desean
y aman; y así, las que se tienen por bellas, para creer que lo son,
quieren que se lo testifiquen las aficiones de muchos. Y si va á
decir verdad, no son ya honestas las que toman sabor en ser miradas
y recuestadas deshonestamente. Así que, quien busca mujer hermosa,
camina con oro por tierra de salteadores, y con oro que no se consiente
encubrir en la bolsa, sino que se hace él mismo afuera y se les pone á
los ladrones delante los ojos, y que cuando no causase otro mayor daño
y cuidado, en esto solo hace que el marido se tenga por muy afrentado,
si tiene juicio y valor; porque en la mujer semejante la ocasión que
hay para no ser buena, por ser codiciada de muchos, esa mesma hace en
muchos grande sospecha de que no lo es, y aquesta sospecha basta para
que ande en lenguas menoscabada y perdida su honra. Y si este bien de
beldad tuviera algún tomo, pudieran por él ponerse á este riesgo los
hombres; mas ¿quién no sabe lo que vale y lo que dura esta flor, cuán
presto se acaba, con cuán ligeras ocasiones se marchita, á qué peligros
está sujeta, y los censos que paga? «Toda la carne es heno, dice el
Profeta[139], y toda la gloria della, que es su hermosura toda, y su
resplandor como flor de heno.» Pues bueno es que por el gusto de los
ojos, ligero y de una hora, quiera un hombre cuerdo hacer amargo el
estado en que ha de perseverar cuanto le perseverare la vida, y que
para que su vecino mire con contento á su mujer, muera él herido de
mortal descontento, y que negocie con sus pesares propios los placeres
ajenos. Y si aquesto no basta, sea su pena su culpa, que ella misma le
labrará; de manera que, aunque le pese algún día, y muchos días conozca
sin provecho y condene su error, y diga, aunque tarde, lo que aquí
dice deste su perfecto dechado de mujeres el Espíritu Santo: «Engaño
es el buen donaire, y burlería la hermosura; la mujer que teme á Dios,
esa es digna de ser loada.» Porque se ha de entender que esta es la
fuente de todo lo que es verdadera virtud, y la raíz de donde nace
todo lo que es bueno, y lo que sólo puede hacer y hace que cada uno
cumpla entera y perfectamente con lo que debe, el temor y respeto de
Dios, y el tener cuenta con su ley; y lo que en esto no se funda, nunca
llega al colmo, y por bueno que parece, se hiela en flor. Y entendemos
por temor de Dios, según el estilo de la Escritura Sagrada, no sólo
el afecto del tener, sino el emplearse uno con voluntad y con obras
en el cumplimiento de sus mandamientos, y lo que, en una palabra,
llamamos servicio de Dios. Y descubre esta raíz Salomón á la postre,
no porque su cuidado ha de ser el postrero; que antes, como decimos,
el principio de todo este bien es ella; sino lo uno, porque temer á
Dios y guardar con cuidado su ley, no es más propio de la casada, que
de todos los hombres. Á todos nos conviene meter en este negocio todas
las velas de nuestra voluntad y afición, porque sin él ninguno puede
cumplir ni con las obligaciones generales de cristiano, ni con las
particulares de su oficio. Y lo otro, dícelo al fin por dejarlo más
firme en la memoria, y para dar á entender que este cuidado de Dios
no solamente lo ha de tener por primero, sino también por postrero;
quiero decir, que comience y demedie y acabe todas sus obras, y todo
aquello á que le obliga su estado, de Dios y en Dios y por Dios; y
que haga lo que conviene, no sólo con las fuerzas que Dios le da para
ello, sino última y principalmente por agradar á Dios, que se las da.
Por manera que el blanco adonde ha de mirar en cuanto hace, ha de
ser Dios, así para pedirle favor y ayuda en lo que hiciere, como para
hacer lo que debe puramente por él; porque lo que se hace, y no por
él, no es enteramente bueno, y lo que se hace sin él, como cosa de
nuestra cosecha, es de muy bajos quilates. Y esto es cierto, que una
empresa tan grande y adonde se ayuntan tan diversas y tan dificultosas
obligaciones como es satisfacer una casada á su estado, nunca se
hizo, ni aun medianamente, sin que Dios proveyese de abundante favor.
Y así, el temor y servicio de Dios ha de ser en ella lo principal y
lo primero, no solamente porque le es mandado, sino también porque
le es necesario; porque las que por aquí no van siempre, se pierden,
y demás de ser mal cristianas, en ley de casadas nunca son buenas,
como se ve cada día. Unas se esfuerzan por temor del marido, y así,
no hacen bien más de lo que ha de ver y entender. Otras, que trabajan
porque le aman y quieren agradar, en entibiándose el amor, desamparan
el trabajo. Á las que mueve la codicia no son caseras, sino escasas,
y demás de escasas, faltas por el mismo caso en otras virtudes de las
que pertenecen á su oficio, y así, por una muestra de bien, no tienen
ninguno. Otras, que se inclinan por honra y que aman el parecer buenas,
por ser honradas cumplen con lo que parece, y no con lo que es, y
ninguna dellas consiguen lo que pretenden, ni tienen un ser en lo que
hacen, sino con los días mudan los intentos y pareceres, porque caminan
ó sin guía ó con mala guía, y así, aunque trabajan, su trabajo es
vano y sin fruto. Mas al revés, las que se ayudan de Dios y enderezan
sus obras y trabajos á Dios, cumplen con todo su oficio enteramente,
porque Dios quiere que le cumplan todo, y cúmplenlo no en apariencia,
sino en verdad, porque Dios no se engaña; y andan en su trabajo con
su gusto y deleite, porque Dios persevera; y son siempre unas, porque
el que las alienta es él mismo; y caminan sin error, porque no le hay
en su guía; y crecen en el camino y van pasando adelante, y en breve
espacio traspasan largos espacios, porque su hecho tiene todas las
buenas cualidades y condiciones de la virtud; y finalmente, ellas son
las que consiguen el precio y el premio; porque quien le da es Dios, á
quien ellas en su oficio miran y sirven; y el premio es el que Salomón,
concluyendo toda aquesta doctrina, pone en lo que se sigue:
[Ilustración]
[Ilustración]
XXI
DEL PREMIO Y GALARDÓN QUE TIENE DIOS APAREJADO PARA LA PERFECTA CASADA,
NO SÓLO EN LA OTRA VIDA, SINO AUN EN ESTE MUNDO.
_Dadle del fruto de sus manos,_
_y lóenla en las plazas sus obras._
PROVERBIOS
Los frutos de la virtud, quiénes y cuáles sean, San Pablo los pone en
la epístola que escribió á los gálatas, diciendo[140]: «Los frutos
del Espíritu Santo son amor y gozo, y paz y sufrimiento, y largueza y
bondad, y larga espera, y mansedumbre, y fe y modestia, y templanza
y limpieza.» Y á esta rica compañía de bienes, que ella por sí sola
parecía bastante, se añade ó sigue otro fruto mejor, que es gozar en
vida eterna de Dios. Pues estos frutos son los que aquí el Espíritu
Santo quiere y manda que se den á la buena mujer, y los que llama fruto
de sus manos, esto es, de sus obras della. Porque aunque todo es don
suyo, y el bien obrar y el galardón de la buena obra; pero, por su
infinita bondad, quiere que porque le obedecimos y nos rendimos á su
movimiento, se llame y sea fruto de nuestras manos é industria lo que
principalmente es don de su liberalidad y largueza.
Vean, pues, ahora las mujeres cuán buenas manos tienen las buenas, cuán
ricas son las labores que hacen y de cuán grande provecho. Y no sólo
sacan provecho dellos, sino honra también, aunque suelen decir que no
caben en uno. El provecho son bienes y riquezas del cielo, la honra
es una singular alabanza en la tierra. Y así añade: «Y lóenla en las
plazas sus obras.» Porque mandar Dios que la loen, es hacer cierto
que la alabarán; porque lo que él dice se hace, y porque la alabanza
sigue como sombra á la virtud, y se debe á sola ella. Y dice: «En las
plazas;» porque no sólo en secreto y en particular, sino también en
público y en general sonarán sus loores, como á la letra acontece.
Porque, aunque todo aquello en que resplandece algún bien es mirado
y preciado, pero ningún bien se viene tanto á los ojos humanos, ni
causa en los pechos de los hombres tan grande satisfacción, como una
mujer perfecta, ni hay otra cosa en que ni con tanta alegría, ni con
tan encarecidas palabras abran los hombres las bocas, ó cuando tratan
consigo á solas, ó cuando conversan con otros, ó dentro de sus casas, ó
en las plazas en público. Porque unos loan lo casero, otros encarecen
la discreción, otros suben al cielo la modestia, la pureza, la piedad,
la suavidad, dulce y honesta.
Dicen del rostro limpio, del vestido aseado, de las labores y de las
velas. Cuentan las criadas remediadas, el mejoro de la hacienda, el
trato con las vecinas amigable y pacífico; no olvidan sus limosnas;
repiten cómo amó y ganó á su marido; encarecen la crianza de los
hijos, el buen tratamiento de sus criados; sus hechos, sus dichos, sus
semblantes alaban. Dicen que fué santa para con Dios y bienaventurada
para con su marido; bendicen por ella á su casa y ensalzan á su
parentela, y aun á los que la merecieron ver y hablar llaman dichosos;
y como á la santa Judit[141], la nombran gloria de su linaje y corona
de todo su pueblo; y por mucho que digan, hallan siempre más que decir.
Los vecinos dicen esto á los ajenos, y los padres dan con ella doctrina
á sus hijos, y de los hijos pasa á los nietos, y extiéndese la fama por
todas partes creciendo, y pasa con clara y eterna voz su memoria de
unas generaciones en otras, y no le hacen injuria los años, ni con el
tiempo envejece, antes con los días florece más, porque tiene su raíz
junto á las aguas, y así no es posible que descaezca, ni menos puede
ser que con la edad caiga el edificio que está fundado en el cielo,
ni en manera alguna es posible que muera el loor de la que todo cuanto
vivió no fué sino una perpetua alabanza de la bondad y grandeza de
Dios, á quien sólo se debe eternamente el ensalzamiento y la gloria.
Amén.
[Ilustración]
ÍNDICE
DE LOS CAPÍTULOS QUE CONTIENE ESTE TOMO
Páginas
INTRODUCCIÓN.--En que se habla de las leyes y condiciones del
estado del matrimonio, y de la estrecha obligación que corre á la
casada de emplearse en el cumplimiento dellas. 7
CAPÍTULO PRIMERO.--Algunas advertencias del autor para entrar á
tratar de la materia. 29
-- II.--Cuánto es menester para que una mujer sea perfecta, y lo
que debe procurarlo ser la que es casada. 33
-- III.--Qué confianza ha de engendrar la buena mujer en el pecho
del marido, y de cómo pertenece al oficio de la casada la guarda de
la hacienda, que consiste en que no sea gastadora. 43
-- IV.--De la obligación que tienen los casados de amarse y
descansarse en los trabajos mutuamente. 61
-- V.--Por qué se vale el Espíritu Santo de la mujer de un labrador
para dechado de las perfectas casadas; y cómo todas ellas, por más
ricas y nobles que sean, deben trabajar y ser hacendosas. 71
-- VI.--Declárase qué es ser mujer casera, y del modo que debe
acrescentar la hacienda. 85
-- VII.--Pondérase la obligación de madrugar en las casadas, y se
persuade á ello con una hermosa descripción de las delicias que
suele traer consigo la mañana. Avísase también que el levantarse
temprano de la cama ha de ser para arreglar á los criados y proveer
á la familia. 89
-- VIII.--La perfecta casada no sólo ha de cuidar de abastecer
su casa y conservar lo que el marido adquiere, sino que ha de
adelantar también la hacienda. 103
-- IX.--Cuánto debe evitar la mujer buena el ocio, y de los vicios
y malas resultas que de él nacen. 107
-- X.--Ha de ser la perfecta casada piadosa con los pobres y
necesitados; pero debe ir con cuidado en ver á quién admite en casa
y favorece. 115