Aunque esta buena casada ha de ser para mucho, que es lo que aquí

Salomón llama fortaleza, no por eso tiene licencia para ser desabrida

en la condición, y en su manera y trato desgraciada; sino, como el

vestido ciñe y rodea todo el cuerpo, así ella toda y por todas partes

ha de andar cercada y como vestida de un valor agraciado y de una

gracia valerosa. Quiero decir, que ni la diligencia, ni la vela, ni la

asistencia á las cosas de su casa la ha de hacer áspera y terrible, ni

menos la buena gracia y la apacible habla, ni el semblante ha de ser

muelle, ni desatado. Sino que templando con lo uno lo otro, conserve

el medio en ambas á dos cosas, y haga de entrambas una agradable y

excelente mezcla. Y no ha de conservar por un día ó por un breve

espacio aqueste tenor, sino por toda la vida, hasta el día postrero

della. Lo cual es propio de todas las cosas que, ó son virtud ó tienen

raíz en la virtud, ser perseverantes y casi perpetuas, y en esto se

diferencian de las no tales; que éstas, como nacen de antojo, duran

por antojo; pero aquéllas, como se fundan en firme razón, permanecen

por luengos tiempos. Y los que han visto alguna mujer de las que se

allegan á esta que aquí se dice, podrán haber experimentado lo uno y lo

otro. Lo uno, que á todo tiempo y á toda sazón se halla en ella dulce y

agradable acogida; lo otro, que esta gracia y dulzura suya no es gracia

que desata el corazón del que la ve, ni le enmollece, antes le pone

concierto y le es como una ley de virtud, y así le deleita y aficiona,

que juntamente le limpia y purifica; y borrando dél las tristezas, lava

las torpezas también; y es gracia que aun la engendra en los miradores.

Y la fuerza della, y aquello en que propiamente consiste, lo declara

más enteramente lo que se sigue:

[Ilustración]

[Ilustración]

XVI

CUÁNTO IMPORTA QUE LAS MUJERES NO HABLEN MUCHO Y QUE SEAN APACIBLES Y

DE CONDICIÓN SUAVE.

_Su boca abrió en sabiduría,_

_y ley de piedad en su lengua._

PROVERBIOS

Dos cosas hacen y componen este bien de que vamos hablando, razón

discreta y habla dulce. Lo primero llama sabiduría, y piedad lo

segundo, ó por mejor decir, blandura. Pues entre todas las virtudes

sobredichas, ó para decir verdad, sobre todas ellas, la buena mujer

se ha de esmerar en esta, que es ser sabia en su razón y apacible y

dulce en su hablar. Y podemos decir que con esto lucirá y tendrá como

vida todo lo demás de virtud que se pone en esta mujer, y que sin ello

quedará todo lo otro como muerto y perdido. Porque una mujer necia

y parlera, como lo son de continuo las necias, por más bienes otros

que tenga, es intolerable negocio. Y ni más, ni menos la que es brava

y de dura y áspera conversación, ni se puede ver, ni sufrir. Y así,

podemos decir que todo lo sobredicho hace como el cuerpo desta virtud

de la casada que dibujamos; mas esto de ahora es como el alma y es la

perfección y el remate y la flor de todo este bien. Y cuanto toca á lo

primero, que es cordura y discreción ó sabiduría, como aquí se dice, la

que de suyo no la tuviere ó no se la hubiere dado el don de Dios, con

dificultad la persuadiremos á que le falta y á que la busque. Porque lo

más propio de la necedad es no conocerse y tenerse por sabia.

Y ya que la persuadamos, será mayor dificultad ponerla en el buen

saber, porque es cosa que se aprende mal cuando no se aprende en la

leche. Y el mejor consejo que les podemos dar á las tales, es rogarles

que callen y que ya que son poco sabias, se esfuercen á ser mucho

calladas.

Que como dice el Sabio[121]: «Si calla el necio, á las veces será

tenido por sabio y cuerdo.» Y podrá ser así, que callando y oyendo, y

pensando primero consigo lo que hubieren de hablar, acierten á hablar

lo que merezca ser oído. Así que, deste mal esta es la medicina más

cierta, aunque ni es bastante medicina, ni fácil.

Mas, como quiera que sea, es justo que se precien de callar todas, así

aquellas á quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que

pueden sin vergüenza descubrir lo que saben; porque en todas es, no

sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar

poco.

Y el abrir su boca en sabiduría, que el Sabio aquí dice, es no la

abrir sino cuando la necesidad lo pide, que es lo mismo que abrirla

templadamente y pocas veces, porque son pocas las que lo pide la

necesidad. Porque, así como la naturaleza, como dijimos y diremos,

hizo á las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las

obliga á que cerrasen la boca; y como las desobligó de los negocios

y contrataciones de fuera, así las libertó de lo que se consigue á

la contratación, que son las muchas pláticas y palabras. Porque el

hablar nace del entender, y las palabras no son sino como imágenes ó

señales de lo que el ánimo concibe en sí mismo; por donde, así como

á la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio

de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para un

solo oficio simple y doméstico; así les limitó el entender, y por

consiguiente les tasó las palabras y las razones; y así como es esto lo

que su natural de la mujer y su oficio le pide, así por la misma causa

es una de las cosas que más bien le está y que mejor le parece.

Y así solía decir Demócrito[122] que el aderezo de la mujer y su

hermosura era el hablar escaso y limitado. Porque, como en el rostro la

hermosura dél consiste en que se respondan entre sí las facciones, así

la hermosura de la vida no es otra cosa sino el obrar cada uno conforme

á lo que su naturaleza y oficio le pide.

El estado de la mujer, en comparación del marido, es estado humilde, y

es como dote natural de las mujeres la mesura y vergüenza, y ninguna

cosa hay que se compadezca menos, ó que desdiga más, de lo humilde y

vergonzoso, que lo hablador y lo parlero.

Cuenta Plutarco[123] que Fidias, escultor noble, hizo á los elienses

una imagen de Venus que afirmaba los pies sobre una tortuga, que es

un animal mudo y que nunca desampara su concha; dando á entender que

las mujeres por la misma manera han de guardar siempre la casa y el

silencio. Porque verdaderamente el saber callar es su sabiduría propia

y aquella de quien habla aquí Salomón, aunque para aprendida es muy

dificultosa á aquellas que de su cosecha no la tienen, como decíamos.

Y esto cuanto á lo primero. Mas lo segundo, que toca á la aspereza

y desgracia de la condición, que por la mayor parte nace más de la

voluntad viciosa que de naturaleza errada, es enfermedad más curable.

Y deben advertir mucho en ello las buenas mujeres; porque, si bien se

mira, no sé yo si hay cosa más mostruosa y que más disuene de lo que

es, que ser una mujer áspera y brava. La aspereza hízose para el linaje

de los leones ó de los tigres, y aun los varones, por su compostura

natural y por el peso de los negocios en que de ordinario se ocupan,

tienen licencia para ser algo ásperos. Y el sobrecejo y el ceño y la

esquivez en ellos está bien á las veces; mas la mujer, si es leona,

¿qué le queda de mujer? Mire su hechura toda, y verá que nació para

piedad.

Y como á las onzas las uñas agudas y los dientes largos y la boca fiera

y los ojos sangrientos las convidan á crudeza, así á ella la figura

apacible de toda su disposición la obliga á que no sea el ánimo menos

mesurado que el cuerpo parece blando.

Y no piensen que las crió Dios, y las dió al hombre sólo para que le

guarden la casa, sino también para que le consuelen y alegren; para que

en ella el marido cansado y enojado halle descanso, y los hijos amor, y

la familia piedad, y todos generalmente acogimiento agradable. Bien las

llama el hebreo á las mujeres «la gracia de casa». Y llámalas así, en

su lengua con una palabra, que en castellano, ni con decir gracia, ni

con otras muchas palabras de buena significación, apenas comprehendemos

todo lo que en aquélla se dice; porque dice aseo, y dice hermosura, y

dice donaire, y dice luz y deleite y concierto y contento, el vocablo

con que el hebreo las llama.

Por donde entendemos que de la buena es tener estas cualidades todas, y

entendemos también que la que va por aquí, no debe ser llamada, ni la

gracia, ni la luz, ni el placer de su casa, sino el trasto della y el

estropiezo, ó por darles su nombre verdadero, el _trasgo_[124] y la

_estantigua_[125] que á todos los turba y asombra.

Y sucede así, que como las casas que son por esta causa asombradas,

después de haberlas conjurado, al fin los que las viven las dejan;

así la habitación donde reinan en figura de mujer estas fieras, el

marido teme entrar en ella, y la familia desea salir della, y todos la

aborrecen, y lo más presto que pueden la santiguan y huyen.

¿Qué dice el Sabio?[126] «El azote de la lengua de la mujer brava por

todo se extiende, enojo fiero la mujer airada y borracha, es su afrenta

perpetua[127].» Conocí yo una mujer que cuando comía reñía, y cuando

venía la noche reñía también, y el sol cuando nacía la hallaba riñendo,

y esto hacía el _disanto_[128] y el día no santo, y la semana y el mes

y todo el año no era otro su oficio sino reñir; siempre se oía el grito

y la voz áspera, y la palabra afrentosa y el deshonrar sin freno, y ya

sonaba el azote y ya volaba el chapín, y nunca la oí que no me acordase

de aquello que dice el poeta[129]:

«Tesifone, ceñida de crueza,

la entrada sin dormir de noche y día

ocupa, suena el grito, la braveza,

el lloro, el crudo azote, la porfía.»

Y así, era su casa una imagen del infierno en esto con ser en lo demás

un paraíso, porque las personas della eran, no para mover á braveza,

sino para dar contento y descanso á quien lo mirara bien.

Por donde, cargando yo el juicio algunas veces en ello, me resolví

en que de todo aquel vocear y reñir no se podía dar causa alguna que

colorada fuese, sino era querer digerir con aquel ejercicio las cenas

en las cuales de ordinario esta señora excedía.

Y es así que en estas bravas, si se apuran bien todas las causas

desta su desenfrenada y continua cólera, todas ellas son razones de

disparate; la una, porque le parece que cuando riñe es señora; la

otra, porque la desgració el marido, y halo de pagar la hija ó la

esclava; la otra, porque su espejo no le mintió, ni la mostró hoy tan

linda como ayer, de cuanto ve levanta alboroto. Á la una embravece el

vino, á la otra su no cumplido deseo, y á la otra su mala ventura. Pero

pasemos más adelante. Dice:

[Ilustración]

[Ilustración]

XVII

NO HAN DE SER LAS BUENAS MUJERES CALLEJERAS, VISITADORAS Y VAGABUNDAS,

SINO QUE HAN DE AMAR MUCHO EL RETIRO Y SE HAN DE ACOSTUMBRAR Á ESTARSE

EN CASA.

_Rodeó todos los rincones de su casa,_

_y no comió el pan de balde._

PROVERBIOS

Quiere decir que en levantándose la mujer, ha de proveer todas las

cosas de su casa, y poner en ellas orden, y que no ha de hacer lo que

muchas de las de ahora hacen; que unas en poniendo los pies en el

suelo, ó antes que los pongan, estando en la cama, negocian luego con

el almuerzo, como si hubiesen pasado cavando la noche. Otras se sientan

con su espejo á la obra de su pintura, y se están en ella enclavadas

tres ó cuatro horas, y es pasado el mediodía, y viene á comer el marido

y no hay cosa puesta en concierto. Y habla Salomón desta diligencia

aquí, no porque antes de ahora no hubiese hablado della, sino por

dejarla, con el repetir, más firme en la memoria, como cosa importante,

y como quien conocía de las mujeres cuán mal se hacen al cuidado y cuán

inclinadas son al regalo. Y dícelo también porque, diciéndole á la

mujer que rodee su casa, le quiere enseñar el espacio por donde ha de

menear los pies la mujer, y los lugares por donde ha de andar, y como

si dijésemos, el campo de su carrera, que es su casa propia, y no las

calles, ni las plazas, ni las huertas, ni las casas ajenas. «Rodeó,

dice, los rincones de su casa;» para que se entienda que su andar ha

de ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los

rincones della, y que porque ha de estar siempre allí presente, por

eso no ha de andar fuera nunca, y que porque sus pies son para rodear

sus rincones, entienda que no los tiene para rodear los campos y las

calles. ¿No dijimos arriba que el fin para que ordenó Dios la mujer,

y se la dió por compañía al marido, fué para que le guardase la casa,

y para que lo que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera,

traído á casa, lo tuviese en guarda la mujer, y fuese como su llave?

Pues si es por natural oficio guarda de casa, ¿cómo se permite que sea

callejera y visitadora y vagabunda? ¿Qué dice San Pablo á su discípulo

Tito que enseñe á las mujeres casadas? «Que sean prudentes, dice, y

que sean honestas y que amen á sus maridos, y que tengan cuidado de

sus casas[130].» Adonde, lo que decimos, «que tengan cuidado de sus

casas,» el original dice así: «Y que sean guardas de su casa.» ¿Por qué

les dió á las mujeres Dios las fuerzas flacas y los miembros muelles,

sino porque las crió, no para ser postas, sino para estar en su rincón

sentadas?

Su natural propio pervierte la mujer callejera. Y como los peces, en

cuanto están dentro del agua, discurren por ella y andan y vuelan

ligeros, mas si acaso los sacan de allí, quedan sin se poder menear;

así la buena mujer, cuanto para de sus puertas adentro ha de ser presta

y ligera, tanto para fuera dellas se ha de tener por coja y torpe. Y

pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni

de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con

lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su

casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola. Los chinos, en

naciendo, les tuercen á las niñas los pies, porque cuando sean mujeres

no los tengan para salir fuera, y porque para andar en su casa aquellos

torcidos les bastan. Como son los hombres para lo público, así las

mujeres para el encerramiento, y como es de los hombres el hablar y el

salir á luz, así dellas el encerrarse y encubrirse.

Aun en la iglesia, donde la necesidad de la religión las lleva y el

servicio de Dios, quiere San Pablo[131] que estén así cubiertas, que

apenas los hombres las vean, ¿y consentirá que por su antojo vuelen por

las plazas y calles, haciendo alarde de sí? ¿Qué ha de hacer fuera de

su casa la que no tiene partes ningunas de las que piden las cosas que

fuera della se tratan? Forzoso es que, como la experiencia lo enseña,

pues no tienen saber para los negocios de sustancia, traten, saliendo,

de poquedades y menudencias, y forzoso es que, pues no es de su oficio,

ni natural, hacer lo que pide valor, hagan el oficio contrario. Y así

es que las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran, andando

fuera dellas las destruyen. Y las que con andar por sus rincones

ganarán las voluntades y edificarán las conciencias de sus maridos,

visitando las calles corrompen los corazones ajenos y enmollecen las

almas de los que las ven, las que, por ser ellas muelles, se hicieron

para la sombra y para el secreto de sus paredes. Y si es de lo propio

de la mujer mala el vaguear por las calles, como Salomón en los

_Proverbios_ lo dice[132], bien se sigue que ha de ser propiedad de la

buena el salir pocas veces en público. Dice bien uno acerca del poeta

Menandro[133]:

«Á la buena mujer le es propio y bueno

el de continuo estar en su morada,

que el vaguear defuera es de las viles.»

Y no por esto piensen que no serán conocidas ó estimadas si guardan su

casa, porque al revés, ninguna cosa hay que así las haga preciar como

el asistir en ella á su oficio, como de Teano la pitagórica, que siendo

preguntada por otra cómo vendría á ser señalada y nombrada, escriben

que dijo[134] que hilando y tejiendo y teniendo cuenta con su rincón.

Porque siempre á las que así lo hacen les sucede lo que luego se sigue.

Esto es:

[Ilustración]

[Ilustración]

XVIII

DE CÓMO PERTENECE AL OFICIO DE LA PERFECTA CASADA HACER BUENO AL

MARIDO, Y DE LA OBLIGACIÓN QUE TIENE LA QUE ES MADRE DE CRIAR POR SÍ Á

LOS HIJOS.

_Levantáronse sus hijos y loáronla,_

_y alabóla también su marido._

PROVERBIOS

Parecerá á algunos que tener una mujer hijos y marido tales que la

alaben, más es buena dicha della, que parte de su virtud. Y dirán que

no es ésta alguna de las cosas que ella ha de hacer para ser la que

debe, sino de las que si lo fuere, la sucederán.

Mas aunque es verdad que á las tales les sucede esto; pero no se ha de

entender que es suceso que les adviene por caso, sino bien que les

viene porque ellas lo hacen y lo obran. Porque al oficio de la buena

mujer pertenece, y esto nos enseña Salomón aquí, hacer buen marido y

criar buenos hijos, y tales, que no sólo con debidas y agradecidas

palabras le den loor, pero mucho más con buenos hechos y obras. Que

es pedirle tanta bondad y virtud cuanta es menester, no sola para sí,

sino también para sus hijos y su marido. Por manera que sus buenas

obras dellos sean propios y verdaderos loores della, y sean como voces

vivas que en los oídos de todos canten su loor. Y cuanto á lo del

marido, cierto es lo primero que el Apóstol dice, que muchas veces

la mujer cristiana y fiel, al marido que es infiel le gana y hace su

semejante[135]. Y así, no han de pensar que pedirles esta virtud es

pedirles lo que no pueden hacer, porque si alguno puede con el marido

es la mujer sola. Y si la caridad cristiana obliga al bien del extraño,

¿cómo puede pensar la mujer que no está obligada á ganar y á mejorar su

marido?

Cierto es que son dos cosas las que entre todas tienen para persuadir

eficacia: el amistad y la razón. Pues veamos cuál destas dos cosas

falta en la mujer que es tal cual decimos aquí, ó veamos si hay algún

otro que ni con muchas partes se iguale con ella en esto.

El amor que hay entre dos, mujer y marido, es el más estrecho, como es

notorio, porque le principia la naturaleza, y le acrecienta la gracia,

y le enciende la costumbre, y le enlazan estrechísimamente otras muchas

obligaciones. Pues la razón y la palabra de la mujer discreta es más

eficaz que otra ninguna en los oídos del hombre, porque su aviso es

aviso dulce. Y como las medicinas cordiales, así su voz se lanza luego

y se apega más con el corazón.

Muchos hombres habría en Israel tan prudentes y de tan discreta y más

discreta razón que la mujer de Tecua; y para persuadir á David y para

inducirle á que tornase á su hijo Absalón á su gracia, Joab, su capitán

general, avisadamente se aprovechó del aviso de sola esta mujer, y sola

ésta quiso que con su buena razón y dulce palabra ablandase y torciese

á piedad el corazón del rey, justamente indignado[136], y sucedióle

su intento; porque, como digo, mejórase y esfuérzase mucho cualquiera

buena razón en la boca dulce de la sabia y buena mujer. Que ¿quién no

gusta de agradar á quien ama? Ó ¿quién no se fía de quien es amado? Ó

¿quién no da crédito al amor y á la razón cuando se juntan? La razón no

se engaña y el amor no quiere engañar; y así, conforme á esto, tiene

la buena mujer tomados al marido todos los puertos, porque ni pensará

que se engaña la que tan discreta es, ni sospechará que le quiere

engañar la que como su mujer le ama. Y si los beneficios en la voluntad

de quien los recibe crían deseo de agradecimiento y la aseguran, para

que sin recelo se fíe de aquel de quien los ha recibido, y ambas á

dos cosas hacen poderosísimo el consejo que da el beneficiador al

beneficiado, ¿qué beneficio hay que iguale al que recibe el marido de

la mujer que vive como aquí se dice?

De un hombre extraño, si oímos que es virtuoso y sabio, nos fiamos de

su parecer, ¿y dudará el marido de obedecer á la virtud y discreción

que cada día ve y experimenta? Y porque decimos cada día, tienen aún

más las mujeres para alcanzar de sus maridos lo que quisieren esta

oportunidad y aparejo, que pueden tratar con ellos cada día y cada

hora, y á las horas de mejor coyuntura y sazón. Y muchas veces lo

que la razón no puede, la importunidad lo vence, y señaladamente la

de la mujer, que, como dicen los experimentados, es sobre todas. Y

verdaderamente es caso, no sé si diga vergonzoso ó donoso, decir que

las buenas no son poderosas para concertar sus maridos, siendo las

malas valientes para inducirlos á cosas desatinadas que los destruyen.

La mujer por sí puede mucho, y la virtud y razón también á sus solas

es muy valiente, y juntas entrambas cosas, se ayudan entre sí y se

fortifican de tal manera, que lo ponen todo debajo de los pies. Y

ellas saben que digo verdad, y que es verdad que se puede probar con

ejemplo de muchas que con su buen aviso y discreción han enmendado mil

malos siniestros en sus maridos, y ganádoles el alma y enmendádoles la

condición, en unos brava, en otros distraída, en otros por diferentes

maneras viciosa. De arte que las que se quejan ahora dellos y de su

desorden, quéjense de sí primero y de su negligencia, por la cual no

los tienen cual deben.

Mas si con el marido no pueden, con los hijos, que son parte suya y

los traen en las manos desde su nacimiento y les son en la niñez como

cera, ¿qué pueden decir, sino confesar que los vicios dellos y los

desastres en que caen por sus vicios, por la mayor parte son culpas

de sus padres? Y porque ahora hablamos de las madres, entiendan las

mujeres que, si no tienen buenos hijos, gran parte dello es porque no

les son ellas enteramente sus madres. Porque no ha de pensar la casada

que el ser madre es engendrar y parir un hijo; que en lo primero siguió

su deleite, y á lo segundo le forzó la necesidad natural. Y si no

hiciesen por ello más, no sé en cuánta obligación los pondrán.

Lo que se sigue después del parto es el puro oficio de la madre y lo

que puede hacer bueno al hijo y lo que de veras le obliga. Por lo cual,

téngase por dicho esta perfecta casada que no lo será si no cría á sus

hijos, y que la obligación que tiene por su oficio á hacerlos buenos,

esa misma le pone necesidad á que los críe á sus pechos; porque con la

leche, no digo que se aprende, que eso fuera mejor, porque contra lo

mal aprendido es remedio el olvido; sino digo que se bebe y convierte

en sustancia y como en naturaleza todo lo bueno y lo malo que hay en

aquella de quien se recibe; porque el cuerpo ternecico de un niño,

y que salió como comenzado del vientre, la teta le acaba de hacer y

formar. Y según quedare bien formado el cuerpo, así le avendrá el alma

después cuyas costumbres ordinariamente nacen de sus inclinaciones dél;

y si los hijos salen á los padres de quien nacen, ¿cómo no saldrán á

las amas con quien pacen, si es verdadero el refrán español? ¿Por

ventura no vemos que cuando el niño está enfermo purgamos al ama que

le cría, y que con purificar y sanar el mal humor della le damos la

salud á él? Pues entendamos que, como es una la salud, así es uno el

cuerpo, y si los humores son unos, ¿cómo no lo serán las inclinaciones,

las cuales, por andar siempre hermanadas con ellos, en castellano

con razón las llamamos _humores_? De arte que si el ama es borracha,

habemos de entender que el desdichadito beberá con la leche el amor del

vino; si colérica, si tonta, si deshonesta, si de viles pensamientos y

ánimo, como de ordinario lo son, será el niño lo mismo. Pues si el no

criar los hijos es ponerlos á tan claro y manifiesto peligro, ¿cómo es

posible que cumpla con lo que debe la casada que no los cría?

Esto es decir la que en la mejor parte de su casa, y para cuyo fin

se casó principalmente, pone tan mal recaudo. ¿Qué le vale ser en

todo lo demás diligente, si en lo que es más es así descuidada? Si

el hijo sale perdido, ¿qué le vale la hacienda ganada? Ó ¿qué bien

puede haber en la casa donde los hijos para quien es no son buenos? Y

si es parte desta virtud conjugal, como habemos ya visto, la piedad

generalmente con todos, las que son tan sin piedad, que entregan á un

extraño el fruto de sus entrañas, y la imagen de virtud y de bien que

en él había comenzado la naturaleza á obrar, consienten que otro lo

borre, y permiten que imprima vicios en lo que del vientre salía con

principio de buenas inclinaciones, cierto es que no son buenas casadas,

ni aun casadas, si habemos de hablar con verdad; porque de la casada es

engendrar hijos, y hacer esto es perderlos; y de la casada es engendrar

hijos legítimos, y los que se crían así, mirándolo bien, son llanamente

bastardos.

Y porque vuestra merced vea que hablo con verdad, y no con

encarecimiento, ha de entender que la madre en el hijo que engendra

no pone sino una parte de su sangre, de la cual la virtud del varón,

figurándola, hace carne y huesos. Pues el ama que cría pone lo mismo,

porque la leche es sangre, y en aquella sangre la misma virtud del

padre que vive en el hijo hace la misma obra; sino que la diferencia

es ésta, que la madre puso este su caudal por nueve meses, y la ama

por veinticuatro; y la madre cuando el parto era un tronco sin sentido

ninguno, y el ama cuando comienza ya á sentir y reconocer el bien que

recibe; la madre influye en el cuerpo, el ama en el cuerpo y en el

alma. Por manera que echando la cuenta bien, el ama es la madre, y la

que parió es peor que madrastra, pues enajena de sí á su hijo, y hace

borde lo que había nacido legítimo, y es causa que sea mal nacido el

que pudiera ser noble, y comete en cierta manera un género de adulterio

poco menos feo y no menos dañoso que el ordinario, porque en aquel

vende al marido por hijo el que no es dél, y aquí el que no lo es

della, y hace sucesor de su casa al hijo del ama y de la moza, que las

más veces es una ó villana ó esclava.

La perfecta casada · 第 7 / 9 段