obra será del demonio. Pues ¿qué maldad, á la obra de Dios sobreponer
lo que ingenia el demonio? Nuestros criados no toman ni prestado de los
que nos son enemigos; el buen soldado no desea mercedes del que á su
capitán es contrario, que es aleve encargarse del enemigo de aquel á
quien sirve, y recebir ayuda y favor de aquel malo el cristiano, si ya
le llamo bien con tal nombre, si es ya Cristo. Porque más es de aquel
cuyas enseñanzas aprende.
»Mas ¡cuán ajena cosa es de la enseñanza cristiana de lo que profesáis
en la fe! ¡Cuán indigno del nombre de Cristo traer cara postiza, las
que se os mandó que en todo guardéis sencillez; mentir con el rostro,
las que se os veda mentir con la lengua; apetecer lo que no se os da,
las que os debéis abstener de lo ajeno; buscar el parecer bien, las
que tenéis la honestidad por oficio! Creedme, benditas; mal guardaréis
lo que Dios os manda, pues no conserváis las figuras que os pone. Y
aun hay quien con azafrán muda de su color los cabellos. Afréntanse
de su nación; duélense por no haber nacido alemanas ó inglesas, y
así procuran desnaturalizarse en el cabello siquiera. Mal agüero se
hacen colorando su cabeza de fuego. Persuádense que les está bien lo
que ensucian. Ó cierto, las cabezas mismas padecen daño con la fuerza
de las lejías. Y cualquier agua, aunque sea pura, acostumbrada en la
cabeza, destruye el cerebro, y más el ardor del sol con que secan el
cabello y le avivan. ¿Qué hermosura puede haber en daño semejante, ó
qué belleza en una suciedad tan enorme? Poner la cristiana en su cabeza
azafrán, es como ponerlo al ídolo en el altar; porque en todo lo que se
ofrece á los espíritus malos, sacados los usos necesarios y saludables
á que Dios lo ordenó, el usar dello puede ser habido por cultura de
ídolos.
»Mas dice el Señor[96]: «¿Quién de vosotras puede mudar su cabello ó
de negro en blanco ó de blanco en negro?» ¿Quién? Estas que desmienten
á Dios. Veis, dicen, en lugar de hacerle de negro blanco, le hacemos
rubio, que es mudanza más fácil. Demás de que también procuran de
mudarle de blanco en negro las que les pesa de haber llegado á ser
viejas. ¡Oh desatino, oh locura, que se tiene por vergonzosa la edad
deseada, que no se absconde el deseo de hurtar de los años, que se
desea la edad pecadora, que se repara y se remedia la ocasión del
mal hacer! ¡Dios os libre, á las que sois hijas de la sabiduría, de
tan grande necedad! La vejez se descubre más cuando más se procura
encubrir. ¿Esa debe de ser sin duda la eternidad que se nos promete,
traer moza la cabeza? ¿Esa la incorruptibilidad de que nos vestiremos
en la casa de Dios, la que da la inocencia? Bien os dais priesa al
Señor, bien os apresuráis por salir deste malvado siglo las que tenéis
por feo el estar vecinas á la salida. Á lo menos decidme, ¿de qué
os sirve esta pesadumbre de aderezar la cabeza? ¿Por qué no se les
permite que reposen á vuestros cabellos, ya trenzados, ya sueltos,
ya derramados, ya levantados en alto? Unas gustan de recogerlos en
trenzas, otras los dejan andar sin orden y que vuelen ligeros con
sencillez nada buena; otras, demás desto, les añadís y apegáis no sé
qué monstruosas demasías de cabellos postizos, formados á veces como
_chapeo_[97], ó como vaina de la cabeza, ó como cobertera de vuestra
mollera, á veces echados á las espaldas, ó sobre la cerviz empinados.
¡Maravilla es cuánto procuráis estrellaros con Dios, contradecir sus
sentencias! Sentenciado está[98] que «ninguno pueda acrecentar su
estatura.» Vosotras, si no á la estatura, á lo menos añadís al peso,
poniendo también sobre vuestras caras y cuellos no sé qué costras de
saliva y de masa. Si no os avergonzáis de una cosa tan desmedida,
avergonzaos siquiera de una cosa tan sucia. No pongáis, como iguales,
sobre vuestra cabeza santa y cristiana los despojos de otra cabeza
por ventura sucia, por ventura criminosa y ordenada al infierno. Antes
alanzad de vuestra cabeza libre esa como postura servil. En balde os
trabajáis por parecer bien tocadas, en balde os servís en el cabello
de los maestros que mejor lo aderezan, que el Señor manda que lo
cubráis[99]. Y creo que lo mandó porque algunas de vuestras cabezas
jamás fuesen vistas. Plega á él que yo, el más miserable de todos,
en aquel público y alegre día del regocijo cristiano alce la cabeza,
siquiera puesto á vuestros pies, que entonces veré si resucitáis con
albayalde, con colorado, con azafrán, con esos rodetes de la cabeza,
y veré si á la que saliere así pintada la subirán los ángeles en las
nubes al recibimiento de Cristo. Si son estas cosas buenas, si son
de Dios, también entonces se vendrán á los cuerpos y resucitarán, y
cada una conocerá su lugar. Pero no resucitarán más de la carne y el
espíritu puros. Luego las cosas que ni resucitarán con el espíritu, ni
con la carne, porque no son de Dios, condenadas cosas son. Absteneos,
pues, de lo que es condenado. Tales os vea Dios ahora cuales os ha de
ver entonces.
»Mas diréis que yo, como varón y como de linaje contrario, vedo lo
lícito á las mujeres, como si permitiese yo algo desto á los hombres.
¿Por ventura el temor de Dios y el respeto de la gravedad que se
debe, no quita muchas cosas á los varones también? Porque sin ninguna
duda, así á los varones por causa de las mujeres, como á las mujeres
por contemplación de los hombres, les nace de su naturaleza viciosa
el deseo de bien parecer. Que también nuestro linaje sabe hacer
sus embustes: sabe _atusarse_[100] la barba, entresacarla, ordenar
el cabello, componerle, dar color á las canas, y quitar, luego que
comienza á nacer, el vello del cuerpo, pintarle en partes con afeites
afeminados, y en partes alisarle con polvos de cierta manera; sabe
consultar el espejo en cualquiera ocasión, ó mirarse en él con cuidado.
»Mas la verdad es que el conocimiento que ya profesamos de Dios, y el
despojo del desear aplacer, y la pausa que prometemos de los excesos
viciosos, huye destas cosas todas, que en sí no son de fruto, y á la
honestidad hacen notable daño. Porque adonde Dios está, allí está la
limpieza, y con ella la gravedad, ayudadora y compañera suya. Pues
¿cómo seremos honestos si no curamos de lo que sirve á la honestidad
como propio instrumento, que es el ser graves? Ó ¿cómo conservaremos
la gravedad, maestra de lo honesto y de lo casto, si no guardamos lo
severo ansí en la cara como en el aderezo, como en todo lo que en
nuestro cuerpo se ve? Por lo cual también en los vestidos poned tasa
con diligencia, y desechad de vosotras y dellos las galas demasiadas;
porque ¿qué sirve traer el rostro honesto y aderezado con la sencillez
que pide nuestra profesión y doctrina, y lo demás del cuerpo rodeado de
esas burlerías de ropas agironadas y pomposas y regaladas? Que fácil
es de ver cuán junta anda esa pompa con la lascivia, y cuán apartada
de las reglas honestas, pues ofrece al apetito de todos la gracia del
rostro, ayudada con el buen atavío; tanto, que si esto falta, no agrada
aquello, y queda como descompuesto y perdido. Y al revés, cuando la
belleza del rostro falta, el lucido traje cuasi suple por ella. Aun á
las edades quietas ya y metidas en el puerto de la templanza, las galas
de los vestidos lucidos y ricos las sacan de sus casillas, é inquietan
con ruines deseos su madurez grave y severa, pensando más el sainete
del traje, que la frialdad de los años.
»Por tanto, benditas, lo primero, no deis entrada en vosotras á las
galas y riquezas de los vestidos, como á rufianes que sin duda son
y alcahuetes; lo otro, cuando alguna usare de semejantes arreos,
forzándola á ello ó su linaje ó sus riquezas ó la dignidad de su
estado, use dellos con moderación cuanto le fuere posible, como quien
profesa castidad y virtud, y no dé riendas á la licencia con color
que le es fuerza; porque ¿cómo podremos cumplir con la humildad que
profesamos los que somos cristianos, si no cubijáis como con tierra el
uso de vuestras riquezas y galas que sirve á la vanagloria? Porque la
vanagloria anda con la hacienda. Mas diréis: ¿No tengo de usar de mis
cosas? ¿Quién os lo veda que uséis? Pero usad conforme al Apóstol, que
nos enseña[101] que usemos deste mundo como si no usásemos dél. Porque,
como dice: «todo lo que en él se parece vuela. Los que compraren, dice,
compren como si no poseyesen[102].» Y esto ¿por qué? Porque había dicho
primero[103]: «el tiempo se acaba.» Y si el Apóstol muestra que aun
las mujeres han de ser tenidas como si no tuviesen, por razón de la
brevedad de la vida, ¿qué será destas sus vanas alhajas? ¿Por ventura
muchos no lo hacen así, que se ponen en vida casta por el reino del
cielo, privándose de su voluntad del deleite permitido y tan poderoso?
¿No se ponen entredicho algunos de las cosas que Dios cría, y se
contienen del vino y se destierran del comer carne, aunque pudieran
gozar dello sin peligro ni solicitud, pero hacen sacrificio á Dios de
la afición de sí mismos en la abstinencia de los manjares? Harto habéis
gozado ya de vuestras riquezas y regalos, harto del fruto de vuestras
dotes. ¿Habéis por caso olvidado lo que os enseña la voz de salud?
Nosotros somos aquellos en quien vienen á concluirse los siglos[104];
nosotros á los que, siendo ordenados de Dios antes del mundo para sacar
provecho y para dar valor á los tiempos[105], nos enseña él mismo[106]
que castiguemos, ó como si dijésemos, que castremos el siglo; nosotros
somos la circuncisión general de la carne y del espíritu[107], porque
cercenamos todo lo seglar del alma y del cuerpo. ¿Dios sin duda nos
debió de enseñar cómo se cocerían las lanas, ó en el zumo de las
hierbas ó en la sangre de las ostras? ¿Olvidósele, cuando lo crió todo,
mandar que naciesen ovejas de color de grana ó moradas? ¿Dios debió de
inventar los telares do se tejen y labran las telas, para que labrasen
y tejiesen las telas delicadas y ligeras, y pesadas en solo el precio?
¿Dios debió de sacar á luz tantas formas de oro para luz y ornamento
de las piedras preciosas? ¿Dios enseñaría horadar las orejas con malas
heridas, sin tener respeto al tormento de su criatura, ni al dolor
de la niñez, que entonces se comienza á doler, para que de aquellos
agujeros del cuerpo, soldadas ya las heridas, cuelguen no sé qué malos
granos? Los cuales los partos se engieren por todo el cuerpo en lugar
de hermosura; y aun hay gentes que al mismo oro, de que hacéis honra
y gala vosotras, le hacen servir de prisiones, como en los libros de
los gentiles se escribe. De manera que estas cosas, por ser raras, son
buenas, y no por sí. La verdad es, que los ángeles malos fueron los que
las enseñaron, ellos descubrieron la materia, y los mismos demostraron
el arte. Juntóse con el ser raro la delicadez del artificio, y de allí
nació el precio, y del precio la mala codicia que dello las mujeres
tienen, las cuales se pierden por lo precioso y costoso. Y porque estos
mismos ángeles que descubrieron los metales ricos, digo la plata y
el oro, y que enseñaron cómo se debían labrar, fueron también maestros
de las tinturas con que los rostros se embellecen y se coloran las
lanas, por eso fueron condenados de Dios, como en Enoch se refiere.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La viudez]
»Pues ¿en qué manera agradaremos á Dios, si nos preciamos de las cosas
de aquellos que despertaron contra sí la ira y el castigo de Dios? Mas
háyalo Dios enseñado, háyalo permitido, nunca Esaías[108] haya dicho
mal de las púrpuras, de los joyeles; nunca haya embotado las ricas
puntas de oro; pero no por eso, haciendo lisonja á nuestro gusto, como
los gentiles lo hacen, debemos tener á Dios por maestro y por inventor
destas cosas, y no por juez y pesquisidor del uso dellas. ¡Cuánto
mejor y con más aviso andaremos si presumiéremos que Dios lo proveyó
todo y lo puso en la vida para que hubiese en ella alguna prueba de
la templanza de los que le siguen! De manera que, en medio de la
licencia del uso, se viese por experiencia él templado. ¿Por ventura
los señores que bien gobiernan sus casas no dejan de industria algunas
cosas á sus criados, y se las permiten, para experimentar en qué manera
usan dellas, si moderadamente, si bien, pues que loado es allí el que
se abstiene de todo, el que se recela de la condescendencia del amo?
Así pues, como dice el Apóstol[109], «todo es lícito, pero no edifica
todo.»
»El que se recelare en lo lícito, ¡cuánto mejor temerá lo vedado!
Decidme qué causa tenéis para mostraros tan enjaezadas, pues estáis
apartadas de lo que á las otras las necesita; porque ni vais á los
templos de los ídolos, ni salís á los juegos públicos, ni tenéis que
ver con los días de fiesta gentiles; que siempre por causa destos
ayuntamientos, y por razón de ver y de ser vistas se sacan á plaza
las galas, ó para que negocie lo deshonesto, ó para que se engría lo
altivo, ó para hacer el negocio de la deshonestidad, ó para fomentar la
soberbia.
»Ninguna causa tenéis para salir de casa, que no sea grave y severa,
que no pida estrechez y encogimiento; porque, ó es visita de algún
infiel enfermo, ó es ver la misa ó el oir la palabra de Dios. Cada cosa
destas es negocio santo y grave, y negocio para que no es menester
vestido y aderezo, ni extraordinario, ni polido, ni disoluto. Y si la
necesidad de la amistad ó de las buenas obras os llama á que veáis los
infieles, pregunto, ¿por qué no iréis aderezadas de lo que son vuestras
armas, por eso mismo, porque vais á las que son ajenas de vuestra fe,
para que haya diferencia entre las siervas del demonio y de Dios? ¿Para
que les sea como ejemplo y se edifiquen de veros? ¿Para que, como dice
el Apóstol, sea Dios ensalzado en vuestro cuerpo? Y es ensalzado con la
honestidad y con el hábito que á la honestidad le conviene. Pero dicen
algunas: Antes porque no blasfemen de su nombre en nosotras, si ven que
quitamos algo de lo antiguo que usábamos; luego ni quitemos de nosotros
los vicios pasados. Seamos de unas mismas costumbres, pues queremos ser
de un mismo traje, y entonces con verdad, ¿no blasfemarán de Dios los
gentiles? ¡Gran blasfemia es, por cierto, que se diga de alguna que
anda pobre, después que es cristiana! ¿Temerá nadie de parecer pobre
después que es más rica, ó de parecer sin aseo después que es limpia?
Pregunto á los cristianos, ¿cómo les conviene que anden, conforme al
gusto de los gentiles, ó conforme al de Dios?
»Lo que habemos de procurar es no dar causa á que con razón nos
blasfemen. ¡Cuánto será más digno de blasfemia si las que sois llamadas
sacerdotes de honestidad salís vestidas y pintadas como las deshonestas
se visten y afeitan, ó que más hacen aquellas miserables que se
sacrifican al público deleite y al vicio, á las cuales, si antiguamente
las leyes las apartaron de las matronas y de los trajes que las
matronas usaban, ya la maldad deste siglo, que siempre crece, las ha
igualado en esto con las honestas mujeres, de manera que no se pueden
reconocer sin error! Verdad es que las que se afeitan como ellas, poco
se diferencian dellas; verdad es que los afeites de la cara, las
escrituras nos dicen que andan siempre con el cuerpo _burdel_[110],
como debidos á él y como sus allegados. Que aquella poderosa ciudad,
de quien se dice[111] que preside sobre siete montes, y quien mereció
que la llamase ramera Dios, ¿con qué traje, veamos, corresponde á su
nombre? En carmesí se asienta sin duda, y en púrpura y en oro y en
piedras preciosas, que son cosas malditas, y sin que pintada ser no
pudo la que es ramera maldita. La Thamar, porque se engalanó y se
pintó, por eso á la sospecha de Judas fué tenida por mujer que vendía
su cuerpo[112]; y como la encubría el rebozo, y como el aderezo daba á
entender ser ramera, hizo que la tuviese por tal; quísola y recuestóla,
y puso su concierto con ella. De adonde aprendemos que conviene en
todas maneras cortar el camino aun á lo que hace mala sospecha de
nosotros. Que ¿por qué la entereza del ánima casta ha de querer ser
manchada con la sospecha ajena? ¿Por qué se esperará de vos lo que
huís como la muerte? ¿Por qué mi traje no publicará mis costumbres,
para que, por lo que el traje dice, no ponga llaga la torpeza en el
alma, y para que pueda ser tenida por honesta la que desama el ser
deshonesta? Mas dirá por caso alguna: No tengo necesidad de satisfacer
á los hombres, ni busco el ser aprobada dellos; «Dios es el que ve
el corazón[113].» Todos sabemos eso, mas también nos acordamos de
lo que él mismo por su Apóstol escribe: «Vean los hombres que vives
bien[114].» Y ¿para qué, sino para que la mala sospecha no os toque, y
para que seáis buen ejemplo á los malos, y ellos os den testimonio? Ó
¿qué es, si esto no es? Resplandezcan vuestras buenas obras; ó ¿para
qué nos llama el Señor luz de la tierra[115]? ¿Para qué nos compara á
ciudad puesta en el monte, si nos sumimos y lucir no queremos en las
tinieblas? Si abscondiéredes debajo del celemín la candela de vuestra
virtud, forzoso será quedaros á escuras, y de fuerza estropezarán en
vosotras diversas gentes.
»Las obras de buen ejemplo, estas son las que nos hacen lumbreras del
mundo; que el bien entero y cabal no apetece lo escuro, antes se goza
en ser visto, y en ser demostrado se alegra. Á la castidad cristiana
no le basta ser casta, sino parecer también que lo es; porque ha de
ser tan cumplida, que del ánima mane al vestido, y del secreto de la
conciencia salga á la sobrehaz para que se vean sus alhajas de fuera, y
sean cual convienen ser para conservar perpetuamente la fe.
»Porque conviene mucho que desechemos los regalos muelles, porque
su blandura y demasía excesiva afeminan la fortaleza de la fe y la
enflaquecen. Que cierto no sé yo si la mano acostumbrada á vestirse
del guante sufrirá pasmarse con la dureza de la cadena, ni sé si la
pierna hecha al calzado bordado consentirá que el cepo la estreche.
Temo mucho que el cuello embarazado con los lazos de las esmeraldas y
perlas no dé lugar á la espada. Por lo cual, benditas, ensayémonos
en lo más áspero, y no sentiremos. Dejemos lo apacible y alegre, y
luego nos dejará su deseo. Estemos aprestadas para cualquier suceso
duro, sin tener cosa que temamos perder; que estas cosas ligaduras
son que detienen nuestra esperanza. Desechemos las galas del suelo si
deseamos las celestiales. No améis el oro, que fué materia del primer
pecado del pueblo de Dios[116]. Obligadas estáis á aborrecer lo que
fué perdición de aquella gente; lo que apartándose de Dios, adoró; y
aun ya desde entonces el oro es yesca del fuego. Las sienes y frentes
de los cristianos en todo tiempo, y en este principalmente, no el
oro, sino el hierro, las traspasa y enclava. Las estolas del martirio
nos están prestas y á punto. Los ángeles las tienen en las manos
para vestírnoslas. Salid, salid aderezadas con los afeites y con los
trajes vistosos de los apóstoles. Poneos el blanco de la sencillez, el
colorado de la honestidad; alcoholad con la vergüenza los ojos, y con
el espíritu modesto y callado. En las orejas poned como arracadas las
palabras de Dios. Añudad á vuestros cuellos el yugo de Cristo. Subjetad
á vuestros maridos vuestras cabezas, y quedaréis así bien hermosas.
Ocupad vuestras manos con la lana, enclavad en vuestra casa los pies, y
agradarán más así que si los cercásedes de oro. Vestid seda de bondad,
holanda de santidad, púrpura de castidad y pureza, que afeitadas desta
manera, será vuestro enamorado el Señor.» Esto es el Tertuliano.
Mas no son necesarios los arroyos, pues tenemos la voz del Espíritu
Santo, que por la boca de sus apóstoles San Pedro y San Pablo condena
este mal clara y abiertamente. Dice San Pedro[117]:
«Las mujeres estén sujetas á sus maridos, las cuales ni traigan por
defuera descubiertos los cabellos, ni se cerquen de oro, ni se adornen
con aderezo de vestiduras preciosas, sino su aderezo sea en el hombre
interior, que está en el corazón escondido. La entereza y el espíritu
quieto y modesto, el cual es de precio en los ojos de Dios; que desta
manera en otro tiempo se aderezaban aquellas santas mujeres.»
Y San Pablo escribe semejantemente[118]: «Las mujeres se vistan
decentemente, y su aderezo sea modesto y templado, sin cabellos
encrespados y sin oro y perlas, y sin vestiduras preciosas, sino cual
conviene á las mujeres que han profesado virtud y buenas obras.»
Este, pues, sea su verdadero aderezo, y para lo que toca á la cara,
hagan como hacía alguna señora deste reino. Tiendan las manos y reciban
en ellas el agua sacada de la tinaja, que con el aguamanil su sirvienta
les echare, y llévenla al rostro, y tomen parte della en la boca y
laven las encías, y tornen los dedos por los ojos y llévenlos por los
oídos, y detrás de los oídos también, y hasta que todo el rostro quede
limpio no cesen, y después, dejando el agua, límpiese con un paño
áspero, y queden así más hermosas que el sol. Añade:
[Ilustración]
XIII
LA BUENA MUJER HA DE SER DICHA, GLORIA, FELIZ SUERTE Y BENDICIÓN DE SU
MARIDO.
_Señalado en las puertas_
_su marido, cuando se asentare_
_con los gobernadores del pueblo._
PROVERBIOS
En las puertas de la ciudad eran antiguamente las plazas, y en las
plazas estaban los tribunales y asientos de los jueces y de los que
se juntaban para consultar sobre el buen gobierno y regimiento del
pueblo. Pues dice que en las plazas y lugares públicos, y adonde quiera
que se hiciere junta de hombres principales, el hombre cuya mujer
fuere cual es la que aquí se dice, será por ella conocido y señalado
y preciado entre todos. Y dice esto Salomón, ó en Salomón el Espíritu
Santo, no sólo para mostrar cuánto vale la virtud de la buena, pues
da honra á sí y ennoblece á su marido, sino para enseñarle en esta
virtud de la perfecta casada, de que vamos hablando, que es lo sumo
della, y la raya hasta donde ha de llegar, que es el ser corona y luz
y bendición y alteza de su marido; pues es así que todos conocen y
cantan y reverencian, y tienen por dichoso y bienaventurado al que le
ha cabido esta buena suerte; lo uno, por haberle cabido, porque no hay
joya ni posesión tan preciada, ni envidiada, como la buena mujer; y lo
otro, por haber merecido que le cupiese; porque, así como este bien es
precioso y raro, y don propiamente dado de Dios, así no le alcanzan de
Dios sino los que, temiéndole y sirviéndole, se lo merecen con señalada
virtud. Así lo testifica el mismo Dios en el _Eclesiástico_[119]:
«Suerte buena es la mujer buena, y es parte de buen premio de los
que sirven á Dios, y será dada al hombre por sus buenas obras.» De
arte que el que tiene buena mujer es estimado por dichoso en tenerla,
y por virtuoso en haberla merecido tener. De donde se entiende que
el carecer deste bien, en muchos es por su culpa dellos. Porque á la
verdad, el hombre vicioso y distraído y de _aviesa_[120] y revesada
condición, que juega su hacienda, y es un león en su casa, y sigue á
rienda suelta la deshonestidad, no espere, ni quiera tener buena mujer;
porque ni la merece, ni Dios la quiere á ella tan mal, que la quiera
juntar á compañía tan mala, y porque él mismo con su mal ejemplo y vida
desvariada la estraga y corrompe. Pero torna Salomón á lo casero de la
mujer, y dice:
[Ilustración]
XIV
LA INDUSTRIA Y CUIDADO DE LA BUENA CASADA HAN DE LLEGAR, NO SÓLO Á LO
QUE BASTA EN SU CASA, SINO AUN Á LO QUE SOBRA.
_Lienzo tejió y vendiólo;_
_franjas dió al cananeo._
PROVERBIOS
Cananeo llama al mercader y al que decimos cajero, porque los de
aquella nación ordinariamente trataban desto, como si dijésemos ahora
al portugués. Y va siempre añadiendo una virtud á otra virtud, y lleva
poco á poco á su mayor perfección esta pintura que hace, y quiere que
la industria y cuidado de la buena casada llegue, no sólo á lo que
basta en su casa, sino aun á lo que sobra, y que las sobras las venda,
y las convierta en riqueza suya y en arreo y provisión ajena. Y baste
lo que ya acerca desto arriba tenemos dicho.
[Ilustración]
[Ilustración]
XV
DE LA TEMPLANZA Y MEDIO QUE HA DE OBSERVAR LA PERFECTA MUJER EN SU
CONDICIÓN Y TRATO.
_Fortaleza y buena gracia su vestido,_
_reirá hasta el día postrero._
PROVERBIOS