buenas figuras y pónganselas; y el barniz pinte el lienzo, y no el
cuerpo, y sacarán mil provechos. Lo uno, que ya que les agrada ser
falsas hermosas, quedarán á lo menos limpias. Lo otro, que no temerán
que las desafeite ni el sol ni el polvo ni el aire. Y lo último, con
este artificio podrán encubrir, no sólo el color escuro, sino también
las facciones malas. Porque cierta cosa es que la hermosura no consiste
tanto en el escogido color, cuanto en que las facciones sean bien
figuradas cada una por sí, y todas entre sí mismas proporcionadas. Y
claro es que el afeite, ya que haga engaño en la color, pero no puede
en las figuras poner enmienda, que ni ensancha la frente angosta, ni
los ojos pequeños los engrandece, ni corrige la boca desbaratada. Pero
dicen que vale mucho el buen color. Yo pregunto, ¿á quién vale? Porque
las de buenas figuras, aunque sean morenas, son hermosas, y no sé si
más hermosas que siendo blancas; las de malas, aunque se transformen
en nieve, al fin quedan feas, mas dirán que menos feas, yo digo que
más; porque antes del barniz, si eran feas estaban limpias, mas después
dél quedan feas y sucias, que es la más aborrecible fealdad de todas.
Pero valga mucho el buen color, si de veras es buen color; mas este
ni es buen color ni casi lo es, sino un engaño de color que todos lo
conocen, y una postura que por momentos se cae, y un asco que á todos
ofende, y una burla que promete uno y da otro, y que afea y ensucia.
¡Qué locura es poner nombre de bien á lo que es mal, y trabajarse en
su daño y buscar con su tormento ser aborrecidas, que es lo que más
aborrecen! ¿Qué es el fin del aderezo y de la cura del rostro, sino
el parecer bien y agradar á los miradores? Pues ¿quién es tan falto,
que destos adobíos se agrade? Ó ¿quién hay que no los condene? ¿Quién
es tan necio que quiera ser engañado, ó tan boto que ya no conozca
este engaño? Ó ¿quién es tan ajeno de razón, que juzgue por hermosura
del rostro lo que claramente ve que no es del rostro, lo que ve que
es sobrepuesto, añadido y ajeno? Querría yo saber destas mendigantas
hermosas, si tendrían por hermosa la mano que tuviese seis dedos.
¿Por ventura no la hurtarían á los ojos? ¿No harían alguna invención
de guante para encubrir aquel dedo añadido? Pues ¿tienen por feo en
la mano un dedo más, y pueden creer que tres dedos de enjundia sobre
el rostro les es hermoso? Todas las cosas tienen una natural tasa y
medida, y la buena disposición y parecer dellas consiste en estar
justas en esto; y si dello les falta ó sobra algo, eso es fealdad y
torpeza; de donde se concluye que estas de quien hablamos, añadiendo
posturas y excediendo lo natural, en caso que fuesen hermosas, se
tornan feas con sus mismas manos. Bien y prudentemente aconseja,
acerca de un poeta antiguo[65], un padre á su hija y le dice: «No
tengas, hija, afición con los oros, ni rodees tu cuello con perlas
ó con jacintos, con que las de poco saber se desvanecen; ninguna
necesidad tienes deste vano ornamento; ni tampoco te mires al espejo
para componerte la cara, ni con diversas maneras de lazos enlaces
tus cabellos, ni te alcoholes con negro los ojos, ni te colores las
mejillas, que la naturaleza no fué escasa con las mujeres, ni les dió
cuerpo menos hermoso de lo que se les debe ó conviene.» Pues ¿qué
diremos del mal del engañar y fingir, á que se hacen, y como en cierta
manera se ensayan y acostumbran en esto? Aunque esta razón no es tanto
para que las mujeres se persuadan que es malo afeitarse, cuanto para
que los maridos conozcan cuán obligados están á no consentir que se
afeiten. Porque han de entender que allí comienzan á mostrárseles otras
de lo que son, y á encubrirles la verdad, y allí comienzan á tentarles
la condición y hacerlos al engaño, y como los hallaren pacientes en
esto, así subirán á engaños mayores. Bien dice Aristóteles en este
mismo propósito[66], que «como en la vida y costumbres la mujer con el
marido ha de andar sencilla y sin engaño, así en el rostro y en los
aderezos dél ha de ser pura y sin afeite.» Porque la buena en ninguna
cosa ha de engañar á aquel con quien vive, si quiere conservar el
amor, cuyo fundamento es la caridad y la verdad, y el no encubrirse,
los que se aman, en nada. Que así como no es posible mezclarse dos
aguas olorosas mientras están en sus redomas cada una; así en tanto
que la mujer cierra el ánimo con la encubierta del fingimiento, y con
la postura y afeites absconde el rostro, entre su marido y ella no se
puede mezclar amor verdadero. Porque si damos caso que el marido la ama
así, claro es que no ama á ella en este caso, sino á la máscara pintada
que se parece, y es como si amase en la farsa al que representa una
doncella hermosa. Y por otra parte, ella, viéndose amada desta manera,
por el mismo caso no le ama á él, antes comienza á tener en poco, y en
el corazón se ríe dél y le desprecia, y conoce cuán fácil es engañarle,
y al fin le engaña y le carga. Y esto es muy digno de considerar, y más
lo que se sigue tras esto, que es el daño de la conciencia y la ofensa
de Dios. Que aunque prometí no tratarlo, pero al fin la conciencia me
obliga á quebrantar lo que puse.
Y no les diga nadie, ni ellas se lo persuadan á sí, que ó no es pecado
ó es muy ligero pecado, porque es muy al revés; ca[67] él es pecado
grave en sí, y que demás desto anda acompañado de otros muchos pecados,
unos que nascen dél, y otros de donde él nace. Porque dejando aparte el
agravio que hacen á su mismo cuerpo, que no es suyo, sino del Espíritu
Santo, que le consagró para sí en el bautismo, y que por la misma causa
ha de ser tratado como templo santo con honra y respeto; así que,
aunque pasemos callando por este agravio que hacen á sus miembros,
atormentándolos y ensuciándolos en diferentes maneras, y aunque no
digamos la injuria que hacen á quien las crió, haciendo enmienda en su
obra y como reprehendiendo, ó á lo menos no admitiendo, su acuerdo y
consejo (porque sabida cosa es que lo que hace Dios, ó feo ó hermoso,
es á fin de nuestro bien y salud); así que, aunque callemos esto que
las condena, el fin que ellas tienen y lo que las mueve é incita á
este oficio, por más que ellas lo doren y apuren, ni se puede apurar
ni callar. Porque, pregunto, ¿por qué la casada quiere ser más hermosa
de lo que su marido quiere que sea? ¿Qué pretende afeitándose á su
pesar? ¿Qué ardor es aquel que le menea las manos para _acicalar_[68]
el cuerpo como arnés, y poner en arco las cejas? ¿Adónde amenaza aquel
arco?, y aquel resplandor ¿á quién ciega? El colorado y el blanco, y el
rubio y dorado, aquella artillería toda ¿qué pide?, ¿qué desea?, ¿qué
vocea? No pregunta sin causa el cantarcillo común, ni es más castellano
que verdadero: «¿Para qué se afeita la mujer casada?» Y torna á la
pregunta y repite la tercera vez, preguntando: «¿Para qué se afeita?»
Porque, si va á decir la verdad, la respuesta de aquel para qué, es
amor propio desordenadísimo, apetito insaciable de vana excelencia,
codicia fea, deshonestidad arraigada en el corazón, adulterio, ramería,
delito que jamás cesa. ¿Qué pensáis las mujeres que es afeitaros?
Traer pintado en el rostro vuestro deseo feo. Mas no todas las que
os afeitáis deseáis mal. Cortesía es creerlo. Pero si con la tez del
afeite no descubrís vuestro mal deseo, á lo menos despertáis el ajeno.
De manera que con esas posturas sucias, ó publicáis vuestra sucia
ánima, ó ensuciáis las de aquellos que os miran. Y todo es ofensa de
Dios. Aunque no sé yo qué ojos miran, que si bien os miran, no os
aborrezcan, y no hallen ó asco ó hedor ó torpeza. Mas ¡qué bravo!,
diréis algunas. No estoy bravo, sino verdadero. Y si tales son los
padres de quien aqueste destino nace, ¿cuáles serán los frutos que dél
proceden, sino enojos y guerra continua, y sospechas mortales y lazos
de perdidos, y peligros y caídas, y escándalos y muerte y asolamiento
miserable? Y si todavía os parezco muy bravo, oíd ya, no á mí, sino á
san Cipriano, las que lo decís, el cual dice desta manera[69]:
«En este lugar el temor que debo á Dios, y el amor de la caridad, que
me junta con todos, me obliga á que avise no sólo á las vírgenes y á
las viudas, sino á las casadas también, y universalmente á todas las
mujeres, que en ninguna manera conviene, ni es lícito adulterar la
obra de Dios y su hechura, añadiéndole ó color rojo ó alcohol negro
ó arrebol colorado, ó cualquiera otra compostura que mude ó corrompa
las figuras naturales. Dice Dios[70]: Hagamos al hombre á la imagen y
semejanza nuestra, ¿y osa alguna mudar en otra figura lo que Dios hizo?
Las manos ponen en el mismo Dios cuando lo que él formó lo procuran
ellas reformar y desfigurar. Como si no supiesen que es obra de Dios
todo lo que nace, y del demonio todo lo que se muda de su natural. Si
algún grande pintor retratase con colores que llegasen á lo verdadero
las facciones y rostro de alguno, con toda la demás disposición de su
cuerpo, y acabado ya y perfeccionado el retrato, otro quisiese poner
las manos en él, presumiendo de más maestro, para reformar lo que ya
estaba formado y pintado, ¿paréceos que tendría el primero justa y
grave causa para indignarse? Pues ¿piensas tú no ser castigada por
una osadía de tan malvada locura, por la ofensa que haces al divino
Artífice? Porque, dado caso que por la alcahuetería de los afeites
no vengas á ser con los hombres deshonesta y adúltera, habiendo
corrompido y violado lo que hizo en ti Dios, convencida quedas de peor
adulterio. Eso que pretendes hermosearte, eso que procuras adornarte,
contradicción es que haces contra la obra de Dios, y traición contra
la verdad. Dice el Apóstol[71], amonestándonos: «Desechad la levadura
vieja, para que seáis nueva masa, así como sois sin levadura, porque
nuestra pascua es Cristo sacrificado. Así que, celebremos la fiesta, no
con la levadura vieja, ni con la levadura de la malicia y de tacañería,
sino con la pureza de sencillez y verdad.» ¿Por ventura guardas esta
sencillez y verdad cuando ensucias lo sencillo con adulterinos colores,
y mudas en mentira lo verdadero con posturas de afeites? Tu Señor
dice[72] que «no tienes poder para tornar blanco ó negro uno de tus
cabellos;» y tú pretendes ser más poderosa, para sobrepujar lo que tu
Señor tiene dicho, con pretensión osada y con sacrílego menosprecio.
Enrojas tus cabellos, y en mal agüero de lo que te está por venir
les comienzas á dar color semejante al del fuego, y pecas con grave
maldad en tu cabeza, esto es, en la parte más principal de tu cuerpo,
y como del Señor esté escrito[73] que «su cabeza y sus cabellos eran
blancos como la nieve,» tú maldices lo cano y abominas lo blanco, que
es semejante á la cabeza de Dios. Ruégote, la que esto haces, ¿no temes
en el día de la resurrección, cuando venga, que el Artífice que te crió
no te conozca; que cuando llegues á pedirle sus promesas y premios, te
deseche, aparte y excluya; que te diga con fuerza y severidad de juez:
Esta obra no es mía, ni es la nuestra esta imagen; ensuciaste la tez
con falsa postura, demudaste el cabello con deshonesto color, hiciste
guerra y venciste á tu cara, con la mentira corrompiste tu rostro, tu
figura no es esa? No podrás ver á Dios, pues no traes los ojos que Dios
hizo en ti, sino los que te inficionó el demonio; tú le has seguido,
los ojos pintados y relumbrantes de la serpiente has en ti remedado;
figúraste dél y arderás juntamente con él.»
Hasta aquí son palabras de San Cipriano. Y San Ambrosio[74] habla no
menos agramente que él, y dice así:
«De aquí nace aquello que es vía é incentivo de vicios, que las
mujeres, temiendo desagradar á los hombres, se pintan las caras con
colores ajenos, y en el adulterio que hacen de su cara, se ensayan
para el adulterio que desean hacer de su persona. Mas ¿qué locura
aquesta tan grande, desechar el rostro natural y buscar el pintado? Y
mientras temen de ser condenadas de sus maridos por feas, condénanse
por tales ellas á sí mismas; porque la que procura mudar el rostro con
que nació, por el mismo caso da sentencia ella contra sí y lo condena
por feo; y mientras procura agradar á los otros, ella misma á sí se
desagrada primero. Di, mujer, ¿qué mejor juez de tu fealdad podemos
hallar que á ti misma, pues temes ser vista cual eres? Si eres hermosa,
¿por qué con el afeite te encubres? Si fea y disforme, ¿por qué te nos
mientes hermosa, pues ni te engañas á ti, ni del engaño ajeno sacas
fruto? Porque el otro en ti afeitada, no ama á ti, sino á otra, y tú
no quieres como otra ser amada. Enséñasle en ti á ser adúltero, y si
pone en otra su amor, recibes pena y enojo. Mala maestra eres contra
ti misma. Más tolerable en parte es ser adúltera, que andar afeitada;
porque allí se corrompe la castidad y aquí la misma naturaleza.»
Estas son palabras de San Ambrosio. Pero entre todos, San Clemente
Alejandrino es el que escribe más extendidamente, diciendo[75]:
«Las que hermosean lo que se descubre, y lo que está secreto lo
afean, no miran que son como las composturas de los egipcios, los
cuales adornan las entradas de sus templos con arboledas, y ciñen
sus portales con muchas columnas; y edifican los muros dellos con
piedras peregrinas, y los pintan con escogidas pinturas, y los mismos
templos los hermosean con plata y con mármoles traídos desde Etiopía.
Y los sagrarios de los templos los cubren con planchas de oro; mas
en lo secreto dellos, si alguno penetrare allá, y si con priesa de
ver lo escondido, buscare la imagen del Dios que en ellos mora, y si
la guarda dellos ó alguno otro sacerdote con vista grave, y cantando
primero algún himno en su lengua, y descubriendo un poco del velo,
le mostrare la imagen, es cosa de grandísima risa ver lo que adoran;
porque no hallaréis en ellos algún Dios como esperábades, sino un gato
ó un crocodilo, ó alguna sierpe de las de la tierra, ó otro animal
semejante, no digno de templo, sino dignísimo de cueva ó de escondrijo
ó de cieno, que como un poeta antiguo les dijo[76]:
»Son fieras sobre púrpura asentadas
»los dioses á quien sirven los gitanos.
»Tales, pues, me parecen á mí las mujeres que se visten de oro y se
componen los rizos, y se untan las mejillas y se pintan los ojos y
se tiñen los cabellos, y que ponen toda su mala arte en este aderezo
muelle y demasiado, y que adornan este muro de carne, y hacen
verdaderamente como en Egipto, para atraer á sí á los desventurados
amantes. Porque si alguno levantase el velo del templo, digo si
apartase las tocas, la tintura, el bordado, el oro, el afeite, esto
es, el velo y la cobertura compuesta de todas aquestas cosas, por ver
si hallaría dentro lo que de veras es hermoso, abominaríalas, á lo
que yo entiendo, sin duda. Porque no hallara en su secreto dellas por
moradora, según que era justo, á la imagen de Dios, que es lo digno de
precio; mas hallara que en su lugar ocupa una fornicaria y una adúltera
lo secreto del alma, y averiguara que es verdadera fiera, mona con
albayalde afeitada ó sierpe engañosa, que, tragando lo que es de razón
en el hombre por medio del deseo del vano aplacer, tienen el alma
por cueva; adonde mezclando toda su ponzoña mortal, y rebosando el
tóxico de su engaño y error, trueca á la mujer en ramera aqueste dragón
alcahuete, porque el darse el afeite, de ramera es, y no de buena
mujer, como claramente se ve; porque las que con esto tienen cuenta,
no la tienen jamás con sus casas. Su cuenta es desenlazar las bolsas
de sus maridos, y el consumirles las haciendas en sus vanos antojos, y
para que testifiquen muchos que parecen hermosas, el ocuparse asentadas
todos los días al arte del afeitarse con personas alquiladas á ello.
Así que, procuran de guisar bien su carne, como cosa desabrida y de
mala vista; y entre día por el afeite se están deshaciendo en su casa,
con temor que no se les eche ver que es postiza la flor; mas venida
la tarde, como de cueva, luego se hace afuera aquesta adulterada
hermosura, á quien ayuda entonces, para ser tenida en algo, la
embriaguez y la falta de luz. Menandro el poeta lanza de su casa á la
mujer que se enrubia y dice:
»Vé fuera desta casa; que la buena
»no trata de hacer rubios los cabellos.
»Y no dice que se barnizaba la cara, ni menos que se pintaba los
ojos. Mas las miserables no ven que con añadir lo postizo destruyen
lo hermoso, natural y propio, y no ven que matizándose cada día, y
estirándose el cuerpo y emplastándose con mezclas diversas secan
el cuerpo y consumen la carne, y con el exceso de los corrosivos
marchitan la flor propia, y así vienen á tornarse amarillas y á hacerse
dispuestas y fáciles á que la enfermedad se las lleve, por tener con
los afeites la carne que sobrepintan gastada, y vienen á deshonrar al
Fabricador de los hombres, como á quien no repartió la hermosura como
debía; y son con razón inútiles para cuidar por su casa, porque son
como cosas pintadas, asentadas para no más de ser vistas, y no hechas
para ser caseras cuidadosas. Por lo cual, aquella bien considerada
mujer, acerca del poeta cómico, dice:
--»¿Qué hecho podremos hacer las mujeres que de precio sea ó de valor,
pues repintándonos y enfloreciéndonos cada día, borramos de nosotras
mismas la imagen de las mujeres valerosas, y no servimos sino de
trastos de casa y de estropiezos para los maridos y de afrenta de
nuestros hijos?--
»Y asimismo Antífanes, escritor también de comedias[77], mofa de
aquesta perdición de mujeres, poniendo las palabras que convienen á lo
que comúnmente todas hacen, y dice:
--»Llega, pasa, torna, no se pasa, viene, pára, límpiase, revuelve,
relímpiase, péinase, sacúdese, friégase, lávase, espéjase, vístese,
almízclase, aderézase, rocíase con colores, y al fin si hay algo que
no, ahógase y mátase.--
»Merecedoras, no de una, sino de doscientas mil muertes, que se coloran
con las _freces_[78] del crocodilo, y se untan con la espuma de la
hediondez y que para las _abéñolas_[79] hacen hollín y albayalde para
embarnizar las mejillas.
»Pues las que así enfadan á los poetas gentiles, la verdad, ¿cómo no
las desechará y condenará? Pues Alexi, otro cómico, ¿qué dice dellas,
reprendiéndolas? Que pondré lo que dijo, procurando avergonzar con la
curiosidad de sus razones su desvergüenza perpetua, sino que no pudo
llegar á tanto su buen decir, y verdaderamente que yo me avergonzaría,
si pudiese defenderlas con alguna buena razón, de que las tratase así
la comedia. Pues dice:
--»Demás desto, acaban á sus maridos, porque su primero y principal
cuidado es el sacarles algo, y el pelar á los tristes mezquinos; esta
es su obra, y todas las demás en su comparación les son accesorias. ¿Es
por ventura alguna dellas pequeña?, embute los chapines de corcho; ¿es
otra muy luenga?, trae una suela sencilla; y anda la cabeza metida en
los hombros; y hurta esto al altor[80]; ¿es falta de carnes?, afórrase
de manera que todos dicen que no hay más que pedir; ¿crece en barriga?,
estréchase con fajas, como si _tranzase_[81] el cabello, con que va
derecha y _cenceña_[82]; ¿sumida de vientre?, como con puntales hace
la ropa adelante; ¿es bermeja de cejas?, encúbrelas con hollín; ¿es
acaso morena?, anda luego el albayalde por alto; ¿es demasiadamente muy
blanca?, friégase con la tez del humero; ¿tiene algo que sea hermoso?,
siempre lo trae descubierto; pues que si los dientes son buenos,
forzoso es que se ande riendo. Y para que vean todos que tiene gentil
boca, aunque no esté alegre, todo el santo día se ríe, y trae entre los
dientes siempre algún palillo de murta delgado, para que, quiera que
no, en todos tiempos esté abierta la boca.--
»Esto he alegado de las letras profanas, como para remedio contra este
mal artificio y deseo excesivo del afeite, porque Dios procura nuestra
salud por todas las vías posibles; mas luego apretaré con las letras
sagradas, que al malo público natural es apartarse de aquello en que
peca, siendo reprehendido por la vergüenza que padece.
»Pues así como los ojos vendados ó la mano envuelta en emplastos, á
quien lo ve hace indicio de enfermedad, así el color postizo y los
afeites de fuera dan á entender que el alma en lo de dentro está
enferma.
»Amonesta nuestro divino Ayo y Maestro que no lleguemos al río ajeno,
figurando por el río ajeno la mujer destemplada y deshonesta, que corre
para todos, y que para el deleite de todos se derrama con posturas
lascivas.
--»Contiénete, dice[83], del agua ajena, y de la fuente ajena no
bebas;--amonestándonos que huyamos la corriente de semejante deleite,
si queremos vivir luengamente, porque el hacerlo así añade años de vida.
»Grandes vicios son los de comer y beber; pero no tan grandes, con
mucha parte, como la afición excesiva del aderezo y afeite; para
satisfacer el gusto, la mesa llena basta, y la taza abundante; mas á
las aficionadas á los oros, á los carmesíes y á las piedras preciosas,
no les es suficiente ni el oro que hay sobre la tierra ó en sus
entrañas della, ni la mar de Tiro, ni lo que viene de Etiopía, ni el
río Pactolo, que corre oro, ni aunque se transformen en Midas, quedarán
satisfechas algunas dellas, sino pobres siempre y deseando más siempre,
aparejadas á morir con el haber.
»Y si es la riqueza ciega, como de veras lo es, las que tienen puesta
en ella toda su afición y sus ojos, ¿cómo no serán ciegas? Y es que,
como no ponen término á su mala codicia, vienen á dar en licencia
desvergonzada, porque les es necesario el teatro y la procesión y
la muchedumbre de los miradores, y el vaguear por las iglesias y el
detenerse en las calles para ser contempladas de todos, porque cierto
es que se aderezan para contentar á los otros.
»Dice Dios, por Hieremías[84]:
--»Aunque te rodees de púrpura y te enjoyes con oro y te pintes los
ojos con alcohol, vana es tu hermosura.--
»Mas ¿qué desconcierto tan grande que el caballo y el pájaro y todos
los demás animales de la hierba y del prado salgan alindados cada uno
con su propio aderezo, el caballo con crines, el pájaro con pinturas
diversas, y todos con su color natural, y que la mujer, como de peor
condición que las bestias, se tenga á sí misma en tanto grado por fea,
que haya menester hermosura postiza, comprada y sobrepuesta?
»Preciadoras de lo hermoso del rostro, y no cuidadosas de lo feo
del corazón; porque sin duda, como el hierro en la cara del esclavo
muestra que es fugitivo, así las floridas pinturas del rostro son
señal y pregón de ramera. Porque los volantes y las diferencias de los
tocados, y las invenciones del coger los cabellos, y los visajes que
hacen dellos, que no tienen número, y los espejos costosos, á quien se
aderezan, para cazar á los que, á manera de niños ignorantes hincan
los ojos en las buenas figuras, cosas son de mujeres _raídas_[85], y
tales, que no se engañará quien peor las nombrare, transformadoras de
sus caras en máscaras.
»Dios nos avisa que no atendamos á lo que parece, sino á lo que se
encubre[86]; porque es lo que se ve temporal, y lo que no, sempiterno;
y ellas locamente inventan espejos, adonde, como si fuera alguna cosa
loable, se vea artificiosa figura, á cuyo engaño le venía mejor la
cubierta y el velo. Que, como cuenta la fábula, á Narciso no le fué
útil el haber contemplado su rostro. Y si veda Moisén[87] á los hombres
que no hagan alguna imagen, compitiendo en el arte con Dios, ¿cómo les
será á las mujeres lícito en sus mismas caras formar nuevos gestos en
revocación de lo hecho?
»Al profeta Samuel cuando Dios le envió á ungir un rey á uno de los
hijos de José, paresciéndole que el más anciano dellos era hermoso y
dispuesto, y queriéndole ungir, díjole Dios:
--»No mires á su rostro ni atiendas á su buena disposición de ese
hombre que le tengo desechado; que el hombre mira á los ojos y Dios
tiene cuenta con el corazón[88].--
»Y así, el Profeta no ungió al hermoso de cuerpo, sino consagró al
hermoso de ánimo. Pues si la belleza de cuerpo, aun aquella que es
natural, tiene Dios en tanto menos que la belleza del alma, ¿que
juzgará de la postiza y fingida el que todo lo falso desecha y aborrece?
»En fe caminamos, y no en lo que es evidente á la vista[89].
Manifiestamente nos enseñó en Abraham el Señor que ha de menospreciar
quien le siguiere la parentela, la tierra, la hacienda y riquezas y
bienes visibles[90]. Hízole peregrino, y luego que despreció su natural
y el bien que se veía, le llamó amigo suyo; y era Abraham noble en
tierra y muy abundante en riqueza, que, como se lee[91], cuando venció
á los reyes que prendieron á Lot, armó de sola su casa trescientas y
diez y ocho personas.
»Sola es Ester la que hallamos[92] haberse aderezado sin culpa,
porque se hermoseó con misterio y para el rey, su marido; demás de
que aquella su hermosura fué rescate de toda una gente condenada á la
muerte; y así, lo que se concluye de todo lo dicho es, que el afeitarse
y el hermosearse, á las mujeres hace rameras y á los hombres hace
afeminados, y adúlteros, como el poeta trágico lo dió bien á entender
cuando dijo:
»De Frigia vino á Esparta el que juzgara,
»según lo dice el cuento de los griegos,
»las diosas; hermosísimo en vestido,
»en oro reluciente, y rodeado
»de traje barbaresco y peregrino.
»Amó, y partióse así, llevando hurtada
»á quien también le amaba, al monte de Ida,
»estando Menelao de casa ausente.
»¡Oh belleza adúltera! El aderezo bárbaro trastornó á toda Grecia. Á
la honestidad de Lacedemonia corrompió la vestidura, la policía y el
rostro. El ornamento excesivo y peregrino hizo ramera á la hija de
Júpiter.
»Mas en aquellos no fué gran maravilla, que no tuvieron maestro que
les cercenase los deseos viciosos, ni menos quien les dijese: «No
fornicarás, ni desearás fornicar;» que es decir: No caminarás al
_fornicio_[93] con el deseo, ni encenderás su apetito con el afeite, ni
con el exceso del aderezo demasiado.»
Hasta aquí son palabras de San Clemente. Y Tertuliano, varón doctísimo
y vecino á los apóstoles, dice[94]:
«Vosotras tenéis obligación de agradar á solos vuestros maridos. Tanto
más los agradaréis á ellos, cuanto menos procuráredes parecer bien á
los otros. Estad seguras. Ninguna á su marido le es fea; cuando la
escogió se agradó porque ó sus costumbres ó su figura se la hicieron
amable. No piense ninguna que si se compone templadamente la aborrecerá
ó desechará su marido, que todos los maridos apetecen lo casto. El
marido cristiano no hace caso de la buena figura, porque no se ceba de
lo que los gentiles se ceban; el gentil en ser cosa nuestra la tiene
por sospechosa, por el mal que de nosotras juzga. Pues dime, tu belleza
¿para quién la aderezas, si ni el gentil la cree, ni el cristiano la
pide? ¿Para qué te desentrañas por agradar al receloso ó al no deseoso?
Y no digo esto por induciros á que seáis algunas desaliñadas y fieras,
ni os persuado el desaseo, sino dígoos lo que pide la honestidad, el
modo, el punto, la templanza con que aderezareis vuestro cuerpo. No
habéis de exceder de lo que al aderezo simple y limpio se debe, de
lo que agrada al Señor; porque sin duda le ofenden las que se untan
con unciones de afeites el rostro, las que manchan con arrebol las
mejillas, las que con hollín alcoholan los ojos; porque sin duda les
desagrada lo que Dios hace, y arguyen en sí mismas de falta á la obra
divina, reprehenden al Artífice que á todos nos hizo. Reprehéndenle,
pues le enmiendan, pues le añaden. Que estas añadiduras tómanlas
del contrario de Dios, esto es, del demonio, porque ¿quién otro
será maestro de mudar la figura del cuerpo, sino el que transformó
en malicia la imagen del alma? Él sin duda es el que compuso este
artificio, para en nosotros poner en Dios las manos en cierta manera.