Á muy buen tiempo puso esto aquí Salomón, porque repitiendo tanto lo

que toca á la granjería y aprovechamiento, y aconsejando á la mujer

tantas veces y con tan encarecidas palabras que sea hacendosa y casera,

dejábala, al parecer, muy vecina al avaricia y escasez, que son males

que tienen parentesco con la granjería, y que se le allegan no pocas

veces. Porque, así como hay algunos vicios que tienen apariencia y

semejanza de algunas virtudes, así hay virtudes también que están como

ocasionadas á vicios; porque, aunque es verdad que la virtud consiste

en el medio, mas como este medio no se mide á palmos, sino es medio que

se ha de medir con la razón, muchas veces se aleja más de un extremo

que del otro, como parece en la liberalidad, que es virtud medida

por la razón entre los extremos del avaro y del pródigo, y se aparta

mucho menos del pródigo que del avaro. Y aun también acontesce que de

la virtud y del vicio, que en la verdad son principios muy diferentes

en la vista pública y en lo que de fuera parece, nazcan frutos muy

semejantes.

Tanto es disimulado el mal, ó tanto procura disimularse para nuestro

daño, ó por mejor decir, tanta es la fuerza y excelencia del bien, y

tan general su provecho, que aun el mal, para poder vivir y valer, se

le allega y se viste dél y desea tomar su color.

Así vemos que el prudente y recatado huye de algunos peligros, y que

el temeroso y cobarde huye también. Adonde, aunque las causas sean

diversas, es uno y semejante el huir.

Y vemos por la misma manera que el hombre concertado granjea y

beneficia su hacienda, y el avariento también es granjero, y que son

unos en el granjear, aunque en los motivos del granjear son diferentes.

Y puede tanto este parentesco y disimulación, que no solamente los que

miran de lejos y ven sólo lo que se parece, engañándose, nombran por

virtud lo que es vicio, mas también esos mesmos, que ponen las manos

en ello y lo obran, muchas veces no se entienden á sí, y se persuaden

que les nace de raíz de virtud lo que les viene de inclinación dañada

y viciosa. Por donde todo lo semejante pide grande advertencia, para

que el mal disimulado con el bien no pueda engañarnos. Y así, porque á

Dios no aplace sino la virtud, y porque ser la mujer muy granjera le

puede nacer de avaricia y de vicio, para que no se canse sin fruto y

para que no ofenda á Dios en lo que piensa agradarle, avísale aquí que

sea limosnera, que es decirle que, dado que le tiene mandado que sea

hacendosa y aprovechada y veladora y allegadora, pero que no quiere que

sea lacerada, ni escasa, ni quiere que todo el velar y adquirir sea

para el arca y para la polilla, sino para la provisión y abrigo, no

sólo de los suyos, sino también de los necesitados y pobres, porque en

ninguna manera quiere que sea avarienta. Y por eso dice elegantemente

que abra la palma, que la avaricia cierra, y que alargue y tienda la

mano, que suele encoger la escasez.

Y dado que el ser piadoso y limosnero es virtud que conviene á todos

los que se tienen por hombres, pero con particular razón las mujeres

deben esta piedad á la blandura de su natural, entiendo que ser una

mujer de entrañas duras ó secas con los necesitados, es en ella

vituperable más que en hombre ninguno. Y no es buena excusa decir que

les va á la mano el marido; porque aunque es verdad que pertenesce á él

el dispensar la hacienda, pero no se entiende que si veda á la mujer y

le pone ley para que no haga otros gastos perdidos, le quiere también

cerrar la puerta á lo que es piedad y limosna, á quien Dios con tan

expreso mandamiento y con tan grande encarecimiento la abre. Y cuando

quisiese ser aun en esto escaso el marido, la mujer, si es en lo demás

cual aquí pintamos, no debe por eso cerrar las entrañas á la limosna,

que es debida á su estado, ni menos el confesor se lo vede. Porque

si el marido no quiere, está obligado á querer; y su mujer, si no le

obedece en su mal antojo, confórmase con la voluntad que él debe tener

de razón; y en hacer esto trata con utilidad y provecho su alma dél y

su hacienda; porque lo uno, cumple con la obligación que ambos tienen

de socorrer á los pobres; y lo otro, asegura y acrescienta sus bienes

con la bendición que Dios, cuya palabra no puede faltar, tiene á la

piedad prometida. Y porque muchos nunca se fían bien de esta palabra,

por eso muchos hombres son crudos y lacerados. Que si se pusiesen á

considerar que reciben de Dios lo que tienen, no temerían de le tornar

parte dello, ni dudarían de que quien es liberal no puede jamás ser

desagradecido; y quiero decir en esto que Dios, el cual, sin haber

recibido nada dellos, liberalmente los hizo ricos, si repartieren

después con él sus riquezas, se las volverá con gran logro.

Esto que he dicho, entiendo de las limosnas más ordinarias y comunes

que se ofrescen cada día á los ojos; que en lo que fuere más grueso

y más particular, la mujer no ha de traspasar la ley del marido, y

en todo le ha de obedecer y servir. Y yo fío que ninguno habrá tan

miserable, ni malo, que si ella es de las que yo digo, tan casera, tan

hacendosa, tan veladora y tan concertada en todo y aprovechada, le vede

que haga bien á los pobres. Ni será ninguno tan ciego, que tema pobreza

de la limosna que hace á quien le enriquece la casa.

Así que, abra sus entrañas y sus brazos y manos á la piedad la buena

mujer, y muestre que su granjería nasce de virtud, en no ser escasa en

lo que según razón es debido. Y como el que labra el campo, de lo que

coge en él da sus primicias y diezmos á Dios; así ella de las labores

suyas y de sus criadas aplique su parte para vestir á Dios en los

desnudos y hartarle en los hambrientos, y llámele como á la parte de

sus ganancias, y abra, como aquí dice, sus manos al afligido, y al

menesteroso sus palmas.

Mas si dice que abra sus manos y su casa á los pobres, es mucho de

advertir que no le dice que las abra generalmente á todos los que se

profesan ser pobres. Porque á la verdad una de las virtudes de la

buena casada y mujer es el tener grande recato acerca de las personas

que admite á su conversación y á quién da entrada en su casa; porque,

debajo de nombre de pobreza, y cubriéndose con piedad, á las veces

entran en las casas algunas personas arrugadas y canas, que roban la

vida y entiznan la honra y dañan el alma de los que viven en ella, y

los corrompen sin sentir, y los emponzoñan paresciendo que los lamen y

halagan.

San Pablo[58] casi señaló con el dedo á este linaje de gentes, ó á

algunas gentes deste linaje, diciendo: «Tienen por oficio andar de

casa en casa ociosas, y no solamente ociosas, mas también parleras y

curiosas, y habladoras de lo que no conviene.» Y es ello así, que las

tales de ordinario no entran sino á aojar todo lo bueno que vieren, y

cuando menos mal hacen, hacen siempre este daño, que es traer novelas y

chismerías de fuera, y llevarlas afuera de lo que ven ó les parece que

ven en la casa donde entran, con que inquietan á quien las oye y les

turban los corazones; de donde muchas veces nascen desabrimientos entre

los vecinos y amigos, y materias de enojos y diferencias, y á veces hay

discordias mortales.

En las repúblicas bien ordenadas, los que antiguamente las ordenaron

con leyes, ninguna cosa vedaron más que la comunicación con los

extraños y de diferentes costumbres. Así Moisén, ó por mejor decir,

Dios por Moisén, á su pueblo escogido le avisa desto en mil lugares[59]

con encarecimiento grandísimo. Porque lo que no se ve no se desea;

que, como dice el versillo griego: «Del mirar nace el amar[60].» Y

por el contrario, lo que se ve y se trata, cuanto peor es, tanto más

ligeramente, por nuestra miseria, se nos apega. Y lo que es en toda una

república, eso también en una sola casa por la misma razón acontece.

Que si los que entran en ella son de costumbres diferentes de las que

en ellas se usan, unos con el ejemplo y otros con la palabra alteran

los ánimos bien ordenados, y poco á poco los desquician del bien. Y

llega la vejezuela al oído, dice á la hija y á la doncella que por

qué huyen la ventana ó por qué aman la almohadilla tanto; que la

otra Fulana y Fulana no lo hacen así. Y enséñales el mal aderezo, y

cuéntales la desenvoltura del otro, y las marañas que ó vió ó inventó

póneselas delante, y vuélveles el juicio, y comienza á teñir con esto

el pecho sencillo y simple, y hace que figuren en el pensamiento lo

que con sólo ser pensado corrompe; y dañado el pensamiento, luego se

tienta el deseo, el cual en encendiéndose al mal, luego se resfría en

el bien, y así luego se comienzan á desagradar de lo bueno y de lo

concertado, y por sus pasos contados vienen á dejarlo del todo á la

postre. Por donde, acerca de Eurípides[61], dice bien el que dice:

«Nunca, nunca jamás, que no me contento con decirlo una sola vez, el

cuerdo casado consentirá que entren cualesquier mujeres á conversar con

la suya, porque siempre hacen mil daños. Unas por su interés tratan

de corromper en ella la fe del matrimonio; otras, porque han faltado

ellas, gustan de tener compañeros de sus faltas; otras porque saben

poco y de puro necias. Pues contra estas mujeres y las semejantes

á éstas conviénele al marido guarnecer muy bien con aldabas y con

cerrojos las puertas de su casa; que jamás estas entradas peregrinas

ponen en ella alguna cosa sana, sino siempre hacen diversos daños.»

Pero veamos ya lo que después de aquesto se sigue.

[Ilustración]

XI

DEL BUEN TRATO Y APACIBLE CONDICIÓN CON QUE SE DEBEN PORTAR LAS SEÑORAS

CON SUS SIRVIENTAS Y CRIADAS.

_No temerá de la nieve su familia,_

_porque toda su gente está vestida con_

_vestiduras dobladas._

PROVERBIOS

No es aquesta la menor parte de la virtud de aquesta perfecta casada

que pintamos, ni la que da menos loor á la que es señora de su casa,

el buen tratamiento de su familia y criados; antes es como una muestra

donde claramente se conoce la buena orden con que se gobierna todo lo

demás. Y pues le había mostrado Salomón, en lo que es antes de esto,

á ser limosnera con los extraños, convino que le avisase ahora, y le

diese á entender que aqueste cuidado y piedad ha de comenzar de los

suyos; porque, como dice San Pablo[62], «el que se descuida de la

provisión de los que tiene en su casa, infiel es y peor que infiel.»

Y aunque habla aquí Salomón del vestir, no habla solamente dél, sino

por lo que dice en este particular enseña lo que ha de ser en todo lo

demás que pertenece al buen estado de la familia. Porque así como se

sirve de su trabajo della el señor, así ha de proveer con cuidado á su

necesidad, y ha de compasar con lo uno lo otro, y tener gran medida

en ambas cosas, para que ni les falte en lo que han menester, ni en

lo que ellos han de hacer los cargue demasiadamente, como lo avisa y

declara el Sabio en el capítulo 33 del _Eclesiástico_. Porque lo uno es

injusticia, y lo otro escasez, y todo crueldad y maldad.

El pecar los señores en esto con sus criados, ordinariamente nace

de soberbia y de desconocerse á sí mismos los amos. Porque, si

considerasen que así ellos como sus criados son de un mismo metal, y

que la fortuna, que es ciega, y no la naturaleza proveída, es quien

los diferencia, y que nascieron de unos mismos principios, y que han

de tener un mismo fin, y que caminan llamados para unos mismos bienes;

y si considerasen que se puede volver el aire mañana, y á los que

sirven ahora servirlos ellos después, y si no ellos, sus hijos ó sus

nietos, como cada día acontece, y que al fin todos, así los amos como

los criados, servimos á un mismo Señor, que nos medirá como nosotros

midiéremos; así que, si considerasen esto, pondrían el brío aparte,

y usarían de mansedumbre, y tratarían á los criados como deudos, y

mandarlos hían como quien siempre no ha de mandar. Y aquí conviene que

las mujeres hinquen los ojos más, porque se desvanescen más fácilmente,

y hay tan vanas algunas, que casi desconocen su carne, y piensan que la

suya es carne de ángeles, y las de sus sirvientas de perros, y quieren

ser adoradas dellas, y no acordarse dellas si son nascidas; y si se

quebrantan en su servicio, y si pasan sin sueño las noches y si están

ante ellas de rodillas los días, todo les parece que es poco y nada

para lo que se les debe, ó ellas presumen que se les ha de deber. En lo

cual, demás de lo mucho que ofenden á Dios, hacen su vida más miserable

de lo que ella se es, porque se hacen aborrescibles á los suyos, que

es una encarescida miseria; porque ninguna enemistad es buena, y la de

los criados, que viven dentro del seno de los amos y saben los secretos

de casa y son sus ojos, y aunque les pese, de su vida testigos, es

peligrosa y pestilencial. Y de aquí ordinariamente salen las chismerías

y los testimonios falsos, y las más veces los verdaderos. Y esta es la

causa por donde muchos hallan, cuando no piensan, las plazas llenas

de sus secretos. Y como es peligrosa desventura hacer de los criados

fieles, crueles enemigos con no debidos tratamientos; así el tratarlos

bien es, no sólo seguridad, sino honra y buen nombre. Porque han de

entender los señores que son como parte de su cuerpo sus gentes, y

que es como un compuesto su casa, adonde ellos son la cabeza, y la

familia los miembros, y que por el mismo caso que los tratan bien,

tratan bien y honradamente á su misma persona. Y como se honran de que

en sus facciones y disposición no haya ni miembro torcido, ni figura

que desagrade, y como les añaden á todos sus miembros cuanto es en sí

hermosura y los procuran vestir con debido color; así se han de preciar

de que en toda su gente relumbre su mucha liberalidad y bondad. Por

manera que los de su casa, ni estén en ella faltos, ni salgan della

quejosos.

[Ilustración: Fases de la vida de la mujer

La maternidad]

Conoscí yo en aqueste reino una señora, que es muerta, ó por mejor

decir, que vive en el cielo, que del caballo troyano que dicen, no

salieron tantos hombres valerosos, como de su casa sirvientas suyas

doncellas y otras mujeres remediadas y honradas. Á la cual, como le

acontesciese echar de su casa, por razón de un desconcierto, á una

criada suya no tan bien remediada como las demás, la oí decir muchas

veces que no se podía consolar cuando pensaba que de las personas que

Dios le había dado, que así lo decía, había salido una de su casa

con desgracia y poco remedio. Y yo sé que en esta bondad gastaba muy

grandes sumas, y que haciendo estos gastos y otros de semejantes

virtudes, no sólo conservó y sustentó los mayorazgos de sus hijos,

que estaban en su tutoría, y les venían de muchos abuelos de antigua

nobleza, sino que también los acrescentó é ilustró con nuevos y ricos

vínculos; y así era bendita de todos. Deben, pues, amar esta bendición

las mujeres de honra, y si quieren ellas ser estimadas y amadas,

aqueste es camino muy cierto. Y no quiero decir que todo ha de ser

blandura y regalo; que bien vemos que la buena orden pide algunas

veces severidad; mas, porque lo ordinario es pecar los amos en esto,

que es ser descuidados en lo que toca al buen tratamiento de los que

los sirven, por eso hablamos dello, y no hablamos de cómo los han de

ocupar, de que ellos se tienen cuidado. Síguese:

[Ilustración]

XII

DE CÓMO EL TRAJE Y MANERA DE VESTIR DE LA PERFECTA CASADA HA DE SER

CONFORME Á LO QUE PIDE LA HONESTIDAD Y LA RAZÓN. AFÉASE EL USO DE

LOS AFEITES, Y CONDÉNANSE LAS GALAS Y ATAVÍOS, NO SÓLO CON RAZONES

TOMADAS DE LA MISMA NATURALEZA DE LAS COSAS, SINO TAMBIÉN CON DICHOS

Y SENTENCIAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA Y AUTORIDADES DE LA SAGRADA

ESCRITURA.

_Hizo para sí aderezos de cama;_

_holanda y púrpura es su vestido._

PROVERBIOS

Porque había hablado de la piedad que deben las buenas casadas al

pobre, y del cuidado que deben á la buena provisión de su gente, trata

ahora del tratamiento y buen aderezo de sus mismas personas. Y llega

hasta aquí la clemencia de Dios y la dulce manera de su providencia

y gobierno, que desciende á tratar de su vestido de la casada, y cómo

ha de aderezar y asear su persona; y condescendiendo en algo con su

natural, aunque no le place el exceso, tampoco se agrada del desaliño y

mal aseo, y así dice: «Púrpura y holanda es su vestido.» Que es decir

que desta casada perfecta es parte también no ser en el tratamiento de

su persona alguna desaliñada y remendada, sino que, como ha de ser en

la administración de la hacienda granjera, y con los pobres piadosa, y

con su gente no escasa; así por la misma forma á su persona la ha de

traer limpia y bien tratada, aderezándola honestamente en la manera

que su estado lo pide, y trayéndose conforme á su cualidad, así en

lo ordinario como en lo extraordinario también. Porque la que con su

buen concierto y gobierno da luz y resplandor á los demás de su casa,

que ella ande deslucida en sí, ninguna razón lo permite. Pero es de

saber por qué causa la vistió Salomón de holanda y de púrpura, que

son las cosas de que en la ley vieja se hacía la vestidura del gran

sacerdote[63]; porque sin duda tiene en sí algún grande misterio.

Pues digo que quiere Dios declarar en esto á las buenas mujeres que

no pongan en su persona sino lo que se puede poner en el altar, esto

es, que todo su vestido y aderezo sea santo, así en la intención con

que se pone como en la templanza con que se hace. Y díceles que quien

les ha de vestir el cuerpo no ha de ser el pensamiento liviano, sino

el buen concierto de la razón; y de la compostura secreta del ánimo ha

de nascer el buen traje exterior, y que este traje no se ha de cortar

á la medida del antojo ó del uso vituperable y mundano, sino conforme

á lo que pide la honestidad y la vergüenza. Así que, señala aquí Dios

vestido santo, para condenar lo profano. Dice púrpura y holanda, mas

no dice los bordados que se usan ahora, ni los recamados, ni el oro

tirado en hilos delgado. Dice vestidos, mas no dice diamantes ni

rubíes. Pone lo que se puede tejer y labrar en casa, pero no las perlas

que se absconden en el abismo del mar. Concede ropas, pero no permite

rizos, ni encrespos ni afeites. El cuerpo se vista, pero la cabeza no

se desgreñe ni se encrespe en pronóstico de su grande miseria. Y porque

en esto, y señaladamente en los afeites del rostro, hay grande exceso

aun en las mujeres que en lo demás son honestas; y porque es aqueste su

propio lugar, bien será que digamos algo dellos aquí.

Aunque, si va á decir la verdad, yo confieso á vuestra merced, que

lo que me convida á tratar desto, que es el exceso, eso mismo me

pone miedo. Porque ¿quién no temerá de oponerse contra una cosa tan

recibida? Ó ¿quién tendrá ánimo para osar persuadirles á las mujeres

á que quieran parecer lo que son? Ó ¿qué razón sanará la ponzoña del

solimán? Y no sólo es dificultoso este tratado, pero es peligroso

también; porque luego aborrescen á quien esto les quita. Y así querer

ahora quitárselo yo será despertar contra mí un escuadrón de enemigos.

Mas ¿qué les va en que yo las condene, pues tienen tantos otros que

las absuelven? Y si aman á aquellos que, condescendiendo con su gusto

dellas, las dejan asquerosas y feas, muy más justo es que siquiera no

me aborrezcan á mí, sino que me oigan con igualdad y atención; que

cuanto ahora en esto les quiero decir, será solamente enseñarles que

sean hermosas, que es lo que principalmente desean. Porque yo no les

quiero tratar del pecado que algunos hallan y ponen en el afeite, sino

solamente quiero dárselo á conocer, demonstrándoles que es un fullero

engañoso que les da al revés de aquello que les promete, y que como en

un juego que hacen los niños, así él, diciendo que las pinta, las burla

y entizna, para que, conocido por tal, hagan justicia dél y le saquen

á la vergüenza con todas sus redomillas al cuello. Pues yo no puedo

pensar que ninguna viva en este caso tan engañada, que ya que tenga por

hermoso el afeite, á lo menos no conozca que es sucio, y que no se lave

las manos con que lo ha tratado antes que coma. Porque los materiales

dél, los más son asquerosos; y la mezcla de cosas tan diferentes como

son las que casan para este adulterio, es madre de muy mal olor, lo

cual saben bien las arquillas que guardan este tesoro y las redomas y

las demás alhajas dél. Y si no es suciedad, ¿por qué, venida la noche,

se le quitan y se lavan la cara con diligencia, y ya que han servido al

engaño del día, quieren pasar siquiera la noche limpias? Mas ¿para qué

son razones? Pues cuando nos lo negasen, á las que nos lo negasen les

podríamos mostrar á los ojos sus dientes mismos y sus encías negras y

más sucias que un muladar, con las reliquias que en ellas ha dejado el

afeite. Y si las pone sucias, como de hecho las pone, ¿cómo se pueden

persuadir que las hace hermosas? ¿No es la limpieza el fundamento de

la hermosura, y la primera y mayor parte della? La hermosura allega

y convida á sí, y la suciedad aparta y ahuyenta. Luego ¿cómo podrán

caber en uno lo hermoso y lo sucio? ¿Por ventura no es obra propia de

la belleza parecer bien y hacer deleite en los ojos? Pues ¿qué ojos

hay tan ciegos ó tan botos de vista, que no pasen con ella la tela del

sobrepuesto, y que no cotejen con lo encubierto lo que se descubre,

y que viendo lo mal que dicen entre sí mismos, no se ofendan con la

desproporción? Y no es menester que los ojos traspasen este velo,

porque él de sí mismo, en cobrando un poco de calor el cuerpo, se

trasluce; y descúbrese por entre lo blanco un escuro y verdinegro, y

un entre azul y morado; y matízase el rostro todo, y señaladamente las

cuencas de los bellísimos ojos, con una variedad de colores feísimos; y

aun corren á las veces derretidas las gotas, y aran con sus arroyos la

cara. Mas si dicen que acontece esto á las que no son buenas maestras,

yo digo que ninguna lo es tan buena, que si ya engañare los ojos, pueda

engañar las narices. Porque el olor de los _adobíos_[64], por más que

se perfumen, va delante dellas, pregonando y diciendo que no es oro

lo que reluce, y que todo es asco y engaño, y va como con la mano

desviando la gente en cuanto pasa la que yo no quiero nombrar.

La perfecta casada · 第 4 / 9 段