que toca á la granjería y aprovechamiento, y aconsejando á la mujer
tantas veces y con tan encarecidas palabras que sea hacendosa y casera,
dejábala, al parecer, muy vecina al avaricia y escasez, que son males
que tienen parentesco con la granjería, y que se le allegan no pocas
veces. Porque, así como hay algunos vicios que tienen apariencia y
semejanza de algunas virtudes, así hay virtudes también que están como
ocasionadas á vicios; porque, aunque es verdad que la virtud consiste
en el medio, mas como este medio no se mide á palmos, sino es medio que
se ha de medir con la razón, muchas veces se aleja más de un extremo
que del otro, como parece en la liberalidad, que es virtud medida
por la razón entre los extremos del avaro y del pródigo, y se aparta
mucho menos del pródigo que del avaro. Y aun también acontesce que de
la virtud y del vicio, que en la verdad son principios muy diferentes
en la vista pública y en lo que de fuera parece, nazcan frutos muy
semejantes.
Tanto es disimulado el mal, ó tanto procura disimularse para nuestro
daño, ó por mejor decir, tanta es la fuerza y excelencia del bien, y
tan general su provecho, que aun el mal, para poder vivir y valer, se
le allega y se viste dél y desea tomar su color.
Así vemos que el prudente y recatado huye de algunos peligros, y que
el temeroso y cobarde huye también. Adonde, aunque las causas sean
diversas, es uno y semejante el huir.
Y vemos por la misma manera que el hombre concertado granjea y
beneficia su hacienda, y el avariento también es granjero, y que son
unos en el granjear, aunque en los motivos del granjear son diferentes.
Y puede tanto este parentesco y disimulación, que no solamente los que
miran de lejos y ven sólo lo que se parece, engañándose, nombran por
virtud lo que es vicio, mas también esos mesmos, que ponen las manos
en ello y lo obran, muchas veces no se entienden á sí, y se persuaden
que les nace de raíz de virtud lo que les viene de inclinación dañada
y viciosa. Por donde todo lo semejante pide grande advertencia, para
que el mal disimulado con el bien no pueda engañarnos. Y así, porque á
Dios no aplace sino la virtud, y porque ser la mujer muy granjera le
puede nacer de avaricia y de vicio, para que no se canse sin fruto y
para que no ofenda á Dios en lo que piensa agradarle, avísale aquí que
sea limosnera, que es decirle que, dado que le tiene mandado que sea
hacendosa y aprovechada y veladora y allegadora, pero que no quiere que
sea lacerada, ni escasa, ni quiere que todo el velar y adquirir sea
para el arca y para la polilla, sino para la provisión y abrigo, no
sólo de los suyos, sino también de los necesitados y pobres, porque en
ninguna manera quiere que sea avarienta. Y por eso dice elegantemente
que abra la palma, que la avaricia cierra, y que alargue y tienda la
mano, que suele encoger la escasez.
Y dado que el ser piadoso y limosnero es virtud que conviene á todos
los que se tienen por hombres, pero con particular razón las mujeres
deben esta piedad á la blandura de su natural, entiendo que ser una
mujer de entrañas duras ó secas con los necesitados, es en ella
vituperable más que en hombre ninguno. Y no es buena excusa decir que
les va á la mano el marido; porque aunque es verdad que pertenesce á él
el dispensar la hacienda, pero no se entiende que si veda á la mujer y
le pone ley para que no haga otros gastos perdidos, le quiere también
cerrar la puerta á lo que es piedad y limosna, á quien Dios con tan
expreso mandamiento y con tan grande encarecimiento la abre. Y cuando
quisiese ser aun en esto escaso el marido, la mujer, si es en lo demás
cual aquí pintamos, no debe por eso cerrar las entrañas á la limosna,
que es debida á su estado, ni menos el confesor se lo vede. Porque
si el marido no quiere, está obligado á querer; y su mujer, si no le
obedece en su mal antojo, confórmase con la voluntad que él debe tener
de razón; y en hacer esto trata con utilidad y provecho su alma dél y
su hacienda; porque lo uno, cumple con la obligación que ambos tienen
de socorrer á los pobres; y lo otro, asegura y acrescienta sus bienes
con la bendición que Dios, cuya palabra no puede faltar, tiene á la
piedad prometida. Y porque muchos nunca se fían bien de esta palabra,
por eso muchos hombres son crudos y lacerados. Que si se pusiesen á
considerar que reciben de Dios lo que tienen, no temerían de le tornar
parte dello, ni dudarían de que quien es liberal no puede jamás ser
desagradecido; y quiero decir en esto que Dios, el cual, sin haber
recibido nada dellos, liberalmente los hizo ricos, si repartieren
después con él sus riquezas, se las volverá con gran logro.
Esto que he dicho, entiendo de las limosnas más ordinarias y comunes
que se ofrescen cada día á los ojos; que en lo que fuere más grueso
y más particular, la mujer no ha de traspasar la ley del marido, y
en todo le ha de obedecer y servir. Y yo fío que ninguno habrá tan
miserable, ni malo, que si ella es de las que yo digo, tan casera, tan
hacendosa, tan veladora y tan concertada en todo y aprovechada, le vede
que haga bien á los pobres. Ni será ninguno tan ciego, que tema pobreza
de la limosna que hace á quien le enriquece la casa.
Así que, abra sus entrañas y sus brazos y manos á la piedad la buena
mujer, y muestre que su granjería nasce de virtud, en no ser escasa en
lo que según razón es debido. Y como el que labra el campo, de lo que
coge en él da sus primicias y diezmos á Dios; así ella de las labores
suyas y de sus criadas aplique su parte para vestir á Dios en los
desnudos y hartarle en los hambrientos, y llámele como á la parte de
sus ganancias, y abra, como aquí dice, sus manos al afligido, y al
menesteroso sus palmas.
Mas si dice que abra sus manos y su casa á los pobres, es mucho de
advertir que no le dice que las abra generalmente á todos los que se
profesan ser pobres. Porque á la verdad una de las virtudes de la
buena casada y mujer es el tener grande recato acerca de las personas
que admite á su conversación y á quién da entrada en su casa; porque,
debajo de nombre de pobreza, y cubriéndose con piedad, á las veces
entran en las casas algunas personas arrugadas y canas, que roban la
vida y entiznan la honra y dañan el alma de los que viven en ella, y
los corrompen sin sentir, y los emponzoñan paresciendo que los lamen y
halagan.
San Pablo[58] casi señaló con el dedo á este linaje de gentes, ó á
algunas gentes deste linaje, diciendo: «Tienen por oficio andar de
casa en casa ociosas, y no solamente ociosas, mas también parleras y
curiosas, y habladoras de lo que no conviene.» Y es ello así, que las
tales de ordinario no entran sino á aojar todo lo bueno que vieren, y
cuando menos mal hacen, hacen siempre este daño, que es traer novelas y
chismerías de fuera, y llevarlas afuera de lo que ven ó les parece que
ven en la casa donde entran, con que inquietan á quien las oye y les
turban los corazones; de donde muchas veces nascen desabrimientos entre
los vecinos y amigos, y materias de enojos y diferencias, y á veces hay
discordias mortales.
En las repúblicas bien ordenadas, los que antiguamente las ordenaron
con leyes, ninguna cosa vedaron más que la comunicación con los
extraños y de diferentes costumbres. Así Moisén, ó por mejor decir,
Dios por Moisén, á su pueblo escogido le avisa desto en mil lugares[59]
con encarecimiento grandísimo. Porque lo que no se ve no se desea;
que, como dice el versillo griego: «Del mirar nace el amar[60].» Y
por el contrario, lo que se ve y se trata, cuanto peor es, tanto más
ligeramente, por nuestra miseria, se nos apega. Y lo que es en toda una
república, eso también en una sola casa por la misma razón acontece.
Que si los que entran en ella son de costumbres diferentes de las que
en ellas se usan, unos con el ejemplo y otros con la palabra alteran
los ánimos bien ordenados, y poco á poco los desquician del bien. Y
llega la vejezuela al oído, dice á la hija y á la doncella que por
qué huyen la ventana ó por qué aman la almohadilla tanto; que la
otra Fulana y Fulana no lo hacen así. Y enséñales el mal aderezo, y
cuéntales la desenvoltura del otro, y las marañas que ó vió ó inventó
póneselas delante, y vuélveles el juicio, y comienza á teñir con esto
el pecho sencillo y simple, y hace que figuren en el pensamiento lo
que con sólo ser pensado corrompe; y dañado el pensamiento, luego se
tienta el deseo, el cual en encendiéndose al mal, luego se resfría en
el bien, y así luego se comienzan á desagradar de lo bueno y de lo
concertado, y por sus pasos contados vienen á dejarlo del todo á la
postre. Por donde, acerca de Eurípides[61], dice bien el que dice:
«Nunca, nunca jamás, que no me contento con decirlo una sola vez, el
cuerdo casado consentirá que entren cualesquier mujeres á conversar con
la suya, porque siempre hacen mil daños. Unas por su interés tratan
de corromper en ella la fe del matrimonio; otras, porque han faltado
ellas, gustan de tener compañeros de sus faltas; otras porque saben
poco y de puro necias. Pues contra estas mujeres y las semejantes
á éstas conviénele al marido guarnecer muy bien con aldabas y con
cerrojos las puertas de su casa; que jamás estas entradas peregrinas
ponen en ella alguna cosa sana, sino siempre hacen diversos daños.»
Pero veamos ya lo que después de aquesto se sigue.
[Ilustración]
XI
DEL BUEN TRATO Y APACIBLE CONDICIÓN CON QUE SE DEBEN PORTAR LAS SEÑORAS
CON SUS SIRVIENTAS Y CRIADAS.
_No temerá de la nieve su familia,_
_porque toda su gente está vestida con_
_vestiduras dobladas._
PROVERBIOS
No es aquesta la menor parte de la virtud de aquesta perfecta casada
que pintamos, ni la que da menos loor á la que es señora de su casa,
el buen tratamiento de su familia y criados; antes es como una muestra
donde claramente se conoce la buena orden con que se gobierna todo lo
demás. Y pues le había mostrado Salomón, en lo que es antes de esto,
á ser limosnera con los extraños, convino que le avisase ahora, y le
diese á entender que aqueste cuidado y piedad ha de comenzar de los
suyos; porque, como dice San Pablo[62], «el que se descuida de la
provisión de los que tiene en su casa, infiel es y peor que infiel.»
Y aunque habla aquí Salomón del vestir, no habla solamente dél, sino
por lo que dice en este particular enseña lo que ha de ser en todo lo
demás que pertenece al buen estado de la familia. Porque así como se
sirve de su trabajo della el señor, así ha de proveer con cuidado á su
necesidad, y ha de compasar con lo uno lo otro, y tener gran medida
en ambas cosas, para que ni les falte en lo que han menester, ni en
lo que ellos han de hacer los cargue demasiadamente, como lo avisa y
declara el Sabio en el capítulo 33 del _Eclesiástico_. Porque lo uno es
injusticia, y lo otro escasez, y todo crueldad y maldad.
El pecar los señores en esto con sus criados, ordinariamente nace
de soberbia y de desconocerse á sí mismos los amos. Porque, si
considerasen que así ellos como sus criados son de un mismo metal, y
que la fortuna, que es ciega, y no la naturaleza proveída, es quien
los diferencia, y que nascieron de unos mismos principios, y que han
de tener un mismo fin, y que caminan llamados para unos mismos bienes;
y si considerasen que se puede volver el aire mañana, y á los que
sirven ahora servirlos ellos después, y si no ellos, sus hijos ó sus
nietos, como cada día acontece, y que al fin todos, así los amos como
los criados, servimos á un mismo Señor, que nos medirá como nosotros
midiéremos; así que, si considerasen esto, pondrían el brío aparte,
y usarían de mansedumbre, y tratarían á los criados como deudos, y
mandarlos hían como quien siempre no ha de mandar. Y aquí conviene que
las mujeres hinquen los ojos más, porque se desvanescen más fácilmente,
y hay tan vanas algunas, que casi desconocen su carne, y piensan que la
suya es carne de ángeles, y las de sus sirvientas de perros, y quieren
ser adoradas dellas, y no acordarse dellas si son nascidas; y si se
quebrantan en su servicio, y si pasan sin sueño las noches y si están
ante ellas de rodillas los días, todo les parece que es poco y nada
para lo que se les debe, ó ellas presumen que se les ha de deber. En lo
cual, demás de lo mucho que ofenden á Dios, hacen su vida más miserable
de lo que ella se es, porque se hacen aborrescibles á los suyos, que
es una encarescida miseria; porque ninguna enemistad es buena, y la de
los criados, que viven dentro del seno de los amos y saben los secretos
de casa y son sus ojos, y aunque les pese, de su vida testigos, es
peligrosa y pestilencial. Y de aquí ordinariamente salen las chismerías
y los testimonios falsos, y las más veces los verdaderos. Y esta es la
causa por donde muchos hallan, cuando no piensan, las plazas llenas
de sus secretos. Y como es peligrosa desventura hacer de los criados
fieles, crueles enemigos con no debidos tratamientos; así el tratarlos
bien es, no sólo seguridad, sino honra y buen nombre. Porque han de
entender los señores que son como parte de su cuerpo sus gentes, y
que es como un compuesto su casa, adonde ellos son la cabeza, y la
familia los miembros, y que por el mismo caso que los tratan bien,
tratan bien y honradamente á su misma persona. Y como se honran de que
en sus facciones y disposición no haya ni miembro torcido, ni figura
que desagrade, y como les añaden á todos sus miembros cuanto es en sí
hermosura y los procuran vestir con debido color; así se han de preciar
de que en toda su gente relumbre su mucha liberalidad y bondad. Por
manera que los de su casa, ni estén en ella faltos, ni salgan della
quejosos.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La maternidad]
Conoscí yo en aqueste reino una señora, que es muerta, ó por mejor
decir, que vive en el cielo, que del caballo troyano que dicen, no
salieron tantos hombres valerosos, como de su casa sirvientas suyas
doncellas y otras mujeres remediadas y honradas. Á la cual, como le
acontesciese echar de su casa, por razón de un desconcierto, á una
criada suya no tan bien remediada como las demás, la oí decir muchas
veces que no se podía consolar cuando pensaba que de las personas que
Dios le había dado, que así lo decía, había salido una de su casa
con desgracia y poco remedio. Y yo sé que en esta bondad gastaba muy
grandes sumas, y que haciendo estos gastos y otros de semejantes
virtudes, no sólo conservó y sustentó los mayorazgos de sus hijos,
que estaban en su tutoría, y les venían de muchos abuelos de antigua
nobleza, sino que también los acrescentó é ilustró con nuevos y ricos
vínculos; y así era bendita de todos. Deben, pues, amar esta bendición
las mujeres de honra, y si quieren ellas ser estimadas y amadas,
aqueste es camino muy cierto. Y no quiero decir que todo ha de ser
blandura y regalo; que bien vemos que la buena orden pide algunas
veces severidad; mas, porque lo ordinario es pecar los amos en esto,
que es ser descuidados en lo que toca al buen tratamiento de los que
los sirven, por eso hablamos dello, y no hablamos de cómo los han de
ocupar, de que ellos se tienen cuidado. Síguese:
[Ilustración]
XII
DE CÓMO EL TRAJE Y MANERA DE VESTIR DE LA PERFECTA CASADA HA DE SER
CONFORME Á LO QUE PIDE LA HONESTIDAD Y LA RAZÓN. AFÉASE EL USO DE
LOS AFEITES, Y CONDÉNANSE LAS GALAS Y ATAVÍOS, NO SÓLO CON RAZONES
TOMADAS DE LA MISMA NATURALEZA DE LAS COSAS, SINO TAMBIÉN CON DICHOS
Y SENTENCIAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA Y AUTORIDADES DE LA SAGRADA
ESCRITURA.
_Hizo para sí aderezos de cama;_
_holanda y púrpura es su vestido._
PROVERBIOS
Porque había hablado de la piedad que deben las buenas casadas al
pobre, y del cuidado que deben á la buena provisión de su gente, trata
ahora del tratamiento y buen aderezo de sus mismas personas. Y llega
hasta aquí la clemencia de Dios y la dulce manera de su providencia
y gobierno, que desciende á tratar de su vestido de la casada, y cómo
ha de aderezar y asear su persona; y condescendiendo en algo con su
natural, aunque no le place el exceso, tampoco se agrada del desaliño y
mal aseo, y así dice: «Púrpura y holanda es su vestido.» Que es decir
que desta casada perfecta es parte también no ser en el tratamiento de
su persona alguna desaliñada y remendada, sino que, como ha de ser en
la administración de la hacienda granjera, y con los pobres piadosa, y
con su gente no escasa; así por la misma forma á su persona la ha de
traer limpia y bien tratada, aderezándola honestamente en la manera
que su estado lo pide, y trayéndose conforme á su cualidad, así en
lo ordinario como en lo extraordinario también. Porque la que con su
buen concierto y gobierno da luz y resplandor á los demás de su casa,
que ella ande deslucida en sí, ninguna razón lo permite. Pero es de
saber por qué causa la vistió Salomón de holanda y de púrpura, que
son las cosas de que en la ley vieja se hacía la vestidura del gran
sacerdote[63]; porque sin duda tiene en sí algún grande misterio.
Pues digo que quiere Dios declarar en esto á las buenas mujeres que
no pongan en su persona sino lo que se puede poner en el altar, esto
es, que todo su vestido y aderezo sea santo, así en la intención con
que se pone como en la templanza con que se hace. Y díceles que quien
les ha de vestir el cuerpo no ha de ser el pensamiento liviano, sino
el buen concierto de la razón; y de la compostura secreta del ánimo ha
de nascer el buen traje exterior, y que este traje no se ha de cortar
á la medida del antojo ó del uso vituperable y mundano, sino conforme
á lo que pide la honestidad y la vergüenza. Así que, señala aquí Dios
vestido santo, para condenar lo profano. Dice púrpura y holanda, mas
no dice los bordados que se usan ahora, ni los recamados, ni el oro
tirado en hilos delgado. Dice vestidos, mas no dice diamantes ni
rubíes. Pone lo que se puede tejer y labrar en casa, pero no las perlas
que se absconden en el abismo del mar. Concede ropas, pero no permite
rizos, ni encrespos ni afeites. El cuerpo se vista, pero la cabeza no
se desgreñe ni se encrespe en pronóstico de su grande miseria. Y porque
en esto, y señaladamente en los afeites del rostro, hay grande exceso
aun en las mujeres que en lo demás son honestas; y porque es aqueste su
propio lugar, bien será que digamos algo dellos aquí.
Aunque, si va á decir la verdad, yo confieso á vuestra merced, que
lo que me convida á tratar desto, que es el exceso, eso mismo me
pone miedo. Porque ¿quién no temerá de oponerse contra una cosa tan
recibida? Ó ¿quién tendrá ánimo para osar persuadirles á las mujeres
á que quieran parecer lo que son? Ó ¿qué razón sanará la ponzoña del
solimán? Y no sólo es dificultoso este tratado, pero es peligroso
también; porque luego aborrescen á quien esto les quita. Y así querer
ahora quitárselo yo será despertar contra mí un escuadrón de enemigos.
Mas ¿qué les va en que yo las condene, pues tienen tantos otros que
las absuelven? Y si aman á aquellos que, condescendiendo con su gusto
dellas, las dejan asquerosas y feas, muy más justo es que siquiera no
me aborrezcan á mí, sino que me oigan con igualdad y atención; que
cuanto ahora en esto les quiero decir, será solamente enseñarles que
sean hermosas, que es lo que principalmente desean. Porque yo no les
quiero tratar del pecado que algunos hallan y ponen en el afeite, sino
solamente quiero dárselo á conocer, demonstrándoles que es un fullero
engañoso que les da al revés de aquello que les promete, y que como en
un juego que hacen los niños, así él, diciendo que las pinta, las burla
y entizna, para que, conocido por tal, hagan justicia dél y le saquen
á la vergüenza con todas sus redomillas al cuello. Pues yo no puedo
pensar que ninguna viva en este caso tan engañada, que ya que tenga por
hermoso el afeite, á lo menos no conozca que es sucio, y que no se lave
las manos con que lo ha tratado antes que coma. Porque los materiales
dél, los más son asquerosos; y la mezcla de cosas tan diferentes como
son las que casan para este adulterio, es madre de muy mal olor, lo
cual saben bien las arquillas que guardan este tesoro y las redomas y
las demás alhajas dél. Y si no es suciedad, ¿por qué, venida la noche,
se le quitan y se lavan la cara con diligencia, y ya que han servido al
engaño del día, quieren pasar siquiera la noche limpias? Mas ¿para qué
son razones? Pues cuando nos lo negasen, á las que nos lo negasen les
podríamos mostrar á los ojos sus dientes mismos y sus encías negras y
más sucias que un muladar, con las reliquias que en ellas ha dejado el
afeite. Y si las pone sucias, como de hecho las pone, ¿cómo se pueden
persuadir que las hace hermosas? ¿No es la limpieza el fundamento de
la hermosura, y la primera y mayor parte della? La hermosura allega
y convida á sí, y la suciedad aparta y ahuyenta. Luego ¿cómo podrán
caber en uno lo hermoso y lo sucio? ¿Por ventura no es obra propia de
la belleza parecer bien y hacer deleite en los ojos? Pues ¿qué ojos
hay tan ciegos ó tan botos de vista, que no pasen con ella la tela del
sobrepuesto, y que no cotejen con lo encubierto lo que se descubre,
y que viendo lo mal que dicen entre sí mismos, no se ofendan con la
desproporción? Y no es menester que los ojos traspasen este velo,
porque él de sí mismo, en cobrando un poco de calor el cuerpo, se
trasluce; y descúbrese por entre lo blanco un escuro y verdinegro, y
un entre azul y morado; y matízase el rostro todo, y señaladamente las
cuencas de los bellísimos ojos, con una variedad de colores feísimos; y
aun corren á las veces derretidas las gotas, y aran con sus arroyos la
cara. Mas si dicen que acontece esto á las que no son buenas maestras,
yo digo que ninguna lo es tan buena, que si ya engañare los ojos, pueda
engañar las narices. Porque el olor de los _adobíos_[64], por más que
se perfumen, va delante dellas, pregonando y diciendo que no es oro
lo que reluce, y que todo es asco y engaño, y va como con la mano
desviando la gente en cuanto pasa la que yo no quiero nombrar.