culpa, que no soy tan injusto; que grande parte de aquesto nasce de la
mala paciencia de sus maridos. Y pasara yo agora la pluma á decir algo
dellos, si no me detuviera la compasión que les he, porque si tienen
culpa, pagan la pena della con las setenas. Pues no sea la perfecta
casada costosa, ni ponga la honra en gastar más que su vecina, sino
tenga su casa más bien abastada que ella y más reparada, y haga con
su aliño y aseo que el vestido antiguo le esté como nuevo, y que con
la limpieza, cualquiera cosa que se pusiere le parezca muy bien, y el
traje usado y común cobre de su aseo della no usado ni común parecer.
Porque el gastar en la mujer es contrario de su oficio, y demasiado
para su necesidad, y para los antojos vicioso y muy torpe, y negocio
infinito que asuela las casas y empobrece á los moradores, y los enlaza
en mil trampas, y los abate y envilece por diferentes maneras; y á este
mismo propósito es y pertenece lo que se sigue.
[Ilustración]
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
Primeras ilusiones]
[Ilustración]
IV
DE LA OBLIGACIÓN QUE TIENEN LOS CASADOS DE AMARSE Y DESCANSARSE EN LOS
TRABAJOS MUTUAMENTE.
_Pagóle con bien, y no con mal,_
_todos los días de su vida._
PROVERBIOS
Que es decir que ha de estudiar la mujer, no en empeñar á su marido y
meterle en enojos y cuidados, sino en librarle dellos y serle perpetua
causa de alegría y descanso. Porque, ¿qué vida es la de aquel que ve
consumir su patrimonio en los antojos de su mujer, y que sus trabajos
todos se los lleva el río, ó por mejor decir, el albañar, y que tomando
cada día nuevos censos, y cresciendo de continuo sus deudas, vive vil
esclavo aherrojado del joyero y del mercader?
Dios, cuando quiso casar al hombre, dándole mujer, dijo: «Hagámosle
un ayudador su semejante[31];» de donde se entiende que el oficio
natural de la mujer y el fin para que Dios la crió, es para que sea
ayudadora del marido, y no su calamidad y desventura; ayudadora, y
no destruidora. Para que le alivie de los trabajos que trae consigo
la vida casada, y no para que le añada nuevas cargas. Para repartir
entre sí los cuidados, y tomar ella su parte, y no para dejarlos todos
al miserable, mayores y más acrecentados. Y finalmente, no las crió
Dios para que sean rocas donde quiebren los maridos y hagan naufragio
las haciendas y vidas, sino para puertos deseados y seguros en que,
viniendo á sus casas, reposen y se rehagan de las tormentas de negocios
pesadísimos que corren fuera dellas.
Y así como sería cosa lastimera si aconteciese á un mercader que,
después de haber padescido navegando grandes fortunas, y después de
haber doblado muchas puntas, y vencido muchas corrientes, y navegado
por muchos lugares no navegados y peligrosos, habiéndole Dios librado
de todos, y viniendo ya con su nave entera y rica, y él gozoso y
alegre para descansar en el puerto, quebrase en él y se anegase; así
es lamentable miseria la de los hombres, que bracean y forcejan todos
los días contra las corrientes de los trabajos y fortunas desta vida,
y se vadean en ellas, y en el puerto de sus casas perecen; y les es la
guarda destruición, y el alivio mayor cuidado, y el sosiego olas de
tempestad, y el seguro y el abrigo, Scila y Caribdis, y peñasco áspero
y duro. Por donde lo justo y lo natural es, que cada uno sea aquello
mismo para que es; y que la guarda sea guarda, y el descanso paz, y el
puerto seguridad, y la mujer dulce y perpetuo refrigerio y alegría de
corazón, y como un halago blando que continuamente esté trayendo la
mano, y enmolleciendo el pecho de su marido, y borrando los cuidados
dél; y como dice Salomón: «Hale de pagar bien, y no mal, todos los
días de su vida.» Y dice, no sin misterio, que le ha de pagar bien,
para que se entienda que no es gracia y liberalidad este negocio, sino
justicia y deuda que la mujer al marido debe, y que su naturaleza
cargó sobre ella criándola para este oficio, que es agradar y servir,
y alegrar y ayudar en los trabajos de la vida y en la conservación de
la hacienda á aquel con quien se desposa; y que, como el hombre está
obligado al trabajo del adquirir, así la mujer tiene obligación al
conservar y guardar; y que aquesta guarda es como paga y salario que de
derecho se debe á aquel servicio y sudor; y que, como él está obligado
á llevar las pesadumbres de fuera, así ella le debe sufrir y solazar
cuando viene á su casa, sin que ninguna excusa la desobligue.
Bien á propósito desto es el ejemplo que San Basilio trae, y lo que
acerca dél dice[32]. «La víbora, dice, animal ferocísimo entre las
sierpes, va diligente á casarse con la lamprea marina; llegada, silba,
como dando señas de que está allí, para desta manera atraerla de la
mar á que se abrace maridablemente con ella. Obedece la lamprea, y
júntase con la ponzoñosa fiera sin miedo. ¿Qué digo en esto? ¿Qué?
Que por más áspero y de más fieras condiciones que el marido sea, es
necesario que la mujer le soporte, y que no consienta por ninguna
ocasión que se divida la paz. ¡Oh que es un verdugo! Pero es tu
marido. ¡Es un beodo![33] Pero el ñudo matrimonial le hizo contigo
uno. ¡Un áspero, un desapacible! Pero miembro tuyo ya, y miembro el
más principal. Y porque el marido oiga lo que le conviene también. La
víbora entonces, teniendo respeto al ayuntamiento que hace, aparta de
sí su ponzoña, ¿y tú no dejarás la crudeza inhumana de tu natural por
honra del matrimonio?»
Esto es de Basilio. Y demás desto, decir Salomón que la buena casada
paga bien, y no mal, á su marido, es avisarle á él que, pues ha de ser
paga, lo merezca él primero, tratándola honrada y amorosamente; porque,
aunque es verdad que la naturaleza y estado pone obligación en la
casada, como decimos, de mirar por su casa y de alegrar y descuidar
continuamente á su marido, de la cual ninguna mala condición dél la
desobliga; pero no por eso han de pensar ellos que tienen licencia
para serles leones y para hacerlas esclavas; antes, como en todo lo
demás es la cabeza el hombre, así todo este trato amoroso y honroso ha
de tener principio del marido; porque ha de entender que es compañera
suya, ó por mejor decir, parte de su cuerpo, y parte flaca y tierna, y
á quien por el mismo caso se debe particular cuidado y regalo. Y esto
san Pablo, ó en san Pablo Jesucristo, lo manda así, y usa mandándolo de
aquesta misma razón, diciendo: «Vosotros los maridos amad á vuestras
mujeres[34], y como á vaso más flaco, poned más parte de vuestro
cuidado en honrarlas y tratarlas bien.» Porque, así como á un vaso rico
y bien labrado, si es de vidrio, le rodeamos de vasera[35], y como en
el cuerpo vemos que á los miembros más tiernos y más ocasionados para
recibir daño la naturaleza los dotó de mayores defensas, así en la casa
á la mujer, como á parte más flaca, se le debe mejor tratamiento. Demás
de que el hombre, que es la cordura y el valor, y el seso y el maestro,
y todo el buen ejemplo de su casa y familia, ha de haberse con su
mujer como quiere que ella se haya con él, y enseñarla con su ejemplo
lo que quiere que ella haga con él mismo, haciendo que de su buena
manera dél y de su amor aprenda ella á desvelarse en agradarle. Que si
el que tiene más seso y corazón más esforzado, y sabe condescender en
unas cosas y llevar con paciencia algunas otras, en todo, con razón
y sin ella, quiere ser impaciente y furioso, ¿qué maravilla es que
la flaqueza y el poco saber y el menudo ánimo de la mujer dé en ser
desgraciado y penoso?
Y aun en esto hay otro mayor inconveniente, que como son pusilánimes
las mujeres de su cosecha, y poco inclinadas á las cosas que son de
valor, si no las alientan á ellas cuando son maltratadas y tenidas en
poco de sus maridos, pierden el ánimo más y descáenseles las alas del
corazón, y no pueden poner ni las manos ni el pensamiento en cosa que
buena sea; de donde vienen á cobrar siniestros vilísimos.
Y de la manera que el agricultor sabio á las plantas que miran y
se inclinan al suelo, y que si las dejasen se tenderían, rastrando
por él, no las deja caer, sino con horquillas y estacas[36] que les
arrima las endereza y levanta, para que crezcan al cielo, ni más ni
menos el marido cuerdo no ha de oprimir ni envilecer con malas obras
y palabras el corazón de la mujer, que es caedizo y apocado de suyo,
sino al revés, con amor y con honra la ha de levantar y animar, para
que siempre conciba pensamientos honrosos. Y pues la mujer, como arriba
dijimos, se dió al hombre para alivio de sus trabajos y para reposo y
dulzura y regalo, la misma razón y naturaleza pide que sea tratada dél
dulce y regaladamente; porque ¿á dó se consiente que desprecie ninguno
á su alivio, ni que enoje á su descanso, ni que traiga guerra perpetua
y sangrienta con lo que tiene nombre y oficio de paz? Ó ¿en qué razón
se permite que esté ella obligada á pagarle servicio y contento, y
que él se desobligue de merecérselo? Pues adéudelo él y páguelo ella
porque se lo debe, y aunque no lo deba lo pague; porque cuando él no lo
supiere adeudar, lo que debe á Dios y á su oficio, pone sobre ella esta
deuda de agradar siempre á su marido, guardando su persona y su casa,
y no siéndole, como arriba está dicho, costosa y gastadora, que es la
primera de las dos cosas en que, como dijimos, consiste esta guarda.
Y contentándonos con lo que della habemos escrito, vengamos ahora á la
segunda, que es el ser hacendosa, á lo cual pertenesce lo que Salomón
añade, diciendo:
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
Entrada en el mundo]
[Ilustración]
V
POR QUÉ SE VALE EL ESPÍRITU SANTO DE LA MUJER DE UN LABRADOR PARA
DECHADO DE LAS PERFECTAS CASADAS; Y CÓMO TODAS ELLAS, POR MÁS RICAS Y
NOBLES QUE SEAN, DEBEN TRABAJAR Y SER HACENDOSAS.
_Buscó lana y lino, y obró_
_con el saber de sus manos._
PROVERBIOS
No dice que el marido le compró lino para que ella labrase, sino que
ella lo buscó. Para mostrar que la primera parte de ser hacendosa es
que sea aprovechada, y que de los salvados de su casa y de las cosas
que sobran y que parecen perdidas, y de aquello de que no hace cuenta
el marido, haga precio ella, para proveerse de lino y de lana, y de
las demás cosas que son como éstas, las cuales son como las armas y
el campo adonde descubre su virtud la buena mujer. Porque ajuntando
su artificio ella, y ayudándolo con la vela é industria suya y de sus
criadas, sin hacer nueva costa y como sin sentir, cuando menos pensare,
hallará su casa abastada y llena de riquezas.
Pero dirán por ventura las señoras delicadas de ahora que esta pintura
es grosera, y que aquesta casada es mujer de algún labrador que hila
y teje, y mujer de estado diferente del suyo, y que así no habla con
ellas. Á lo cual respondemos que esta casada es el perfecto dechado de
todas las casadas, y la medida con quien así las de mayores como las de
menores estados se han de ajustar, cuanto á cada una le fuere posible;
y es como el padrón desta virtud, al cual la que más se avecina es más
perfecta. Y bastante prueba dello es, que el Espíritu Santo, que nos
hizo y nos conosce, queriendo enseñar á la casada su estado, la pinta
desta manera.
Mas porque quede más entendido, tomemos el agua de su principio y
digamos así. Tres maneras de vidas son en las que se reparten y á las
que se reducen todas las maneras de viviendas que hay entre los que
viven casados; porque, ó labran la tierra, ó se mantienen de algún
trato y oficio, ó arriendan sus haciendas á otros, y viven ociosos del
fruto dellas. Y así, una manera de vida es la de los que labran, y
llamémosla vida de labranza; y otra la de los que tratan, y llamémosla
vida de contratación; y la tercera de los que comen de sus tierras,
pero labradas con el sudor de los otros, y tenga por nombre vida
descansada.
Á la vida de labranza pertenesce, no sólo el labrador que con un par
de bueyes labra su pegujar[37], sino también los que con muchas juntas
y con copiosa y gruesa familia rompen los campos y apacientan grandes
ganados.
La otra vida, que dijimos de contratación, abraza al tratante pobre
y al oficial mecánico, y al artífice y al soldado, y finalmente á
cualquiera que vende ó su trabajo ó su arte ó su ingenio.
La tercera vida, ociosa, el uso la ha hecho propia ahora de los que
se llaman nobles y caballeros y señores, los que tienen ó renteros ó
vasallos de donde sacan sus rentas.
Y si alguno nos preguntare cuál destas tres vidas sea la más perfecta y
mejor vida, decimos que la de la labranza es la primera y la verdadera;
y que las demás dos, por la parte que se avecinan con ella y en cuanto
le parecen son buenas, y según que della se desvían son peligrosas.
Porque se ha de entender que en esta vida primera, que decimos de
labranza, hay dos cosas, ganancia y ocupación; la ganancia es inocente
y natural, como arriba dijimos, y sin agravio ó desgusto ajeno; la
ocupación es loable, necesaria y maestra de toda virtud.
La segunda vida, de contratación, se comunica con ésta en lo segundo,
porque es también vida ocupada como ella, y esto es lo bueno que tiene;
pero diferénciase en lo primero, que es la ganancia, porque la recoge
de las haciendas ajenas, y las más veces con desgusto de los dueños
dellas, y pocas veces sin alguna mezcla de engaño. Y así, cuanto á
esto, tiene algo de peligro y es menos bien reputada.
En la tercera y última vida, si miramos á la ganancia, cuasi es lo
mismo que la primera, á lo menos nascen ambas á dos de una misma
fuente, que es la labor de la tierra, dado que cuando llega á los de
la vida que llamamos ociosa, por parte de los mineros por donde pasa,
cobra algunas veces algún mal color del arrendamiento y del rentero, y
de la desigualdad que en esto suele haber, pero al fin, por la mayor
parte y cuasi siempre es ganancia y renta segura y honrada, y por
esta parte aquesta tercera vida es buena vida; pero si atendemos á la
ocupación, es del todo diferente de la primera, porque aquélla es muy
ocupada, y ésta es muy ociosa, y por la misma causa muy ocasionada á
daños y males gravísimos, de manera que lo perfecto y lo natural en
esto de que vamos hablando es el trato de la labranza. Y pudiera yo
aquí ahora extender la pluma alabándola, mas dejarélo por no olvidar
mi propósito, y porque es negocio sentenciado ya por los sabios
antiguos, y que ha pasado en cosa juzgada su sentencia, y también
porque á los que sabemos que Dios puso al hombre en esta vida, y no
en otra, cuando le crió, y antes que hubiese pecado, y cuando más le
regalaba y quería, bástanos esto para saber que de todas las maneras
de vivir sobredichas, es aquesta la más natural y la mejor. Pues
dejado aquesto por cosa asentada, añadimos prosiguiendo adelante, que
en todas las cosas que son de un mismo linaje y que comunican en una
misma razón, si acontece que entre ellas haya grados de perfección
diferentes, y que aquello mismo que todas tienen, esté en unas más
entero y en otras menos, la razón pide que la más aventajada y perfecta
sea como regla y dechado de las demás, que es decir que todas han de
mirar á la más aventajada, y avecinarse más á ella cuanto les fuere
posible, y que la que más se le allegare será de mejor suerte.
Claro ejemplo tenemos desto en las estrellas y en el sol, los cuales
todos son cuerpos llenos de luz, y el sol tiene más que ninguno
dellos y es el más lucido y resplandesciente, y así es el que tiene
la presidencia en la luz, y á quien todas las cosas lucidas miran y
siguen, y de quien cogen sus luces tanto más cada una cuanto se le
acerca más. Pues digo ahora que, como entre todas las suertes de vivir
de los hombres casados tenga el más alto y perfecto grado de seguridad
y bien la labranza, y sea ella, como está concluído, la medida y la
regla que han de seguir, y el dechado que han de imitar, y el blanco
adonde han de mirar, y á quien se han de hacer vecinas las demás
suertes cuanto pudieren, no convenía en ninguna manera que el Espíritu
Santo, que pretende poner aquí una que sea como dechado de las casadas,
pusiese ó una mercadera, mujer de los que viven de contratación, ó
una señora regalada y casada con un ocioso caballero. Porque la una y
la otra suerte son suertes imperfectas y menos buenas, y por la misma
causa inútiles, para ser puestas por ejemplo general y por dechado.
Si no escogió la mejor suerte, y hizo una pintura de perfecta mujer
en ella, y púsola como delante de los ojos á todas las mujeres, así
á las que tienen aquella condición de vida como á las de diferentes
estados, para que fuese común á todas, á las del mismo estado, para que
se ajustasen del todo con ellas, y á las de otra manera, para que se
le acercasen y hiciesen semejantes cuanto les fuese posible. Porque,
aunque no sea de todas el lino y la lana, y el huso y la tela, y el
velar sobre sus criadas, y el repartirles las tareas y las raciones;
pero en todas hay otras cosas que se parecen á éstas y que tienen
parentesco con ellas, y en que han de velar y se han de remirar las
buenas casadas con el mismo cuidado que aquí se dice. Y á todas, sin
que haya en ello excepción, les está bien y les pertenesce, á cada una
en su manera, el no ser perdidas y gastadoras, y el ser hacendosas y
acrescentadoras de sus haciendas. Y si el regalo y mal uso de ahora ha
persuadido que el descuido y el ocio es parte de nobleza y de grandeza,
y si las que se llaman señoras hacen estado de no hacer nada y de
descuidarse de todo, y si creen que la granjería y labranza es negocio
vil y contrario de lo que es señorío, es bien que se desengañen con
la verdad. Porque, si volvemos atrás los ojos, y si tendemos la vista
por los tiempos pasados, hallaremos que siempre que reinó la virtud,
la labranza y el reino anduvieron hermanados y juntos; y hallaremos
que el vivir de la granjería de su hacienda era vida usada, y que les
acarreaba reputación á los príncipes y grandes señores.
Abraham, hombre riquísimo y padre de toda la verdadera nobleza, rompió
los campos[38], y David, rey invencible y glorioso, no sólo antes del
reino apascentó las ovejas[39], pero después de rey, los pechos de
que se mantenía eran sus labranzas y sus ganados. Y de los romanos,
señores del mundo, sabemos que del arado iban al consulado, que es
decir al mando y gobierno de toda la tierra, y volvían del consulado
al arado[40]. Y si no fuera esta vida de nobles, y no sólo usada y
tratada por ellos, sino también debida y conveniente á los mismos,
nunca el poeta Homero en su poesía, que fué imagen viva de lo que á
cada una persona y estado convino, introdujera á Elena, reina noble,
que cuando salió á ver á Telémaco asentada en su cadira[41], una
doncella suya le pone al lado en un rico canastillo copos de lana ya
puestos á punto para hilar, y husadas ya hiladas, y la rueca para
que hilase[42]. Ni en el palacio de Alcinoo, príncipe de su pueblo
riquísimo, de cien damas que tenía en su servicio, hiciera, como
hace, hilanderas á las cincuenta[43]. Y la tela de Penélope, princesa
de Ítaca, y su tejer y destejer[44], no la fingiera el juicio de un
tan grande poeta, si la tela y el urdir fuera ajeno de las mujeres
principales. Y Plutarco[45] escribe que en Roma á todas las mujeres,
por mayores que fuesen, cuando se casaban y cuando las llevaba el
marido á su casa, á la primera entrada della y como en el umbral,
les tenía, como por ceremonia necesaria, puesta una rueca para que lo
que primero viesen al entrar de su casa les fuese aviso de aquello en
que se habían de emplear en ella siempre.
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
La boda]
Pero ¿qué es menester traer ejemplos tan pasados y antiguos, y poner
delante los ojos lo que, de muy apartado, cuasi se pierde de vista?
Sin salir de nuestras casas, dentro de España, y casi en la edad de
nuestros abuelos, hallamos claros ejemplos desta virtud, como de la
reina católica doña Isabel, princesa bienaventurada, se lee. Y si
las que se tienen ahora por tales, y se llaman duquesas y reinas, no
se persuaden bien por razón, hagan experiencia dello por algún breve
tiempo, y tomen la rueca y armen los dedos con la aguja y dedal,
cercadas de sus damas, y en medio dellas hagan labores ricas con ellas,
y engañen algo de la noche con este ejercicio, y húrtense al vicioso
sueño, para entender en él, y ocupen los pensamientos mozos de sus
doncellas en estas haciendas, y hagan que, animadas con el ejemplo de
la señora, contiendan todas entre sí, procurando de aventajarse en el
ser hacendosas; y cuando por el aderezo ó provisión de sus personas y
casas no les fuere necesaria aquesta labor (aunque ninguna casa hay
tan grande ni tan real, adonde semejantes obras no traigan honra y
provecho), pero cuando no para sí, háganlo para remedio y abrigo de
cien pobrezas y de mil necesidades ajenas. Así que, traten las duquesas
y las reinas el lino y labren la seda, y den tarea á sus damas, y
pruébense con ellas en estos oficios, y pongan en estado y honra
aquesta virtud; que yo me hago valiente de alcanzar del mundo que las
loe, y de sus maridos, los duques y reyes, que las precien por ello
y que las estimen y aun acabaré con ellos que en pago deste cuidado
las absuelvan de otros mil importunos y memorables trabajos con que
atormentan sus cuerpos y rostros, y que las excusen y libren del leer
en los libros de caballerías, y del traer el soneto y la canción en el
seno, y del billete y del donaire de los recaudos, y del terrero[46]
y del sarao, y de otras cien cosas deste jaez, aunque nunca las hagan.
Por manera que la buena casada en este artículo de que vamos hablando,
de ser hacendosa y casera, ha de ser ó labradora en la forma que dicho
es, ó semejante á labradora todo cuanto pudiere. Y porque del ser
hacendosa decíamos que era la primera parte ser aprovechada, y que
por esta causa Salomón no dijo que el marido le compraba lino á esta
mujer, sino que ella lo buscaba y compraba, es de advertir lo que en
esto acontece, que algunas, ya que se disponen á ser hacendosas, por
faltarles esta parte de aprovechadas, son más caras y más costosas
labrando, que antes eran desaprovechadas holgando; porque cuanto
hacen y labran ha de venir todo de casa del joyero y del mercader, ó
fiado, comprado á mayores precios, y quiere la ventura después que,
habiendo venido mucho del oro y mucha de la seda y aljófar, pára todo
el artificio y trabajo en un arañuelo[47] de pájaros ó en otra cosa
semejante de aire. Pues á estas tales mándenles sus maridos que
descansen y huelguen, ó ellas lo harán sin que se lo manden porque muy
menos malas son para el sueño, que para el trabajo y la vela; que lo
casero y lo hacendoso de una buena mujer, gran parte dello consiste en
que ninguna cosa de su casa quede desaprovechada, sino que todo cobre
valor, y crezca en sus manos, y que, como sin saber de qué, se haga
rica y saque tesoro, á manera de decir, de entre las barreduras de su
portal. Y si el descender á cosas menudas no fuera hacer particular
esta doctrina, que el Espíritu Santo quiso que fuese general y común,
yo trujera ahora á vuestra merced por toda su casa, y en cada uno
de los rincones della le dijera lo que hay de provecho; mas vuestra
merced lo sabe bien y lo hace mejor, y las que se aplican á esta
virtud, de sí mismas lo entienden; como al revés, las que son perdidas
y desaprovechadas, por más que se les diga, nunca lo aprenden. Pero
veamos lo que después de aquesto se sigue.
[Ilustración]
VI
DECLÁRASE QUÉ ES SER MUJER CASERA, Y DEL MODO QUE DEBE ACRESCENTAR LA
HACIENDA.
_Fué como navío de mercader,_
_que de lueñe[48] trae su pan._
PROVERBIOS