NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía del original impreso, que difiere
algo de la actual.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
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del libro.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
interrumpir un párrafo.
LA
PERFECTA CASADA
[Ilustración]
[Ilustración: FRAY LUIS PONCE DE LEÓN
Copia de un grabado existente en la Calcografía Nacional]
LA
PERFECTA CASADA
POR
FRAY LUIS DE LEÓN
EDICIÓN ILUSTRADA
[Ilustración]
BARCELONA
—
MONTANER Y SIMÓN, EDITORES
CALLE DE ARAGÓN, NÚMS. 309 Y 311
1898
[Ilustración]
LA PERFECTA CASADA
Á D.ª MARÍA VARELA OSORIO
INTRODUCCIÓN
EN QUE SE HABLA DE LAS LEYES Y CONDICIONES DEL ESTADO DEL MATRIMONIO,
Y DE LA ESTRECHA OBLIGACIÓN QUE CORRE Á LA CASADA DE EMPLEARSE EN EL
CUMPLIMIENTO DELLAS.
Este nuevo estado en que Dios ha puesto á vuestra merced, sujetándola
á las leyes del santo matrimonio, aunque es como camino real, más
abierto y menos trabajoso que otros, pero no carece de sus dificultades
y malos pasos, y es camino adonde se estropieza también y se peligra y
yerra, y que tiene necesidad de guía como los demás; porque el servir
al marido y el gobernar la familia y la crianza de los hijos, y la
cuenta que juntamente con esto se debe al temor de Dios, y la guarda y
limpieza de la conciencia (todo lo cual pertenece al estado y oficio
de la mujer que se casa), obras son que cada una de por sí pide mucho
cuidado, y que todas juntas, sin particular favor del cielo, no se
pueden cumplir. En lo cual se engañan muchas mujeres, que piensan que
el casarse no es más que dejar la casa del padre y pasarse á la del
marido, y salir de servidumbre y venir á libertad y regalo; y piensan
que con parir un hijo de cuando en cuando, y con arrojarle luego de sí
en los brazos de una ama, son cabales y perfectas mujeres. Y dado que
el buen juicio de vuestra merced y la inclinación á toda virtud, de que
Dios la dotó, me aseguran para no temer que será como alguna destas que
digo, todavía el entrañable amor que la tengo y el deseo de su bien que
arde en mí, me despiertan para que la provea de algún aviso, y para
que la busque y encienda alguna luz que sin engaño ni error alumbre y
enderece sus pasos por todos los malos pasos de este camino, y por
todas las vueltas y rodeos dél. Y como suelen los que han hecho una
larga navegación ó los que han peregrinado por lugares extraños, que
á sus amigos, los que quieren emprender la misma navegación y camino,
antes que lo comiencen y antes que partan de sus casas, con diligencia
y cuidado les dicen menudamente los lugares por donde han de pasar y
las cosas de que se han de guardar, y los aperciben de todo aquello
que entienden les será necesario, así yo en esta jornada que tiene
vuestra merced comenzada, la enseñaré, no lo que me enseñó á mí la
experiencia pasada, porque es ajeno de mi profesión, sino lo que he
aprendido en las sagradas letras, que es enseñanza del Espíritu Santo.
En las cuales, como en una tienda común y como en un mercado público y
general para el uso y provecho general de todos los hombres, pone la
piedad y sabiduría divina copiosamente todo aquello que es necesario
y conviene á cada un estado, y señaladamente en este de las casadas
se revé y desciende tanto á lo particular dél, que llega hasta,
entrándose por sus casas, ponerles la aguja en la mano, y ceñirles la
rueca y menearles el huso entre los dedos. Porque, á la verdad, aunque
el estado del matrimonio en grado y perfección es menor que el de
los continentes ó vírgenes; pero, por la necesidad que hay dél en el
mundo para que se conserven los hombres, y para que salgan dellos los
que nascen para ser hijos de Dios, y para honrar la tierra y alegrar
el cielo con gloria, fué siempre muy honrado y privilegiado por el
Espíritu Santo en las letras sagradas; porque dellas sabemos que este
estado es el primero y más antiguo de todos los estados, y sabemos que
es vivienda, no inventada después que nuestra naturaleza se corrompió
por el pecado y fué condenada á la muerte, sino ordenada luego en el
principio, cuando estaban los hombres enteros y bienaventuradamente
perfectos en el paraíso.
Ellas mismas nos enseñan que Dios por su persona concertó el primer
casamiento que hubo, y que les juntó las manos á los dos primeros
casados y los bendijo, y fué juntamente como si dijésemos el
casamentero y el sacerdote. Allí vemos que la primera verdad que
en ellas se escribe haber dicho Dios para nuestro enseñamiento, y
la doctrina primera que salió de su boca fué la aprobación de este
ayuntamiento, diciendo:
«No es bueno que el hombre esté solo[1].»
Y no sólo en los libros del Viejo Testamento, adonde el ser estéril era
maldición, sino también en los del Nuevo, en los cuales se aconseja y
como apregona generalmente y como á són de trompeta la continencia y
virginidad, al matrimonio le son hechos nuevos favores.
Cristo, nuestro bien, con ser la flor de la virginidad y sumo amador
de la virginidad y limpieza, es convidado á unas bodas, y se halla
presente á ellas y come en ellas, y las santifica no solamente con la
majestad de su presencia, sino con uno de sus primeros y señalados
milagros[2].
El mismo, habiéndose enflaquecido la ley conjugal, y como aflojádose
en cierta manera el estrecho ñudo del matrimonio, y habiendo dado
entrada los hombres á muchas cosas ajenas de la limpieza y firmeza y
unidad que se le debe; así que, habiéndose hecho el tomar un hombre
mujer poco más que recibir una moza de servicio á soldada por el tiempo
que bien le estuviese, el mismo Cristo, entre las principales partes
de su doctrina, y entre las cosas para cuyo remedio había sido enviado
de su Padre, puso también el reparo deste vínculo santo, y así le
restituyó en el antiguo y primero grado[3]. Y, lo que sobre todo es,
hizo del casamiento, que tratan los hombres entre sí, significación
y sacramento santísimo del lazo de amor con que él se ayunta á las
almas, y quiso que la ley matrimonial del hombre con la mujer fuese
como retrato é imagen viva de la unidad dulcísima y estrechísima que
hay entre él y su Iglesia[4]; y así, ennoblesció el matrimonio con
riquísimos dones de su gracia y de otros bienes del cielo.
De arte[5] que el estado de los casados es estado noble y santo y muy
preciado de Dios, y ellos son avisados muy en particular y muy por
menudo de lo que les conviene en las sagradas letras por el Espíritu
Santo, el cual por su infinita bondad, no se desdeña de poner los
ojos en nuestras bajezas, ni tiene por vil ó menuda ninguna cosa de
las que á nuestro provecho hacen. Pues, entre otros muchos lugares
de los divinos libros que tratan de esta razón, el lugar más propio
y adonde está como recapitulado, ó todo ó lo más que á este negocio
en particular pertenesce, es el último capítulo de los _Proverbios_,
adonde Dios, por boca de Salomón, rey y profeta suyo, y como debajo de
la persona de una mujer, madre del mismo Salomón, cuyas palabras él
pone y refiere, con hermosas razones pinta acabadamente una virtuosa
casada con todos sus colores y partes; para que las que lo pretenden
ser (y débenlo pretender todas las que se casan) se miren en ella como
en un espejo clarísimo, y se avisen, mirándose allí, de aquello que
les conviene para hacer lo que deben.
Y así, conforme á lo que suelen hacer los que saben de pintura y
muestran algunas imágenes de excelente labor á los que no entienden
tanto del arte, que les señalan los lejos y lo que está pintado como
cercano, y les declaran las luces y las sombras y la fuerza del
escorzado, y con la destreza de las palabras hacen que lo que en la
tabla parecía estar muerto, viva ya y casi bulla y se menee en los ojos
de los que lo miran, ni más ni menos, mi oficio en esto que escribo
será presentar á vuestra merced esta imagen que he dicho labrada por
Dios, y ponérsela delante la vista y señalarle con las palabras, como
con el dedo, cuanto en mí fuere, sus hermosas figuras con todas sus
perfecciones y hacerle que vea claro lo que con grandísimo artificio el
saber y mano de Dios puso en ella encubierto.
Pero antes que venga á esto, que es declarar las leyes y condiciones
que tiene sobre sí la casada, será bien que entienda vuestra merced la
estrecha obligación que tiene á emplearse en el cumplimiento dellas,
aplicándose toda á ellas con ardiente deseo. Porque, como en cualquier
otro negocio y oficio que se pretende, para salir bien con él son
necesarias dos cosas: la una, el saber lo que es, y las condiciones que
tiene, y aquello en que principalmente consiste; y la otra, el tenerle
verdadera afición; así en esto que vamos tratando, primero que hablemos
con el entendimiento y le descubramos lo que este oficio es, con todas
sus cualidades y partes, convendrá que inclinemos la voluntad á que
ame el saberlas y á que sabidas, se quiera aplicar á ellas. En lo cual
no pienso gastar muchas palabras, ni para con vuestra merced, que es
de su natural inclinada á bueno, será menester, porque al que teme á
Dios, para que desee y procure satisfacer á su estado bástale saber
que Dios se lo manda, y que lo propio y particular que pide á cada uno
es, que responda á las obligaciones de su oficio, cumpliendo con la
suerte que le ha cabido, y que si en esto falta, aunque en otras cosas
se adelante y señale, le ofende. Porque, como en la guerra el soldado
que desampara su puesto no cumple con su capitán, aunque en otras cosas
le sirva, y como en la comedia silban los miradores al que es malo
en la persona que representa, aunque en la suya sea muy bueno; así
los hombres que se descuidan de sus oficios, aunque en otras virtudes
sean cuidadosos, no contentan á Dios. ¿Tendría vuestra merced por su
cocinero y daríale su salario al que no supiese salar una olla y tocase
bien un _discante_?[6] Pues así no quiere Dios en su casa al que no
hace el oficio en que le pone.
Dice Cristo en el Evangelio que «cada uno tome su cruz»[7]; no dice que
tome la ajena, sino manda que cada uno se cargue de la suya propia. No
quiere que la religiosa se olvide de lo que debe al ser religiosa y
se cargue de los cuidados de la casada, ni le place que la casada se
olvide del oficio de su casa y se torne monja.
El casado agrada á Dios en ser buen casado, y en ser buen religioso
el fraile, y el mercader en hacer debidamente su oficio, y aun el
soldado sirve á Dios en mostrar en los tiempos debidos su esfuerzo, y
en contentarse con su sueldo, como lo dice San Juan[8]. Y la cruz que
cada uno ha de llevar y por donde ha de llegar á juntarse con Cristo,
propiamente es la obligación y la carga que cada uno tiene por razón
del estado en que vive; y quien cumple con ella, cumple con Dios y sale
con su intento, y queda honrado é ilustre, y como por el trabajo de la
cruz alcanza el descanso que merece. Mas al revés, quien no cumple con
esto, aunque trabaje mucho en cumplir con los oficios que él se toma
por su voluntad, pierde el trabajo y las gracias.
Mas es la ceguedad de los hombres tan miserable y tan grande, que con
no haber duda en esta verdad, como si fuera al revés y como si nos
fuera vedado el satisfacer á nuestros oficios y el ser aquellos mismos
que profesamos ser; así tenemos enemistad con ellos y huímos dellos,
y metemos todas las velas de nuestra industria y cuidado en hacer
los ajenos. Porque verá vuestra merced algunas personas de profesión
religiosa, que, como si fuesen casadas, todo su cuidado es gobernar las
casas de sus deudos ó de otras personas, que ellas por su voluntad han
tomado á su cargo, y que si se recibe ó se despide el criado, ha de ser
por su mano dellas, y si se cuelga la casa en invierno, lo mandan ellas
primero; y por el contrario, en las casadas hay otras que, como si sus
casas fuesen de sus vecinas, así se descuidan dellas, y toda su vida
es el oratorio y el devocionario, y el calentar el suelo de la iglesia
tarde y mañana, y piérdese entretanto la moza, y cobra malos siniestros
la hija, y la hacienda se hunde, y vuélvese demonio el marido. Y si
el seguir lo que no son les costase menos trabajo que el cumplir con
aquello que deben ser, tendrían éstas algún color de disculpa, ó si
habiéndose desvelado mucho en aquesto que escogen por su querer,
saliesen perfectamente con ello, era consuelo en alguna manera; pero
es al revés, que ni el religioso, aunque más trabaje, gobernará como se
debe la vida del hombre casado, ni jamás el casado llegará á aquello
que es ser religioso; porque, así como la vida del monasterio y las
leyes y observancias y todo el trato y asiento de la vida monástica
favorece y ayuda al vivir religioso, para cuyo fin todo ello se ordena,
así al que, siendo fraile, se olvida del fraile y se ocupa en lo que
es el casado, todo ello le es estorbo y embarazo muy grave. Y como
sus intentos y pensamientos y el blanco adonde se enderezan no es
monasterio; así estropieza y ofende en todo lo que es monasterio, en
la portería, en el claustro, en el coro y silencio, en la aspereza y
humildad de la vida; por lo cual le conviene, ó desistir de su porfía
loca, ó romper por medio de un escuadrón de duras dificultades, y
subir, como dicen, el agua por una torre.
Por la misma manera, el estilo de vivir de la mujer casada, como la
convida y alienta á que se ocupe en su casa, así por mil partes la
retrae de lo que es ser monja ó religiosa; y así los unos y los
otros, por no querer hacer lo que propiamente les toca, y por quererse
señalar en lo que no les atañe, faltan á lo que deben y no alcanzan
lo que pretenden, y trabajan incomparablemente más de lo que fuera
si trabajaran en hacerse perfectos cada uno en su oficio, y queda su
trabajo sin fruto y sin luz. Y como en la naturaleza los monstruos que
nacen con partes y miembros de animales diferentes no se conservan ni
viven, así esta monstruosidad de diferentes estados en un compuesto,
el uno en la profesión y el otro en las obras, los que la siguen no se
logran en sus intentos; y como la naturaleza aborrece los monstruos,
así Dios huye destos y los abomina. Y por esto decía en la ley vieja
que ni en el campo se pusiesen semillas diferentes, ni en la tela fuese
la trama de uno y estambre de otro[9], ni menos se le ofreciese en
sacrificio el animal que hiciese vivienda en agua y en tierra[10].
Pues asiente vuestra merced en su corazón con entera firmeza que el ser
amiga de Dios es ser buena casada, y que el bien de su alma está en
ser perfecta en su estado, y que el trabajar en ello y el desvelarse
es ofrecer á Dios un sacrificio aceptísimo de sí misma. Y no digo yo,
ni me pasa por pensamiento, que el casado ó alguno han de carecer de
oración, sino digo la diferencia que ha de haber entre las buenas
religiosa y casada; porque en aquélla el orar es todo su oficio,
en ésta ha de ser medio el orar para que mejor cumpla su oficio.
Aquélla no quiso el marido y negó el mundo y despidióse de todos, para
conversar siempre y desembarazadamente con Cristo; ésta ha de tratar
con Cristo para alcanzar dél gracia y favor con que acierte á criar
el hijo y á gobernar bien la casa y á servir como es razón al marido.
Aquélla ha de vivir para orar continuamente; ésta ha de orar para vivir
como debe. Aquélla aplace á Dios regalándose con él; ésta le ha de
servir trabajando en el gobierno de su casa por él.
Mas considere vuestra merced cómo reluce aquí la grandeza de la divina
bondad, que se tiene por servido de nosotros con aquello mismo que es
provecho nuestro. Porque á la verdad, cuando no hubiera otra cosa que
inclinara la casada á hacer el deber, sino es la paz y sosiego y gran
bien que en esta vida sacan é interesan las buenas de serlo, esto solo
bastaba; porque sabida cosa es, que cuando la mujer asiste á su oficio,
el marido la ama, y la familia anda en concierto, y aprenden virtud
los hijos, y la paz reina, y la hacienda crece. Y como la luna llena
en las noches serenas se goza rodeada y como acompañada de clarísimas
lumbres, las cuales todas parece que avivan sus luces en ella, y que
la remiran y reverencian; así la buena en su casa reina y resplandece,
y convierte á sí juntamente los ojos y los corazones de todos. El
descanso y la seguridad la acompañan adondequiera que endereza sus
pasos, y á cualquiera parte que mira encuentra con el alegría y con el
gozo; porque si pone en el marido los ojos, descansa en su amor; si los
vuelve á sus hijos, alégrase con su virtud; halla en los criados bueno
y fiel servicio, y en la hacienda provecho y acrecentamiento, y todo le
es gustoso y alegre; como al contrario, á la que es mala casera todo
se le convierte en amarguras, como se puede ver por infinitos ejemplos.
Pero no quiero detenerme en cosa por nuestros pecados tan clara, ni
quiero sacar á vuestra merced de su mismo lugar. Vuelva los ojos por
sus vecinos y naturales, y revuelva en su memoria lo que de otras casas
ha oído.
¿De cuántas mujeres sabe que por no tener cuenta con su estado y
tenerla con sus antojos, están con sus maridos en perpetua lid y
desgracia? ¿Cuántas ha visto lastimadas y afeadas con los desconciertos
de sus hijos y hijas, con quien no quisieron tener cuenta? ¿Cuántas
laceran en extrema pobreza porque no atendieron á la guarda de sus
haciendas, ó por mejor decir porque fueron la perdición y la polilla de
ellas? Ello es así que no hay cosa más rica ni más feliz que la buena
mujer, ni peor ni más desastrada que la casada que no lo es; y lo uno y
lo otro nos enseña la Sagrada Escritura. De la buena dice así:
«El marido de la mujer buena es dichoso y vivirá doblados días, y la
mujer de valor pone en su marido descanso, y cerrará los años de su
vida con paz. La mujer buena es suerte buena, y como premio de los que
temen á Dios, la dará Dios al hombre por sus buenas obras[11]. El bien
de la mujer diligente deleitará á su marido y hinchará de grosura sus
huesos. Don grande de Dios es el trato bueno suyo[12]; bien sobre bien
y hermosura sobre hermosura es una mujer que es santa y honesta. Como
el sol que nace, parece en las alturas del cielo; así el rostro de la
buena adorna y hermosea su casa[13].»
Y de la mala dice por contraria manera:
«La celosa es dolor de corazón y llanto continuo[14], y el tratar
con la mala es tratar con los escorpiones[15]. Casa que se llueve es
la mujer rencillosa[16], y lo que turba la vida es casarse con una
aborrecible[17]. La tristeza del corazón es la mayor herida, y la
maldad de la mujer es todas las maldades. Toda llaga, y no de corazón;
todo mal, y no mal de mujer[18]. No hay cabeza peor que la cabeza de
la culebra, ni ira que iguale á la de la mujer enojada. Vivir con
leones y con dragones más es pasadero que hacer vida con la mujer que
es malvada[19]. Todo mal es pequeño en comparación de la mala; á los
pecadores les caiga tal suerte. Cual es la subida arenosa para los pies
ancianos, tal es para el modesto la mujer deslenguada[20]. Quebranto
de corazón y llaga mortal es la mala mujer. Cortamiento de piernas y
descaimiento de manos es la mujer que no da placer á su marido. La
mujer dió principio al pecado, y por su causa morimos todos[21],» y por
esta forma otras muchas razones.
Y acontece en esto una cosa maravillosa, que siendo las mujeres de su
cosecha gente de gran pundonor, apetitosas de ser preciadas y honradas,
como son todos los de ánimo flaco, y gustando de vencerse entre sí
unas á otras aun en cosas menudas y de niñería, no se precian, antes
se descuidan y olvidan de lo que es su propia virtud y loa. Gusta
una mujer de parecer más hermosa que otra, y aun si su vecina tiene
mejor basquiña, ó si por ventura saca mejor invención de tocado, no
lo pone á paciencia; y si en el ser mujer de su casa le hace ventaja,
no se acuita, ni se duele, antes hace caso de honra sobre cualquier
menudencia, y sólo aquesto no estima.
Como sea así que el ser vencida en aquello no le daña, y el no vencer
en esto la destruye; con ser así que aquello no es su culpa y aquesto
destruye todo el bien suyo y de su casa, y con ser así que el loor que
por aquello se alcanza, es ligero y vano loor, y loor que antes que
nazca perece, y tal, que si hablamos con verdad, no merece ser llamado
loor, y por el contrario, la alabanza maciza y que tiene verdaderas
raíces, y que florece por las bocas de los buenos juicios, y que no
se acaba con la edad, ni con el tiempo se gasta, antes con los años
crece, y la vejez la renueva, y el tiempo la esfuerza, y la eternidad
se espeja en ella, y la envía más viva siempre y más fresca por mil
vueltas de siglos. Porque á la buena mujer su familia la reverencia, y
sus hijos la aman, y su marido la adora, y los vecinos la bendicen, y
los presentes y los venideros la alaban y ensalzan. Y á la verdad, si
hay debajo de la luna cosa que merezca ser estimada y preciada, es la
mujer buena; y en comparación della el sol mismo no luce, y son escuras
las estrellas, y no sé yo joya de valor ni de loor que ansí levante y
hermosee con claridad y resplandor á los hombres, como es aquel tesoro
de inmortales bienes de honestidad, de dulzura, de fe, de verdad, de
amor, de piedad y regalo, de gozo y de paz, que encierra y contiene en
sí una buena mujer cuando se la da por compañera su buena dicha.
Que si Eurípides[22], escritor sabio, parece que á bulto dice de todas
mal, y dice que si alguno de los pasados dijo mal dellas, y de los
presentes lo dice, ó si lo dijeren los que vinieren después, todo lo
que dijeron y dicen y dirán, él solo quiere decir y dice. Así que,
si esto dice, no lo dice en su persona, y la que lo dice tiene justa
disculpa en haber sido Medea la ocasión de que lo dijese. Mas, ya que
habemos llegado aquí, razón es que callen mis palabras, y que comiencen
á sonar las del Espíritu Santo, el cual en la doctrina de las buenas
mujeres, que pone en los _Proverbios_, y yo ofrezco ahora aquí á
vuestra merced, comienza destos mismos loores en que yo ahora acabo, y
dice en pocas razones lo que ninguna lengua pudiera decir en muchas; y
dice desta manera:
[Ilustración]
[Ilustración]
I
ALGUNAS ADVERTENCIAS DEL AUTOR PARA ENTRAR Á TRATAR DE LA MATERIA.
_¿Quién hallará mujer de valor?_
_Raro y extremado es su precio._
PROVERBIOS
Pero antes que comencemos, nos conviene presuponer que en este capítulo
el Espíritu Santo así es verdad que pinta una buena casada, declarando
las obligaciones que tiene, que también dice y significa, y cómo
encubre debajo desta pintura cosas mayores y de más alto sentido,
que pertenescen á toda la Iglesia. Porque se ha de entender que la
Sagrada Escritura, que es habla de Dios, es como una imagen de la
condición y naturaleza de Dios. Y así como la divinidad es juntamente
una perfección sola y muchas perfecciones diversas; una en sencillez,
y muchas en valor y eminencia; así la Santa Escritura por unas mismas
palabras dice muchas y diferentes razones, y como lo enseñan los
santos, en la sencillez de una misma sentencia encierra gran preñez de
sentidos. Y como en Dios todo lo que hay es bueno, así en su Escritura
todos los sentidos que puso en ella el Espíritu Santo son verdaderos.
Por manera que el seguir el un sentido no es desechar el otro, ni
menos el que en estas sagradas letras, entre muchos y verdaderos
entendimientos que tienen, descubre uno dellos y le declara, no por eso
ha de ser tenido por hombre que desecha los otros entendimientos.
Pues digo que en este capítulo, Dios, por la boca de Salomón, por
unas mismas palabras hace dos cosas. Lo uno instruye y ordena las
costumbres, lo otro profetiza misterios secretos. Las costumbres que
ordena son de la casada; los misterios que profetiza son ingenio, y
las condiciones que había de poner en su Iglesia, de quien habla
como en figura de una mujer de su casa. En esto postrero da luz á
lo que se ha de creer; en lo primero enseña lo que se ha de obrar.
Y porque aquesto sólo es lo que hace ahora á nuestro propósito, por
eso hablaremos dello aquí solamente, y procuraremos cuanto nos fuere
posible sacar á luz y poner como delante de los ojos todo lo que hay en
esta imagen de virtud, que Dios aquí pinta. Dice pues:
[Ilustración]
[Ilustración: Fases de la vida de la mujer
Preliminares de la vida]
[Ilustración]
II
CUÁNTO ES MENESTER PARA QUE UNA MUJER SEA PERFECTA, Y LO QUE DEBE
PROCURARLO SER LA QUE ES CASADA.
_Mujer de valor ¿quién la hallará?_
_Raro y extremado es su precio._
PROVERBIOS
Propone luego al principio aquello de que ha de decir, que es la
doctrina de una mujer de valor, esto es, de una perfecta casada,
y loa lo que propone, ó, por mejor decir, propone loándolo, para
despertar desde luego y encender en ellas aqueste deseo honesto y
virtuoso. Y porque tuviese mayor fuerza el encarescimiento, pónelo por
vía de pregunta diciendo: «Mujer de valor ¿quién la hallará?» Y en
preguntarlo y decirlo así, dice que es dificultoso el hallarla, y que
son pocas las tales. Y así, la primera loa que da á la buena mujer, es
decir della que es cosa rara, que es lo mismo que llamarla preciosa y
excelente cosa, y digna de ser muy estimada, porque todo lo raro es
precioso. Y que sea aqueste su intento, por lo que luego añade se ve:
«Alejado y extremado, dice, es su precio.» Ó como dice el original
en el mismo sentido: «Más y allende, y muy alejado sobre las piedras
preciosas el precio suyo.»
De manera que el hombre que acertare con una mujer de valor, se puede
desde luego tener por rico y dichoso, entendiendo que ha hallado
una piedra oriental, ó un diamante finísimo, ó una esmeralda, ú
otra alguna piedra preciosa de inestimable valor. Así que, esta es
la primera alabanza de la buena mujer, decir que es dificultosa de
hallar. Lo cual, así es alabanza de las buenas, que es aviso para
conoscer generalmente la flaqueza de todas. Porque no sería mucho ser
una buena si hubiese muchas buenas, ó si en general no fuesen muchos
sus siniestros malos. Los cuales son tantos, á la verdad, y tan
extraordinarios y diferentes entre sí, que con ser un linaje y especie,
parecen de diversas especies. Que como, burlando en esta materia,
ó Focílides ó Simónides solía decir[23], en ellas solas se ven el
ingenio y las mañas de todas las suertes de cosas, como si fueran de su
linaje; que unas hay cerriles y libres como caballos, y otras resabidas
como raposas, otras labradoras, otras mudables á todos colores,
otras pesadas, como hechas de tierra, y por esto la que entre tantas
diferencias de mal acierta á ser buena, merece ser alabada mucho.
Mas veamos por qué causa el Espíritu Santo á la buena mujer la llama
mujer de valor, y después veremos con cuánta propiedad la compara y
antepone á las piedras preciosas. Lo que aquí decimos mujer de valor, y
pudiéramos decir mujer varonil, como Sócrates, acerca de Jenofón[24],
llama á las casadas perfectas; así que esto decimos varonil ó valor, en
el original es una palabra de grande significación y fuerza, y tal,
que apenas con muchas muestras se alcanza todo lo que significa. Quiere
decir virtud de ánimo y fortaleza de corazón, industria y riquezas
y poder y aventajamiento; y finalmente, un sér perfecto y cabal en
aquellas cosas á quien esta palabra se aplica; y todo esto atesora
en sí la que es buena mujer, y no lo es si no lo atesora. Y para que
entendamos que es esto verdad, la nombra el Espíritu Santo con este
nombre, que encierra en sí tanta variedad de tesoro. Porque, como la
mujer sea de su natural flaca y deleznable más que ningún otro animal,
y de su costumbre é ingenio una cosa quebradiza y melindrosa; y como la
vida casada sea vida sujeta á muchos peligros, y donde se ofrecen cada
día trabajos y dificultades muy grandes, y vida ocasionada á continuos
desabrimientos y enojos, y como dice San Pablo[25], vida adonde anda
el ánimo y el corazón dividido y como enajenado de sí, acudiendo ahora
al marido, ahora á los hijos, ahora á la familia y hacienda; para
que tanta flaqueza salga con victoria de contienda tan dificultosa y
tan larga menester es que la que ha de ser buena casada esté cercada
de un tan noble escuadrón de virtudes, como son las virtudes que
habemos dicho y las que en sí abraza la propiedad de aquel nombre.
Porque lo que es harto para que un hombre salga bien con el negocio
que emprende, no es bastante para que una mujer responda como debe á
su oficio; y cuanto el sujeto es más flaco, tanto para arribar con una
carga pesada tiene necesidad de mayor ayuda y favor. Y como cuando en
una materia dura y que no se rinde al hierro ni al arte, vemos una
figura perfectamente esculpida, decimos y conocemos que era perfecto y
extremado en su oficio el artífice que la hizo, y que con la ventaja de
su artificio venció la dureza no domable del sujeto duro; así, y por la
misma manera, el mostrarse una mujer la que debe entre tantas ocasiones
y dificultades de vida, siendo de suyo tan flaca, es clara señal de un
caudal de rarísima y casi heroica virtud. Y es argumento evidente que
cuanto en la naturaleza es más flaca, tanto en valor del ánimo y en
su virtud es mayor y más aventajada. Y esta misma es la causa también
por donde, como lo vemos por la experiencia y como la historia nos lo
enseña en no pocos ejemplos, cuando alguna mujer acierta á señalarse
en algo de lo que es de loor, vence en ello á muchos hombres de los
que se dan á lo mismo. Porque cosa de tan poco ser como es esto que
llamamos mujer, nunca ni emprende ni alcanza cosa de valor ni de ser,
sino es porque la inclina á ello y la despierta y alienta alguna fuerza
de increíble virtud que ó el cielo ha puesto en su alma ó algún don de
Dios singular. Que pues vence su natural, y sale, como río, de madre,
debemos necesariamente entender que tiene en sí grandes acogidas de
bien. Por manera que con grandísima verdad y significación de loor el
Espíritu Santo, á la mujer buena no la llamó como quiera buena, ni dijo
ó preguntó: ¿Quién hallará una buena mujer?, sino llamóla mujer de
valor, y usó en ello de una palabra tan rica y tan significante, como
es la original que dijimos, para decirnos que la mujer buena es más que
buena, y que esto que nombramos bueno, es una medianía de hablar que
no allega á aquello excelente que ha de tener y tiene en sí la buena
mujer; y que para que un hombre sea bueno le basta un bien mediano,
mas en la mujer ha de ser negocio de muchos y muy subidos quilates,
porque no es obra de cualquier oficial, ni lance ordinario, ni bien que
se halla adoquiera, sino artificio _primo_[26] y bien incomparable, ó
por mejor decir, un amontonamiento de riquísimos bienes. Y este es el
primer loor que le da el Espíritu Santo, y con este viene como nascido
el segundo, que es compararla á las piedras preciosas. En lo cual,
como en una palabra, acaba de decir cabalmente todo lo que en esto de
que vamos hablando se encierra. Porque, así como el valor de la piedra
preciosa es de subido y extraordinario valor, así el bien de una mujer
buena tiene subidos quilates de virtud; y como la piedra preciosa en
sí es poca cosa, y por la grandeza de la virtud secreta cobra gran
precio, así lo que en el sujeto flaco de la mujer pone estima de bien,
es grande y raro bien; y como en las piedras preciosas la que no es
muy fina no es buena, así en las mujeres no hay medianía, ni es buena
la que no es más que buena; y de la misma manera que es rico un hombre
que tiene una preciosa esmeralda ó un rico diamante, aunque no tenga
otra cosa, y el poseer estas piedras no es poseer una piedra, sino
poseer en ella un tesoro abreviado; así una buena mujer no es una
mujer, sino un montón de riquezas, y quien la posee es rico con ella
sola, y sola ella le puede hacer bienaventurado y dichoso; y del modo
que la piedra preciosa se trae en los dedos y se pone delante los ojos,
y se asienta sobre la cabeza para hermosura y honra della, y el dueño
tiene allí juntamente arreo en la alegría y socorro en la necesidad;
ni más ni menos á la buena mujer el marido la ha de querer más que á
sus ojos y la ha de traer sobre su cabeza, y el mejor lugar del corazón
dél ha de ser suyo, ó por mejor decir, todo su corazón y su alma, y
ha de entender que en tenerla tiene un tesoro general para todas las
diferencias de tiempos, y que es varilla de virtud, como dicen, que en
toda sazón y coyuntura responderá con su gusto y le henchirá su deseo,
y que en la alegría tiene en ella compañía dulce con quien acrecentará
su gozo, comunicándolo, y en la tristeza amoroso consuelo, y en las
dudas consejo fiel, y en los trabajos regalo, y en las faltas socorro,
y medicina en las enfermedades, acrescentamiento para su hacienda,
guarda de su casa, maestra de sus hijos, provisora de sus excesos; y
finalmente, en las veras y burlas, en lo próspero y adverso, en la edad
florida y en la vejez cansada, y por el proceso de toda la vida, dulce
amor y paz y descanso.
Hasta aquí llegan las alabanzas que da Dios á aquesta mujer; veamos
ahora lo que después desto se sigue.
[Ilustración]
III
QUÉ CONFIANZA HA DE ENGENDRAR LA BUENA MUJER EN EL PECHO DEL MARIDO, Y
DE CÓMO PERTENECE AL OFICIO DE LA CASADA LA GUARDA DE LA HACIENDA, QUE
CONSISTE EN QUE NO SEA GASTADORA.
_Confía en ella el corazón de su marido,_
_no le harán mengua los despojos._
PROVERBIOS
Después que ha propuesto el sujeto de su razón, y nos ha aficionado
á él, alabándolo, comienza á especificar las buenas partes dél, y
aquello de que se compone y perficiona, para que asentando los pies las
mujeres en aquestas pisadas y siguiendo estos pasos, lleguen á lo que
es una perfecta casada. Y porque la perfección del hombre, en cualquier
estado suyo, consiste principalmente en el bien obrar, por eso el
Espíritu Santo no pone aquí por partes de esta perfección de que habla
sino solamente las obras loables á que está obligada la casada que
pretende ser buena; y la primera es, que ha de engendrar en el corazón
de su marido una gran confianza; pero es de ver cuál sea y de qué esta
confianza que dice; porque pensarán algunos que es la confianza que ha
de tener el marido de su mujer, que es honesta; y aunque es verdad que
con su bondad la mujer ha de alcanzar de su marido esta buena opinión,
pero á mi parecer, el Espíritu Santo no trata aquí de ello, y la razón
por qué no lo trata es justísima: lo primero, porque su intento es
componernos aquí una casada perfecta, y el ser honesta una mujer no
se cuenta, ni debe contar, entre las partes de que esta perfección se
compone, sino antes es como el sujeto sobre el cual todo este edificio
se funda, y para decirlo en una palabra, es como el sér y la sustancia
de la casada; porque si no tiene esto, no es ya mujer, sino alevosa
ramera y vilísimo cieno y basura la más hedionda de todas y la más
despreciada. Y como en el hombre, ser dotado de entendimiento y razón,
no pone en él loa, porque tenerlo es su propia naturaleza, mas si le
faltase por caso, el faltarle pondría en él mengua grandísima; así la
mujer no es tan loable por ser honesta, cuanto es torpe y abominable
si no lo es. De manera que el Espíritu Santo en este lugar no dice á
la mujer que sea honesta, sino presupone que ya lo es, y á la que así
es, en señal de lo que le falta y lo que ha de añadir para ser acabada
y perfecta. Porque, como arriba dijimos, esto todo que aquí se refiere
es como hacer un retrato ó pintura, adonde el pintor no hace la tabla,
sino en la tabla que le ofrecen y dan pone él los perfiles é induce
después los colores, y levantando en sus lugares las luces y bajando
las sombras adonde conviene, trae á debida perfección su figura. Y por
la misma manera Dios, en la honestidad de la mujer, que es como la
tabla, la cual presupone por hecha y derecha, añade ricas colores de
virtud, todas aquellas que son necesarias para acabar una tan hermosa
pintura. Y sea esto lo primero.
Lo segundo porque no habla aquí Dios de lo que toca á esta fe, es
porque quiere que este negocio de honestidad y limpieza lo tengan las
mujeres tan asentado en su pecho, que ni aun piensen que puede ser lo
contrario. Y como dicen de Solón, el que dió leyes á los atenienses,
que señalando para cada maleficio sus penas, no puso castigo para el
que diese muerte á su padre, ni hizo memoria deste delito, porque
dijo que no convenía que tuviesen por posible los hombres, ni por
acontecedero, un mal semejante; así por la misma razón no trata aquí
Dios con la casada que sea honesta y fiel, porque no quiere que le pase
aun por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si va á decir
la verdad, ramo de deshonestidad es en la mujer casta el pensar que
puede no serlo, ó que en serlo hace algo que le deba ser agradescido.
Que como á las aves les es naturaleza el volar, así las casadas han
de tener por dote natural, en que no puede haber quiebra, el ser
buenas y honestas, y han de estar persuadidas que lo contrario es
suceso aborrescible y de desventura y hecho monstruoso, ó por mejor
decir, no han de imaginar que puede suceder lo contrario más que ser
el fuego frío ó la nieve caliente. Entendiendo que el quebrar la mujer
á su marido la fe es perder las estrellas su luz, y caerse los cielos,
y quebrantar sus leyes la naturaleza, y volverse todo en aquella
confusión antigua y primera.
Ni tampoco ha de ser esto, como algunas lo piensan, que con guardar
el cuerpo entero al marido, en lo que toca á las pláticas y á otros
ademanes y obrecillas menudas se tienen por libres; porque no es
honesta la que no lo es y parece. Y cuanto está lejos del mal, tanto
de la imagen ó semeja dél ha de estar apartada. Porque, como dijo bien
un poeta latino, aquella sola es casta en quien ni la fama mintiendo
osa poner mala nota. Y cierto, como al que se pone en el camino de
Santiago, aunque á Santiago no llegue, ya le llamamos romero; así sin
duda es principiada ramera la que se toma licencia para tratar destas
cosas, que son el camino. Pero si no es esto, ¿qué confianza es la de
que Dios habla en este lugar? En lo que luego dice se entiende, porque
añade: «No le harán mengua los despojos.»
Llama despojos lo que en español llamamos alhajas y aderezo de casa,
como algunos entienden, ó como tengo por más cierto, llama despojos
las ganancias que se adquieren por vía de mercancías. Porque se ha de
entender que los hombres hacen renta y se sustentan y viven ó de la
labranza del campo ó del trato ó contratación con otros hombres.
La primera manera de renta es ganancia inocente y santa ganancia,
porque es puramente natural, así porque en ella el hombre come de su
trabajo, sin que dañe ni injurie, ni traiga á costa ó menoscabo á
ninguno, como también porque en la manera como á las madres es natural
mantener con leche á los niños que engendran, y aun á ellos mismos,
guiados por su inclinación, les es también natural el acudir luego á
los pechos; así nuestra naturaleza nos lleva é inclina á sacar de la
tierra, que es madre y engendradora nuestra común, lo que conviene para
nuestro sustento.
La otra ganancia y manera de adquirir, que saca fruto y se enriquesce
de las haciendas ajenas, ó con voluntad de sus dueños, como hacen los
mercaderes y los maestros y artífices de otros oficios, que venden
sus obras, ó por fuerza y sin voluntad, como acontesce en la guerra,
es ganancia poco natural y adonde las más veces interviene alguna
parte de injusticia y de fuerza, y ordinariamente dan con disgusto y
desabrimiento aquello que dan las personas con quien se granjea. Por
lo cual, todo lo que en esta manera se gana es en este lugar llamado
despojos por conveniente razón. Porque de lo que el mercader hinche su
casa, el otro que contrata con él queda vacío y despojado, y aunque no
por vía de guerra, pero como en guerra, y no siempre muy justa.
Pues dice ahora el Espíritu Santo que la primera parte y la primera
obra con que la mujer casada se perficiona, es con hacer á su marido
confiado y seguro que teniéndola á ella, para tener su casa abastada y
rica no tiene necesidad de correr la mar, ni de ir á la guerra, ni de
dar sus dineros á logro, ni de enredarse en tratos viles é injustos,
sino que con labrar él sus heredades, cogiendo su fruto, y con tenerla
á ella por guarda y por beneficiadora de lo cogido, tiene riqueza
bastante. Y que pertenezca al oficio de la casada, y que sea parte de
su perfección aquesta guarda é industria, demás de que el Espíritu
Santo lo enseña, también lo demuestra la razón. Porque cierto es que
la naturaleza ordenó que se casasen los hombres, no sólo para fin que
se perpetuasen en los hijos el linaje y nombre dellos, sino también á
propósito de que ellos mismos en sí y en sus personas se conservasen;
lo cual no les era posible, ni al hombre solo por sí, ni á la mujer
sin el hombre; porque para vivir no basta ganar hacienda, si lo que se
gana no se guarda; que si lo que se adquiere se pierde, es como si no
se adquiriese. Y el hombre que tiene fuerzas para desvolver la tierra
y para romper el campo, y para discurrir por el mundo y contratar con
los hombres, negociando su hacienda, no puede asistir á su casa, á la
guarda della, ni lo lleva su condición; y al revés la mujer, que por
ser de natural flaco y frío, es inclinada al sosiego y á la escasez,
y es buena para guardar, por la misma causa no es buena para el sudor
y trabajo del adquirir. Y así, la naturaleza, en todo proveída, los
ayuntó, para que, prestando cada uno dellos al otro su condición, se
conservasen juntos los que no se pudieran conservar apartados. Y de
inclinaciones tan diferentes, con arte maravillosa, y como se hace en
la música, con diversas cuerdas hizo una provechosa y dulce armonía,
para que cuando el marido estuviere en el campo la mujer asista á la
casa, y conserve y endure el uno lo que el otro cogiere. Por donde
dice bien un poeta que los fundamentos de la casa son la mujer y el
buey: el buey para que are, y la mujer para que guarde. Por manera
que su misma naturaleza hace que sea de la mujer este oficio, y la
obliga á esta virtud y parte de su perfección, como á parte principal
y de importancia. Lo cual se conosce por los buenos y muchos efectos
que hace; de los cuales es uno el que pone aquí Salomón cuando dice
que confía en ella el corazón de su marido, y que no le harán mengua
los despojos. Que es decir que con ella se contenta con la hacienda
que heredó de sus padres, y con la labranza y frutos della, y que ni
se adeuda, ni menos se enlaza con el peligro y desasosiego de otras
granjerías y tratos, que por doquiera que se mire, es grandísimo bien.
Porque, si vamos á consciencia, vivir uno de su patrimonio es vida
inocente y sin pecado, y los demás tratos por maravilla carecen dél.
Si al sosiego, el uno descansa en su casa, el otro lo más de la vida
en los mesones y en los caminos. La riqueza del uno no ofende á nadie,
la del otro es murmurada y aborrescida de todos. El uno come de la
tierra, que jamás se cansa ni enoja de comunicarnos sus bienes; al otro
desámanle esos mismos que le enriquescen.
Pues si miramos la honra, cierto es que no hay cosa ni más vil, ni
más indigna del hombre que el engañar y el mentir, y cierto es que
por maravilla hay trato destos que carezca de engaño. ¿Qué diré de
la institución de los hijos, y de la orden de la familia, y de la
buena disposición del cuerpo y del ánimo, sino que todo va por la
misma manera? Porque necesaria cosa es que quien anda ausente de su
casa halle en ella muchos desconciertos, que nascen y crescen y toman
fuerzas con la ausencia del dueño; y forzoso es, á quien trata de
engañar, que le engañen, y que á quien contrata y se comunica con
gentes de ingenio y de costumbres diversas, se le apeguen muchas
malas costumbres. Mas al revés, la vida del campo y el labrar uno sus
heredades es una como escuela de inocencia y verdad; porque cada uno
aprende de aquellos con quien negocia y conversa. Y como la tierra
en lo que se le encomienda es fiel, y en el no mudarse es estable y
clara, y abierta en brotar afuera y sacar á luz sus riquezas, y para
bien hacer liberal y abastecida; así parece que engendra é imprime en
los pechos de los que la labran una bondad particular y una manera de
condición sencilla, y un trato verdadero y fiel y lleno de entereza y
de buenas y antiguas costumbres, cual se halla con dificultad en las
demás suertes de hombres. Allende de que los cría sanos y valientes y
alegres y dispuestos para cualquier linaje de bien. Y de todos estos
provechos, la raíz de donde nascen y en que se sustentan es la buena
guarda é industria de la mujer que decimos.
Mas es de ver en qué consiste esta guarda. Consiste en dos cosas: en
que no sea costosa, y en que sea hacendosa. Y digamos de cada una
por sí. No ha de ser costosa ni gastadora la perfecta casada, porque
no tiene para qué lo sea; porque todos los gastos que hacemos son
para proveer ó á la necesidad ó al deleite; para remediar las faltas
naturales con que nascemos de hambre ó desnudez, ó para bastecer á los
particulares antojos y sabores que nosotros nos hacemos por nuestro
vicio. Pues á las mujeres en lo uno la naturaleza les puso muy grande
tasa, y en lo otro las obligó á que ellas mismas se la pusiesen. Que,
si decimos verdad y miramos lo natural, las faltas y necesidades de
las mujeres son mucho menores que las de los hombres; porque lo que
toca al comer, es poco lo que les basta, por razón de tener menos
calor natural. Y así es en ellas muy feo ser golosas ó comedoras. Y ni
más ni menos, cuanto toca al vestir, la naturaleza las hizo por una
parte ociosas, para que rompiesen poco, y por otra aseadas, para que
lo poco les luciese mucho. Y las que piensan que á fuerza de posturas
y vestidos han de hacerse hermosas, viven muy engañadas, porque la
que lo es, revuelta lo es, y la que no, de ninguna manera lo es,
ni lo parece, y cuando más se atavía es más fea. Mayormente que la
buena casada, de quien vamos tratando, cualquiera que ella sea, fea
ó hermosa, no ha de querer parecer otra de lo que es, como se dirá
en su lugar. Así que, cuanto á lo necesario, la naturaleza libró de
mucha costa á las mujeres, y cuanto al deleite y antojo, las ató con
muy estrechas obligaciones para que no fuesen costosas. Y una dellas
es el encogimiento y modestia y templanza que deben á su natural;
que aunque el desorden y demasía, y el dar larga rienda al vano y no
necesario deseo, es vituperable en todo linaje de gentes, en el de las
mujeres, que nascieron para sujeción y humildad, es mucho más vicioso
y vituperable. Y con ser esto así, no sé en qué manera acontece que
cuanto son más obligadas á tener este freno, tanto, cuando le rompen,
se desenfrenan más que los hombres y pasan la raya mucho más, y no
tiene tasa ni fin su apetito. Y así, sea esta la segunda causa que las
obliga á ser muy templadas en los gastos de sus antojos, porque si
comienzan á destemplarse, se destemplan sin término, y son como un pozo
sin suelo, que nada les basta, y como una carcoma, que de continuo roe,
y como una llama encubierta, que se enciende sin sentir por la casa y
por la hacienda, hasta que la consume. Porque no es gasto de un día
el suyo, sino de cada día; ni costa que se hace una vez en la vida,
sino que dura por toda ella; ni son, como suelen decir, muchos pocos,
sino muchos y muchos. Porque, si dan en golosear, toda la vida es el
almuerzo y la merienda y la huerta y la comadre y el día bueno; y si
dan en galas, pasa el negocio de pasión, y llega á increíble desatino
y locura; porque hoy un vestido y mañana otro, y cada fiesta con el
suyo; y lo que hoy hacen, mañana lo deshacen, y cuanto ven, tanto se
les antoja. Y aun pasa más adelante el furor, porque se hacen maestras
é inventoras de nuevas invenciones y trajes, y hacen honra de sacar á
luz lo que nunca fué visto. Y como todos los maestros gusten de tener
discípulos que los imiten, ellas son tan perdidas, que en viendo en
otras sus invenciones, las aborrecen, y estudian y se desvelan por
hacer otras. Y cresce la frenesía más, y ya no les place tanto lo
galano y hermoso como lo costoso y preciado, y ha de venir la tela de
no sé dónde, y el brocado _de más altos_[27], y el ámbar, que bañe el
guante y la _cuera_[28], y aun hasta el zapato, el cual ha de relucir
en oro también, como el tocado, y el manteo ha de ser más bordado
que la basquiña; y todo nuevo y todo reciente y todo hecho de ayer,
para vestirlo hoy y arrojarlo mañana. Y como los caballos desbocados,
cuando toman el freno, cuanto más corren, tanto van más desapoderados,
y como la piedra que cae de lo alto, cuanto más desciende, tanto más
se apresura; así la sed destas crece en ellas con el beber, y un gran
desatino y exceso que hacen les es principio de otro mayor, y cuanto
más gastan, tanto les aplace más el gastar.
Y aún hay en ello otro daño muy grande, que los hombres, si les
acontece ser gastadores, las más veces lo son en cosas, aunque no
necesarias, pero duraderas ó honrosas, ó que tienen alguna parte
de utilidad y provecho, como los que edifican suntuosamente y los
que mantienen grande familia, ó como los que gustan de tener muchos
caballos; mas el gasto de las mujeres es todo en el aire; el gasto muy
grande, y aquello en que se gasta, ni vale ni luce. En volantes y en
guantes, y en _pebetes_[29] y _cazoletas_[30], y azabaches y vidrios y
musarañas, y en otras cosillas de la tienda, que ni se pueden ver sin
asco, ni menear sin hedor. Y muchas veces no gasta tanto un letrado en
sus libros, como alguna dama en enrubiar los cabellos.