Volvamos por un momento a Soria. La noche de la fuga de los caballeros
castellanos se pasó sin que los soldados que guardaban la prisión
tuvieran de ella la menor sospecha. Los carceleros, imposibilitados
de moverse ni gritar, no pudieron dar la alarma, y pasaron muchas
horas en una verdadera agonía. Gran parte de la mañana siguiente se
pasó del mismo modo, hasta que extrañando los soldados la falta de
los carceleros a cuidar de sus presos, dieron parte de ella a su
jefe, quien inmediatamente la puso en noticia del conde de Ansúrez; y
este mandó a uno de los oficiales de su casa que fuera a reconocer la
prisión. Así lo hizo, y después de haber registrado inútilmente todas
las estancias de ella, para buscar las llaves del cuarto en que se
suponía a don Diego y a Hernando, se decidió a forzar la puerta, y
halló al castellano y al aragonés en el más lamentable estado. Tendidos
en el suelo y atados de pies y manos, como se ha dicho, no podían hacer
movimiento alguno; y a más, el paño con que a cada uno de ellos taparon
la boca los prófugos, les embarazaba de tal modo la respiración que
estaban como asfixiados, y si hubieran continuado así mucho tiempo, tal
vez habrían perdido la vida; mas luego que pudieron respirar libremente
recobraron el sentido e hicieron relación de su desgracia, adornándola,
como es de costumbre, con todas cuantas circunstancias les parecieron
más a propósito para excitar la compasión y disminuir la vergüenza de
su vencimiento. El oficial del conde manifestó compadecerlos; pero no
por eso dejó de conducirlos consigo a presencia de aquel, para que
respondiesen a los cargos que tuviera por oportuno hacerles. Supo pues
el conde de Ansúrez por boca de los mismos carceleros la fuga de los
dos prisioneros que él estimaba en tanto, convenciéndole el demudado
rostro de aquellos miserables, y la deposición del oficial de que
estaban inocentes en tan desagradable acontecimiento. No es difícil
figurarse que don Pedro vio con pesadumbre frustrarse las esperanzas
que tenía de que un día pudieran serle útiles los dos caballeros en su
poder; pero también es cierto que la idea de ser en breve dueño del
caudillo y sostén del partido de la reina contribuyó no poco a mitigar
su pena. Ordenó, empero, que se practicasen las más vivas diligencias
para buscar en Soria a los dos fugitivos; pues en cuanto a que hubiesen
salido de ella no lo temía, estando prevenido que nadie pudiera hacerlo
sin un pase firmado de su propia mano. Inmediatamente se pusieron en
campaña una multitud de aquellos hombres que en todas épocas y estados
hay, ha habido y habrá, que tal vez son necesarios y útiles, mas que
siempre llevan consigo una odiosidad inseparable de los servicios a
que se les destina: es decir, que gran número de espías del conde don
Pedro Ansúrez tomaron a su cargo averiguar el paradero de don Diego
y Hernando, cosa que no podían lograr, porque cuando empezaron sus
pesquisas ya los dos fugitivos estaban en salvo.
Esta circunstancia aumentó notablemente la inquietud con que don Pedro
Ansúrez esperaba el regreso de Millán trayéndole prisionero al conde de
Candespina, a quien contaba presentar en triunfo al rey, prometiéndose
por ello no pocas mercedes. Hubiera dado todo el oro del mundo porque
el tiempo apresurase su movimiento, apenas perceptible para él
entonces; y era tal su impaciencia que estaba en el caso de aplicarle
aquellos versos de Meléndez que dicen:
Los días, que confiado
quieres hora apresurar,
un tiempo te ha de pesar
que hayan tan presto llegado.
Mas como quiera que sea, lo cierto es que pasó en una ansiedad
inexplicable algunas horas, hasta que poco después de medio día se
presentó un criado anunciando que desde la muralla se descubría como
regresaba a Soria la tropa que había salido aquella mañana de la ciudad.
—Vuelve corriendo a la puerta para que de ningún modo sean detenidos en
ella; que vengan aquí sin pararse en parte alguna; y, sobre todo, que
no se separe de la tropa ningún individuo. Todos sin excepción han de
venir a mi presencia. Marcha; vuela.
Esto dijo el conde a su criado, quien partió como un rayo a poner
sus órdenes en ejecución. Como media hora después se oyó un confuso
rumor de armas en el zaguán de la casa, y subieron apresuradamente
la escalera con Millán, un hombre armado de punta en blanco, mas sin
espada ni otra arma ofensiva, que parecía venir preso, pues iba siempre
seguido de dos almogávares que no se separaban un punto de él, y otros
cuatro o cinco también almogávares. Apenas se sintieron los pasos en
el salón, cuando entreabriendo el conde la puerta de su gabinete, el
primer objeto que hirió su vista fue el armado caballero que hemos
dicho, cuyo rostro no le permitió descubrir la visera del yelmo que
llevaba calada; y pudiendo apenas hablar con el sobresalto, preguntó:
—Millán, ¿es él?
—Sí, señor: he cumplido mi palabra; el conde de Candespina está en
vuestra presencia.
Estas últimas palabras las dijo ya Millán en el gabinete de don Pedro
Ansúrez, en el cual entraron también cuantos le seguían. Inmediatamente
uno de ellos cerró la puerta; dos, sacando los puñales, asieron al
conde Ansúrez de ambos brazos, y poniéndole las puntas en el pecho le
intimaron el silencio pena de la vida; y el caballero armado alzándose
la visera dejó ver las nobles facciones del conde de Candespina.
—Traidores —fue la única palabra que pudo articular don Pedro Ansúrez.
—Aquí no hay ninguno más que tú —le replicó Hernando, que era uno de
los supuestos almogávares que custodiaban al conde.
—Basta, Hernando: recordad vuestras promesas de prudencia. Conde don
Pedro, el cielo es justo en sus decretos; los malos podrán triunfar un
momento, pero tarde o temprano llega el día en que le dan cuenta de sus
culpas: vuestra hora ha llegado tal vez. Preparábais un suplicio a un
hombre sin más delito que el de amar a su patria; y habéis caído en su
poder. Un solo medio os queda para salvaros, aceptadlo o resolveos a
morir.
—¿Qué se exige de mí? —dijo el de Ansúrez, más muerto que vivo.
—Que pongáis a la reina en nuestras manos.
—Y a doña Leonor de Guzmán —añadió Hernando.
—Pedís un imposible, contestó el conde don Pedro: la reina se halla
ahora en su palacio en poder del rey su esposo, y doña Leonor en un
convento en reclusión...
—El tiempo vuela, caballeros —dijo rompiendo el silencio por primera
vez don Diego López; el tiempo vuela y los instantes nos son preciosos.
—Sobrada razón tenéis: omitamos inútiles digresiones: vais a
conducirnos, conde de Ansúrez, a presencia de Su Alteza.
—¿Yo, don Gómez?... ¿Yo? ¿Y cómo puedo...?
—Vos podéis y lo haréis, o de no, vais a la eternidad antes de dos
minutos. Jurad por los Santos Evangelios que ni con palabra, ni
con gesto, ni con seña, ni por escrito, haréis acción que pueda
descubrirnos, y vamos a seguiros al cuarto de la reina don Diego,
Hernando y yo.
—Pero conde...
—¿Juráis o no?
Esta pregunta del conde fue acompañada con un gesto de Hernando tan
significativo, que pareció decidir la perplejidad del conde, quien juró
cuando le dijeron que jurase. Hiciéronle entender a mayor abundamiento,
y para más garantía del cumplimiento de su promesa, que perdería la
vida en el momento en que ni remotamente diese motivo a sospechar que
iba a faltar a ella.
El lector sin duda habrá comprendido, que viendo el conde de Candespina
el mal aspecto que presentaban las cosas en su campo, en razón de la
discordia que en él reinaba, conoció que el único medio para salir con
su empresa adelante, era intentar alguna otra expedición no menos
aventurada y peligrosa que la de Castellar; y el conocimiento que del
carácter de don Pedro Ansúrez tenía fue el que le hizo concebir el
proyecto de enviar a Millán a Soria, a proponerle poner su persona en
manos del rey de Aragón; y envolviéndole en sus propias redes obligarle
a contribuir a que la reina recobrase su libertad. Surtió en efecto
este expediente, como hemos visto, todo el buen éxito que de él podía
esperarse, hasta el momento en que, ya resuelto el conde, prestó su
juramento y se trató de marchar a palacio. El conde de Candespina
para no ser conocido tenía bastante con bajarse la visera, y don
Diego y Hernando venían a prevención armados debajo del vestido de
almogávares: Millán, que reputado por desertor del campo castellano,
podía presentarse sin recelo, salió a traer dos celadas que de parte
del conde de Ansúrez pidió a sus criados, y encubiertos ya los tres,
salieron con él hacia palacio, en tanto que el criado de don Gómez con
el resto de la tropa marchó a esperar el resultado en la misma puerta
de la ciudad, por donde acababan de entrar.
[Ilustración]