En medio de la temeridad que bajo cierto aspecto aparecía en toda la
conducta de don Gómez y sus amigos en este asunto, es preciso confesar
sin embargo que el conde de Candespina supo aprovecharse con extremada
sagacidad aun de las mismas circunstancias que más contrarias podían
serle. ¿Quién, en efecto, viendo a don Pedro Ansúrez caminar por
las calles de Soria con dirección al alojamiento del rey de Aragón,
acompañado por tres hombres completamente armados, cuyo reposado
continente y gravedad en la marcha no descubría la menor agitación;
quién, decimos, hubiera podido figurarse que el mayordomo mayor de la
reina iba allí prisionero en poder de sus mayores enemigos? ¿A quién se
le podría ocurrir que aquellos tres guerreros fuesen nada menos que el
mismo conde de Candespina y sus dos más íntimos amigos? Sin duda que a
nadie; y el mismo don Pedro podía apenas persuadirse de que no fuera un
sueño lo que por él estaba pasando. Todas estas consideraciones, tan
naturales y de tanto peso en el ánimo de un hombre incapaz de conocer
el miedo, alentaron sobremanera al conde de Candespina; mas no por eso
dejó de tomar todas aquellas precauciones que estuvieron a su alcance:
tales como las de hacer que Millán fuese con los cincuenta hombres
disfrazados que a Soria le habían seguido, a situarse en la puerta de
ella, de modo que siempre le quedara aquella salida; y emboscar un
razonable escuadrón a tan corta distancia de la ciudad que a la primera
señal podía hallarse al pie de sus muros: y dejando el resto en manos
de su buena suerte, obraba en medio de sus enemigos tan sosegadamente,
o acaso más que hubiera podido hacerlo en sus propios reales.
Llegados a la casa que habitaban los reyes, ninguna dificultad
encontraron para introducirse en la cámara de la reina, pues su entrada
no podía menos de estar franca en las horas regulares a don Pedro
Ansúrez, cuya dignidad de mayordomo mayor era en aquellos tiempos
como en los actuales la más alta y considerada de las de la real
servidumbre. El estado de sitio en que entonces se hallaba Soria dio
lugar a que no se extrañasen en ningún modo las férreas figuras que
seguían a don Pedro Ansúrez, del mismo modo que al cuerpo la sombra:
los cortesanos que circulaban por los salones del alcázar se inclinaban
profundamente al pasar por delante de ellos el privado, quien, habiendo
tenido algún tiempo para serenarse, empezaba a recobrar, a pesar de lo
crítico de su posición, aquel aire de importancia que ya le era casi
natural. Don Gómez no podía menos de sonreírse del singular contraste
que aquellas demostraciones de respeto hacían con la verdadera y
precaria situación del conde de Ansúrez; Hernando se contenía con
dificultad para no descargar una lluvia de tajos y mandobles sobre la
afeminada chusma de los palaciegos; y don Diego López iba pensando
entre sí cómo saldrían del lance en caso de ser conocidos antes de
salir de la ciudad. Penetraron pues, como hemos dicho, sin encontrar
obstáculo hasta las puertas de la estancia misma en que estaba doña
Urraca; y allí don Pedro hizo que una dama de la servidumbre anunciase
según costumbre a la reina que su mayordomo deseaba hablarla: entró la
dama y a poco rato volvió a salir diciendo, que hallándose Su Alteza
indispuesta, no se había aún levantado de la cama, ni pensaba hacerlo
en todo aquel día: y que por lo mismo dejaba para el siguiente recibir
a su mayordomo. No era esta la primera vez que la reina obraba así,
antes por el contrario acostumbraba a hacerlo con mucha frecuencia;
pues siéndole odiosa la vista de cuantos la rodeaban, y mucho más
que la de ninguna otra persona la de su antiguo ayo, se valía del
expediente de fingirse enferma para poder a lo menos deplorar a sus
solas la crueldad de su destino.
—Ya lo oís, señores —dijo don Pedro volviéndose a sus tres
acompañantes—, me es imposible complaceros.
—Insistid —le contestó el conde en voz muy baja, pero con firmeza.
—Hemos de entrar —añadió Hernando—, hemos de entrar o...
—Basta, por san Pedro —le interrumpió don Diego—; ved el paraje en que
estamos.
—Caballeros... —volvió a decir el de Ansúrez.
—Insistid, os digo por última vez, o temblad —replicó ya ardiendo en
cólera don Gómez.
No había recurso para don Pedro; estaba enteramente a merced de los
enemigos, y hubo por lo mismo de obedecerles.
—Decid a la reina, mi señora, que el asunto de que tengo que hablarla
es de tal importancia que no sufre demora, y que la suplico que se
digne recibirme inmediatamente.
Ejecutó la dama este nuevo mandato, y trajo sin tardanza la orden de la
reina para que entrase el mayordomo, lo que se ejecutó inmediatamente,
siguiéndole los tres caballeros.
Doña Urraca estaba en efecto en el lecho, y su hermosura parecía mayor
en medio del estudiado desaliño en que se hallaba. Ondeaba libre el
cabello sobre la espalda, que apenas cubría un delgado cendal, y al
incorporarse, cuando vio entrar al conde, dejó ver un talle que hubiera
podido dar envidia a la misma diosa de la hermosura; el enojo por la
demasía del mayordomo en empeñarse en verla contra su expresa voluntad,
había encendido el color del rostro, pálido otras veces a causa de
sus continuados disgustos; y, en una palabra, la figura de la reina de
Castilla era en el momento de que hablamos la más seductora que puede
imaginarse.
—¿Hasta dónde piensa el conde Ansúrez llevar el desacato y la injuria?
—exclamó furiosa doña Urraca al entrar en su cuarto el mayordomo.
—Crea Vuestra Alteza, señora, que bien a mi pesar...
No pudo decir más, porque dentro ya de la estancia los tres
castellanos, cerró Hernando inmediatamente la puerta, y sacando la
espada se puso a ella de centinela sin proferir una palabra: la reina
que vio aquella acción, y que ignoraba quiénes eran los que delante
tenía, se horrorizó creyendo que semejante precaución no podía
tener más objeto que el de llevarla presa, o tal vez el de atentar
a su existencia; pues era tal la prevención odiosa con que miraba
a su marido que le hacía la injuria de creerle capaz de acciones
enteramente ajenas del ánimo de Alfonso el Batallador. Como quiera
que fuese, lo cierto es que doña Urraca se asustó sobremanera, e
interrumpió al conde en su discurso diciéndole con voz amortiguada:
—Traidor: ¿qué intentas?
—Sus intentos son vanos —contestó el conde de Candespina alzándose la
visera—; deponga Vuestra Alteza todo temor.
—¡Dios de bondad! ¿Vos en Soria, conde?
—Sí, señora; mientras haya en mis venas una gota de sangre se
consagrará al servicio de mi reina.
—Lo que importa —dijo el prudente don Diego— es que Su Alteza se vista
y salgamos pronto de aquí.
—¿Dónde vamos?
—Al campo de Castilla, señora; no pierda Vuestra Alteza tiempo.
Vistiose la reina lo mejor y más de prisa que pudo, con no poco
embarazo por verse precisada a hacerlo delante de aquellos caballeros;
pero ellos con la debida discreción le volvieron la espalda en tanto
que lo hacía, prefiriendo justamente cometer tal descortesía a ofender
con sus miradas el pudor de su soberana. Aprovechando este intervalo se
aproximó Hernando al conde de Ansúrez que, sumido en las más amargas
reflexiones, parecía haberse convertido en fría estatua de mármol; tal
era la estupidez con que miraba la escena que la fuerza le obligaba a
presenciar, y asiéndole con no mucha afabilidad por un brazo, le dijo
en voz que solo de él pudo ser oída:
—¿Dónde está doña Leonor de Guzmán?
—Ya he dicho que en un convento por orden del rey.
—¿En qué convento?
—En el de ***.
—¿Está muy lejos de aquí?
—No.
—Poned una orden por escrito para que la abadesa la deje salir
inmediatamente.
—¡Una orden...!
—Sin réplica.
—¡Cómo abusáis de mi situación!
—Si no estuvieras en ella ya hubieras probado el hierro de la lanza de
Hernando de Olea. La orden al momento; aquí hay recado de escribir,
ponla.
—Sea.
Hizo el de Ansúrez lo que Hernando le mandaba; mas, temeroso este de
que el conde le hubiese engañado, poniéndole en vez de la orden que
pedía algún documento como la carta de Urías, y no sabiendo leer, cosa
muy común en aquellos tiempos en todas las clases de la sociedad, y
particularmente en la nobleza, cuyo exclusivo ejercicio era el de las
armas, se dirigió a su amigo don Gómez, quien leyó el papel y vio que
en efecto era una orden en toda forma; mas preocupado con su principal
idea, que era la de salvar a la reina, no volvió a pensar en tal papel
luego que se lo hubo devuelto al de Olea.
Es de advertir que a pocos instantes de estar en la estancia de la
reina los caballeros castellanos, hizo el conde de Candespina que el de
Ansúrez mandase desde la puerta a la dama que estaba de guardia en la
antecámara que diese las órdenes convenientes para que lo más pronto
posible se pusiese una litera para Su Alteza: obedeció la dama, y casi
en el mismo instante en que doña Urraca acababa de vestirse anunciaron
que estaba pronta la litera. La reina se cubrió con un manto negro, y
salió llevando a su derecha a su mayordomo, a la izquierda al conde de
Candespina, y detrás a don Diego y Hernando. La presencia del conde de
Ansúrez alejaba todo género de sospecha, pues acostumbrados todos en
Soria a mirarle como el favorito del rey, y a manera de gobernador de
la reina, respetaban sus acciones, aun aquellas que salían del orden
regular, como se veneran los arcanos de la Providencia; por lo mismo,
aunque algunos cortesanos vieron salir a la reina con tan poco aparato,
y en hora desusada, no lo extrañaron, o al menos si lo extrañaron
guardaron silencio, pensando que se haría con acuerdo del rey.
El hecho es que salieron con la mayor felicidad del alcázar, entrando
la reina en su litera y siguiéndola los mismos individuos. Apenas
estaban en la calle, cuando el de Olea se dirigió de nuevo al conde de
Ansúrez para preguntarle si una iglesia, que no tardaron en ver, era
el convento en que se hallaba Leonor, y habiéndole respondido que sí,
sin esperar a más se dirigió a él apresuradamente. Se informó en la
portería, en la cual le confirmaron en la verdad de lo que el conde
Ansúrez le había dicho; y habiendo hecho anunciar a la abadesa que se
la buscaba de parte de este, bajó inmediatamente la buena religiosa,
y vista la firma del conde no puso la menor dificultad en entregar a
doña Leonor, a quien inmediatamente fue a buscar. La premura con que
Hernando dijo a la abadesa que debía presentarse al conde aquella dama
fue tal, que apenas la dio tiempo para ponerse un manto y bajar.
¿Quién podría explicar la alegría de Hernando, cuando abriéndose las
puertas se presentó a su vista el objeto de todos sus pensamientos? No
será mi pluma la que lo intente; para el que haya amado una vez toda
explicación sobra, y para el que no, sería inútil. Así que Hernando
creyó que ya las religiosas que habían salido a acompañar a doña Leonor
no podrían oírle, se inclinó a ella y le dijo:
—Estáis en poder de un amigo; guiadme a las puertas de la ciudad y
seréis libre.
—¡Será posible...! Es la voz que oigo...
—De Hernando de Olea.
—¿Y os habéis expuesto por mí...?
—A nada: dejemos eso. ¿Sabéis el camino a la puerta por donde se entra
viniendo de Castilla?
—Sí, que no es esta la primera vez que he estado en Soria.
—Pues guiad y volemos, que temo que hemos de llegar demasiado tarde.
Y en efecto caminaron con tanta presteza que apenas sentaban el pie en
el suelo. Ya en esto la litera con los que la seguían había llegado a
la puerta de la ciudad, y en ella echó de menos el conde de Candespina
a su amigo Hernando. Recordando entonces el papel que le había dado
a leer en la cámara de la reina, se hizo cargo de que habría ido a
buscar a doña Leonor, y temió que tal imprudencia le costase cara.
Muy sensible le era tener que abandonar a su amigo en tan peligroso
trance; pero la menor detención podía frustrar su ya casi conseguido
y principal designio de sacar de Soria a doña Urraca, y por lo mismo,
después de algunos instantes de meditación, se decidió a sacrificarlo
todo al interés de la reina.
A la orden personal de don Pedro Ansúrez se abrieron las puertas, y él
mismo se vio obligado a salir con la reina: Millán sin embargo se quedó
con parte de la escolta en la puerta para esperar a Hernando, quien
llegó como un cuarto de hora después con doña Leonor.
—¿Y la litera dónde está? —fue su primera pregunta.
—Se ha marchado —respondió Millán—; pero el conde don Pedro ha dejado
orden para que se os facilite un caballo de uno de los soldados de la
guardia que ya está pronto.
La verdad era que el conde de Candespina le había prevenido a Millán
que dispusiese el caballo, y este fiel criado lo ejecutó puntualmente.
Montó pues Hernando, puso a Leonor a las ancas, y se alejó a todo
galope de los muros de Soria; y a poco siguió Millán con el resto de
la tropa, dejando a los que guardaban las puertas atónitos de lo que
veían, pero muy lejos de comprender la causa.