Extraordinario fue el movimiento que hubo en la posada del conde don
Pedro Ansúrez desde la llegada de Millán: todos los servidores del
privado tenían cada uno su particular comisión, sin que ninguno,
empero, supiera el motivo y objeto de lo que se le encargaba: mas esto
no era para ellos en ningún modo nuevo, pues casi siempre les sucedía
lo mismo. Lo singular es que don Pedro no pusiera en conocimiento del
rey una noticia de tanta importancia; pero su interés le aconsejaba
tenerla oculta por dos razones: primera, que decirla antes de haber
completamente ejecutado su designio era llamar mucho la atención hacia
Millán, haciendo que sobre él recayese todo el mérito de ella; y la
segunda, que en caso de frustrarse, siempre achacarían al conde no
haber puesto de su parte todos los medios conducentes para el logro.
Sirviéronse a Millán las comidas regulares en el aposento que le servía
de cárcel, y ni él hizo la menor pregunta a los criados del conde,
ni contestó más que por monosílabos a las que ellos se atrevieron a
dirigirle. En vano el observador más perspicaz hubiera querido hallar
la menor señal de agitación, temor ni remordimiento en el rostro
del soldado: su frente despejada, su mirar sereno, y el sosegado
comedimiento de todas sus acciones indicaban más bien el hombre
honrado, pronto a correr un grave riesgo en defensa de la virtud,
que al vil traidor, dispuesto a entregar en manos de sus más crueles
enemigos a su natural señor. Don Pedro de Ansúrez, informado por sus
criados de la tranquilidad de su prisionero, juzgó que nacía de las
esperanzas que tenía de ver satisfecha su venganza; y se confirmó en la
idea de llevar adelante aquella empresa. Vuelto a conducir Millán a la
presencia del astuto conde, fue de nuevo interrogado por él sobre los
mismos puntos poco más o menos que en su primera entrevista, pero de
diferentes modos, contestando siempre lo mismo, sin que las sutilezas
del de Ansúrez fueran poderosas a hacer que se contradijera en nada, ni
se turbara un instante.
—Bien —dijo el conde después de más de una hora de conversación—, bien:
estoy satisfecho de que obráis de buena fe. Decidme ahora dónde está
situado el cuartel de vuestro antiguo amo.
—Ya he dicho a Vueseñoría, y lo repito, que yo conduciré a él a los que
hayan de prenderle.
—Pero decidme dónde.
—No, señor.
—¿Y por qué?
—Porque eso sería renunciar a mi venganza.
—No lo entiendo.
—Quiero verle yo mismo caer en poder de sus enemigos; quiero
presenciar su abatimiento; en una palabra, he jurado morir o traerle
aquí por mi propia mano.
—Norabuena. ¿Qué gente necesitáis?
—Treinta hombres de armas.
—Pocos me parecen.
—Sobrados para una empresa como esta; y advierto a Vueseñoría que deben
venir desmontados.
—Sepamos la razón.
—Porque el conde de Candespina ha situado sus pabellones en un paraje
quebrado, donde no solo sería muy prolijo caminar a caballo, sino que
es verdaderamente un imposible hacerlo sin ser descubiertos.
—Aguardad: para mayor seguridad iréis todos disfrazados con un traje
que encubriendo las armas os haga menos visibles.
—Nada sería más conveniente.
—Os vestiremos de almogávares: idos a descansar, que mañana con la
voluntad de Dios saldréis de aquí antes de amanecer.
—Y antes de medio día habréis visto al conde de Candespina.
—¡Dios lo haga! Y lo demás dejadlo por mi cuenta.
En efecto, a la mañana siguiente salió Millán a la cabeza de unos
cincuenta hombres armados y cubiertos con traje de almogávares; pues
el conde se obstinó en que no llevase menos de este número: pero la
Providencia dispuso que aquel disfraz que hizo tomar a su gente el
de Ansúrez para mejor logro de sus proyectos, sirviese únicamente
para contrariarlos y favorecer la fuga de don Diego López y Hernando
de Olea. Tan felices fueron estos, que acertaron a quebrantar su
prisión precisamente la noche que precedió a la mañana señalada para
la ejecución del pérfido proyecto del traidor Millán, y el grupo de
supuestos almogávares a que hemos dicho se unieron, saliendo con él
de la ciudad, era precisamente el de los hombres destinados a prender
al conde de Candespina. Don Pedro Ansúrez había calculado muy bien
que el traje de almogávares debía encubrir mejor el proyecto de los
suyos; pues aunque aquellos montañeses formaban conocidamente parte
del ejército aragonés, como solo se ocupaban en talar los campos e
interceptar convoyes, sin atacar nunca a ningún cuerpo de tropas
regulares, no podrían alarmar al campo castellano aunque fuesen vistos
desde él.
Como media legua andarían, siempre con el mayor silencio siguiendo a
Millán, quien a la cabeza de ellos marchaba con notable desembarazo y
visible contento; pero ya a esta distancia de Soria, y no hallándose
aún bastante próximos al enemigo para recelar el ser oídos, creyeron
los aragoneses que podían permitirse alguna más libertad, y se trabaron
entre ellos algunas conversaciones, cuyo objeto, como es fácil de
presumir, fue la empresa a que iban destinados. Grande fue la sorpresa
de los dos caballeros fugitivos oyendo a los que suponían almogávares
hablar tan claro el castellano, que no les pudo quedar duda ninguna de
que no pertenecían a la tribu errante cuyo traje vestían.
—Estos son aragoneses disfrazados y no almogávares —dijo Hernando al
oído a su compañero.
—Callad —le contestó este con voz tan baja que apenas se oía—, callad,
por vida vuestra, si no tenéis ganas de volver a la prisión de Soria.
Siguió Hernando tan saludable consejo, y le ayudó a no quebrantarlo
el llamarle la atención lo que delante de él iban hablando, en voz
inteligible aunque baja, dos aragoneses.
—Es imposible —decía el uno— que haya hombre más afortunado que el tal
don Pedro Ansúrez.
—Todo se le viene a la mano —contestó el otro.
—Y tanto; por dónde diablos se le ha antojado al conde de Candespina
maltratar a un criado suyo para que este se pase a nosotros y nos lo
ponga en las manos.
—¿Conque ese Millán es su criado?
—¿Pues qué, no lo sabías?
—¡Millán traidor! —dijo Hernando a don Diego—. Apenas puedo creerlo.
—Silencio y oigamos —replicó el señor de Nájara.
—Lo que oyes —continuaba el aragonés.
—Pues eso es venderlo como un Judas.
—Lo mismo. A decir verdad es una villanía.
—Ya se ve; pero el conde no repara en niñerías.
—Con tal que logre su fin.
—Por logrado: Millán conoce el terreno: llegamos a la tienda del de
Candespina sin ser vistos...
—Y lo despachamos al otro mundo.
—Nada menos que eso. Viene a Soria con nosotros.
—Muy enterado estás.
—Cuando el conde daba a Millán las últimas instrucciones estaba yo
presente, y por eso lo sé todo.
Por este orden continuaron discurriendo sobre la materia, dejando a
don Diego y a Hernando perfectamente enterados de la inicua trama del
conde de Ansúrez y Millán contra el noble don Gómez. De cólera les
hervía la sangre en las venas; pero como dos hombres casi inermes nada
podían hacer contra cincuenta bien armados, hubieron de resolverse a
aguardar el momento crítico para emplearse en salvar a su común amigo,
o morir en la demanda. Llegados al pie de una pequeña colina, mandó
Millán hacer alto para subir a su cima, dijo, a ver si había enemigos
en campaña, como en efecto lo hizo; y no contentándose con examinar
los alrededores, desde lo más alto del terreno, bajó algún tanto
de la pendiente del lado opuesto al en que estaban los aragoneses,
desapareciendo por un breve rato a su vista. Poco tardó en volver a
mostrarse de nuevo sobre la altura, y haciendo seña con la mano, rompió
la marcha la tropa; y en breves instantes se halló también en la cima
de aquella colina, una de las que rodeaban un pequeño valle que al pie
de ella se veía. Bajaron a él los aragoneses y siguieron marchando sin
ningún concierto, pues Millán les anunció que aún les quedaba que andar
bastante para llegar a su destino; pero no tardaron en arrepentirse
de su negligencia, pues habiendo llegado poco más o menos al centro
del valle, vieron salir de las gargantas de los pequeños montes que lo
formaban diversos destacamentos de caballería que dirigiéndose sobre
ellos a todo escape, los rodearon completamente antes de que pudieran
volver en sí de su asombro, ni menos concertarse para la defensa.
—Rendíos todos, o muertos sois —gritó un caballero, cuya voz era tan
conocida como grata a los oídos de don Diego y Hernando—. Depónganse
al momento las armas o a nadie se da cuartel —continuó el conde de
Candespina, pues en efecto era él quien a la cabeza de un escuadrón de
sus vasallos había sorprendido a los aragoneses.
Fácil es de presumir que estos se sometieron sin replicar a su mala
suerte, porque los castellanos les eran superiores en número, y ellos
esperaban tan poco aquel ataque, que aún habiendo sido tantos como sus
enemigos no hubieran osado resistirles.
Todo esto fue obra de tan breves instantes que apenas dio tiempo a don
Diego y a Hernando para que, arrojando al suelo los antifaces que les
ocultaban el rostro, y atravesando con no vista precipitación la tropa
de los consternados aragoneses, se presentasen al conde de Candespina,
cuyo asombro fue indecible viéndolos en aquel punto y traje.
—¡Hernando! ¡Don Diego! —exclamó—: ¿sois vosotros o estoy soñando?
—No, conde, a Dios gracias, contestó Hernando corriendo a él y
estrechándolo en sus brazos.
—Nosotros somos, dijo don Diego sosegadamente teniéndole la mano; y a
fe que buen susto hemos pasado por vos toda esta mañana.
—¿Dónde está ese perro de Millán? —exclamó Hernando—: entregádmelo que
yo haré justicia de él.
—Sosegaos, Hernando: las apariencias os han engañado: nunca me ha sido
Millán más fiel que ahora.
—¿Conque por vuestra orden —dijo don Diego— ha ido a Soria?
—Sí, don Diego, por mi orden.
—¿Y es posible, don Gómez? —interrumpió Hernando.
—Suspended el juicio y no condenéis precipitadamente a vuestro amigo.
Tanto me repugna como a vos valerme de mañas y arterías, pero con el
conde don Pedro Ansúrez la espada es inútil, y si supierais en qué pie
están las cosas en nuestro propio campo...
—Perdonad, conde, perdonad a vuestro amigo una indigna sospecha.
—La dicha de teneros a mi lado, caballeros, me ha hecho olvidar lo
principal: Millán ejecuta lo que ya sabes, y vos, don Diego y Hernando,
venid conmigo y os enteraré de un arriesgado proyecto cuya ejecución
tengo por cierta contando con tales auxiliares como vos.
Dos soldados cedieron sus caballos a los dos caballeros, que montando
en ellos y siguiendo a don Gómez hasta su tienda, que poco más allá
del valle estaba, mudaron en ella de trajes y supieron del conde de
Candespina cosas que el lector sabrá en los capítulos siguientes.
[Ilustración]